Andrea Pozzo

Nació en Trento el 30 de noviembre de 1642 y murió en Viena el 31 de agosto de 1709. Desde muy joven se apa­sionó por la pintura y por la arquitectura; tras unos años de práctica, bajo la influen­cia de los maestros lombardos y venecia­nos, logró gran habilidad en el dibujo y el colorido. A los veintitrés años manifestó deseos de entrar en la orden de los Jesuí­tas. Se hizo «hermano» de la Compañía en Milán en 1665. Pudo, con todo, continuar ejerciendo su afición pictórica en las igle­sias de la Orden. En 1679 se encontraba en Mondovi, adonde fue llamado para pintar los frescos de la iglesia de los jesuítas. Esta obra le dio a conocer como creador de extravagantes perspectivas y de ricas deco­raciones que guardan relación con el gusto pomposo y recargado del siglo. Exuberante y cordial por temperamento, ponía fantasía en sus obras. La fama de éstas llegó a Roma, adonde le llamó, en 1681, el padre Oliva para que continuara pintando frescos en importantes templos.

Permaneció en Roma durante muchos años y allí desarrolló un intenso trabajo, volviendo a aquella ciudad después de algunas estancias en otras ciu­dades italianas como Arezzo, Módena, Ascoli y Génova, donde dejó muestras de su especial habilidad en la perspectiva. Su más vasta obra ha quedado en la iglesia de San Ignacio de Roma. La fama de su talento traspasó las fronteras y le fueron encargados proyectos para países extranje­ros. A los sesenta años aceptó la invitación del emperador Leopoldo de Habsburgo para que fuera a Viena; allí decoró el Palacio Liechtenstein. Había dedicado al empera­dor Leopoldo su tratado de Perspectiva de pintores y arquitectos (v.), publicado en parte en 1693 y en parte en 1698. Murió siete años después de su llegada a Austria, y fue honrado dignamente por aquella corte.

E. Fezzi