Henri Bergson

Nacido en París el 18 de octubre de 1859 y m. el 4 de enero de 1941. Luego de brillantes estudios realizados en el Liceo Condorcet, ingresó, en 1878, en la sección de letras de la École Normale Supérieure, donde tuvo por condiscípulos a Jau­rès y Blondel, y como profesores a Ollé-Laprune y Boutroux.

Inició su actividad docente en el liceo de Angers, donde en­señó entre 1881 y 1883, y luego, hasta 1888, en el de Clermont-Ferrand; al mismo tiem­po, dio conferencias en la Facultad de Le­tras de esta última ciudad. Publicó entonces Extraits de Lucrèce (1884) para la ense­ñanza secundaria, y preparó las tesis doc­torales, que discutiría en 1889: la principal era Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia (v.), y la complementaria en latín, que en aquel tiempo se exigía, titu­lábase Quid Aristóteles de loco senserit.

Des­pués de su labor en Clermont-Ferrand, Bergson fue destinado a París, primeramente al Li­ceo Rollin y luego al Henri IV, donde ex­plicó las brillantes lecciones cuyo recuerdo conservaron muchos. En 1897 publicó Mate­ria y memoria (v.).

Con estas dos prime­ras grandes obras llegaba a la completa ma­durez el pensamiento filosófico de Bergson, que es la negación de todo sistema. Esta ideo­logía, que es ante todo un esfuerzo y lucha contra los hábitos intelectuales, surgía pre­cisamente en los últimos años del siglo, período en el cual la filosofía parecía ha­ber renunciado a toda ambición metafísica.

Bergson inicia sus teorías criticando intensamen­te los puntos de vista del intelectualismo. Cree necesaria la orientación del espíritu hacia lo absoluto mediante una intuición que supera cualquier análisis y se convierte en una especie de simpatía intelectual, gra­cias a la cual resulta posible la penetra­ción en el interior del objeto con vistas a captar lo que haya en él de esencial y per­manente.

En dicha intuición cabe recono­cer un reflejo de la «percepción inmediata interna» de Maine de Biran, así como de la «experiencia interior» de Schopenhauer. En cuanto a sus consecuencias, el nuevo método confiere al pensamiento un carácter de experiencia del espíritu que llega con since­ridad a este último como a su objeto propio y elimina con ello de la investigación filo­sófica el estorbo de las reflexiones acerca de la historia que en torno a 1880 le habían creado una serie de obstáculos.

El fruto de este método y el descubrimiento que Bergson ha­bría de juzgar siempre la parte esencial de su obra, es la teoría de la «duración»; según ella, el hombre resulta ser una per­sistencia meramente cualitativa, un devenir: m «impulso vital», que, por otra parte, constituye la misma alma del universo. Esta filosofía, que renuncia a las estructuras de programa y desciende en profundidad, no tardó en ejercer una influencia decisiva en muchos espíritus.

En 1898 Bergson era profesor libre de la École Normale Supérieure. En 1890 ingresó en el Collège de France, donde ocupó primeramente la cátedra de filosofía antigua (durante el ejercicio de la cual estudió las Enneadas, v., y tomó de Plotino sus intuiciones acerca del tiempo, la memo­ria, el movimiento y la eternidad), y luego, a partir de 1904, la de filosofía moderna, en la que sucedió a Babrial Tarde.

A las obras ya publicadas unióse la notoriedad alcanzada por las memorias sobre L’idée de cause, que presentó al Congreso Filo­sófico de París de 1900; Parallélisme psy­chophysique (Congreso de Ginebra, 1906) e Intuition philosophique (Congreso de Bolo­nia, 1911).

El año de su ingreso en el Col­lège de France apareció también La risa, ensayo sobre el significado de lo cómico (v.), y en 1907 La evolución creadora (v.). Las dos primeras, Données immédiates y Matière et mémoire, habían planteado el pro­blema de la naturaleza de la inteligencia, que Évolution créatrice se propuso resolver considerando en su totalidad el fenómeno de la vida y de la evolución.

Los años inme­diatamente anteriores a la primera guerra mundial fueron los más intensos de la actividad pública de Bergson En su transcurso escri­bió artículos para la Revue Philosophique, la Revue de Méthaphysique et de Morale y el Vocabulaire philosophique de Lalande, fue elegido miembro de la Academie Fran­çaise, y partió, en 1912, a realizar una mi­sión en los Estados Unidos; allí dio un cur­so en la Columbia University de Nueva York sobre el tema La spiritualité et la liberté.

Volvió al citado país, aun cuando en cir­cunstancias muy distintas, en 1917, y llevó a cabo en él una importante actuación, por cuanto, ya célebre, buen conocedor de la lengua inglesa y poseedor de numerosos amigos, fue recibido por el presidente Wilson, a quien informó de la situación en Europa, con lo cual, indudablemente, hubo de contribuir a la intervención de América en el conflicto bélico.

Terminada la guerra preside la Comisión de Cooperación Inte­lectual de la Sociedad de Naciones. A partir de 1914 se hace suplir en el Collège de France por Édouard Le Roy, quien le reem­plaza definitivamente en 1921. En 1919 pu­blicó Énergie spirituelle. Luego se ocupó de las teorías de Einstein y dio a la prensa Duración y simultaneidad, a propósito de la teoría de Einstein (1922, v.).

Falto de salud, hubo de retirarse de la vida pública, aun cuando no por ello abandonó su actividad. En 1928 obtuvo el premio Nobel, y en 1932 aparecía Las dos fuentes de la moral y la religión (v.), última etapa de su pensa­miento.

Esta obra final debe mucho a las investigaciones de la etnología y la socio­logía, así como también a las enseñanzas de los acontecimientos contemporáneos, por cuanto la guerra había revelado todos los peligros de la regresión moral que hacía retroceder al individuo desde el ámbito uni­versal al de grupo. Sin embargo, la expe­riencia más profunda contenida en Deux sources es la que aproximó entonces al filó­sofo a la propiamente cristiana del misti­cismo.

Bergson leyó los estudios de Delacroix sobre la mística y los de Baruzi acerca de San Juan de la Cruz; sin renunciar a sus principios hebraicos, llegó a pensar que algo divino se había encamado en Jesús, y, así, dio al cristianismo una adhesión «de voluntad» que le permitiría encontrar la fe más humilde, o sea no la del filósofo, antes ‘bien la del sencillo campesino. En 1934 publicó todavía una colección de antiguos artículos, El pensamiento y lo moviente (v.).

Casi paralizado por la enfermedad, vivió durante sus últimos años una existencia prácticamente sedentaria — en París los meses invernales, y en Turena durante el verano —, entristecido por los progresos del nazismo, del que la muerte le impidió ver la total derrota.

Y. Bonnefoy