George Santayana

Nació el 16 de di­ciembre de 1863 en Madrid y murió en Roma el 26 de septiembre de 1952. Pertenecía a una antigua familia española. A los nueve años fue llevado a Boston, donde su madre, junto con los tres hijos de un matrimonio anterior, se había ya establecido, al margen de la aristocracia mercantil norteamericana a la cual perteneciera su primer esposo. George formóse en esta ciudad, aprendió el inglés y frecuentó la escuela; sin embargo jamás habría de asimilar este nuevo mundo. Durante gran parte de su existencia man­tuvo relaciones familiares y sociales con algunos miembros de la alta sociedad local, cuyos gustos difíciles llegó a compartir hasta cierto punto; no obstante, ya por es­píritu o temperamento vivió, en realidad, tan ajeno a Boston como a todo lo norte­americano.

La medida de su alejamiento del superviviente mundo puritano que entonces le envolvía y de su irónica penetración en la composición moral de aquella sociedad aparece manifestada implícitamente en toda su obra, y de una manera explícita en tres volúmenes de análisis moral y cultural: Carácter y opiniones en los Estados Unidos [Character and Opinión in the United Sta­tes, 1920], La tradición elegante en un brete [The Genteel Tradition at Bay, 1931] y El último puritano (1937, v.). A pesar de la redacción de sus textos en la lengua adop­tiva, de su perfecto dominio de la prosa inglesa y de la aversión a la residencia en su país natal, Santayana conservó hasta su muerte la ciudadanía española, ^y, ya desde joven, se consideró «una especie de huésped per­manente» del mundo de idioma inglés, «familiar y susceptible de aprecio, pero, no obstante, siempre extranjero». Los mismos norteamericanos, con frecuencia perturba­dos e incluso molestados por el blando cato­licismo y la mediterránea urbanidad del autor, han compartido tal criterio.

Una vez graduado en el Harvard College, prosiguió durante dos años los estudios de Filosofía en Berlín. Sin embargo, su entusiasmo ju­venil por la ideología alemana, singular­mente por la de ScHopenhauer, enfrióse pronto, y, andando el tiempo, llegó a trans­formarse en la activa y exaltada hostilidad que, en 1916, le dictaría El egotismo en la filosofía alemana (v.), la única obra de Santayana en la que el autor abandona su habitual y olímpica ecuanimidad. En adelante, los as­tros que orientaron su pensamiento fueron Lucrecio y Spinoza. Vuelto a América, se graduó y llegó, en 1889, a profesor de Filo­sofía de Harvard; allí permaneció hasta 1912. Situado entre colegas de un tempera­mento esencialmente distinto, como William James (v.), el aislamiento personal e irónico se convirtieron para él en norma permanente de vida. Sin embargo, empezó a com­poner sus primeros textos no como filósofo académico, sino en calidad de poeta y ena­morado de ciertas formas tradicionales de belleza y ciencia, y siempre de acuerdo con un criterio muy personal.

A su obra inicial, Sonetos y otros versos [Sonnets and Other Verses, 1894], siguió un volumen de estética en prosa, El sentido de la belleza (1896, v.). Antes del término de su carrera académica había escrito, además de otros libros de poesía y prosa, Interpretaciones de poesía y religión (1900, v.), una «summa» de su primera ideología filosófica integrada por cinco tomos y titulada La vida de la razón (1905-06, v.)» y los estudios de Tres poetas filósofos (1910, v.). Durante estos años pasó la mayor parte de su tiempo libre fuera de los Estados Unidos; los afectos de Santayana per­manecieron, esencialmente, europeos. Cuan­do, en 1912, el legado de un tío le propor­cionó la independencia económica, presentó su dimisión en Harvard y, con un senti­miento de liberación, abandonó América para siempre. Jamás le había gustado mucho la enseñanza, y todavía menos el ambiente académico norteamericano. El clima de protestantismo local resultaba tan opuesto a su espíritu como lo fueran las producciones por aquél engendradas a una inteligencia cuya fidelidad básica estaba vinculada a la sabiduría moral de Grecia y de la Europa católica.

En realidad, conside­ró siempre las distintas religiones como meras formas de mitología — representacio­nes figuradas de los diversos tipos de verdad moral derivados de la experiencia humana acumulada a través de la historia del mun­do —, susceptibles de un juicio inspirado en la misma comprensión indulgente y pa­ciente que el hombre sabio aplica a cua­lesquiera otras actividades e instituciones humanas, incluso a las más monstruosas. «Me gusta considerar la sociedad — escri­bió — como una parte de la naturaleza, y contemplarla como un incidente opuesto a su base no humana». Para Santayana «Europa» fue, durante la primera Guerra Mundial, Ingla­terra. El filósofo permaneció varios años en Oxford, de nuevo como un huésped ex­tranjero, aun cuando esta vez en un mundo cuyas madurez y densidad culturales resul­táronle afines. Tal estancia dio lugar en 1922 a las meditaciones en prosa tituladas Soliloquios en Inglaterra… (v.).

Terminada la contienda, Santayana inició en el continente la existencia que habría de vivir hasta su muerte: de sabio cosmopolita, de evasivo y semilegendario erudito errante, «.con dispo­siciones sacerdotales». Cómodamente en to­das partes, pero asimismo por doquier ex­tranjero, residió en París, en Londres y en Roma. De la pluma del solitario vagabundo fluyó una serie de obras cuyo rigor intelec­tual apareció alternativamente oscuro y luminoso a causa de las oscilaciones barro­cas y del hipnótico y deslumbrante ritmo de su prosa. La más importante de estas producciones es el extraordinario ciclo en cuatro tomos en el que figuran las últimas evoluciones de su pensamiento, Los reinos del ser [Realms of Being, 1927-40]; la más sorprendente, la novela El último puritano, que publicó a los setenta y seis años y cons­tituyó durante algún tiempo un gran éxito editorial.

Los años finales de su existencia, que pasó en un convento de Roma, donde falleció víctima del cáncer, estuvieron dedi­cados a un estudio de la religión, La idea de Cristo en los Evangelios [The Idea of Christ in the Gospels, 1946], a un trabajo sobre las instituciones políticas, Potencias y do­minios [Powers and Dominations, 1951] y a una autobiografía, Personas y lugares [Persons and Places]. Aparte del público de su novela, los lectores de la obra de Santayana no han sido jamás numerosos, y suelen ser, con frecuencia, más bien hombres de men­talidad literaria (acostumbrados, como el autor, a dar a los textos filosóficos la con­sideración de «poemas» conceptuales con una visión única del universo) que filósofos sistemáticos, quienes la encuentran dema­siado evasiva, poética, olímpica y ajena tan­to a los problemas contemporáneos como a las tradiciones locales del pensamiento.

S. Geist