Anne-Louise-Germaine Necker, baronesa de Staël-Holstein

Nació el 22 de abril de 1766 en París, donde murió el 14 de julio de 1817. Fue hija de Suzanne Curchod y de Jacques Necker, banquero ginebrino esta­blecido en la capital de Francia. Todavía muy joven empezó a relacionarse con los principales filósofos y escritores — Diderot, D’Alembert, Grimm, Marmontel, etc. —, que frecuentaban la tertulia iniciada por Suzan­ne en 1764, poco después de su matrimonio, y habían de contribuir notablemente a la fortuna política de Necker, en el cual veían un posible restaurador de la economía es­tatal. Germaine reveló pronto una inteli­gencia viva y precoz y una gran afición a las letras; apenas cumplidos los once años compuso algunos Éloges, y luego empezó a comentar Espíritu de las leyes (v.), de Montesquieu, y a escribir en prosa y verso obras de fantasía. No era bella, pero poseía un temperamento muy acusado y un lúcido intelecto, y gracias a la ascensión política de su padre, pasó a ocupar muy pronto una posición destacada. Descartados algunos po­sibles pretendientes — entre los cuales figu­raba el hijo de Pitt—, se casó en 1786 con Eric-Magnus, barón de Staël-Holstein, gen­tilhombre sueco mucho mayor que ella y nombrado entonces embajador de Suecia.

Germaine habría de convertir la embajada en punto de reunión de lo mejor de la inte­ligencia parisiense y cosmopolita de los años finales del «ancien régime»; el «salón» de la Rué du Rae reemplazó el de Suzanne Curchod Necker. El matrimonio fue un fracaso ya desde el principio: el carácter severo, sosegado y aun bastante mezquino del maduro barón contrastaba demasiado con el temperamento abierto de su esposa, fácil al entusiasmo y apasionadamente inte­resado en los acontecimientos políticos y en la vida del espíritu. La hija de Necker no podía dejar de seguir ardientemente las vi­cisitudes públicas, a las cuales se hallaba vinculada, entre otras cosas, la suerte de su padre. Tras una serie de alternativas, éste había sido llamado en 1788 a la dirección de la Hacienda, y tuvo una importante par­ticipación en la convocatoria de los Estados Generales; a causa de ello, el «salón» de Germaine se veía entonces lleno de los per­sonajes más diversos, impulsados por los más variados móviles. Precisamente aquel mismo año de 1788 la escritora dio a la imprenta su primer libró, Lettres sur les écrits et le caractère de J.-J. Rousseau, entusiasta exaltación de la figura y el pen­samiento del famoso ginebrino en quien Lanson reconocería uno de los padres espi­rituales de Staël (el otro, según él mismo, es Voltaire).

Con algunos de los principales personajes de su tertulia estableció Germai­ne relaciones que pronto darían comienzo a su agitada vida sentimental; entre sus pri­meros amigos en la acepción más amplia de la palabra cabe mencionar a Mathieu de Montmorency, quien le permanecería fiel a pesar de todo, e incluso al turbulento Talleyrand. Rodeada por un grupo de nobles «progresistas», la escritora soñaba en una monarquía racionalista y entregada a las reformas, y aun en una aportación propia a la misma. Sin embargo, los acontecimien­tos se precipitaron. Tras el asalto a la Bas­tilla y el fracaso de los intentos de Necker, la sociedad se dividió y abrióse el insalva­ble abismo; en tanto muchos nobles emi­graban, las fuerzas burguesas iban acercán­dose rápidamente al poder. Necker se retiró a su castillo de Coppet, cerca de Ginebra; Germaine permaneció en París, y aguardó todavía durante algún tiempo en espera de la instauración del régimen por ella espe­rado. La coalición extranjera, el desgraciado intento de fuga del monarca, la invasión del territorio francés y las reacciones consi­guientes marchitaron las últimas ilusiones de la escritora, que, sin embargo, no aban­donó a los viejos amigos, logró salvar a algunos de ellos de las hecatombes del Te­rror, y aun compuso una Mémoire pour la défense de Marie Antoinette.

Por aquel en­tonces vivió febrilmente en París, donde la embajada sueca, dirigida por su esposo, le ofrecía un refugio bastante seguro, y en el castillo de Coppet, junto a su padre. Pre­cisamente en el curso de una estancia en Suiza, en 1794, conocería a Benjamin Cons­tant (v.); algún tiempo después se inició la tempestuosa relación empezada con el suicidio fingido mediante el cual superó aquél una resistencia imprevista. Con él regresó Germaine a París, soñando, tras la reacción de Termidor, en el restableci­miento de una actuación política interrum­pida, pero también, mientras tanto, hecha imposible. Sus intereses aparecen reflejados en textos como Réflexions sur la paix, adressées à M. Pitt et aux Français (1794) y Réflexions sur la paix intérieure (1795). Tales ambiciones políticas, fruto de un tem­peramento apasionado, no fueron en ella incompatibles con el cultivo de la literatu­ra; a estos años agitados pertenecen preci­samente numerosas obras de carácter narra­tivo y dramático y un Essai sur les fictions, que revelan en la escritora una nueva orien­tación y la progresiva maduración de una poética nueva. En su «salon», reconstituido con los viejos amigos supervivientes y algu­nos otros recién llegados y de índole du­dosa, Germaine logró superar las tormentas y ejercer incluso cierta influencia durante el Directorio, a pesar de las sospechas ini­ciales que se cernían sobre ella y la obli­gaban a prudentes permanencias en Coppet.

Fue precisamente en Suiza donde apareció, impresa en Lausana, la primera de sus obras más características, De l’influence des pas­sions sur le bonheur des individus et des nations (1796), en la cual se propuso, pres­cindiendo de los terribles sucesos recientes, pero influida por los «otros hechos princi­pales de la revolución de Francia y del mundo, reunir observaciones imparciales acerca de los gobiernos», y ver si los acon­tecimientos se hallan esencialmente vincu­lados a los efectos derivados de ellos, a fin de no caer bajo la sospecha de «indiferencia respecto a los delitos». Como justamente escribiera Sainte-Beuve, nuestra autora ex­presa en tal libro «toda la tristeza del estoi­cismo virtuoso en aquellos tiempos de opre­sión durante los cuales no se podía sino morir». Fue ésta la breve época feliz de la relación con Benjamín Constant. Germaine se hallaba entregada por completo a su pa­sión y a la literatura, y en abril de 1797 llegó incluso a establecerse en la propiedad adquirida por Constant en Luzarches; fruto de tales amores fue su tercera hija, Albertine, que nació el año siguiente.

Sin em­bargo, pronto el cielo de tal dicha se os­cureció y reaparecieron las tormentas; de momento, empero, las primeras desilusiones quedaron compensadas por los éxitos lite­rarios y mundanos, y por una nueva y gran amistad, que desempeñaría un importante papel en la agitada historia de los amores con Constant: la relación con Juliette Récamier. Aunque no completamente sólida, la posición de la escritora bajo el Directorio podía considerarse prometedora. Sin embar­go, tal situación llegó a ser precaria tras el golpe de estado del 18 brumario 1799, en el cual naufragaron definitivamente los sue­ños republicanos de Germaine. Constant apresuróse a ofrecer sus servicios al Primer Cónsul, y su amante creyó, al principio, poder inspirar la política de Bonaparte; éste, empero, se limitó a llevar a Constant al tribunado, y no se dejó seducir por Ger­maine. Las primeras medidas autoritarias de Napoleón marchitaron pronto las últimas ilusiones de la escritora; así lo revelan algu­nos textos, en apariencia teóricos, sobre el valor de la libertad, y, luego, la obra De la literatura considerada en sus relaciones con las instituciones sociales (v. De la literatu­ra), publicada en París (1800). En ésta, y mediante la aplicación de los criterios de Montesquieu (v.) a la literatura, estudia la autora los vínculos existentes entre las letras, las costumbres, la religión y las ins­tituciones.

Todo el texto supone una exalta­ción de la libertad como condición de la felicidad de los pueblos. Aun cuando en él figuren ya precisados los principales temas que Mme. de Staël desarrollaría ulteriormente, su fondo político no le pasó inadvertido a Bonaparte, quien, al principio, empero, no adoptó más medidas que las supuestas por algunas advertencias y el consejo de un alejamiento de París. Germaine se fue a vivir entonces a Coppet. En 1802 quedó viu­da y sus relaciones con Constant, excluido mientras tanto del tribunado, habían em­peorado progresivamente. A fines del mismo año apareció Delphine (v.), especie de no­vela llena de las ideas propias de la autora acerca del estado social de la mujer, la ins­titución del divorcio y la posición de la religión católica respecto de tales cuestio­nes. Coincidió el libro con los intentos de reconciliación con Roma llevados a cabo por Bonaparte; y así, el Primer Cónsul pro­hibió a la escritora la residencia a menos de cuarenta leguas de París, decisión man­tenida a pesar de los numerosos interceso­res. La literata decidió entonces llevar a cabo un viaje por Alemania; «deseaba — es­cribiría más tarde — compensar, con la buena acogida que los alemanes me prome­tían, el ultraje recibido del Primer Cónsul; y quería oponer la favorable recepción de las antiguas dinastías a la impertinencia de la que se aprestaba a subyugar a Francia».

Partió a fines de 1803, juntamente con Cons­tant, en apariencia más juicioso, y dirigióse a Francfort, Weimar — donde se relacionó con Goethe —, Leipzig y Berlín; pero a cau­sa de la muerte de su padre volvió a Coppet en abril del siguiente año. El viaje a Alemania le procuró la duradera amis­tad de August Wilhelm Schlegel, quien se convertiría en uno de los huéspedes más asiduos del castillo paterno, donde la escri­tora, ya ampliamente conocida por las vici­situdes políticas y la polémica debida a su libro De la littérature, habría de reunir a su alrededor un grupo de fieles amigos, integrado por Sismondi, Bonstetten, el barón de Voght, los Schlegel, Elzéar de Sabran, Prosper de Barante, Mathieu de Montmorency, Récamier, Constant, Chateaubriand, el príncipe Augusto de Prusia y muchos otros personajes notables de la Europa na­poleónica. De nuevo en Coppet tras la muerte de su padre, a quien dedicó un texto apologético, orientó sus intereses ha­cia Italia, bajo la influencia de Schlegel y Sismondi; y así, en diciembre de 1804, junto con los dos amigos y sus tres hijos, la es­critora emprendió el viaje que habría de revolucionar sus ideas acerca de la belleza y dar origen a la novela Corinna o Italia (1807, v.) y a otras dos oleadas de pasión, dirigidas al joven portugués Pedro de Souza y al también joven conde austríaco O’Donnel.

A su regreso al castillo paterno en junio de 1805, Germaine era célebre ya en toda Europa y contaba con una corte propia. Sin embargo, el escenario de Coppet le parecía excesivamente pequeño para su talla, y, a causa de ello, soñaba con el retorno a París y el restablecimiento allí de su tertulia; persistía, empero, el obstáculo infranquea­ble: Napoleón, atacado por la autora cada vez más abiertamente. Aprovechando la ausencia del enemigo, ocupado en otras par­tes, Mme. de Staël permaneció algún tiempo en los alrededores de París, para vigilar la edición de Corinna; luego, en 1808, tras un viaje a Viena, a donde se dirigiera para documentarse acerca de su gran obra Alemania (v.), vivió en el castillo de Chaumont, junto al Loira. Fue ésta una época de agitación e inquietud, por la acusada volubilidad del temperamento de Constant y el impedimento levantado ante las inten­sas ambiciones que impulsaban a la escri­tora a volver a París. La aparición de Ale­mania (1810), obra inmediatamente recogida por la policía napoleónica, afianzó la supre­macía intelectual de Germaine; en ella, la nueva literatura encontraba principios nue­vos y quedaba fortalecida en sus aspectos de oposición entre dos mundos y exigencia de una profunda renovación espiritual.

In­mensa fue la resonancia del texto, que si bien dejó cerradas a la autora las puertas de París, le abrió las de Europa, hacia la cual, en efecto, se inclinó Mme. Staël Tras un nuevo período pasado en Coppet, donde se unió al joven Jean de Rocca, quien le daría un hijo y contraería luego secretamente matrimonio con ella, en mayo de 1812 re­solvió eludir la creciente vigilancia de la policía; atravesando Suiza llegó a Viena, viajó por Rusia, y, desde San Petersburgo, Suecia e Inglaterra (donde en 1813 hizo reim­primir su libro Alemania) asistió al ocaso de su enemigo. Vuelta a París en 1814, creyó nuevamente en la posibilidad de influir en la escena política. El regreso de Napoleón de la isla de Elba, empero, obligóla a bus­car refugio en Coppet, mientras Sismondi y Constant se adherían al gobierno napo­leónico. Después de Waterloo, en lugar de dirigirse a París partió hacia Italia con Roc­ca, y celebró en tal país el matrimonio con éste; estuvo en Milán, Pisa y Florencia, donde se relacionó con la condesa de Albany. De nuevo en Coppet, en el verano de 1816 reunió allí su corte cosmopolita, y aco­gió como huéspedes ocasionales a Byron y Ludovico de Breme.

Luego, durante el oto­ño, pudo volver a París y estableció una tertulia en su nueva residencia de la Rue Royale. Se hallaba entonces en el apogeo de la fama; su pasado de adver­saria tenaz del tirano le valió la asidua corte y las solicitaciones de los principa­les personajes de la Restauración. Junto a ella había, entre otros, un Talleyrand más intrigante que nunca, y un Constant ya defi­nitivamente pasado a la categoría de viejo amigo. Germaine acababa de cumplir los cincuenta años, y podía ambicionar aún la siempre soñada influencia en la política francesa. No obstante, agotada y minada físicamente, fue extinguiéndose con rapi­dez, rodeada por algunos amigos fieles, como Chateaubriand y Juliette Récamier, y murió prematuramente el día del aniversario de la toma de la Bastilla. La agitación de los últimos años no le impidió, empero, la rea­lización de una labor infatigable; a este período final de su vida pertenecen Réfle­xions sur le suicide (1813), Considérations sur la Révolution française (1818), y Dix années d’exil (1821). Mejor que cualquier otra, la figura de la escritora resume en sí misma las exigencias y características del naciente siglo.

De formación protestante, y cosmopolita por instinto y vocación, mani­festó su espíritu de intolerancia en un vago anarquismo no adaptable a fórmulas polí­ticas concretas; su afán de renovación, aunque basado en móviles racionalistas, asimilados por la escritora en el ambiente cultural de su juventud, desarrollóse a través de una serie de impulsos sentimen­tales, y halló un aliento intelectual en el idealismo romántico alemán. Mme. de Staël pertenece al siglo XVIII en cuanto a sus premisas, y al XIX por sus conclusiones; en ello residen su coherencia con la época y, al mismo tiempo, sus limitaciones.

G. Natoli