Gialal ad – din Rūmi, Muhammad

Poeta persa de los más importantes, n. en Balkh (la antigua Battria, hoy en Afghanistán) el 30 de septiembre de 1207; murió en Konia el 16 de octubre de 1273. El sobrenombre de rumi le fue atribuido porque pasó la mayor parte de su vida en tierra de Rum, es decir, de Roma, como árabes y persas llamaban en aquel tiempo a Asia Menor.

Konia era entonces la capital del reino selyúcida de Anatolia. El ambiente en que G. vivió era inseguro, heterogéneo, saturado de fermentos religiosos. Aunque la dinastía rei­nante fuera turca, y gentes turcas hubieran afluido en masa, la cultura dominante era persa. Abundaban los griegos, los armenios, los «francos» y los judíos; el cristianismo y el judaísmo eran practicados de un modo amplio y libre. La vida religiosa islámica estaba dominada por corrientes místicas y sincréticas. El padre de G., Bajá addin Valad, era un erudito que se había marcha­do de Balkh, verosímilmente bajo la ame­naza de invasión mogola, y se había estable­cido con su familia en Konia, donde murió en 1231. G. recogió en herencia el saber de su padre, enemigo declarado de las especu­laciones filosóficas, y aprovechó las ense­ñanzas de un discípulo de él, Burhan ad-din, que tenía gran fe en las fuerzas del senti­miento.

Vivía enseñando, predicando, dando consejos. Se casó dos veces y tuvo hijos. Su vida tranquila y recoleta fue trastornada en 1244 por la llegada de un misterioso indi­viduo, un derviche vagabundo apodado por ello «parante» (el volante); se llamaba Shams de Tabriz; nadie sabía de dónde procedía. Cuando puso los pies en Konia, G., que lo había conocido ya al parecer en Damasco, lo llevó a su casa y más tarde le dió por esposa a su hija adoptiva Kimya. Se estableció entre los dos una misteriosa amis­tad, llamada, según la terminología súfica, amor espiritual. De la relación con este indi­viduo, acérrimo enemigo de todo conocimiento libresco, surgieron en G., por una parte, un ímpetu incontenible para expan­sionarse en un sentimiento de amor a la naturaleza y a la humanidad entera, y, por otra, una inagotable vena poética. La pre­dilección de G. por Shams provocó los celos de familiares y discípulos.

El derviche fue obligado a marcharse a Siria. Valada, hijo de G., lo volvió a traer a Konia, compade­cido de la desesperación de su padre. Pero en 1247, siete días después de la muerte de Kimya, desapareció Shams definitivamente de un modo misterioso. Se sospecha que le dio muerte un hijo de G. Éste no se resignó: dos veces marchó a Damasco en pos de las huellas del amigo, en el que veía la primera aparición del grado místico del «amado», superior a la del «amante». Y a él le dedicó G., firmando con su nombre, un desaforado cancionero, inspirado, más que en modelos literarios, por su entusiasmo y su auténtica pasión. Las cosas no acabaron como espera­ban los enemigos de Shams, ya que G. vio en un orífice de Konia, llamado Salah-ad- din, la reencarnación de Shams, el amado inmortal, e hizo de él su propio vicario (es decir, califa).

También Salah-ad-din corrió serios peligros a causa de los renovados celos de los que se veían abandonados; el nuevo «amado» murió de muerte natural unos diez años después. Shams reencarnó una vez más en un tal Husam-ad-din. A éste le dictó G. el Mathnawi-i Manawi (v.). Le dictaba día y noche, e incluso bailando. Un rasgo característico de G. era, en efecto, su pasión por la música y por la danza, que practicaba girando vertiginosamente sobre sí mismo en los momentos de excitación es­piritual. Según la relación de un biógrafo, a los funerales de G. acudieron gentes de todas las clases sociales, razas y religiones; incluso cristianos y hebreos, que veían en él a Jesús y Moisés redivivos. Y ciertamente, las enseñanzas de G. rebasan los angostos horizontes confesionales. De la «escuela» de G. nació una hermandad llamada de los Maulavi (así denominada del apelativo del maestro Maula-na, nuestro señor), la cual alcanzó un desarrollo particular y ejerció una fuerte influencia social, política y cultu­ral en el imperio otomano.

A. Bombaci