Baldomero Sanín Cano

Escritor co­lombiano nació en Rionegro, Antioquía, en 1861  y murió en 1957. Uno de los patriarcas de la cultura hispanoamericana. Estudiante y profesor en Medellín, diputado y subsecre­tario en Bogotá, cónsul en la Gran Bretaña y ministro plenipotenciario en Argentina, pasó buena parte de su vida en el extran­jero, cultivó el periodismo y la crítica lite­raria en todas partes, fue rector de la Uni­versidad del Cauca (Popayán) y tuvo siem­pre como privilegio de su espíritu la sere­nidad, lo que llega a motivar que Hernando Téllez diga en su artículo Ensayos de Sanin Cano (v.) que el autor «da la impresión de un escritor inglés perdido en el trópico». Claro está que convendría que no se llegara a la confusión entre la serenidad y la frial­dad aunque, evidentemente, no es siempre una calidad la ausencia de pasión en el juicio.

Periodista (Revista Contemporánea, Hispania de Londres, La Nación de Buenos Aires), eminente crítico (Crítica y arte, 1932; Letras Colombianas, 1944) y filólogo ilustre (Divagaciones filológicas y apólogos literarios, 1934, Baldomero Sanín es principal­mente un ensayista, cuyos mejores ensayos fueron recopilados en el volumen citado anteriormente; Gabriela Mistral lo llamó «rector moral» de los países hispanoameri­canos; García Prada afirma que no hay inte­lectual hispanoamericano de alto rango que a él no le deba alguna idea, alguna aclara­ción, alguna valoración o alguna perspec­tiva ideal. Podríamos resumir que es el maestro de la discreción; sin un verdadero plan de creación, el ensayista va desde Co­lombia hace 60 años (1888), hasta El huma­nismo y el progreso del hombre (1955), en una larguísima etapa en la que publica libros como La civilización manual y otros ensayos (1925), Indagaciones e imágenes (1926), la selección de sus Ensayos antes aludida (1942), De mi vida y otras vidas (1949) y Tipos, obras, ideas (1949).

Todo en él es inteligente, equilibrado, justo; la falta de pasión creadora en su obra es compen­sada por la equidad, el buen juicio y la finura de su espíritu crítico, siempre impreg­nado de un humor que parece británico y siempre sin perder de vista a su Colombia y a su América. Su principal virtud, a tra­vés de su larga vida, fue la de no enveje­cer: la de vivir más de noventa años sin perder la facultad de comprensión para todo lo nuevo.

J. Sapiña