Donatien-Alphonse-François Marqués de Sade

Nació en París el 2 de junio de 1740 y murió en Charenton el 2 de diciembre de 1814. Pertenecía a una antigua familia noble originaria de Aviñón y de la cual pasó a formar parte Laura de Noves, la inspiradora de Petrarca, que en 1325 se casó con Hugues de Sade. En París, estrechamente vinculados sus familiares a los Condé, el pequeño Donatien tuvo por primer compañero de juegos al príncipe Louis-Joseph de Rorbon. Toda­vía hiño fue llevado a Provenza, y recibió la formación inicial de su tío paterno, el abate De Sade, amigo de Voltaire y autor de las Mémoires pour la vie de François Pétrarque, publicadas en 1764. El muchacho regresó en 1750 a París, donde continuó sus estudios en el Collège Louis-le-Grand. Pronto, empero, se le indujo a la carrera militar; y así, apenas cumplidos los catorce años, ingresó en la escuela preparatoria de caballería, reservada a los jóvenes de la nobleza antigua. Tres años después, en cali­dad de subteniente, participó en la cam­paña de Prusia, que había de terminar con el tratado de París del 10 de febrero de 1763.

Durante su vida militar alcanzó la gradua­ción de capitán; sin embargo, su compor­tamiento disoluto en las guarniciones, entre el juego y las mujeres, valióle frecuentes divergencias con su padre y una reputación de libertino ampliamente justificada. Aban­donado el ejército frecuentó en París las casas de juego, mantuvo relaciones con actrices de moda, y proporcionó un extenso material a los cronistas escandalosos de la época. El padre intentó llevarle al buen camino por la vía del matrimonio; y así, Sade prometióse en 1763 con Renée-Pélagie Cordier de Launay. Al mismo tiempo, em­pero, mantenía en Aviñón una relación con Laura de Lauris, con la cual esperaba po­derse casar, aun contra la voluntad del pre­sunto suegro. Sin embargo, unióse finalmen­te a Renée-Pélagie en Montreuil, el 17 de mayo de 1763, y tuvo de ella tres hijos. Con todo, el matrimonio no le hizo perder sus antiguos hábitos: algunos meses más tarde Sade fue llevado a la cárcel de Vincen­nes por su conducta escandalosa, y luego puesto en libertad, pero alejado de París.

En los primeros días de mayo de 1764 se le permitió trasladarse a Dijon a fin de recibir del Parlamento de Borgoña el nom­bramiento de lugarteniente general de las provincias de Bresse, Bugey, Valromay y Gex, cargo que le cediera su padre; en la citada asamblea pronunció un discurso que ha sido conservado y forma parte de sus textos juveniles. En realidad, la vocación de escritor revelóse en él muy pronto. Los descubrimientos de manuscritos de nuestro autor, obra de los últimos decenios, han de­mostrado en él la existencia de unas am­biciones literarias no solamente veleidosas y ocasionales. Poesías ligeras, libelos y co­medias integran los frutos de tal actividad, que es el otro aspecto de una vida aven­turera y erótica, llegada a su punto crí­tico con los dos famosos escándalos de Arcueil (3 de abril de 1768) y Marsella (27 de junio de 1772); este último valióle una condena a muerte en rebeldía por sodomía y envenenamiento. Sade había huido a Italia con la cuñada, convertida mientras tanto en amante suya; por ella parece haber sen­tido una loca pasión. Esta relación con mademoiselle de Launay le procuró la im­placable enemistad de la suegra, que obtuvo su detención en Chambéry.

Llevado a la fortaleza de Miolans en diciembre de 1772, consiguió evadirse el 30 de abril de 1773. Durante los cuatro años sucesivos estuvo en el castillo provenzal de La Coste, en Italia otra vez, en Grenoble y en Montpe­llier; sus aventuras fueron innumerables, y sus orgías tuvieron por centro el men­cionado castillo. Luego de varias vicisitu­des, entre las cuales figura la casación de la infamante sentencia de Marsella, viose detenido en La Coste y llevado a Vincen­nes el 7 de septiembre de 1778; de aquí se le trasladó a fines de febrero de 1784 a la Bastilla, donde permanecería hasta el 2 de julio de 1789. Conducido en esta fecha a la cárcel de Charenton, quedó libre en abril de 1790 gracias al decreto de la Asamblea Constituyente que suprimió las «lettres de cachets». Mientras tanto, su esposa había pedido y obtenido la separación. Sade reanu­dó sus antiguos hábitos, aun cuando entre­góse con mayor asiduidad a la composición de sus obras, que alcanzarían la fama.

Ya en Vineennes había escrito en 1782 el Dia­logue entre un prêtre et un moribond (1926), su profesión de ateísmo; posteriormente, en la Rastilla, compuso en 1785 las Cent vingt journées de Sodome (1904), en 1787 Les in­fortunes de la vertu (1930) y algunos cuen­tos, y en 1788 un Catalogue raisonné des oeuvres de l’auteur, editado recientemente e integrado por la enumeración de obras ya compuestas o sólo proyectadas. Reco­brada la libertad, escribió para el teatro. En 1790 aparecieron Le mari crédule y Le misanthrope par amour ou Sophie et Des­francs, aceptada por la Comédie Française. En 1791 inició la impresión de Justina o las desventuras de la virtud (v.), que vería la luz el mismo año, y, a la vez, presentó en el Théâtre Molière el drama Le Comte Oxtiem ou Les effets du libertinage (1800). Dedicado por completo al teatro, compuso una tragedia histórica, Jeanne de Laisné ou Le siège de Beauvais, y en marzo de 1792 hizo representar en el Théâtre Italien Le soubomeur, que fracasó debido a la hosti­lidad de los jacobinos.

Pasado a las filas revolucionarias, desempeñó varios cargos y escribió opúsculos políticos; es célebre entre estos últimos el Discours aux mânes de Marat et Le Pelletier (1793), difundido por la Convención en los departamentos y en el ejército. Sin embargo, sospechoso a cau­sa de su origen noble, fue detenido en di­ciembre de 1793 y llevado a diversas cárce­les; en octubre del año siguiente recobró la libertad. Mientras tanto, había compues­to su novela más ambiciosa, Aline et Valcour (1793), en la que, sobre la base de un breve argumento novelesco del tipo con­vencional corriente, expuso su ideología moral, religiosa y política, y se reveló ateo, arrogante enemigo de las instituciones clericales y francamente republicano y pro­gresista; en la obra en cuestión los prin­cipales temas de la polémica y de la cul­tura filosófica aparecen refundidos, exaspe­rados y llevados de una formulación teórica a una aplicación drástica en la cual se per­cibe la existencia de una actualidad con­vertida en tragedia. El autor ofrece en el texto mencionado una fisonomía muy dis­tinta de la consagrada por su leyenda y acabada de afianzar por él mismo con La nouvelle Justine ou Les malheurs de la vertu, suivie de l’Histoire de Juliette, sa soeur, ou Les prospérités du vice (1797), donde encontramos a un Sade rebelde, nihi­lista, satánico y adversario del optimismo propio del siglo XVIII, providencial o no.

Esta novela, precisamente, llevóle de nuevo a la cárcel en marzo de 1801, tras un pe­ríodo llenado por una vida errante y mise­rable; en realidad, empero, su detención fue determinada por la publicación de un cuento, Zoloé et ses deux acolytes ou Quel­ques décades de la vie de trois jolies fem­mes (1800), en el que el autor presentaba, apenas disimulados, a Joséphine de Beauharnais, a Barras y al mismo Bonaparte. Cautivo permanecería ya hasta su muerte, en Charenton, entre los dementes; así, en efecto, se le consideró a causa de los exce­sos y las perversiones sexuales por él prac­ticados y descritos. En el curso de este último cautiverio siguió escribiendo y pro­yectando nuevas obras. De Sade cabe mencio­nar todavía Idée sur les romans, La philoso­phie dans le boudoir, Les crimes de l’amour e Isabelle de Bavière, textos publicados ya en vida del autor o bien póstumos, y numerosos documentos y cartas, descu­biertos durante los últimos años e impor­tantes para el conocimiento de un personaje respecto del cual se ha iniciado un proceso de rehabilitación, en los planos literario y humano, susceptible de convertirse en exal­tación irracional.

Sea como fuere, Sade — apar­te cuanto hubo en él de anormal — debe ser considerado típico producto de su épo­ca, en la cual destacaron Casanova y Cagliostro, y escritor no despreciable: un decadente de la «novela negra», con cierta anticipación en el ámbito de lo obsesivo que no han dejado de advertir en su obra los modernos adeptos del psicoanálisis. Se ha dado el nombre de sadismo a la más grave de las anomalías sexuales, que nues­tro autor describe en Les 120 jouméees.

G. Natoli