Emilia Pardo Bazán

Nació en La Coruña el 16 de septiembre de 1851 y murió en 1921. Hija única de los condes de Pardo Bazán, tuvo una esmerada y precoz educación, completada en un elegante colegio de la corte. Pero nadie mejor que la agradable escritora para contarnos algo de sus prime­ros años: «Elegido mi padre diputado para las Constituyentes de 1868, empezamos a pasar los inviernos en la corte y los veranos en Galicia. Mi congénito amor a las letras padeció largo eclipse, oscurecido entre las distracciones que ofrecía Madrid a la recién casada de dieciséis años… Todas las maña­nas, visitas al picadero para aprender equi­tación, todas las tardes, en carruaje a la Castellana, todas las noches a teatros o sa­raos; en primavera, conciertos en Monaste­rio, y a la salida del concierto a ver matar al Tato; en verano, Retiro por la noche; a caballo algunas veces por la Casa de Campo o la Ronda, y de higos a brevas una jira al Escorial o Aranjuez. Pasatiempos… que… empezaron a dejarme en el alma un vacío, un sentimiento de angustia inexpli­cable…».

A este período de su reciente ma­trimonio (había casado con don José Quiroga) suceden unos viajes de decisiva im­portancia para su obra. En París leyó a Shakespeare y Byron, y en Italia a Manzoni, Foscolo, Pellico; ya de regreso a España, entra en contacto con la literatura ale­mana. Poseedora de una enorme cultura, la escritora, según propia confesión, des­conocía aún a Galdós y a Pereda, debido a su aislamiento en Galicia. Por esta época comienza su actividad literaria con Jaime, pequeños poemas dedicados a su hijo, y con los ensayos Estudio crítico de las obras del padre Feijoo, El darvinismo y Los poe­tas épico cristianos, publicados estos últi­mos en la revista La ciencia cristiana. A esta producción sin importancia sigue otra época de lectura; entre las obras que lee están Pepita Jiménez y el Sombrero de tres picos, que la decidieron a publicar su pri­mera obra, Pascual López, autobiografía de un estudiante de Medicina (1879). Comen­zaban a circular por España las obras de Zola, y la autora hizo profesión de naturalista en El viaje de novios (1881, v.), pre­cedido de un prólogo que abogaba por un naturalismo peculiar español: «Hay realismo de realismos, y pienso que a ese — dice refiriéndose al discutido naturalismo fran­cés — le falta, o más bien le sobra, algo para alardear de género de buena ley.»

En 1882 publica San Francisco de Asís, que es reflejo de una profunda crisis religiosa. En 1883 publica La Tribuna, inspirada en las cigarreras de La Coruña, de ambiente claramente naturalista, y La cuestión pal­pitante (v.), en la que explica sus ideas sobre la novela, y que provoca encendidas polémicas. Hasta 1866 escribe El cisne de Vilamorta, La dama joven, Bucólica, una de sus preferidas, y otras novelas cortas, y en esta fecha Los pazos de Ulloa (v.), dé resonante éxito, seguida de La madre Natu­raleza (1887, v.), complemento de la ante­rior; Mi romería y De mi tierra (1888) e Insolación (v.) y Morriña (1889, v.), esta última ya de un naturalismo más idealista. En 1890, de regreso de la Exposición de Pa­rís, publica Una cristiana y La prueba (v.), en la misma línea idealista. A partir de 1891, salen a la luz La piedra angular, muy celebrada por la escuela jurídico-antropológica en Italia; Los cuentos de Marineda (v.), Doña Milagros, Misterio, La quimera (1905, v.), La sirena negra (1908, v.). Pre­ocupada, culta y trabajadora incansable, la Pardo Bazán, extendió su actividad literaria a va­rios campos. De su labor crítica recorda­mos los trabajos La revolución y la novela en Rusia (v.), La literatura francesa mo­derna, Polémicas y estudios literarios, Re­tratos y apuntes literarios, sobre algunos de sus contemporáneos; el estudio sobre la decadencia española, De siglo a siglo y la publicación mensual Nuevo teatro crítico: de sus recuerdos de viajera son notables Al pie de la Torre Eiffel y Por la católica Eu­ropa.

Escaso éxito tuvieron, sin embargo, sus intentos teatrales: Verdad y Cuesta aba­jo. Memorable es también su actividad de entusiasta feminista, con diversos artículos, conferencias y la publicación bajo dirección de la Biblioteca de la mujer. Numerosos cuentos y novelas cortas completan la ex­tensa obra de la insigne novelista. Ocupó diversos cargos, entre ellos el de consejero de Instrucción Pública y en 1916 el de cate­drático de Literaturas contemporáneas de la Universidad, pero quedó con la tristeza de no ser admitida en la Real Academia. Espíritu cosmopolita y varonil, la Pardo Bazán, a despecho de su naturalismo, constituye un eslabón más de la tradición realista lite­raria española. En todo caso, su naturalis­mo es más una sugestión en ella de la moda europea que verdadero naturalismo, sin que pueda olvidarse cuanto en este sentido sig­nifica la superación idealista de su última producción, y el amplísimo espíritu de ]a escritora, polifacético y en cierto modo optimista, tan poco adecuado al esfuerzo más concentrado y obsesionante que supo­ne un auténtico naturalismo. Novelística­mente su producción va desde la obra regional a lo Pereda — es la novelista regio­nal de Galicia— aunque en un plano más universal y trascendente que éste, a su pe­culiar naturalismo y al espiritualismo de su última época.

Une a sus dotes de observa­ción naturales un robusto y sensual sentido de la naturaleza, y su lenguaje es una agra­dable mezcla de clasicismo y casticismo. Como personaje de su época es un torbe­llino en tomo al cual gira la novela espa­ñola del tiempo, con todas sus derivaciones de escuela, polémicas y de lances litera­rios. Con un atrevimiento poco común la Pardo Bazán expone sus ideas, opina y replica en la animada tertulia literaria del siglo XIX español. Pero en último término domina una impresión de dominio y contención. «Todo el que lea mis ensayos críticos compren­derá que ni soy idealista, ni realista, ni naturalista, sino ecléctica». Contra ella lan­zaba su característica ironía don Juan Va- lera. Pero al cabo de no aparentarlo, la Pardo Bazán, probablemente, nos decía la verdad.