Heinrich Heine

Nació en Düsseldorf el 13 de diciembre de 1797, y m. en Paris el 17 de febrero de 1856. Por afectación adoptó como año de su nacimiento el 1800, para poderse denominar así «primer ciudadano del siglo». Durante el período inicial de su vida la ciudad natal del futuro poeta formó parte del imperio niapoleónico. H., que era judío — pueblo que recibió entonces, como regalo de la Revolución, los derechos civiles gra­cias a los cuales viose libre de su confinamiento en los ghettos —, conservó a lo largo de toda su existencia un profundo reconocimiento hacia Francia, la Revolución y Napoleón, a quien adoró de una manera muy distinta a la de Goethe: éste veía en el emperador a un césar de la Antigüedad, en tanto H. le consideró un libertador. To­davía muy joven, fue enviado a Hamburgo, donde residía el personaje más ilustre de la familia: el tío banquero Salomón. Allí se enamoró de su prima, la cual, sin duda, sólo debió considerarle un humilde em­pleado de aspecto mezquino.

Y así, el cora­zón de H. recibió la primera herida, que había de convertirle en poeta. Pasó por todas las nostalgias y desesperaciones del romanticismo; y en Berlín, donde frecuen­taba las tertulias de la ninfa Egeria de los románticos, Rahel, conoció a los viejos su­pervivientes de tal escuela, que, si en otros tiempos reunió a todos los jóvenes, enton­ces, vinculada políticamente a la Santa Alianza, aparecía un tanto consumida y an­ticuada. H., que había iniciado sus activi­dades literarias con algunas composiciones líricas de un romanticismo puro, alejóse de ella. Describió en Cuadros de viaje (v.) sus estancias en las montañas del Harz y en Norderney, y fue el primero que — más allá de los lagos de Rousseau — sintió la poesía del ancho mar. Tanto en la prosa como en el verso (su Libro de canciones, v., integrado por todo un mundo de lirismo alado, profundo y musical, es de 1827) re­veló el nuevo estilo, el suyo, que consistía en creer profundamente en todos los moti­vos y sentimientos románticos y, al mismo tiempo, no darles crédito y escarnecerlos. Fue la suya la más «dividida» de las almas; sin embargo, ¡qué esquizofrenia tan maravillosamente dolorosa! Sólo un viejo conti­nente como Europa podía haber tenido una Edad Media, desembarazarse de ella para dejarla a sus espaldas, desear luego el re­torno a tales tiempos y, finalmente, burlarse de semejante afán. H. se halla agitado pre­cisamente por miles y miles de estas oscila­ciones.

Canta los caballeros, los castillos, los gnomos, las ondinas, los espectros, las bru­jas, los verdugos y los templos góticos, y es, a la vez, un burgués revolucionario y un incrédulo volteriano; adora los mitos, pero quiere destruirlos todos. Utiliza la for­ma del «Volkelied», simple, inconsciente y primitiva, y la llena con las ironías más complejas de un alma angustiada más bien que refinada y consciente. De esta suerte se convirtió en el gran seductor de lo menos tres .generaciones, las cuales susurraron los Lieder de H.; muchos poetas y periodistas imitaron su estilo. «Magister» de una Europa sobrecargada de historia, supo serlo sin que este peso le debilitase, antes bien, jugó con él como si de una pompa de jabón o una nube se tratara. A su alrededor se formó la escuela antiprusiana denominada Joven Alemania. Los problemas con la censura y los riesgos personales de todos estos escritores, de H. en particular, indujéronles a la emi­gración, con lo cual pasaron a desempeñar el papel romántico del «.proscrito», un tanto como auténtica protesta y con un dolor ver­dadero y algo también por cierta voluptuo­sidad de reacción.

El jefe del grupo fue acogido y agasajado por el «tout-Paris», y encontró en la capital francesa un buen número de hermosas admiradoras. Su amor- pasión transformóse entonces — de acuerdo con una gradación stendhaliana invertida — en amor-gusto. En la lucha personal con aquellos a quienes llamó «nazarenos», ami­gos del sufrimiento, H. decidióse en favor de los «helenos», con una moral de alegría sensual, de libertad desenfrenada y, puesto que era un poeta auténtico, ligero como Ariel. De esta suerte convirtióse para Fran­cia en el embajador de una Alemania todavía inexistente, pero a punto de obtener la victoria en el duro litigio entre el viejo Oeste alemán y el Este prusiano. Por otra parte, entre los emigrados residentes en la capital francesa tuvo lugar muy pronto una escisión: unos pasaron a ser los demócratas partidarios de la clase obrera y anticipada­mente, de la revolución de 1848, en tanto que H. siguió siendo un burgués de tenden­cias aristocráticas, o sea favorable a la de 1830. En definitiva, pues, le convenía el régimen de Luis-Felipe. Y así, recibió del Estado y aceptó una pequeña pensión, que aumentó la renta heredada de su tío ban­quero. H., que mediante su genio satírico podía asesinar a un adversario con una sola palabra, nunca enajenó su pluma.

Según permite comprender su libro Lutetia — don­de reunió los artículos periodísticos envia­dos a Alemania desde París —, sus odios se dirigieron entonces, por una parte, al comu­nismo, y, de otro lado, a la Rusia zarista, que estaba en aquellos tiempos al frente de la reacción; con frecuencia habla junta­mente de ambas entidades, cual si previera su futura relación. En cuanto a Inglaterra, experimentaba la ironía propia de un ro­mántico respecto de este pueblo de ban­queros, que debía de recordarle su expe­riencia de Hamburgo; adoraba, empero, a dos ingleses: Byron y Shakespeare. Llegado ya al ocaso de la vida, e interesado en el «eterno femenino», escribió Les femmes de Shakespeare en francés, lengua que ya ha­bía empleado en otras obras suyas: por ejemplo, en La escuela romántica (v.). Sus ensayos Les génies des éléments y Les dieux en exil fueron también compuestos en dicha lengua: se trata de un francés carente de la agilidad estilística de un Voltaire y que recuerda más bien el de una antigua disputa en la corte de una pequeña dinastía germá­nica. En tales casos traducía él mismo estas obras a su lengua materna, de la que era un maestro incomparable.

Como buen ro­mántico, llevó también a cabo su «viaje a Italia», aun cuando a través de un insólito itinerario: después de su visita a Milán marchó a Lucca por motivos de salud, a fin de someterse allí a un tratamiento de baños termales, y no llegó a entablar relación con una Italia verdadera y completa ni a expe­rimentar a fondo su influjo; durante su permanencia al sur de los Alpes sintióse como obsesionado por las lides transalpinas de carácter político y literario. Llegaron la revolución de 1848 y el Segundo Imperio. H. — luchador ya envejecido — se hallaba de nuevo en París, pero se sentía, en cam­bio, a mil leguas de la ciudad. Una enferme­dad medular transformóle en «¿Heine dolorosus»; durante varios años hubo de perma­necer inmóvil en el lecho que denominaba su «tumba de colchones». Sin embargo, mantuvo intacta la mordacidad de su espí­ritu, y hasta sus últimos días pudo ejercitar su ironía y sus facultades poéticas. No obs­tante, vivía ya en otro mundo: el H. do­liente acudió al Antiguo Testamento y ol­vidó la Europa que él había sabido repre­sentar en su mejor esencia. El volteriano se convirtió — aun cuando siempre con iróni­cos sobreentendidos — en un piadoso orien­tal; escribió los Cantos hebreos [Hebráische Melodien] y Lazarus, y aspiró a la aniquila­ción: «El sueño es bueno, pero la muerte lo es más; sin embargo, mejor sería aún no haber nacido nunca».

F. Lion