Charles-Marie- René Leconte De Lisle

Nació en Saint Paul (isla de la Reunión) el 22 de octubre de 1818 y murió en Louveciennes el 18 de julio de 1894. Terminado el bachillerato en Francia, en Rennes, fre­cuentó durante breve tiempo la Facultad de Jurisprudencia, pero luego prefirió cola­borar activamente con ensayos y poesías en periódicos de provincia y, sobre todo, en una revista juvenil, La Variété, de la que fue redactor jefe. De nuevo en la Reunión por espacio de dos años, en 1845 volvió a Francia, y colaboró en París en diarios fourieristas. Thalès Bernard y Louis Ménard le llevaron a un ambiente más lite­rario; conoció así a Banville y Baudelaire, y dedicóse apasionadamente al estudio del griego. En 1846 quedaba ya formada su estética parnasiana.

Acogió con entu­siasmo la revolución de 1848, cuyas ideas propagó en Bretaña; tras el golpe de es­tado, empero, profundamente desilusionado en su experiencia política, permaneció fiel a la ideología republicana. Sin embargo, encerrado ahora ya en un pesimismo ab­soluto, y acosado por continuas dificultades materiales, dedicóse por completo a la poesía: «la parte superior de mi cerebro nada sabe de lo contingente». De 1852 son los Poemas antiguos (v.); diez años des­pués — mientras tanto había publicado va­rias traducciones del griego — aparecieron los Poemas bárbaros (v.), que le consagra­ron maestro de la nueva poesía. En 1864 vio aliviada su miseria por una pequeña pensión procedente de la Caja imperial; con todo, no conoció una mayor tranquilidad económica hasta que el gobierno republi­cano le nombró en 1872, vicebibliotecario del Senado. En 1886, dos años después de la publicación de los Poemas trágicos (v.), que incluye también la tragedia Las Erinias (v.), reemplazó a Hugo, quien le ha­bía designado sucesor suyo en la Academia Francesa, a la cual se presentara ya en otras dos ocasiones.

Dedicó el período final de su vida a la composición de un nuevo tomo de versos, aparecido póstumo con el título últimos poemas (v.) e integrado tam­bién por el drama Apollonide. En tal obra, austeramente contenida y, sin embargo, re­veladora de una dolorosa, profunda y amar­ga espiritualidad, se halla la expresión más completa del hombre que procuró borrar de su arte cualquier efusión o fácil alusión autobiográfica.

G. L. Rosa