Géza Gárdonyi

Nació en Agárd el 3 de agosto de 1863, murió en Eger el 30 de octubre de 1922. Hijo de un pobre artesano, quedó huérfano de padre a los quince años, y no pudiendo continuar los estudios de segunda enseñanza, se inscribió en el magisterio de Eger, para procurarse lo más pronto posible un título.

De 1881 a 1885 enseñó en escuelas elementales de aldea; después, cansado de la miseria y de las humillaciones, marchó a Gyor para trabajar de periodista. Un matri­monio equivocado no sólo agravó su situa­ción económica, sino que lo trastornó mo­ralmente. Separado de su mujer, fue durante muchos años redactor mal pagado de diarios y revistas humorísticas de Györ y Szeged y en busca de consuelo espiritual, se extravió en el budismo. El primer empleo discreto le fue ofrecido en 1892 por el Magyar Hirlap de Budapest, donde, finalmente, alcanzó un éxito económico con una serie de escritos humorísticos dialectales, publicados anó­nimos y repudiados más tarde por el autor. A la edad de 34 años se retiró a Eger, que sólo abandonó para efectuar algunos viajes al extranjero.

En 1898 aparecieron los dos volúmenes de Mi pueblo (v.), que lo hicie­ron famoso de golpe. Sin rastro alguno de la tradicional idealización adulterada del campesino, llevó también a escena la vida del moderno pueblo húngaro en la aplaudidísima comedia El vino (v.). En las grandes novelas históricas que publicó a continua­ción, le interesa sobre todo la suerte del cam­pesino y de la masa popular. Las estrellas de Eger (v.), un magnífico fresco de la épo­ca de la dominación turca, trata de las aven­turas de héroes desconocidos, simples sol­dados, prófugos y prisioneros; en El hombre invisible (v.), la corte de Atila y las costum­bres de los hunos, reflejadas en las pequeñas peripecias personales de un joven esclavo griego, se iluminan con el atractivo y la autenticidad de las antiguas epopeyas po­pulares; en la soledad claustral de Los es­clavos de Dios (v.), el eco del mundo llega de lejos y apagado, y el protagonista de la novela no es más que un humilde fraile jar­dinero: sin embargo, aparece, en la narración de un modo evidente el alma magiar del siglo XIII. En las novelas sociales y en los cuentos de G., que no se distinguen menos, ya por la vivacidad de la relación, ya por el fino análisis psicológico y la fantasía nunca agotada en la creación de tipos y ambientes (v. El viejo señor), se manifiesta de un modo más libre la subjetividad del escritor: la desilusión que padeció en su vida conyugal arroja algunas sombras sobre su natural serenidad, y la limpidez de la forma interior, junto con la poesía del lenguaje, decaen algunas veces víctimas de una extraña filo­sofía personal, en la que se ve la influencia de Schopenhauer, mezclada con elementos budistas y teosóficos.

E. Varady