Friedrich Wilhelm Nietzsche

Nació en Rocken (Prusia) el 15 de octubre de 1844, fiesta del rey Federico Guillermo IV, de donde su nombre; murió en Weimar el 25 > de agosto de 1900. Tenía cuatro años cuando su padre, todavía muy joven, murió en un accidente, y el recuerdo de la desgracia ten­drá para Nietzsche una importancia determinante, tanto más cuanto que poco después moría también el hermano. Habiéndose trasladado con su madre a Naumburg ander Saale, a los nueve años improvisaba música y escri­bía versos y a los doce entró en el colegio de Pforta, antiguo monasterio cisterciense. El padre y la madre pertenecían a familias de pastores luteranos, y su destino parecía estar sellado: continuaría el ministerio pa­terno. En el colegio se hizo notar por una «proeza»: para probar que la historia de Mucio Scévola no era legendaria, como sos­tenían sus compañeros, introdujo su mano en una estufa y sacó de ella un carbón ardien­do. A los diecisiete años renunció a la carrera de pastor y a los dieciocho entró en la Universidad de Bonn, donde vivió aisla­do. En 1863, siendo estudiante en la Uni­versidad de Leipzig, quedó trastornado por la lectura de El mundo como voluntad y representación (v.), de Schopenhauer; y es­cribió a su hermana Lisbeth: « ¿Qué busca­mos? ¿El reposo, la felicidad? No, sólo la verdad, por espantosa y dolorosa que pueda ser…».

En este período conoció a Erwin Rohde, que fue durante mucho tiempo su mejor amigo, y se sintió lleno de admiración por Bismarck. En 1867, a pesar de su miopía, viose llamado al servicio militar; pero fue despedido de él a consecuencia de una caída de caballo. Una importante re­vista berlinesa, el Rheinisches Museum, le encargó algunos trabajos sobre temas diver­sos: la historia de los fragmentos de Teognis, la crítica de los líricos griegos, las fuen­tes de Diógenes Laercio, Homero, etc. Se ocupaba entonces en todo, excepto en po­lítica. «Decididamente — decía — no soy un animal político.» Después de la lectura de Schopenhauer, el segundo acontecimiento importante de su juventud lo constituyó su descubrimiento de Richard Wagner, por el que sentía la mayor admiración. El éxito de los trabajos publicados en el Rheinisches Museum le valió, antes de la licenciatura, el nombramiento de profesor de filología griega en Basilea (1868), donde tuvo como colegas y confidentes a Overbeck, Burckhardt y Romundt. La estancia en Basilea le permitía ver más fácilmente a Wagner, que habitaba en Triebschen, a orillas del lago de los Cuatro Cantones, con Cósima, la hija de Liszt, que hacía poco había huido con él y se había convertido en su esposa. Nietzsche pasó a ser un asiduo de la casa y un amigo íntimo. En 1870, bajo la influencia de Wagner, comenzó a escribir su libro sobre El nacimiento de la tragedia (v.).

Habién­dose alistado en el ejército ante el anuncio de la victoria alemana, fue enviado como oficial de sanidad a Francia y después a Karlsruhe, donde enfermó. Alemania le pa­recía en aquel tiempo una Grecia rediviva, con Bismarck, su jefe, Moltke, su soldado, Wagner, su poeta y él mismo, su filósofo. A finales del año 1871 aparecía su libro titu­lado El nacimiento de la tragedia con el sub­título Helenismo o pesimismo; pero la obra no tuvo éxito. Desde Winckelmann (v.), la crítica clásica reconocía un solo aspecto del arte griego, el simbolizado por Apolo: arte hecho de medida y de equilibrio, objeto de una contemplación serena, juzgada por en­cima de un mundo condenado al sufrimien­to. Nietzsche le opone otro aspecto simbolizado por Dionisos: es el éxtasis al que tiende la uni­versal voluntad de vivir y que permite huir del sufrimiento, no negándolo, sino negan­do su causa, que es esta misma voluntad llevada al último extremo. La influencia de Wagner, combinada con la de Schopenhauer es, por lo tanto, la que predomina en este tiempo, y durará incluso después que aquél se establezca en Bayreuth, gra­cias a la amistad de Luis II de Baviera. Una primera crisis espiritual atravesó Nietzsche cuando se separó del pesimismo de Schopenhauer y del esteticismo de Wagner, lle­gando a repudiar el arte como medio de evasión.

Comenzó con la publicación de las Consideraciones intempestivas (1873-76, v.), en la que se denuncia la historia como ve­neno de un hombre sano y contento de vi­vir. Habiendo obtenido licencia de la Uni­versidad de Basilea, partió para Italia con dos amigos, Alfred Brenner y Paul Rée, y en Sorrento, donde fue huésped con sus amigos de Malwida von Meysenburg, vol­vió a encontrar a Wagner, que estaba en­tonces preparando Parsifal (v.). Esta obra marcaba, para Nietzsche, el punto culminante de la degeneración europea: la negación de la voluntad de vivir no es otra cosa que una extinción del instinto vital. Es la idea que desarrolla en Humano, demasiado hu­mano (1878, v.), el libro que señala su separación definitiva de Wagner, y en El viajero y su sombra (1880, v.). En este pe­ríodo leía a los moralistas, especialmente a Rochefoucauld, a Chamfort y también a Pascal; admiraba su lucidez, su desintere­sado amor a la verdad, su rigor, su clari­dad. A partir de 1879, enfermo, abandonó la cátedra de Filología y comenzó una vida errante. Su hermana lo llevó al principio a Engadina, donde volvió todos los vera­nos, beneficiándose del aire de alta mon­taña.

Siempre enfermizo, habrá de vivir ahora con la pensión de 4.000 francos que le pasa la Universidad de Basilea. Los li­bros que publicará no alcanzarán ningún éxito, y verá cómo se hace el vacío en tomo a él. Tras una breve estancia en Naumburg, cuyo clima le perjudicaba, pres­tó oídos a la llamada de su ex alumno Peter Gast, que vivía en Venecia, con mu­chas estrecheces, pero con mucha libertad, y se dedicaba a componer música. Venecia le sedujo desde el primer momento. Peter Gast le hacía de lector, de secretario y de músico, y Nietzsche se convirtió, gracias a él, en un «mediterráneo». Presentía una nueva poesía, una nueva música, una nueva filo­sofía, que vendrían por sí mismas y sin necesidad de oposición, extrayendo su goce de una afirmación apasionada. En esta at­mósfera nacieron los aforismos contenidos en Aurora. Pensamientos sobre los prejui­cios morales (v.). Tras una nueva tenta­tiva de establecimiento en Naumburg, Nietzsche pasó el invierno en Génova, donde vivió la vida del pueblo, que lo llamaba «el pe­queño santo»: su libro apareció en el ve­rano de 1881, en el que volvió a marchar a Engadina y, a comienzos de agosto, experi­mentó allí el singularísimo éxtasis del Eter­no Retorno.

La lectura de Empédocles, la de los filósofos más conocidos a través de Oldenberg, la más reciente de Kant (La fuerza), le habían llevado a considerar el uni­verso como animado por un movimiento cíclico. Una tarde, paseando por los bos­ques de la parte de Silva-Plana, se detuvo Nietzsche a los pies de la roca de Surlei, hoy con­sagrada a su memoria, que cae a pico so­bre las aguas del lago de Sils. Allí, «a 6.500 pies sobre el nivel del mar y muy por en­cima de las cosas humanas», tuvo la intui­ción de que, no teniendo fin la duración del Mundo, y siendo, por el contrario, en nú­mero finito los elementos que lo componen, las combinaciones que en cada instante lo constituyen son igualmente limitadas. Un instante como éste, en el que Nietzsche, convale­ciente, contempla el lago a los pies de la roca, está destinado, pues, a volver de un modo fatal. Así el mundo del haber de ser se acerca al mundo del ser hasta casi el punto de coincidir con él. Esta antigua creencia, recogida por Nietzsche, es trasladada por éste del mundo mítico al místico: para él, es menos importante la repetición del mo­mento que la alegría dionisiaca con la que es acogida esta repetición, y la eternidad del retorno de las cosas tiene significado sólo por el instante que señala para nos­otros este retorno; instante que asume en él caracteres de eternidad.

El hombre, a su vez, se convierte en un héroe cuando acep­ta, o, más bien, cuando quiere este eterno retorno, en apariencia absurdo y desesperanzados y le dice a la Naturaleza: « ¡Una vez más!». Terminada la exaltación, Nietzsche ex­perimentó en tres ocasiones la tentación del suicidio. Después, a pesar del completo fracaso de Aurora, pasó un invierno rela­tivamente feliz en Génova, donde frecuen­tó el Teatro de la ópera. En Venecia había vuelto a encontrar la música de Chopin; en Génova, fue la de Rossini, la de Bellini, la de Bizet: «.Carmen me libera», decía. Pu­blicó una nueva obra en prosa y verso, La gaya ciencia (v.); en primavera quiso hacer un crucero por el Mediterráneo y se em­barcó en un velero en ruta hacia Sicilia. Llegó a Mesina abatido, y, sin embargo, le entusiasmó la estancia en aquella tierra clásica; pero el calor le obligó a partir ha­cia Roma, donde Malwida von Meysenburg le presentó a una joven rusa, Lou Salomé, a la que deseaba casar con él y de la que Nietzsche se enamoró. Poco después de haberlo pensado durante algún tiempo, Lou Salomé se negó al matrimonio propuesto, para que­dar siendo su amiga y discípula: se inter­cambiaron cartas, poesías, se volvieron a ver en Tautenberg, junto a Bayreuth, don­de, atraídos por la representación de Par­sifal, se encontraban también Overbeck, Gerschorf, la Meysenburg y su hermana Lisbeth.

Y fueron los celos de esta última por Lou, y acaso también los de Nietzsche por Paul Rée, los que determinaron la ruptura. Nietzsche volvió a invernar en Italia, en Rapallo. Allí tomó cuerpo la concepción del Super­hombre — o mejor, del Sobrehumano— y Nietzsche escribió la primera parte de Así hablaba Zarathustra (v.), el gran libro profético, en el que exalta los valores de la vida frente a los del conocimiento. El libro apa­reció en 1883: Wagner acababa de morir en Venecia, después de haber conocido un éxi­to triunfal. Un retorno a Engadina permi­tió a Nietzsche escribir sobre el mismo lugar de la «visión» la segunda parte, que contiene también las reminiscencias líricas de una estancia en Roma en junio de 1883. El invierno lo pasó en Niza, que encantó al via­jero y lo retuvo largo tiempo lejos de sus otras residencias: la tercera parte fue escrita y publicada al mismo tiempo que la segun­da, en 1884; la cuarta sólo pudo ser impresa en cuarenta ejemplares por falta de editor. El subtítuto de la obra era Un libro para todos y para nadie, y se presentaba, en efecto, como un sustituto del Evangelio, destinado a una difusión tan vasta como este último, y, al mismo tiempo, como un anuncio de los tiempos nuevos, difícil de comprender. La cultura moderna tiene nece­sidad de ser fundada sobre una fe en valo­res que no sean los decadentes que inspira­ron el cristianismo, el pesimismo, el racio­nalismo, el moralismo, el socialismo.

Zarathustra es el hombre fuerte que destroza las antiguas tablas de la ley y las sustituye por otras: no es, sin embargo, un puro des­tructor; es un mesías. Las mismas ideas son desarrolladas en un libro de aforismos, mu­chos de los cuales obedecen a un plan sis­temático: La voluntad de poderío (v.), y que, publicado sólo después de su muerte, ocupará a Nietzsche durante muchos años, en Ale­mania y en Niza, donde vivirá alternativa­mente. Entretanto, recibe la visita de rarísi­mos lectores atraídos por sus ideas, los cua­les, empero, no volverán a él, excepto un escritor joven, amigo de la viuda de Wagner, Heinrich von Stein, y un diletante va­gabundo, admirador suyo, Paul Lanzky, que fue a buscarlo a Niza. En 1886, después de una estancia en Venecia, donde volvió a ver a Peter Gast, y otra en Alemania, pu­blicó Nietzsche a expensas propias un ensayo im­provisado sobre el tema que le ocupaba por completo, Máü allá del bien y del mal, introducción a una filosofía del futuro (v.).

A pesar de sus desplazamientos, Nietzsche llevaba una vida monótona. Durante cinco años seguidos vivió en Sils Maria, junto al pinar, en una habitación por la que pagaba un franco diario. Allí trabajaba todas las ma­ñanas, declamando sus frases y subrayan­do su ritmo mediante puñetazos que daba en el tabique. Marchaba después a una fonda cercana, donde comía en compañía de señoras que iban allí todos los años y que le hacían el favor de llenarle el plato, puesto que él apenas veía entonces. No le gustaba hablar de su obra, ni de sus ideas; pero se complacía en dar largos paseos con sus compañeras ocasionales, con las que se mostraba delicado y servicial, tan respe­tuoso en la vida como lo era poco en la obra. Por la noche cenaba sólo con un trozo de dulce y una taza de té que se preparaba él mismo, igual que el café de la mañana. Proyectaba ir a Córcega, y en especial a Corte: «Allí fue concebido Napoleón. ¿No es tal vez el lugar más adecuado para em­prender una transmutación de todos los valores?». Allí terminaría La voluntad de poderío. Pero era un viaje demasiado difí­cil, y, además, el libro no encontraba edi­tor. Nietzsche se puso a escribir prólogos para la reimpresión de sus libros ya publicados.

En Niza, donde pasaba el invierno, leía a Galiani, a Stendhal, a Maupassant, a Baudelaire, y allí conoció a Guyau, de quien leyó el Esbozo de una moral sin obligación ni sanción (v.); tenía afinidades con él, aunque hubiera una fundamental discre­pancia entre ellos, al no hacer Guyau otra cosa que reforzar la moral tradicional con el arma usada por Nietzsche para derribarla: la exaltación de la vida. Más importante y sig­nificativo fue su encuentro con Dostoievski, a través del «espíritu subterráneo», en el que el hombre humillado se convierte a su vez en humillador; este análisis del resen­timiento tendrá su eco en los últimos libros. (Mientras tanto, Nietzsche había recibido testimonios de admiración por parte de Burckardt, su ex colega de Basilea, y de Hipólito Taine.) En efecto, en 1887, en la Genealogía de la moral (v.), o mejor, Contribución a la génesis de la moral, Nietzsche vio en el resenti­miento, en la revuelta contenida y com­primida de los esclavos contra los señores, el principio inicial del ascetismo que da a los débiles y a los impotentes la superio­ridad sobre los fuertes; las valores serviles prevalecen ahora sobre los valores heroi­cos; de ahí el triunfo de los semitas sobre los romanos. Georg Brandés (v.), el crítico danés, le escribió su aprobación. En Tú­nez hizo Nietzsche la última etapa de su vida consciente.

Allí descubrió una traducción del Manavadharmasastra (y.), de Manu, que puso en oposición con el Decálogo a causa de la jerarquía de las clases sociales que instituye el código indio y de la victoria que asegura a los valores supremos ama­dos por la muchedumbre. Allí escribió también El caso Wagner (1888, v.), vio­lento libelo continuado con El crepúsculo de los ídolos (1888, v.). «Hay que mediterraneizar la música»; tal es la tesis posi­tiva de estas obras. Después, El Anticristo (v.), compuesto en un mes en Sils-Maria, es una larga imprecación contra Jesús y sus discípulos, entre los cuales Lutero, y un entusiasta elogio de los grandes hom­bres, como César, Nerón, César Borgia, Napoleón y Goethe. El libro produjo escán­dalo a causa de su violencia. De regreso a Turín, en otoño del mismo año, experi­menta Nietzsche un sentimiento de alegría que se trasluce en su último manuscrito: Ecce homo, Cómo se llega a ser lo que se es (v.). Aquí Nietzsche, como en las cartas que di­rige a sus amigos, se señala a sí mismo como síntesis de Dionisos y el Crucificado.

La crisis de demencia que se manifestó en enero de 1889 decidió a Franz Overbeck a partir de Basilea para llevar a Nietzsche a esta ciudad, desde donde fue conducido después a Jena para ser internado en una casa de salud. Más tarde, su hermana Lisbeth, ca­sada, mientras tanto, con el agitador pan- germanista Forster, le acogió en una casa que había hecho construir en Weimar. Se comprobó, a consecuencia de los análisis médicos, que la parálisis general de la que fue atacado Nietzsche después de la crisis de lo­cura y el período de euforia era debido a la evolución de una sífilis antigua. Nietzsche mu­rió sin haber recobrado la razón.

J. Grenier