Antón Aškerc

Nacido en Globoko, Estiria, el 9 de enero de 1856, m. en Liubliana el 10 de junio de 1912, fue el más grande poeta épico y el más discutido representante de la dirección racionalista del final del si­glo XIX esloveno. Realizó los primeros estu­dios junto a Rimske Toplice y asistió al Ins­tituto desde 1869 a 1877, en Celje.

Habiendo entrado en el seminario de Maribor, estudió teología y fue ordenado sacerdote el 22 de julio de 1880. Se dio a conocer entonces como poeta en la revista Zvon [La cam­pana], de J. Stritar.

La actividad literaria comenzó a aventajar a la religiosa. Aškerc fue trasladado de parroquia en parroquia, bajo el estímulo de lecturas cada vez más atre­vidas y’ de meditaciones sobre temas filosó­ficos y sociales. La evolución de su espíritu encontraba fiel expresión en sus poesías, que suministraban claros elementos de acusa­ción a las autoridades eclesiásticas.

Las Ba­ladas y romanzas (v.) aparecieron en 1890 y las Poesías épicas y líricas [Lirske in epske poezije] seis años después. El hom­bre y el poeta se encontraban ahora en fran­co conflicto con el sacerdote. Aškerc se decidió, al fin, a dar el gran paso y «colgó» los há­bitos.

Inmediatamente su nombre se con­virtió en una bandera del movimiento local de los librepensadores. Uno de éstos, el «zupan» de Liubliana Ivan Hribar, acudió en su ayuda y le proporcionó (1895) un pues­to de archivero.

Aškerc se consagró entonces por entero a la literatura. Entre 1899 y 1903 dirigió el Ljublianski Zvon. En 1900 se pu­blicaron sus Nuevas Poesías [Nove Poezije] y Tres estudios dramáticos [Tri dramaticne studije]. Una Cuarta antología poética [Cetvrti zbomik poezije] apareció en 1904 y una Quinta antología poética [Pesnitve peti zbomik] en 1910.

Otras obras dramáti­cas, épicas, líricas y críticas vieron la luz en el primer decenio del siglo. En sus últi­mos años, su obra, ya criticada acerbamente por las revistas católicas, se convirtió tam­bién en objeto de ataques e ironías por parte de la joven generación, que buscaba nuevos caminos poéticos, menos impetuosos y retó­ricos y de forma mucho más ceñida.

Entris­tecido y desanimado, Aškerc pidió, en 1910, el retiro. Murió en un hospital de Liubliana poco después de haber dejado su cargo de archivero.

K. Picchio