Aulo Persio Flaco

Nació el 14 de diciem­bre de 34 d. de C. en Volterra, en el seno de una familia de elevada condición, enla­zada por parentesco con la nobleza romana, y murió el 24 de noviembre de 62 en una villa de su propiedad situada en la vía Appia, a ocho millas de Roma. Hacia los doce años se trasladó a Roma, donde fue discípulo de buenos maestros de gramática y de retórica y donde pronto realizó sus primeras tenta­tivas literarias. Poco más tarde, entró en la escuela del estoico L. Anneo Cornuto, a donde acudía también el poeta Lucano, y trabó amistad con el anciano poeta Cesio Baso. Fueron amigos suyos también los miembros más cultos de las familias aristo­cráticas romanas, entre los cuales figuraban representantes de la oposición estoico- republicana contra Nerón. Al morir dejó su rica biblioteca a Cornuto, quien se encargó, conjuntamente con Cesio Baso, de la edición ,de los escritos de Persio; éste había ordenado destruir las obras juveniles y conservó so­lamente la colección de Sátiras (v.).

Dotado de agudo ingenio, sensible y bien informado sobre las cuestiones literarias y filosóficas más debatidas en su tiempo, Persio refleja de un modo más o menos consciente el aisla­miento a que había quedado reducida la mejor cultura romana en la época imperial. En la primera sátira apela a Horacio y pro­mete castigar las estupideces humanas y la incapacidad de los literatos contemporá­neos: pero el elogio del pasado quiere decir solamente aversión por el presente — la época neroniana — del que Persio se separa luego cada vez más, renunciando al realis­mo de la observación y de la impresión inmediata, que debería ser el elemento sus­tancial de la sátira; y la expresión de Persio (que escribe solamente para la minoría y que incluso se contentaría con dos lectores) tiene la gravedad intelectual y la oscuridad de lenguaje de un doctrinario de la filosofía.

A pesar de ello, las sátiras atrajeron la atención de los lectores cultos, especial­mente por el rigor moral y por la origina­lidad de su estilo. Fueron hechas muchas interpretaciones de ellas (no son de fácil lectura) por los doctos y por las escuelas. Entre los admiradores de Persio figuraron Dan­te, Petrarca, Boccaccio, etc.

F. Codino