Bedřik Smétana

Nació en Litomyšl el 2 de marzo de 1824 y murió el 12 de mayo de 1884 en Praga. Fue el undécimo de dieciocho hijos, de los cuales únicamente sobrevivieron diez, y tuvo por primer maes­tro a su padre, amante de la música y aficionado al estudio del violín. Niño prodigio, a los cinco años tocaba en un cuarteto, a los seis exhibíase ante el público como pia­nista y a los ocho escribió sus primeras composiciones. Estudió en Pizeň y luego en Praga, con Proksch y Kittl, y diose a conocer con Bagatelas e improvisaciones (1844). En la revolución de 1848 mostróse partidario de los insurrectos, lo cual le cos­tó el cargo de maestros de música de la fa­milia Thun; no obstante, gracias a la amis­tad de Liszt pudo establecer una escuela musical privada, circunstancia que le per­mitió casarse (1849) con Katerina Kolaň, a quien conocía desde 1831.

Sin embargo, la desconfianza del ambiente respecto de su pasada actitud política indujo a Smétana a acep­tar la invitación de la sociedad filarmónica de Göteborg, cuya dirección se le ofrecía. Permaneció en Suecia durante cinco años (1856 – 61), dedicado a un estudio intenso de las composiciones musicales románticas, singularmente alemanas. Así lo atestiguan los tres poemas sinfónicos Ricardo III (1858), El campamento de Wallenstein (1858-59) y Hakon Jarl (1860-61), inspirados respectiva­mente en Shakespeare, Schiller y el poeta danés Oehlenschläger. La nueva situación política de Bohemia impúsole el regreso a la patria, a donde se dirigió para convertir en realidad su sueño de una música y una escena «nacionales». Ya en 1862 fue inaugu­rado un pequeño teatro; Smétana encargóse de su dirección y escribió para el mismo su pri­mera obra, Los brandeburgueses en Bohe­mia, de acuerdo con un libreto en checo de Karel Sabina (1862-63).

Con todo, la representación inicial de la obra no tuvo lugar hasta enero de 1866, y fue seguida casi inmediatamente por la de La novia vendida (v.), composición en la cual había trabajado el autor desde 1863 a 1866. Para Smétana, firmemente apoyado en la tradición común del mundo occidental, a cuya misma fuente acudía Beethoven, la ópera nacional, ba­sada en elementos populares, resultaba no un mero pretexto, sino una íntima razón expresiva tendente a una reconstitución total de formas «nacionales», que, con ello, adquirían un valor universal. En La novia vendida las características patrias aparecen precisamente asimiladas y transfiguradas por completo en el sentimiento del compo­sitor. Aun dentro de la multiplicidad de los episodios y de las caracterizaciones, la obra en cuestión queda tan unida y compacta que parece casi escrita de una sola vez, cuando, en realidad, fue pensada y elabo­rada a lo largo de mucho tiempo, a través de una firmeza de sentimientos y de un dilatado proceso de perfeccionamiento que desembocó en una simplicidad esencial.

Nunca más renovaría Smétana la perfección de La novia vendida, ni en la grave y densa Dalibor (1865-67), ni en la pintoresca Libussa (1869-72), ni en la lozana El beso [Hubička, 1876], compuesta cuando ya la enfermedad había atacado las fuerzas y el equilibrio psicofísico del autor (1875-76). Por aquel entonces (1874-79) el músico trabajó singu­larmente en el ciclo sinfónico Mi patria [Má Vlast] (v. Moldava), en el cual se propuso ofrecer una interpretación artística de su país; los seis poemas que lo integran se hallan inspirados todavía en el modelo de Liszt; pero presentan matices más te­nues y una grandiosidad sonora menos acentuada. En Smétana falta el propósito de lo pasmoso e inaudito, por cuanto el composi­tor encuentra más interesante la narración que la descripción; aparecen, así, paisajes, pero no oleografías, y, más bien, estados de ánimo, de un espíritu con frecuencia inge­nuo pero sincero, sobre todo en ciertos leves abandonos, en algunas contemplaciones se­renas y en la ligereza de frecuentes caden­cias de danza.

En Beethoven, en cambio, se inspira Smétana abiertamente en los dos Cuartetos, en mi menor (De mi vida, 1876) y en re menor (1882), intensamente autobiográficos y concebidos en mutua relación, de suerte que en el segundo aparecen evocados algu­nos temas del primero. La expresión, no siempre bien contenida, a veces con una excesiva languidez sentimental, y la tensión dramática menoscabada en ciertas ocasiones por el mecanismo y la retórica, hacen del primer Cuarteto una obra no totalmente lograda, a pesar de algunas páginas de no­table vigor; en el segundo, empero, tales características ceden el paso a una estruc­tura mucho más cerrada y sobria, que evita cualquier concesión patética y rechaza las fáciles evasiones pictóricas o folklóricas. El Cuarteto en re menor presenta un extraor­dinario dramatismo, fruto de una tensión interior que nunca cede, antes bien, se mantiene tersa y brillante, clara y elocuen­te. Fue éste el último mensaje de Smétana, quien poco después ingresó en un sanatorio y acabó en él sus días.

C. Marinelli