Cesare Pavese

Nació en S. Stefano Belbo el 9 de septiembre de 1908 y murió en Turín el 26 de agosto de 1950. Realizó en Turín todos sus estudios. Se sintió en primer lugar, y ante todo, atraído por la literatura norteamericana, por los trágicos griegos y por la historia y las religiones primitivas. Pron­to puso de manifiesto su preparación con la tesis de licenciatura sobre Walt Whitmann (junio de 1930) y con la traducción, consi­derada inmediatamente como excepcional, del Moby-Dick (v.) de H. Melville (1932). Desarrolló irregular actividad de profesor —Pavese no estaba inscrito en el Partido fas­cista y, por lo demás, no amaba la ense­ñanza— en Turín, en el Liceo D’Azeglio, y en Bra, en Carmagnola, en Vercelli, en Saluzzo y en colegios privados, escuelas nocturnas y feriadas (enseñó italiano, latín, filosofía; en 1936 logró el diploma para la enseñanza de inglés), apreciado y amado por colegas y discípulos; pero junto a esta actividad desarrollaba otra de traductor, que se adaptaba rigurosamente a los textos escogidos por él: Melville (Benito Cereño), Dos Passos y Faulkner, Anderson y Stein, De Foe, Dickens y Joyce. De ello brotó principalmente su más original experiencia crítica, que se reveló en aquellos años, comenzando en 1930 en la revista La Cultu­ra; los trabajos fueron recogidos en el volu­men publicado póstumamente (1951), La letteratura americana e altri saggi.

Un tra­bajo de americanista que logró tener en Ita­lia, por obra suya (y de Elio Vittorini) no sólo el sentido y el mérito de un descubri­miento cultural, sino también, y sobre todo, el valor de una polémica artística y política: contra la prosa artística y el hermetismo y contra las limitaciones y las prohibiciones de la dictadura. En 1947, reca­pitulando aquella antigua experiencia suya que había durado aproximadamente un de­cenio, declaró Pavese cuál había sido su lección más auténtica y profunda: el impulso de buscar un gusto, un estilo, un mundo mo­dernos, de crear — adecuándolo a la nueva realidad — un “nuevo” lenguaje material y simbólico». En aquellos años escribió Pavese su primer libro de poesías, en el que aparecen evidentes, en ciertos aspectos, aquella pre­paración y aquella lección, Lavorare stanca (1936). Trató de realizar en aquel libro un tipo de poesía-relato; la obra pasó entonces inadvertida, especialmente por motivos extraliterarios (en mayo de 1935 había sido detenido Pavese con otros del grupo turinés de La Cultura, que fue suprimido, y enviado al destierro en Brancaleone, en Calabria); aumentado con algunas poesías, fue reedi­tado el libro en 1943.

La crítica se dio cuenta tardíamente del valor de aquella reacción, que había quedado aislada, dado el hermetismo que dominaba en aquel pe­ríodo la poesía italiana. El libro que reveló a Pavese, con un poco de escándalo por la bru­talidad del tema y del lenguaje, fue Paesi tuoi (1941, pero escrito en 1939), una breve novela, para justificar la cual se habló de un «monólogo interior» y de técnica neo- realista de imitación norteamericana. Sólo más tarde apareció claro que la novelita había sido precedida por muchos trabajos, por el relato largo Il carcere (1938-39), en el que no aparecía el «realismo a ultranza» de Paesi tuoi, sino un estilo «evocador y fantástico», y, antes todavía, de relatos, que encubren en parte las obras futuras, que Pavese retuvo severamente en el cajón de su mesa y que no han visto la luz hasta 1953 (Notte di festa); redactados entre 1936 y 1938, son ya notables por su «espontaneidad y su condensación». La crisis psicológica y artística de Pavese debe fecharse, por lo tanto, en los meses pasados en el destierro, entre 1935 y 1936.

Comenzaron entonces — él mismo lo recordó — nuevas meditaciones sobre su oficio, y data de aquel tiempo su diario, tan importante para comprender todo el trabajo crítico, filológico y moral, que acompañó animosamente su intenso ejercicio literario hasta su última obra y hasta su muerte. De vuelta en Turín, abatido por una dolorosa desilusión amorosa, se entregó al trabajo que hemos dicho y tomó parte, con Leone Ginzburg, en la creación y dirección de la nueva casa editorial Einaudi. Escribía entonces la novelita La bella estáte (1939), que dejó inédita durante diez años; otra novela breve, La spiaggia (1942), «una dis­tracción», sólo una «franca búsqueda de estilo» — como la juzgó el mismo autor — y las narraciones de Feria d’agosto (1941- 1944, publicadas en 1946), una mezcla de narración y de meditación sobre temas de la infancia mítica.

Los desastres y las decisio­nes de veinte meses de guerra que siguieron al armisticio del 8 de septiembre de 1943, lo vieron apartado, con la familia de su hermana — junto a la cual vivió siempre —, en Monferrato, en Serralunga de Crea, en solitaria meditación: tiempos extraños y ricos espiritualmente para él, con una breve crisis religiosa (visitó entonces frecuente­mente a los padres somascos de Casal) y «algunas creaciones notables». Pero no apa­recen huellas, ni siquiera en el diario, de lo que los acontecimientos militares y polí­ticos producían en su ánimo. Después de la Liberación, estuvo Pavese durante algún tiempo en Roma, después en Milán y final­mente se estableció en Turín, siempre en la casa Einaudi.

Su vida de aquel tiempo no conoce dispersiones (algún viaje a Roma, a Toscana, al Piamonte, a su pueblo natal, donde, hasta 1916, había pasado siempre los meses de verano, y después, habiendo vendido los suyos la casa y la tierra, gus­taba de volver bastante a menudo); una fuerte voluntad lo fija a su infatigable tra­bajo editorial, a sus estudios de etnología, y especialmente a su trabajo literario, en el que tiene prisa de expresarse por com­pleto, con los pocos, pero profundos y medi­tados, temas suyos, largamente repetidos (el campo, en su éxtasis primitivo y salvaje, la ciudad de las periferias, el Piamonte de las colinas, el Langhe, el mundo campesino y el obrero; y otro burgués y mundano, en el que el escritor se mueve con menos se­guridad; y una tristeza de vidas derrotadas y desilusionadas, y una crueldad de muer­te). Pavese se ve asaltado también, como atesti­gua su diario, por la preocupación de vincu­lar su obra a un pilar teórico coherente. Y su poética (del símbolo, del mito) es sin duda interesante y ayuda a comprender múltiples tentativas del escritor; pero des­pués, como es justo, el resultado artístico es autónomo y se explica por sí mismo.

De 1945 a 1950 se suceden años de ininte­rrumpida labor creadora. De 1945 son las poesías La terra e la morte, incluidas des­pués en el libro poético, aparecido póstumamente, Verrà la morte e avrà i tuoi occhi; y a continuación, Dialoghi con Leu- cò, Il compagno, que ganó en 1947 el premio Salento (son los años de su interés por el comunismo, al que se adhirió sin verdadera entrega política), Prima che il gallo canti (1949; comprende La casa in collina y el antiguo relato II carcere), La bella estate (1949; reúne la novelita homónima escrita diez años antes, Il diavolo sulle colline y Tra donne sole, en la que vive la más posi­tiva de sus criaturas femeninas, Clelia) y, en fin, escrito en dos meses, en el otoño de 1949, La luna e i faló, «memoria de la infancia y del mundo», su último libro y quizá su obra maestra. Pavese se muestra con­vencido de haber terminado el ciclo histó­rico de su tiempo, una «saga completa»: y ciertamente es verdad que, revividos no como documentos de crónica, sino como experiencias espirituales, los acontecimien­tos y los problemas y las costumbres de su época (y los ideales inseguros o ausentes) aparecen en las tramas de sus relatos, en aquellos capítulos breves y siempre mejor rimados, desde Carcere hasta La luna e i falò.

En el diario, que señala el recorrido de su ideal «madurez» — apareció en 1952 con el título II mestiere di vivere — en la fecha final del 18 de agosto de 1950, se lee esta frase extremada: «Nada de palabras. Un ademán. No escribiré más». Era el ago­tamiento total de todo lo que le había parecido necesario escribir, era otro amor frustrado (por una joven actriz norteame­ricana a la que había dedicado versos en inglés y guiones cinematográficos), la in­satisfacción por los éxitos obtenidos (en junio de 1950 había recibido el Premio Stre­ga) y otros desalientos y cansancios quizá, un sentido de «tranquila y fatigada renun­cia» los que dieron el último impulso a su antigua vocación por el suicidio. El 26 de aquel agosto, por la noche, en el vacío Turín de verano, en un cuarto de hotel, se quitó la vida ingiriendo barbitúricos. Unos días antes había expresado en su diario un juicio sobre él y sobre su obra: «He hecho mi parte pública, es decir, lo que podía. He trabajado, he proporcionado poesía a los hombres, he compartido las penas de muchos». La seriedad, la severi­dad de su trabajo, la absoluta ausencia en él de ociosidad, de diletantismos, la robusta preparación humanista, la conciencia críti­ca con que acompañó el desarrollo de su arte, y la misma sinceridad de su vida han hecho de él uno de los más altos y signifi­cativos intérpretes de nuestra época, de su crisis, de sus dolorosas búsquedas y, como decía él mismo, de arduas tentativas por conocer el mundo y coadyuvar a su cons­trucción (v. Relatos y novelas).

F. Ántonicelli