Nació el 24 de octubre de 1632 en Delft, donde murió el 27 de agosto de 1723. De muy modesto origen social, escasamente culto y casi autodidacto, Leeuwenhoeck, que figura entre los principales microbiológicos del siglo XVII, inició oscuramente su actividad como humilde empleado de una oficina comercial. Luego dedicóse a la fabricación de microscopios, instrumentos que los adelantos a él debidos hicieron por vez primera realmente eficaces. Curioso por naturaleza, empezó a efectuar observaciones con sus microscopios, e inició de esta suerte una serie de descubrimientos que prosiguió a lo largo de toda su vida cuando, obtenido un modesto empleo en el Ayuntamiento de Delft, pudo entregarse con mayor desahogo a sus indagaciones.
Descubrió la circulación de la sangre en la cola del renacuajo (con lo cual contribuyó al triunfo definitivo de la teoría de la circulación sanguínea), los elementos colorados de la sangre (1674) y las estrías de los músculos. Al observar más tarde la vida microscópica de las aguas (estudio que atrajo fuertemente la atracción del filósofo Leibniz) descubrió los infusorios, los rotíferos, de los que describió numerosas formas; la gemación de la hidra, y la generación agámica de los áfidos. Intuyó el concepto de bacteria, e intentó incluso su representación gráfica (1683). Finalmente, perfeccionó y dio a conocer el descubrimiento de los espermatozoos, que por casualidad llevó a cabo Hamm (1677), y, sobre tal base, formuló la teoría «animalculista», según la cual todos los seres vivos proceden, por metamorfosis, de otro precedente y microscópico, opinión que se difundió mucho y contrastó con la «ovulista», propagada por los italianos de la escuela de Galileo. Escribió una gran obra en siete volúmenes, Los arcanos de la naturaleza revelados (v.), que alcanzó una gran difusión y le valió mucha fama.
G. Preti

