Hans Sachs

Nació el 5 de noviembre de 1494 en Nuremberg, donde murió el 19 de ene­ro de 1576. Hijo de un sastre, su existencia de hombre y de artista se halla vinculada al artesanado, entonces tan importante en la vida alemana. Luego de haber frecuen­tado hasta 1508 la escuela latina de su ciu­dad natal, empezó a trabajar como aprendiz de zapatero. De acuerdo con una costumbre aún vigente, tras la primera enseñanza ini­ció una peregrinación por varias localidades y durante sus estancias hacía de aprendiz junto a distintos maestros a fin de perfec­cionar su oficio y obtener el título de maestro. Al mismo tiempo aprendió, del maestro tejedor Lienhard Nunnenbeck, el arte del canto y el de la poesía. Estuvo en la corte de Maximiliano I, y fue celebrado en Franc­fort del Main como maestro cantor. Llegó hasta Lübeck, y en 1516 regresó a Nuremberg, donde permaneció hasta su muerte, y dedicó su actividad y sus enseñanzas no solamente al oficio de zapatero, sino tam­bién a la escuela de maestros cantores.

Gracias a su labor infatigable y al prestigio de su reconocido valer y de su obra lite­raria, alcanzó un- modesto bienestar y una elevada autoridad. Perdidos, tras cuarenta años de matrimonio, su esposa Kunigunde Kreutzer y los siete hijos de ella habidos, casóse en 1561 con la viuda Bárbara Hars­cher, a quien cantó en algunas de sus poe­sías. Mantuvo relaciones de amistad con A. Durero, P. Fischer y W. Pirkheimer, de los cuales recibió sugerencias y consejos. Cono­ció, sin embargo, sus propios límites, que no quiso rebasar; y así, permaneció en el marco de su querida ciudad natal y en el ambiente de la pequeña burguesía en el cual naciera. Humanismo y Reforma influye­ron en el zapatero-poeta, el cual vio en esta última el renacimiento del espíritu alemán, que ensalzó en el conocido canto a Lutero El ruiseñor de Wittemberg (v.), de 1523. Escribió otros según el estilo popular bur­gués del «Meistersang», la poesía con mú­sica enseñada en el siglo XV por las escue­las de canto de los gremios, y diferencióse de los restantes maestros cantores por la lozanía natural y la espontaneidad de su vena poética.

Entre sus composiciones figu­ran fábulas, farsas (Schwänke), comedias, dramas y representaciones de carnaval (Fastnachtspiele, v.). En la composición de este abundante conjunto de obras siguió siempre las tradiciones medievales; los ar­gumentos, sin embargo, proceden un poco de todas partes, incluso del Decamerón y de toda la literatura narrativa italiana. En cuanto a los textos dramáticos, fracasaron los de carácter grave, tragedias y comedias, puesto que la ética del autor, propia del ambiente de la pequeña burguesía, no le permitía dominar grandes situaciones trá­gicas, y, así, la acción no alcanzaba en ellos una intensidad dramática suficiente. El verdadero ámbito de Sachs fue el de la farsa, en la que las situaciones se desarrollan neta y lógicamente a partir de los caracteres y viceversa, sin palabras superfluas, y con un diálogo brillante y espontáneo en el cual cada actitud corresponde a un tipo de per­sonaje, cualidades todas que se aprecian más en la representación que en la lectura.

Los cuadros de la vida cotidiana, presenta­dos con realismo, animación, sano sentido común y bondadoso humorismo, revelan una observación aguda y un profundo co­nocimiento del alma popular. Aunque pro­testante, el autor no ofende nunca en tales obras las tradiciones católicas, lo que de­muestra el espíritu de moderación de este prudente zapatero, cuya alegre bondad per­maneció siempre al margen de las asperezas polémicas. Muchas de sus jocosas narracio­nes poéticas, en dísticos rimados (los fa­mosos «Knittelverse»), alcanzaron gran po­pularidad; así, por ejemplo, El estudiante en el Paraíso (v.), El ladrón de los caballos de Fünfingen [Der Rossdieb von Fünfingen] y El sueño de la tierra de Jauja [Traum von Schlaraffenland]. Comparadas con la pro­ducción contemporánea del mismo género, estas obras muestran la franca superioridad poética de Sachs, el cual, si fue despreciado por los literatos de la Ilustración, mereció en cambio el alto reconocimiento de los grandes genios: Goethe, que le ensalzó en una famosa composición lírica, y Wagner, quien, al convertirle en protagonista de su obra musical Los maestros cantores de Nuremberg (v.), le aseguró la inmortalidad.

E. Rosenfeld