August Wilhelm Iffland

Nació en Hannover el 19 de abril de 1759, y murió en Ber­lín el 22 de septiembre de 1814. Hijo de un actuario, viose inclinado a la carrera eclesiástica; sin embargo, el muchacho alen­taba ya desde joven una viva pasión por el teatro, que le conmovía hasta llevarle a verter lágrimas cuando asistía a las representaciones de Seyler, y como luego escri­bió él mismo, si durante algún tiempo le atrajo la profesión a la cual parecía des­tinado, fue debido a sus aspectos teatrales. A los dieciocho años huyó de su casa y diri­gióse a Gotha, donde, bajo la guía de Ekhof, llegó a ser actor del teatro de la corte y aprendió de su maestro el gusto por una interpretación animada y natural, aun cuan­do no llanamente realista, que llevaría a una plena madurez de estilo.

Muerto Ekhof, el teatro de Gotha se disolvió (1779) e I. pasó al de Mannheim, fundado el año ante­rior por el príncipe elector y confiado a la dirección del barón Wolfgang H. von Dalberg. Allí, la seriedad de su labor, unida a sus dotes naturales y a la preparación cul­tural, le afianzó al cabo de poco tiempo como amo de los mejores actores de los escenarios alemanes. Goethe admiróse al verle representar Clavijo (v.), y Schiller. poeta del teatro de Mannheim, se hizo ami­go suyo y cambió con él sugerencias y con­sejos: el título del drama de I., Crimen por ambición [Verbrechen aus Ehrsucht, 1784], es precisamente de Schiller, mientras que I. propuso el de Cábalas y amor (v.). Los per­sonajes schillerianos encontraron en I. su primer gran intérprete; y así, encamó de manera ejemplar el Franz Moor (v.) de Los bandidos, el Verrina de La conjuración de Fiesco, etcétera. Por otra parte, Schiller, con su discurso El teatro considerado como una institución moral [Die Schaubhüne ais eine moralische Anstalt betrachtet, 1784], le proporcionó la teoría de su poética teatral.

Inclinado por naturaleza al moralismo, dedicó todos sus esfuerzos de actor y autor dramático a la verdadera transformación del teatro en «un púlpito laico», «una escuela de sabiduría práctica» y «una guía para la vida burguesa». Los dramas de I., sesenta y cinco, se inspiran en la casuística de una moralidad propia de la pequeña burguesía. En 1796, ante la amenaza del avance de las tropas france­sas, I. dejó el teatro de Mannheim, del que era director desde 1792, y, tras algunas «tournées» por varias ciudades alemanas, fue llamado a dirigir el de Berlín, encargo que desempeñó con perseverancia y éxito hasta su muerte. Además de los dramas Los cazadores (1795, v.) y Los solteros [Die Hagestolzen, 1791] cabe citar asimismo, en la producción de I., la autobiografía Mi ca­rrera teatral [Meine theatralische Laufbahn, 1798] y numerosos ensayos de dramaturgia.

M. Spagnol