Anthony Trollope

Nació el 24 de abril de 1815 en Londres, donde murió el 6 de diciem­bre de 1882. Era hijo de la escritora Fran­cés Tropolle, autora de un libro, Domestic Manners of the Americans (1832), que pro­vocó notable revuelo en los Estados Unidos. Un hermano mayor de Anthony, Thomas Adolphus, permaneció largo tiempo en Italia y compuso narraciones de ambiente italiano y libros populares de historia. Du­rante su juventud Trollope, como él mismo ex­plica en Autobiography (1875 – 76), viose oprimido por un sentimiento de inferiori­dad e indignidad que en otros tempera­mentos distintos del suyo hubiera podido ser fuente de una turbulenta inspiración.

Un empleo fijo en la administración postal y el matrimonio señalaron el principio de una vida mejor; a la inquietud, a los continuos aplazamientos de la actividad literaria — en la cual, desde que abandonó la escuela, ha­bía adivinado su verdadera vocación—, a la indecisión y a la indolencia siguió una carrera hasta cierto punto admirable, gra­cias a un método de trabajo que, exterior- mente considerado, resulta excesivamente mecánico. De 1841 a 1859 estuvo en Irlanda por razón de su cargo. La visita a las rui­nas de un antiguo castillo irlandés le sugi­rió la idea de la primera novela (1847), que no reveló méritos particulares; lo mismo cabe afirmar de la siguiente.

En el curso de una inspección temporal llevada a cabo en el oeste de Inglaterra, la catedral de Salisbury y la vida eclesiástica circundante, más bien percibida que observada, le inspiraron El rector (1855, v.), obra a la cual siguie­ron Las torres de Barchester (1857, v.), Dr. Thorne (1858) y La parroquia de Framley (1864, v.); la serie de las «novelas de Bar­chester» cerróse en 1867 con La última cró­nica de Barset (v.). En otros textos del mismo género narrativo el autor estudió nuevos ambientes; los frecuentes viajes rea­lizados por motivos del servicio (a Italia, Egipto, la India, los Estados Unidos, Aus­tralia, Sudáfrica) ampliaron su experiencia. En 1867 abandonó el empleo, y en 1868 presentóse al Parlamento como candidato liberal, aun cuando sin éxito; no obstante, llevó el acervo de sus nuevos conocimien­tos a las novelas políticas — Phineas Finn (1869), El primer ministro (1876, v.), etc. —, en las que la sutileza de la observación no resulta menor que la que el autor mostrara en las narraciones de ambiente eclesiástico.

En realidad, el novelista sólo pretendía con­templar el mundo honradamente y describir a los hombres según eran, de suerte que en sus libros los lectores pudieran recono­cerse y no sentirse transportados junto a dioses o demonios; su discreción y su ecuá­nime y benévola valoración realista de los sentimientos humanos, tan abundante en matices, son virtudes que le han asegurado el interés e incluso la idolatría de la posteridad. En The Way we live Now (1875) ofreció un estudio sociológico del declive de las costumbres debido a la infiltración de los métodos financieros entre las clases elevadas; por ello esta novela se distingue de las restantes de nuestro autor en cuanto franca denuncia del capitalismo.

M. Praz