François de La Rochefoucauld

Na­ció el 15 de septiembre de 1613 en París, donde murió el 17 de marzo de 1680. Pertene­ciente a una de las primeras familias de Francia, fue educado por un preceptor en los feudos de Angulema y del Poitou, y sin cuidados especiales, por cuanto se ha­llaba destinado a las armas. A los quince años se le desposó con Andrée de Vivonne, hija de un capitán de la guardia de María de Médicis que habría de darle ocho hijos y viviría siempre en la oscuridad. El año siguiente el joven príncipe de Marcillac era maestre de campo del regimiento de Auvernia. Ingresado en la corte en 1629, dio principio a una serie de intrigas polí­ticas y sentimentales en las que reveló una acusada afición a la aventura. Enamorado de la duquesa de Chevreuse, en 1639 em­pezó a maquinar audazmente por ella contra el cardenal Richelieu y en favor de Ana de Austria, actuación que le valió el cauti­verio en la Bastilla y un destierro de tres años en Verteuil.

Desde allí mantuvo con­tacto con los enemigos del cardenal, y par­ticipó en las conjuraciones de Cinq-Mars y Thou. En 1642, muerto Richelieu, volvió a París; y cuando la reina, tras el falleci­miento de Luis XIII, fue nombrada regente, esperó ver recompensada su devoción. Sin embargo, ante sus ambiciones levantóse un nuevo obstáculo: Mazarino. A fin de vengarse de la ingratitud de la soberana y oponerse a este otro enemigo ingresó en la «cabale des inportants», alióse a la bella duquesa de Longueville, hermana del duque de Enghien y encarnizada adversaria de la reina, y se dejó arrastrar a la aventura de la Fronda. Siguió al duque de Enghien a Flandes, y fue herido en la batalla de Mardick. Vuelto a París, intrigó de nuevo, y, estallada la guerra civil entre Turenne y el gran Condé, luchó en la puerta de Saint-Antoine, donde recibió en pleno rostro un disparo de arcabuz que le privó momen­táneamente de la vista.

Abandonado por la duquesa de Longueville y desilusionado en sus ambiciones políticas, refugióse primeramente en el extranjero, y luego, muerto su padre en 1653 (cambió entonces el título de príncipe de Marcillac por el de duque de La Rochefoucauld), en sus posesiones de Verteuil. Vio triunfar, después de la Fronda, al car­denal Mazarino, y advirtió, singularmente, la aparición de un mundo en el cual no había lugar para la independencia de la nobleza según él la concebía. Adversario de la centralización del poder en manos del rey y de su ministro, alentó un ideal que fue definido «feudal y anárquico», con­trario en absoluto a la evolución del Estado moderno. En adelante, empero, renunció a toda ambición política y se convirtió en cronista de los acontecimientos que había sido partícipe y espectador, libre ya enton­ces de las pasiones que le movieran en las distintas circunstancias; de esta suerte, sus Memorias (v.) revelan una firme intención de imparcialidad, y hasta de impersonali­dad, casi.

Por lo demás, halló en esta eta­pa su verdadera vocación, no de político ni de hombre de acción, sino de «honnête homme» y de observador sutil y profundo. En 1665 regresó a París, y empezó a fre­cuentar la tertulia de Mme. de Sablé, don­de se cultivaba el género de la «máxima»; tras la discusión acerca de un tema pro­puesto, los participantes procuraban con­densar el pensamiento propio en el breve espacio de una sentencia. De esta suerte nacieron, a través de una lenta elaboración, las Máximas (v.), en las que los «repliegues del corazón» aparecen escrutados hasta la intimidad intencional. Esta obra, cuyo autor lleva su mirada más allá de la apariencia externa, parece reflejar una experiencia concreta y referirse a una serie de deduc­ciones realizadas en casos determinados.

Los últimos años de la vida de La Rochefoucauld estu­vieron ocupados en gran parte por su ínti­ma y fiel relación con Mme. de La Fayette, a quien ayudó con sus consejos durante la redacción de la famosa novela La princesa de Cléves (v.); la autora, mientras tanto, se aplicó, según se dijo, a corregir las Má­ximas «en su corazón». A pesar de las pre­siones de sus amigos, La Rochefoucauld no quiso presen­tarse como candidato a la Academia. Falle­ció asistido por Bossuet.

A. Pizzorusso