Décimo Magno Ausonio

Nacido en Burdigala (Burdeos) hacia el 310 d. de C., m. en la misma ciudad, probablemente en 393. Poeta latino-cristiano de la Galia, más que un poeta cristiano fue un cristiano poeta.

Mejor dicho, no siempre se entonan en él de un modo perfecto la profesión religiosa y la poética, si pensamos en alguna de sus obras, por ejemplo, un centón nupcial (v. Poemas), bastante inmoral.

De todos modos, no concibió la poesía en función de la fe, como lo hizo su carísimo discípulo San Pau­lino, obispo de Nola. Sabemos que Ausonio no comprendió la vocación de Paulino hacia un cristianismo integral, y trató de des­truirla: lo demuestran tres epístolas en ver­so, y dos, en respuesta, de Paulino.

Pero la experiencia de su vida lo inclinaba a tal incomprensión. Ausonio conoció cargos, honores y, sobre todo, cortes. En su ciudad natal fue estudiante, y más tarde profesor de re­tórica. Pero de Burdigala pasó a Tréveris, corte imperial, para ser preceptor de Gra­ciano, y en aquella ciudad se abrió ante él la carrera política.

Prefecto de las Galias bajo Valentiniano I (no se distinguió de un modo especial, antes bien, fue puesto a su lado su propio hijo, acaso más dotado para tal cargo), y fue luego cónsul bajo Gracia­no I en 379. Carrera afortunada y esencial­mente honorífica: la fama de Ausonio daba lustre al Imperio, y el Imperio proporcionaba a Ausonio un más amplio pedestal.

Todo acabó cuan­do fue muerto su antiguo discípulo. Enton­ces volvió Ausonio al estudio y a la poesía en Burdigala. De sus misiones oficiales le que­daron un poemita, Mosela, en honor a la ciudad de Tréveris, y una colección de ver­sos, Bissula, que toma nombre de una pri­sionera suya de guerra.

Las restantes obras tienen valor sobre todo como testimonio de la religiosidad del poeta (así un idilio, el I, que es una plegaria pascual; una plegaria de la mañana, del poema La efemérides [v.], sobre el desarrollo de una jornada; los Parentalia, en memoria de sus padres; la Commemoratio professorum Burdigalensium, en recuerdo de los colegiales del Es­tudio de Burdigala); o como testimonio de su época: cartas, epigramas, idilios.

Para terminar, Ausonio quiso ser poeta, y algunas ve­ces lo consiguió. Pero sobre todo el amor hacia la poesía lo sustrajo del desorden del mundo que le rodeaba en la decadencia del Imperio. Esta serenidad suya es la impronta que mejor lo define.

M. De Benedetti