George Bernard Shaw

Nació en Dublín el 26 de julio de 1856 y murió en Ayot St. Lawrence el 2 de noviembre de 1950. Su obra de comediógrafo y su actividad de ensayista reflejan una concepción de la vida en la cual ejercieron influencia determinante las condiciones de su infancia. Sus progeni­tores pertenecían a la buena burguesía. Sin embargo, el padre, de origen anglo-irlandés como su esposa, convirtióse en esclavo de la bebida y fue alejándose progresiva­mente de la familia, en la que figuraban, junto al futuro escritor, dos hermanas mayores que él. Respecto de la madre, entregada al cultivo del arte musical, el mis­mo Shaw dijo más adelante que no había sido «ni esposa ni madre». El único vínculo en­tre ella y sus tres hijos fue la música; por lo demás, «no pensó nunca — escribe el autor — que los otros, singularmente los niños, tuvieran necesidad de orientación e instrucción, ni le importó en absoluto lo que éstos comían, bebían o incluso hacían, con tal de que no llevaran a cabo verdade­ras torpezas».

Durante su niñez Shaw vivió, pues, abandonado a sí mismo; ello le hizo huraño y tímido, y le formó, por defensa instintiva, una corteza de egoísmo. Sólo un tío pareció interesarse por el muchacho, aun cuando, desgraciadamente, para hacerle oyente de sus historietas obscenas. Sigue diciendo el autor: «Creo, en cuanto a mi caso, que, si bien no recibí malos tratos, puesto que mis padres eran incapaces de cometer en absoluto ningún acto inhumano, el olvido en el cual se me tenía determinó en mí una horrible autosuficiencia, o, me­jor, el afán de ayunar ante festines imaginarios; ello puede haber retardado notable­mente mi desarrollo y hecho de mí hasta hoy una bestia traidora en materia de afec­to puro». Esto último, empero, no le impi­dió mantener, muchos años después, una larga relación sentimental con la actriz Ellen Terry. A la mencionada autosuficien­cia se halla vinculado seguramente uno de los motivos clave de la personalidad de Shaw. Otro de éstos debe buscarse en la preocupa­ción económica.

La citada situación llevó la familia a la pobreza; y así, tal experiencia infundió en el muchacho el horror de la indigencia e indújole a ver en ésta la causa de todos los males y a considerar el dinero como panacea universal. La hermosa voz de soprano de la señora Shaw ocasionó la relación de ésta con el músico George J. Vandaleur Lee, vínculo acerca del cual se hicieron in­sinuaciones seguramente infundadas. Trans­currido algún tiempo, Lee invitó a la fami­lia a compartir su propia casa, donde el muchacho asimiló las obras de los grandes compositores y adquirió una buena cultura musical. Por lo demás, su carácter huraño y tímido le hacía reacio a la escuela; de esta suerte, los estudios del joven Shaw resultaron discontinuos e irregulares. Recibió la mayor parte de su instrucción de las numerosas lecturas de toda suerte a que se entregaba con avidez cuando no vagabundeaba por las calles con otros muchachos no precisamente demasiado ejemplares. Cumplidos los quince años, vio disgregarse la familia; Lee marchó a Londres, a donde siguióle muy pronto la señora Shaw, que estableció allí una escuela de música y llevó consigo a las dos hijas, la segunda de las cuales falleció poco des­pués en un sanatorio.

Tales acontecimien­tos devolvieron la sobriedad al padre, quien permaneció en Irlanda junto a su hijo, que empezó a trabajar con un agente de la pro­piedad inmobiliaria. Lee había adquirido un «cottage» en Dalkey Hill, sobre la bahía de Dublín; allí asimiló el muchacho el am­biente de su isla, que fue siempre la patria de sus ensueños y afectos. Frente a ella, empero, Inglaterra suponía todas las posi­bilidades, incluso la riqueza y la fama. Los dos aspectos de su naturaleza, simbolizados por Irlanda como facultad de sentimiento y por Inglaterra en cuanto posibilidad de acción, le parecieron, no obstante, inconci­liables. Tal conflicto quedó expresado pos­teriormente en la comedia La otra isla de John Bull (1904, v.), donde el ingeniero irlandés Larry Doyle, que trabaja en Ingla­terra con el hombre de negocios Thomas Broadbent, lleva, sin duda, su isla en el corazón; pero afirma que sólo uncido al mismo carro que Broadbent ha aprendido a vivir en un mundo no imaginario, sino real. Esta división de la existencia entre un exterior verdadero y un interior irreal con­denó a Shaw ya desde el principio de su carrera a buscar el reino de los cielos fuera de sí mismo.

Así como hubiera sido un niño feliz de haberse ocupado de él su madre, también los hombres serían dichosos si el Estado se interesara por ellos; puesto que, según su opinión, el mal, de origen externo y no interno, era fruto de la pobreza y de la inseguridad, y sólo podría cesar tras la desaparición de tales causas. Esta concep­ción aparece ratificada en muchas de sus comedias: en La comandante Bárbara (1905, v.) Undershaft dice a su hija que le había salvado el alma procurándole una renta; en El dilema del doctor [Doctor’s Dilemma, 1906], Louis Dubedat, pintor genial, pero pobre, aparece contrapuesto a los ricos mé­dicos especialistas; y en 1912, en Pigmalión [Pygmalion], Shaw transforma a la florista en una lady, sin sospechar en absoluto que frente a la conveniencia material puedan existir desventajas mayores de otro género. Todo ello permite comprender que el autor, llegado a los veinte años, resolviera dejar el mundo interior e irreal de Irlanda y tras­ladarse a la realidad exterior de Inglaterra; pasó, pues, a Londres, junto a su madre, para dedicarse a la actividad literaria, que inició intentando la novela.

Entre 1884 y 1888 compuso las obras de este género titu­ladas Inmadurez [Immaturity], El nudo irra­cional [The Irrational Knot], primer reflejo de su admiración por Ibsen, La profesión de Cashel Byron [Cashel Byron’s Profession], Amor entre artistas [Love Among the Artists] y Un socialista no social [An Unsocial Socialist]. Ninguna de ellas, empero, conoció el éxito; repetidas veces los editores rechazaron tales novelas, que, sin embar­go, una vez llegado Shaw a la fama, fueron no sólo publicadas, sino incluso dadas a la luz en ediciones piratas. Durante nueve años el escritor vivió en medio de una gran pobreza y mediante la escasa ayuda reci­bida de sus padres. Dijo de sí mismo: «No he luchado jamás; he subido siempre por mera fermentación». Ello, sin embargo, pa­rece ser, por lo menos en parte, una especie de mito propio a la inversa, creado por el mismo escritor casi por afán de paradoja. En realidad, los primeros nueve años pasa­dos en Londres, con su labor aparentemente inútil e improductiva, hacen pensar, mejor que en una efectiva pasividad, en la incertidumbre y la desorientación de quien no ha encontrado todavía su camino.

Fundada en 1884 la Fabián Society, Shaw adhirióse a ella poco después, y le dedicó una intensa actividad de difusión de las teorías socia­listas; y así, en el curso del obstinado es­fuerzo llevado a cabo para vencer su propia timidez, pronunció, a lo largo de doce años, innumerables discursos al aire libre y en lugares de reunión, tanto en la capital como fuera de ella, sin percibir remuneración alguna. Por aquel entonces, empero, la pro­tección de William Archer le permitió ini­ciar su actividad en el seno del periodismo londinense; de esta suerte, fue crítico de arte en The World (1885), literario en The Pall Malí Gazette, y musical en The Star. Luego ejerció esta última actividad en The World, e hizo famosas las iniciales G. B. S. con que firmó las críticas teatrales en The Saturday Review, entonces dirigida por Frank Harris, quien escribió posteriormente una biografía del autor, del cual ofrece una descripción más personal que fiel. Como crítico de teatro defendió a Ibsen cuando el dramaturgo noruego era considerado pe­ligrosamente modernista, y compuso (1891) La quintaesencia del ibsenismo [The Quintessence of Ibsenism], uno de sus principales ensayos.

De acuerdo con las tendencias propias de la Inglaterra de fin de siglo, al entusiasmo por Ibsen unió, en el ámbito de la música, la admiración a Wagner, a quien dedicó en 1898 otro de sus grandes ensayos, El perfecto wagneriano [The Perfect Wagnerite]. Mientras tanto, y asimismo estimu­lado por Archer, había empezado a escribir para el teatro. En 1885 compuso, como fruto directo de su fabianismo, las Casas de viu­dos (v.), obra que, iniciada en colabora­ción con el propio Archer y terminada sólo por él, constituye un ataque dirigido con­tra los propietarios de «slums»; la comedia fue representada por dos veces en el Teatro Inglés Independiente: estas dos represen­taciones mostraron el camino a Shaw, quien se convenció de su vocación teatral. Al año siguiente apareció El pisaverde [The Philanderer], comentario sobre el ibsenismo y la «mujer nueva». Las primeras comedias del autor no llegaron a los escenarios nor­males y fueron representadas en pequeños teatros independientes. La profesión de Mrs. Warren (v.), que en^ 1894 afrontó el problema de la prostitución en relación con el orden social vigente, conoció incluso la prohibición de la censura, y no alcanzó los escenarios ingleses hasta 1902.

Sin embar­go, en el mismo año de 1894 un teatro expe­rimental de Londres presentó Las armas y el hombre (v.), sátira del romanticismo y de la «falsa gloria» de la guerra; en tal fecha también fue compuesta Cándida (v.), que, inspirada en el mismo tema de la co­media de Barrie Lo que todas las mujeres saben [What every Woman knows), reivin­dica el papel de la mujer en el hogar frente al hombre, quien, cuanto más elevado pú­blicamente, tanto más resulta ser un gran niño, débil, viciado y al que la esposa pro­tege de las duras realidades de la existencia. En 1898, a los cuarenta y dos años de edad el exceso de trabajo le quebrantó la salud. Asistido en el curso de la enfermedad por la rica miss Charlotte Francés Payne- Townshend, del condado de Cork y miembro del movimiento feminista, contrajo matri­monio con ella una vez restablecido. A par­tir de entonces se dedicó exclusivamente al teatro. Salvo muy pocas excepciones, sus personajes son portavoces de sus ideas o ex­ponentes de las condiciones e instituciones criticadas por el autor, a quien no escapó ninguno de los defectos del victorianismo declinante ni del fin de siglo.

Shaw cree firme­mente que la salvación de la sociedad debe buscarse en los campos económico y social, y critica y satiriza la organización social que le circunda. En realidad, debe ser consi­derado creador, no de personajes según la acepción humana del término, sino de con­versaciones y discusiones llenas de inteli­gencia e ingenio entre el juego rutilante de las paradojas. Andando el tiempo, y tras una fase de oposición, el público inglés se acostumbró a ver criticadas por las comedias de Shaw todas las instituciones nacionales. Lo paradójico parece haber contaminado incluso la misma esencia del autor, por cuan­to este demoledor de todo lo establecido llegó a convertirse él mismo en una institu­ción, y, aun cuando favoreciera la toleran­cia, afirmó sus propias ideas en los prólogos de las comedias con el más apodíctico, pe­rentorio e intolerante de los tonos. Aunque del fin de siglo asimilase la admiración por Ibsen y Wagner, reaccionó contra tal pe­ríodo en otros aspectos.

A su propia infan­cia se remonta el origen de sus tendencias socialistas, que incluso en 1928 le inspiraron otro de sus célebres ensayos: Guía del so­cialismo para la mujer inteligente (v.). La utilización de los personajes como portavoces de ideas tiene un precedente en las novelas satíricas de T. L. Peacock, y la explicación naturalista de mitos y religio­nes resulta propia de la ciencia del si­glo XIX. Shaw opuso al espíritu Victoriano, además del socialismo, su defensa de la posición de la mujer en la sociedad; por otra parte, las ideas de Shaw acerca de la evo­lución de la especie humana proceden no tanto de las teorías de Darwin como de la unión de un elemento espiritual con el factor biológico sostenida por Samuel Butler, quien, típicamente antivictoriano, fue el verdadero espíritu gemelo de nuestro autor, el cual, con todo, estuvo exento en su sátira de la acritud que caracterizara la producción del primero.

Si bien su obra, vinculada a condiciones sociales contingen­tes y no creadora de personajes artística y humanamente vivos, puede ser considerada como una forma elevada de periodismo, la animación del diálogo — herencia de los comediógrafos de la Irlanda de la Restau­ración, como Sheridan y Farquhar, y visible asimismo en el teatro de otro irlandés con­temporáneo de Shaw, O. Wilde — la sitúa en un alto nivel artístico, y ha conferido a algunas de las comedias de nuestro autor una vida duradera. Este elemento de arte y la fun­ción social ejercida por su producción, ob­tuvieron en 1925 el reconocimiento oficial del Premio Nobel.

S. Rosati