Edwin Arlington Robinson

Nació el 22 de diciembre de 1869 en Head Tide y murió el 6 de abril de 1935 en Nueva York. Oriundo de la fortaleza «yankee» del Maine, y des­cendiente, por parte de su madre, de los más antiguos colonizadores puritanos, man­tuvo a lo largo de toda su existencia la reserva personal, la constricción moral y la rigidez de espíritu propias de un provinciano de Nueva Inglaterra; de los puritanos de tal región conservó asimismo una nota­ble desconfianza respecto del «mundo» y la predisposición a las violentas, desoladas y silenciosas tragedias donde hay poco es­pacio para el heroísmo y, en cambio, mu­cho para el fracaso, la aridez, la frustración y la derrota. La amarga melancolía típica de lo mejor de su producción parece haber sido congénita en él. A ella contribuyeron, empero, el «enigma del universo» y los «pe­queños embrollos satánicos» del destino hu­mano; sin embargo, ninguno de tales fac­tores, ni tampoco las dificultades materia­les que persiguieron a Robinson desde la juven­tud hasta la vejez, puede ser considerado en justicia como una «causa».

La carrera poética de nuestro autor se inició ya en sus años juveniles, y la poesía fue juzgada por él hasta el fin de sus días como su única profesión. Consumidos los escasos bienes de la familia a la muerte del padre, hubo de interrumpir sus estudios, luego de haber frecuentado un par de años el Harvard College. En adelante, la miseria no había ya de abandonarle. Tras el fallecimiento de su madre, en 1896, salió de Maine y marchó a Nueva York. Este mismo año apareció su primer tomo de poesías, El torrente y la noche antes [The Torrent and the Night Before], pronto, como todos sus libros ini­ciales, relegado al olvido. Obstinado en el cultivo de su arte, y ajeno, por su actitud puritana, a la participación en la vida lite­raria de la gran ciudad y a la venta del propio talento para la satisfacción de sus necesidades económicas, se avino a ganar solamente lo que precisaba para vivir un hombre solitario. Y así, aceptó cualesquier ocupaciones humildes que le fueran ofre­cidas, y vivió una existencia casi de ere­mita, perturbada frecuentemente por el al­coholismo.

Sus composiciones líricas apa­recieron al principio — fenómeno nuevo en la historia de la poesía norteamericana — impresas privadamente por el mismo autor, quien las dio a la luz en 1897 bajo el título Los hijos de la noche (v.). Estos lacónicos, elípticos y tímidos cuadros de tonos mode­rados — «spiritual dossiers» definióles cier­to crítico — y destinos diversos y casi siem­pre trágicos anunciaron los temas que ha­brían de quedar como los fundamentales del autor: oscuros laberintos del espíritu, ironías y tragedias de la condición humana. En El capitán Craig [Captain Craigt 1902], Robinson consideró con mayor extensión y menor economía de lenguaje sus temas. Lenta­mente, algunos lectores adquirieron un jus­to conocimiento del poeta; entre ellos se contaba el presidente Theodore Roosevelt, quien durante varios años le aseguró un empleo en la aduana de Nueva York. Los volúmenes siguientes llegaron a un público progresivamente vasto, y El hombre contra el cielo (v.) dio, en 1916, cierta fama al autor.

Éste, a medida que iba robustecien­do la confianza en sí mismo, volvió cada vez más al estilo reflexivo y discursivo pro­pio del siglo XIX, y así, en la trilogía de las leyendas del Rey Artús reconstituidas — Merlín (1917), Lancelot (1920) y Tristram (1927, v. Tristán) — el taciturno inqui­sidor de almas se transformó en un pro­lijo y analítico narrador de situaciones hu­manas, con ocasionales elevaciones líricas que no redimían, empero, su verbosidad. En muchos otros y extensos poemas de la misma época — Las tres tabernas [The Three Tavems, 1920], La cosecha de Avon [Avorís Harvest, 1921], Román Bartholomew (1923), Dionisio en duda [Dionysus in Doubt, 1925], etc. —, meditó en voz alta acerca de toda una gama de difíciles pro­blemas humanos. Paulatinamente Robinson fue al­canzando reputación hasta ser considerado como uno de los dos poetas norteamerica­nos contemporáneos más ilustres (el otro era Robert Frost). Durante los últimos años de su vida halló una especie de casa de solteros en la Mac Dowell Colony, desti­nada a los artistas de New Hampshire; resi­dió en ella, y fue su genio tutelar. A su muerte, en Nueva York y a consecuencia de un cáncer, era ya una figura de leyenda.

S. Geist