Nacido en París el 4 de agosto de 1604, m. en Nemours el 25 de julio de 1676. Realizados los estudios, ejerció durante algún tiempo la abogacía en Nemours, abrazó después el estado eclesiástico y, hecho preceptor de un sobrino de Richelieu, el duque de Fronsac, recibió primero la abadía de Aubignac, de donde le viene el nombre, y más tarde la de Mainac.
Cuando el discípulo llegó a mayor de edad le concedió una pensión que, a la muerte del duque (1646), le fue discutida por los parientes y luego suprimida. Retirado entonces a Nemours, vivió desde aquel momento separado de la sociedad.
Espíritu brioso, de mucha erudición, relacionado con los mejores ingenios de su tiempo, participó en acaloradas polémicas literarias, especialmente referentes al teatro. Se proclamó defensor de Aristóteles y de las tres unidades en la Práctica del teatro (comenzada en 1644, pero publicada en 1657, v.), en la que exaltó a Corneille, a quien a continuación atacó repetidamente y con encarnizamiento, por el despecho que le produjo no haber sido citado por él en los Exámenes de sus tragedias.
En 1646 escribió el Térence justifié, contra Ménage. En la Dissertation sur la condamnation des théâtres (1666), defendió el teatro y aconsejó la institución de la censura como remedio contra la inmoralidad. Escribió numerosas tragedias, entre las cuales Zenobie (1647), de la que el gran Condé decía que no podía perdonar a Aristóteles haber hecho hacer a Aubignac una tan mala tragedia.
En sus Conjeturas académicas sobre la «Ilíada» (v.), publicadas en 1715, después de su muerte, en la época de la polémica sobre Homero entre Mme. Dacier y Houdart de la Motte, quiso demostrar, en nombre de las «reglas», la mediocridad de la poesía homérica, y volvió a plantear de nuevo la hipótesis de que Homero no había existido nunca.
G. A. Torada Faranda

