Arthur Schopenhauer

Nació en Danzig el 22 de febrero de 1788 y murió en Franc­fort! el 21 de septiembre de 1860. Pertenecía a una familia de comerciantes y banqueros de origen holandés. Su padre, Heinrich Flo­ris, hombre enérgico, muy culto, amante de los viajes y anglofilo, caída Danzig, hasta entonces ciudad libre, en poder de los pru­sianos (1793), abandonó por desdén tal po­blación y trasladóse con los familiares y el negocio a Hamburgo. La madre, Johanna Trosiener, posteriormente famosa como no­velista, era una mujer vanidosa y árida, y no amó demasiado al hijo. Destinado éste al comercio, fue inclinado por su padre a los nueve años al estudio de varias lenguas; a tal fin, su padre envióle primeramente a Le Havre, junto a un corresponsal suyo, y luego a Londres, y le hizo aprender, ade­más, el italiano y el español. La permanen­cia en el extranjero y el contacto con los más diversos ambientes sociales le procura­ron la experiencia precoz y práctica nece­saria a los comerciantes y útil a los filósofos. Sin embargo, en el espíritu de Arthur iba madurando ya desde la adolescencia, y jun­to a la contrariada pasión por las letras, heredada posiblemente de su madre, una concepción radicalmente pesimista de la rea­lidad y la vida.

En compensación de la renuncia a los estudios se le permitió un prolongado viaje a través de Holanda, Ingla­terra, Francia, Suiza y Austria. Una violenta divergencia agitaba, mientras tanto, el es­píritu de Schopenhauer, que se debatía sin tregua en­tre la urgencia de los estímulos sensuales a duras penas reprimidos y la aspiración a una vida de contemplación y meditación a la cual le llevaban su acusado talento y su ya viva ambición literaria. Estas encontradas experiencias interiores no dejaron, posiblemente, de repercutir en la ulterior formulación teorética de su sistema filosó­fico. En 1805 ingresó como empleado en la empresa comercial del senador Jenish; pero la muerte de su padre, quien suicidóse poco después durante un acceso de inquietud, o quizá de locura, cambió el curso de su actividad. La madre, junto con su hija Adela, la única amiga de Arthur, se trasladó a Weimar, donde inició una tertulia literaria a la cual logró atraer incluso al mismo Goethe.

El joven permaneció en Hamburgo; pero transcurrido algún tiempo fue autori­zado a abandonar el odiado comercio, y a los diecinueve años se matriculó en el Ins­tituto de Gotha. Marchó luego a Weimar para estudiar el griego; muy pronto, sin embargo, su temperamento cerrado y me­lancólico le enfrentó a su madre. Puesto que la herencia paterna asegurábale una inde­pendencia completa, se trasladó primero a Gotinga y luego a Berlín, a fin de seguir los cursos universitarios. Empezó entonces para él una larga serie de estudios en la que figuraban la filosofía, la mineralogía, la fisiología, la etnografía, la química, la jurisprudencia, el magnetismo, la electrici­dad, la ornitología e incluso la flauta. En 1809 siguió en Gotinga las lecciones de Schulze (v.), quien influyó notablemente en él; en Berlín, a donde se dirigió en 1811, asistió a las de Schleiermacher y Fichte, cuyas obras leyó con un duro espíritu de disensión. Al mismo tiempo dedicábase in­tensamente al estudio de Platón; se intere­saba entonces en la relación entre el mundo del fenómeno y el del noúmeno, contra la tendencia monista de Fichte y del idealismo posterior a Kant, y en favor de una inter­pretación pesimista y escéptica de este filó­sofo, de acuerdo con el convencido escep­ticismo que advertía en su maestro Schulze, autor de Enelldenrno (v.).

De la doctrina platónica complacíale también la antítesis entre el mundo sensible y el inteligible, en­tre la corrupción de la realidad y la per­fección de la idea. El estudio, empero, no le alejaba de la. vida mundana. Refinado y elegante, frecuentaba en esta época el tea­tro, la ópera y los círculos aristocráticos. Detestaba la cerveza y los duelos, y durante las campañas napoleónicas, indiferente al patriótico ímpetu de sus contemporáneos, retiróse a Rudolstadt y compuso allí su tesis doctoral sobre La cuádruple raíz del prin­cipio de razón suficiente (1813, v.), que envió a la Universidad de Jena y le valió el título de doctor. En otoño de 1813 regresó a Weimar, y vio de nuevo, pero sin emoción, a su madre, y, con alegría, a la her­mana, a la cual uníale una gran afinidad de carácter. En tal ciudad relacionóse con Goethe, quien trabajaba entonces en su teo­ría de los colores; los coloquios con el genio le indujeron al estudio de tal cuestión — Sobre la vista y los colores [über das Sehen und die Farben, 1816—, de la cual ofreció una solución contraria a la del maes­tro.

Las conversaciones con el orientalista Friedrich Mayer, por su parte, le interesa­ron vivamente en la especulación filosófica de la antigua India, algunas obras de la cual, como, por ejemplo, los Upanisad (v.), ha­bían sido precisamente en aquella época traducidas e introducidas en el pensamiento europeo. El estudio, empero, no acababa de proporcionarle la serenidad y la paz inte­rior. Por incompatibilidad de temperamento había llegado ya a la interrupción completa de las relaciones con la madre; y así, el creciente aislamiento en el cual se ence­rraba iba acentuando su posición de hostili­dad universal. Durante cuatro años (1814- 1818) trabajó en Dresde en su obra fundamental, El mundo como voluntad y repre­sentación (v.), en la cual de manera lite­rariamente sugestiva, exponía la concepción del hombre y del mundo por él estable­cida en el curso de sus variadas lecturas de filósofos y poetas, que se extendían desde la antigua sabiduría india hasta la reciente filosofía de la Ilustración. Enviado el ma­nuscrito al editor Brockhaus, de Leipzig, marchó a Italia. Este viaje era el primero que realizaba por aquel país; visitó Venecia, Bolonia, Florencia, Roma, Nápoles y Paestum.

Sin embargo, lo que para Goethe fuera la patria del arte, de la armonía serena, de la gentileza y de la humanidad — y hubiera debido ser para él la tierra del amor, puesto que en Venecia se enamoró y llegó a pensar en el matrimonio — le pareció la tierra del descaro y la desvengüenza. Goethe habíale entregado una carta de presentación desti­nada a Byron, quien vivía entonces en Venecia; no obstante, aun cuando la casualidad llegó a reunir bajo el mismo cielo a los tres mayores pesimistas de la época — Byron, Leopardi y Schopenhauer — éstos no se en­contraron jamás. Regresado a la patria, vio su libro envuelto en un silencio sólo roto por las aprobaciones de Goethe y las críticas de Herbart y Beneke. A la amargura de este fracaso unióse la de la enseñanza; llegado a profesor libre de la Universidad de Berlín, las lecciones que inició en tal centro do­cente, donde entonces triunfaba su gran ad­versario Hegel, se vieron desiertas debido — según creyó — a intrigas de los partida­rios de este último.

Schopenhauer, en efecto, considerá­base víctima de una persecución, y juzgaba el silencio que rodeaba su obra como una vasta conspiración urdida por los profesores de Filosofía, a quienes prefería suponer más bien malévolos que indiferentes. Abandona­dos los cursos, y torturado e inquieto como siempre, marchó de nuevo a Italia (Floren­cia y Roma, 1822); luego volvió a Alemania, y, tras una larga permanencia en Munich motivada por razones de salud, retiróse a Dresde. Fracasadas sus aspiraciones a una cátedra en Heidelberg, se recluyó, desde­ñoso e irritado, en su estudio, completó sus teorías con el texto Sobre la voluntad en la naturaleza (1836, v.), dura polémica con­tra la filosofía oficial, y compuso los Afo­rismos sobre la sabiduría de la vida [über die Aphorismen zur Lebensweisheit], inspi­rados en el Oráculo manual (v.) de B. Gracián, que tradujo por aquel entonces. En 1831, y para huir de una epidemia de cólera — la misma que causó la muerte de Hegel y sacó de Nápoles a Leopardi—, trasladóse a Francfort, donde, aparte las relaciones epistolares con su hermana Adela y la compañía de su perro, siguió viviendo to­talmente aislado.

En 1835 envió a un con­curso las dos memorias tituladas Los dos problemas fundamentales de la ética [Die beide Grundprobleme der Ethik]; la pri­mera, La libertad en la voluntad humana [über die Freiheit des menschlichen Willens, 1839], fue premiada por la academia norue­ga de Drontheim, entidad que acogió al autor entre sus miembros, en tanto la se­gunda, Los fundamentos de la moral [über das Fondament der Moral, 1841], a causa de su espíritu desdeñoso, no recibid galardón alguno de la Sociedad de Ciencias de Co­penhague, a la cual Schopenhauer la presentara. Ence­rrado en la torre de marfil de su pesimismo teórico (que en realidad hizo compatible con cierto hedonismo práctico), siguió es­cribiendo y polemizando con todas aquellas personas — editores, profesores y autores — a quienes juzgaba perseguidores suyos. En 1844 logró publicar una segunda edición de El mundo revisada y ampliada con los Er­gänzungen que había ido componiendo; esta vez la crítica abandonó su indiferencia y el público se ocupó del autor.

La gran des­ilusión que siguió a la agitación de 1848-49, atacada con sarcasmo por Schopenhauer, quien llegó a hacer testamento en favor de las viudas y los huérfanos de los soldados muertos en las represiones, dio actualidad a su pesi­mismo, que se mofaba de las divinidades de la Historia, del Absoluto y del Progreso. Y así vio, encantado, el éxito de su filosofía de la decepción. Las revistas le ensalzaron, los jóvenes reconociéronle maestro, los ar­tistas gustaron retratarle, y sus obras (aumentadas en 1851 con los ensayos de Parerga y Paralipómenz, v., complemento de su doctrina), escritas en un estilo lite­rariamente deslumbrante y sugestivo, fue­ron pedidas por doquier, con lo cual sus ediciones se multiplicaron. La Universidad de Leipzig ofreció un premio a la mejor «exposición y examen de los principios del sistema de Schopenhauer»; Wagner, quien leyera con entusiasmo sus obras, dedicóle El anillo de los Nibelung os (1854, v.) y se inspiró en sus teorías; y numerosos literatos y hom­bres cultos interesáronse por nuestro autor y difundieron su doctrina, que más tarde encontraría en Nietzsche un continuador eficaz y genial.

La muerte le sorprendió a los setenta y dos años, mientras una mañana se vestía con la acostumbrada meticu­losidad. Además de las obras mencionadas dejó muchos textos inéditos, publicados con las reimpresiones de libros ya editados por discípulos y eruditos; así; A Schopenhauer, vom ihm über ihm. Ein Wort der Vertei­digung von E. O. Lindner, und Memorabi­lien, Briefe und Nachlass stücke (1863); Aus A. Schopenhauers handschriftlichem Nachlass; Abhandlungen, Anmerkungen, Apho­rismen und Fragmente (1864), etc. La mayor parte de los manuscritos se halla en la Biblioteca Real de Berlín.

C. Motzo Dentice di Accadia