Augustin Fresnel

Nació en Broglie (Eure) el 10 de mayo de 1788 y murió en Ville d’Avray (París) el 14 de julio de 1827. Frecuentó la École Centrale de Caen y luego la École Polytechnique y la École de Ponts-et-chaus-Sées.

Fue ingeniero de varios departamentos hasta 1814, año en que perdió el cargo por haberse alistado en el pequeño ejército que trató de oponerse al regreso de Napoleón de la isla de Elba. Se retiró entonces a Caen, donde, partiendo de unos conocimientos casi rudimentarios, inició sus famosas investi­gaciones sobre la teoría de la luz.

Poseedor de facultades técnicas y experimentales no comunes (manifestadas ya desde su infancia), conseguía fabricar delicados instru­mentos con los objetos más corrientes (así, por ejemplo, un micròmetro con un trozo de cartón y telarañas). A partir de 1815, sus descubrimientos y sus memorias científicas sucediéronse con una rapidez casi nunca igualada en la historia de la ciencia, como si Fresnel actuara acuciado por su trágico y pre­maturo fin.

En oposición a la mayoría de científicos, admitió la teoría ondulatoria de la luz, sistematizada poco antes con nue­vo vigor por el médico inglés Th. Young. Fijó su atención primeramente en el fenó­meno de la difracción, del cual dio en 1815 — según Young — una teoría inexacta, pron­to corregida en un suplemento por él pre­sentado en la Academia un año después y desarrollado luego, a lo largo de los dos siguientes, en una memoria clásica (v. Me­morias sobre la difracción y la doble refrac­ción), que obtuvo el premio de la Academia de Ciencias en 1818.

Arago, vinculado a Fresnel por fuertes sentimientos de aprecio y amis­tad, no consiguió fácilmente superar la opo­sición de los miembros de la comisión (los grandes Laplace, Poisson y Biot), firmemen­te convencomisión la validez de la teoría emisionista de Newton. Ocurrió entonces el prodigio: el descubrimiento del hilo lumi­noso que corre a lo largo del eje del cono de sombra proyectado por una pequeña pantalla circular.

La existencia de esta manchita de luz fue aducida por Poisson como indicio que reducía al absurdo la teo­ría de Fresnel; en cambio, delicadas experiencias demostraron la verdad de ésta, ajena, sin embargo, a la común y burda observación. En sucesivas investigaciones, Fresnel se ocupó de las relaciones entre el movimiento terres­tre y la propagación de la luz, además de la refracción de los cuerpos en movimiento; y, finalmente, profundizó en la teoría de la polarización, acogió la hipótesis (de Bemouilli-Young) del carácter transversal de las oscilaciones luminosas y analizó mate­máticamente las supuestas propiedades di­námicas del éter.

Mediante un célebre expe­rimento llevado a cabo con Arago (1816), demostró que dos superficies de luz pola­rizadas en planos en ángulo recto no pro­ducen nunca interferencias, antes bien dan siempre lugar a la misma intensidad lumí­nica. Este raro comportamiento fue discu­tido largo tiempo (incluso con Young) y llevó a Fresnel al mencionado concepto del ca­rácter transversal de las oscilaciones de la luz. El experimento realizado con Arago no fue hecho público hasta 1819 (Anncdes de chimie, X); sin embargo, su resultado era tan paradójico que el colaborador de Fresnel no quiso firmar la memoria donde aparecía referido.

Tal experiencia, en efecto, abrió el camino a la nueva teoría electromagné­tica de la luz, tras una larga etapa de cri­sis. Tres memorias presentadas por Fresnel a la Academia durante los años 1821-22 (v. Me­morias sobre la difracción y la doble re­fracción y la dedicada a la reflexión, editada en 1823), verdaderas obras maestras de Física matemática, con geniales incursiones en la Geometría superior, provocaron la ad­miración de Laplace y de otros científicos.

Aquel mismo año, Fresnel ingresó en la Acade­mia. En 1825 pasó a formar parte de la Royal Society de Londres y en 1827 recibía el premio Rumford. Dedicóse con éxito al perfeccionamiento de los faros marítimos y pro­puso el empleo — que se reveló muy opor­tuno — de lentes compuestas en lugar de espejos. De temperamento reservado, no fue vanidoso: careció de «aquella sensibilidad, o mejor, de aquella vanidad llamada amor a la gloria», escribía a su amigo Young. «Todos los cumplidos recibidos de Arago, Laplace y Biot no me han causado tanto placer como el alcanzado al descubrir una verdad teorética o al confirmar un cálculo mediante la experiencia.»

U. Forti