Gustav Mahler

Nació en Kalishtch el 7 de julio de 1860 y murió el 18 de mayo de 1911 en Viena. Estudió con Epstein, Fuchs y Krenn en el Conservatorio de esta ciudad. Frecuentó la Universidad de 1877 a 1879. Decisiva para su formación resultó su rela­ción con Antón Bruckner (1878). En 1880 pasó a desempeñar su primer puesto de «Kapellmeister», en Hall, y este mismo año terminó su obra inicial, Das klagende Lied, para orquesta y voces de soprano, contralto, tenor y coro, y sobre un texto de los hermanos Grimm. Luego ocupó cargos pro­fesionales en Liubliana y Olomouc, y, finalmente, pudo regresar a Viena como direc­tor del coro del Carltheater. Mientras tanto (1882) había compuesto los catorce Lieder und Gesange aus der Jugendzeit, para canto y piano, primer contacto de la producción de Mahler con la antología poética El cuerno maravilloso del niño (v.). En Cassel, donde obtuviera asimismo el puesto de «Kapellmeister» (1883), escribió los cuatro Lieder eines fahrenden Gesellen, para voz y or­questa y sobre un texto propio; se trata de una obra de sabor autobiográfico y en la cual, bajo el signo de una dulce y resig­nada melancolía, se unen los impulsos in­tensamente dramáticos a una lozanía de balada popular.

El cargo de director de orquesta llevóle de Cassel a Praga; allí sustituyó a Antón Seidl y consiguió los pri­meros reconocimientos de su excelencia ar­tística. Estuvo luego en Leipzig, con Nikisch, y, finalmente, logró el primer nombramiento de director teatral en Budapest (1888). Al mismo año corresponden los doce lieder de El cuerno maravilloso para voz y or­questa (o piano); en ellos el carácter de balada popular resulta aún más acentuado que en las composiciones del ciclo de 1883. A 1888 pertenece, además, la primera Sin­fonía, en re mayor (v. Sinfonías). Durante el período 1891-1897 Mahler fue primer «Kapell­meister» del Teatro Municipal de Hamburgo; en el curso de esta época vio transcurrir los años más tranquilos y felices de su existencia. En 1894 terminó la segunda Sinfonía, en do menor, para orquesta y vo­ces de soprano, contralto y coro, y en la cual figuraban textos procedentes de El cuerno maravilloso y de Kíopstok; en 1895 dio fin a la tercera, en re menor, para con­junto orquestal, voz de contralto y coro de mujeres y niños, y sobre textos de Nietzsche y, asimismo, de la antología repetidamente citada. En parte gracias al interés de Brahms, quien apreciaba mucho a Mahler como director de ópera, fue llamado a Viena en 1897, primeramente como «Kapellmeister» y luego en calidad de director artístico.

La renovación por él introducida en la práctica de la ejecución resultó completa; y así, sus presentaciones escénicas de tal período per­sisten aún vivas y son estudiadas como ejemplares. La rigidez de su conducta le creó muchas enemistades, a causa de las cuales hubo de abandonar Viena en 1907. Sin embargo, el camino que indicara no iba ya a ser abandonado: los diez años de su labor en este aspecto dieron lugar a la gran tradición de la ópera del Estado, todavía persistente. A pesar de su cotidiana activi­dad de director artístico Mahler no dejó la composición. De 1900 es la cuarta Sinfonía, en sol mayor, la más breve y alegre del autor; en ella la intensidad de la expresión y la natural tendencia a la declamación vocal coronan la estructura de la obra en un plácido final en que interviene una voz de soprano. En 1902 terminó además de los cinco Rückert-Lieder, dos de sus principales producciones: la quinta Sinfonía, en do me­nor y para orquesta, y los cinco Kindertotenlieder, para voz y conjunto orquestal (o piano), y también sobre un texto de Rückert. En la primera de tales composi­ciones la instrumentación llega a sublimar la «nostalgia de la palabra cantada» que un crítico juzgó típica de las obras de Mahler para orquesta; en la segunda encuentra su máxima expresión el dolor resignado, pero profundo e inextinguible, que parece surgir de la historia eterna del hombre, y que, calidad humana esencial del autor, procuró éste traducir a un lenguaje universal.

Mahler vivió profunda y sinceramente la crisis del último período romántico; como la técnica contrapuntística de las sexta y séptima Sinfonías (1904 y 1905, sólo para orquesta) y el carácter gigantesco de la octava (1907, para conjunto orquestal, ocho voces solistas, un coro doble, otro de niños y órgano) constituyen otros tantos desesperados inten­tos por salir de un «impasse» que, en el plano íntimo, se traducía en un impotente deseo de encontrar una nueva orientación armónica y sonora. Tal conflicto se vio re­suelto en el terreno artístico con el ciclo para orquesta, contralto y tenor Das Lied von der Erde (1908), sobre textos traducidos del chino por Hans Bethge; aquí la fusión de instrumentos y voces resulta perfecta: éstas se han convertido en elementos de la estructura armónica en el mismo plano de los primeros; pero, no obstante, unos y otras poseen una función expresiva concreta de adherencia al texto. Este grito de una deses­perada tensión, tanto más desgarradora cuanto mayor resulta su tendencia a la alegría, se exaspera y llega a anticipar ciertas disoluciones propias del expresio­nismo, y luego se reconstituye, por así de­cirlo, en el sumiso y doloroso anhelo de la bellísima composición Der Abschied.

Siguió, en 1909, la nueva Sinfonía, en re bemol mayor, situada en un ambiente análogo. Estas dos obras corresponden a tres años de febril actividad profesional desarrollada sobre todo en los Estados Unidos. El empeoramiento de una inflamación cardíaca obligó a Mahler primeramente >al ingreso en un sana­torio de París, y luego al retiro en Viena, donde falleció a los cincuenta y un años. Dejaba incompleta una décima Sinfonía. Las Cartas del compositor fueron publicadas por su hija (Berlín, 1924).

C. Marinelli