Gabriel Miró

Nació en Alicante el 28 de julio de 1879 y murió en Madrid el 27 de mayo de 1930. Hizo sus estudios en el colegio de Santo Domingo de Orihuela y en el ins­tituto de Alicante. Se licenció en Derecho en la Universidad de Granada, después de algunos cursos en la de Valencia. Tuvo modestos empleos en el Ayuntamiento y Diputación de Alicante. En 1901 se casó con Clemencia Maignon, hija del cónsul de Francia en dicha ciudad. En 1914 reside en Barcelona, en cuya Diputación consigue un empleo, y donde la editorial Vecchi y Ra­mos le encarga la preparación de una enciclopedia religiosa. En 1920 es funcionario del Ministerio del Trabajo en Madrid. Vive primeramente en el barrio de Argüelles y encuentra un joven admirador en su vecino Dámaso Alonso, que se relaciona con él y lo evoca después exhalando vida y tratando de «domeñar la rebeldía de la melena glo­riosa». Como escritor fue cronista de la ciudad de Alicante (1911). Desde 1921 secre­tario de los concursos nacionales del Minis­terio de Instrucción Pública, en el que también tuvo un empleo. En 1925 ganó el premio Mariano de Cavia.

Colaboró en diarios y revistas como ABC de Madrid y La Nación de Buenos Aires. Cuantos crí­ticos han estudiado su obra, insisten en que, ante todo, es un poeta y que su len­guaje es el propio de la poesía. Como nove­lista, su novela se aproxima más al ensayo. Pero la gloria de Miró es su expresión, por­que él consideraba la palabra «como la más preciosa realidad humana». Aunque los motivos, tipos y pueblos que nos presenta pertenecen a los predilectos de la gene­ración del 98, su forma externa es más propia de la de los poetas modernistas. Cada vocablo, cada frase de Miró, está hipercargada de emoción y, sobre todo de sensaciones. No sólo hay en su lenguaje la expresión de cada uno de sus sentidos, sino que se acumulan en él las sensaciones de dos o de tres de ellos en una complejidad y ri­queza nada frecuentes. El profesor Sánchez Gimeno, de la Universidad de San Fran­cisco, que le ha estudiado en 1960, como sus demás críticos, insiste: «Miró es ante todo un sensitivo; todo en él entra por los sen­tidos». No hay dinamismo. Son cuadros de una extraordinaria potencia evocadora. Baquero Goyanes, que lo confronta con Proust, habla de su «técnica inmovilizadora», de su mundo inmóvil, casi de retablo.

Su geo­grafía, retratos y paisajes, los centra en su región natal levantina. Comenzó a ser co­nocido, cuando en 1911, el «Cuento Sema­nal» le premió Nómada, la narración de un rico jijonense que perdió a su hija y a su esposa y que, para olvidar sus penas, se entregó a la mala vida en la que dilapidó su hacienda convirtiéndose en un nómada nostálgico en Francia, hasta regresar a su tierra en la miseria; y, vencido y humi­llado, refugiarse en casa de su hermana que estima como una desdicha su llegada. Esta novelita, que había sido precedida de otras — la primera parece que fue La mu­jer de Hojeda (1901) —, le situó entre los escritores españoles como un levantino que escribía unas novelas distanciadas de los regionalismos conocidos. En Barcelona se le publicó una novela muy valiosa dentro de su genio típico: Las cerezas del cementerio (1910, v.). Valdivia regresa a su pueblo en busca de reposo, pues está enfermo del co­razón, y, en el viaje, conoce a una señora con la que un tío suyo había tenido relacio­nes amistosas muy accidentadas. Valdivia y ella se apasionan y todos conocen sus amores culpables. Cuando Valdivia muere es enterrado en el cementerio de Posuna, famoso por sus cerezos con ricos frutos que nadie come pensando en que toman su sus­tancia de los muertos.

Pero la amante visitó su tumba y comió de sus cerezas, con las que «sorbía y comulgaba la esencia del amado». Es una novela cuyo estilo está per­fectamente adecuado a ese contenido de exaltado e impresionante misticismo amoroso. En El abuelo del rey (1915) presenta tipos pueblerinos de Serosa, y el principal de ellos, don Arcadio, amante de la tradi­ción, que se amarga la vida primero con el hijo (ingeniero que ama los viajes y se casa con una cubana que muere del primer parto sin que su suegro haya demostrado el más pequeño interés por ella; aquél se aleja de sus padres y muere en Filipinas) y después con el nieto (arruina a los abuelos con sus supuestos inventos, y se va a Améri­ca sin que nunca se sepa de él más que una vaga noticia de que unos indios le han pro­clamado rey). Aunque es de las más diná­micas no es precisamente de las mejores. En Nuestro Padre San Daniel (1921, v.), «novela de capellanes y devotos» que sitúa en Oleza (Orihuela), en medio de las intri­gas familiares resplandecen figuras como Paulina, transida de sensualidad por el paisaje que «le latía encima», o el cura don Magín, entre maravillosas descripciones como la muerte de don Daniel o la de las solemnidades litúrgicas de unas vísperas en la catedral de Oleza.

Ya había comenzado La novela de mi amigo (1907) con un per­sonaje de deseos frustrados y desventuras (la muerte de su hermana de tres años quemada por un pan hecho brasa, su vida con una mujer sórdida y sin ser capaz de asirse a la única esperanza que es el amor que siempre le ha profesado su cuñada, siempre silenciosa junto a él, acaba con su suicidio en el mar «sorbiendo la copa de su amargura»). Niño y grande (1922, v.) con dos aspectos; el de un murciano de la huerta que narra su infancia y confidencias con dos condiscípulos; y, después, cuando los volvemos a encontrar, enredados en adulterios más o menos románticos. La parte de esta novela en la Mancha puede considerarse autobiográfica porque se puede creer coincidente con el viaje que Miró realizó a Ciudad Real en 1893. También son auto­biográficas El libro de Sigüenza (1917, v.), en el que Sigüenza personifica al autor con su bondad, su sencillez, su melancolía y su sinceridad que fracasan ante la hipocresía y la inmoralidad aldeanas; y Años y leguas (1928, v.), en el que, ante Sigüenza, pasan veinte años y el paisaje (pueblos, masías, calvarios, morteretes, etc.) comenzó «a pa­sar y envejecer referido a su vida». Esta última obra — la última también de su bi­bliografía— se considera lo mejor y más expresivo de su producción: forma brillante modernista y los aldeanos y los pueblos del 98.

Lo que hay en los libros citados de cuadro pictórico se considera el mejor acierto estético de Miró Por esto tienen gran significación Figuras de la Pasión del Señor (2 volúmenes, 1916-17, v.) y El humo dor­mido (1919, v.) con sus Tablas del Calenda­rio entre el humo dormido. Dos obras en las que escenas y personajes del tema van apareciendo como acuarelas. En la primera, con emoción y vivos colores, nos presenta quince capítulos, cada uno con independen­cia del resto. Los tipos — aunque vestidos con los ropajes bíblicos — están tomados de su humanidad levantina. Los paisajes de su tierra natal se sobreponen a las estampas de Judea. En los de la segunda obra citada, con los personajes, nos va describiendo toda la Semana Santa. Como típica expre­sión del arte literario mironiano ha de ci­tarse El obispo leproso (1926, v.), en la que nos presenta la ciudad puritana en aparien­cia, pero contaminada de las más deshones­tas pasiones. La lepra patéticamente llama­tiva se da en el prelado de la diócesis, ya que el leproso es personaje de la predilec­ción mironiana. Aunque se ha acusado a Miró de abusar de un vocabulario precioso y desusado, su prosa es de una gran originalidad y una de las expresiones más ricas de la literatura española moderna.

A. del Saz