Femando de Herrera

Poeta español, nació en Sevilla hacia 1534; murió en la misma ciudad en 1597. Creador e inspirador de la escuela sevillana, hijo de un humilde ce­rero, vivió estrechamente por no aceptar la ayuda de sus amigos de mejor fortuna. Se sabe poco de su vida, pero según los testi­monios de la época fue hombre virtuoso; amigo de los amigos, aunque su círculo no fue muy dilatado, se mostraba desabrido, frío y reservado con quienes no lo eran. El pintor Francisco Pacheco, a quien se debe la publicación póstuma de parte de la obra del poeta, dice que «nunca trató de vidas ajenas ni se halló donde se tratase de ellas; fue modesto y cortés con todos, pero, enemigo de lisonjas, ni las admitió ni las dijo a nadie, lo cual le causó opinión de áspero y mal acondicionado». Su también contemporáneo Rodrigo Caro afirma que era «naturalmente grave y severo (y que) comunicaba con pocos, siempre retirado en su estudio, o con algún amigo de quien él se fiaba», y Rufo lo calificaba de «hombre leído o estudioso… bronco, arrogante y des­pejado, y poeta áspero y terrible».

Pese a estos juicios sobre su persona, como poeta fue muy estimado ya en su época. Gil de Zárate decía que era «el primero que había enseñado a sacar del verso endecasílabo todo el partido de que es susceptible» y que «después de él se puede decir que, si los italianos dieron a España el endecasílabo, los españoles fueron los que le llevaron a su más alto grado de perfección y armonía». Pacheco declaraba: «No sé cuál de los poetas españoles se pueda con más razón leer como maestro», y Francisco de Medina, y Quin­tana, y los más de los poetas de entonces, abundaron en elogios. El mismo Fénix de los Ingenios, Lope de Vega, que era, de algún modo, un oráculo y un definidor, can­tando las excelencias de la lengua castellana afirmaba; «Nunca se me aparta de los ojos F. de H.». Pero la gloria de este escritor, a quien todos llamaban «el Divino», acaso pueda medirse en un hecho nimio, sobra­damente significativo: la gente del pueblo le apodaba «el Poeta». Y H., que era ene­migo de los elogios, se ofendía.

Beneficiado de la iglesia parroquial de San Andrés de Sevilla, no tuvo, empero, orden sagrada y se sustentó con la parva renta que le pro­porcionaba su beneficio. Demasiado altivo para humillarse o consentir dádivas, y ca­rente de ambición, no deseó más de lo que tuvo y rechazó incluso las ofertas de algu­nos poderosos, tales como el cardenal Ro­drigo de Castro, arzobispo de su diócesis, que deseó tenerle en su casa y aumentar su dignidad y sus ingresos. Cuando en 1559 el noble sevillano don Álvaro de Portugal, segundo conde de Gelves, tomó a su ciudad natal para que su esposa doña Leonor de Milán conociese sus posesiones, su palacio se convirtió en una pequeña corte de poetas. H., que por entonces esbozaba unos altos poemas heroicos para una epopeya nacional que lo inmortalizase, quedó prendido de los encantos de la dama, y allí se esfumaron sus proyectos y sus sueños de gloria. En adelante, esclavo de un amor imposible y platónico, consagraría lo más extenso de su obra a llorar su desdicha: «Pensé, mas fue engañoso pensamiento / armar de puro ielo el pecho mío; / porqu’el fuego d’Amor al grave frío / no desatasse en nuevo encen­dimiento».

No pudo sofocar su pasión: «El rayo que salió de vuestros ojos/puso su fuerça en abrasar mi alma», a pesar de su lucha desesperada, que le hace, en ocasio­nes, aspaventar: «No puedo sufrir más el dolor fiero, / ni ya tolerar más el duro as- salto/de vuestras bellas luzes…» Pero una tarde — corría el año de 1575 por su otoño — pudo hablar a solas con su dama en un jar­dín apartado, y allí le confesó doña Leonor — Luz, Lucero, Estrella, Lumbre — que aunque no podía acceder a sus súplicas, también ella compartía sus sentimientos. Aquella tarde lloraron juntos su desdicha, y el enamorado había de escribir gozosamen­te: «Ya passó mi dolor, ya sé qu’es vida». Pese a estas manifestaciones de H., la crí­tica posterior ha supuesto que su amor con­trariado no fue más que un artificio poético. Adolfo de Castro, comparando el ardor de sus cantos patrióticos con la pulcra factura de sus elegías amorosas, dice que «la poca vehemencia con que están escritos estos versos revela que en el poeta no había la pasión que nos cuentan los que han tratado de su vida». A pesar de todo, resultan con­movedoras aquella elegía A la muerte de la condesa de Gelves, y aquella otra que Marchena tituló Al desengaño (Elegía XI).

Sin embargo, ese tono contenido que se aprecia en sus Poesías (1581, 1582 y 1619, v.) en los Amores de Lausino y Corona, en La Gigantomaquia y en la traducción en verso de la obra de Claudiano El rapto de Pro­serpina, tal vez pueda explicarse por su platonismo que, en ocasiones, le privó de naturalidad y dio a sus poemas un tono artificioso y elegantemente afectado. En los temas épicos puede seguirse en nuestro autor una evolución curiosa. H. comienza siendo un poeta pagano — en la concepción, en la forma, en los temas — y termina por ser un poeta cristiano que abandona la ins­piración olímpica por la bíblica. Este segundo modo culmina, tal vez, en su canción A la victoria de Lepanto, claramente inspi­rada en el «Himno al paso del Mar Rojo» de Moisés, y en la elegía Por la pérdida del rey Don Sebastián en la que se rastrea la influencia de los libros proféticos y de los Salmos.

Confluyen en H. cuatro maneras de expresión poética que habían de conformar su estilo: la clásica, adquirida a través de una profunda formación humanística, inte­grada luego en la visión renacentista de Petrarca; la trovadoresca, que había apren­dido en los versos de Ausiás March (v.), y la oriental, de la que se había penetrado a través de la Biblia («Cantemos al Señor, que en la llanura / venció del mar al ene­migo fiero. / Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra, /salud y gloria nuestra.») Es cierto que la influencia hebraica se percibe en la mejor poesía española de la época, pero el lirismo y el hebraísmo son dos notas tan salientes en la producción de H. que le han valido la consideración de «oriental». Qui­zás por eso la crítica de hoy la ha reputado de monótona por reiterativa: la delicadeza llena de matices imperceptibles del poeta sevillano ha de gustarse sin prisas. Así debió paladearla Puybusque cuando, a mediados de la pasada centuria, decía que H. reveló a los hombres aquella sutil música celestial que fray Luis de León había sentido en el alma.

Además de sus poemas H. dejó una serie de obras históricas como la Relación de la guerra de Chipre y batalla naval de Lepanto (v.) que apareció en 1572; un Elogio de la vida y muerte de Tomás Moro (1592), y una Historia de las más notables cosas que han sucedido en el mundo hasta la edad del emperador Carlos V, que enseñó a sus amigos manuscrita en 1590, pero que no llegó a publicarse. También cultivó el ensayo y la crítica, y dio a la prensa unas Anotaciones a las obras de Garcilaso de la Vega (v. Anotaciones) en 1580, y un Tra­tado de Arte Poética, que ha desaparecido. Recientemente (1948) José Manuel Blecua ha publicado un interesante estudio sobre H., junto con una edición crítica de las rimas inéditas (F. de H. Rimas inéditas) del poeta, contenidas en el Manuscrito 10.159 de la Biblioteca Nacional de Madrid.

D. Vidal