Alphonse-Marie-Lonis de Lamartine

Nació el 1.° de octubre de 1790 en Macón y murió en París el 28 de febrero de 1869. Su padre, que pertenecía a la pequeña no­bleza, fue detenido en la época del Terror, y, puesto en libertad gracias a la reacción termidoriana, refugióse con su familia en Milly, modesta propiedad que poseía cerca de Macón. Allí pasó el futuro poeta una infancia tranquila en el seno de un am­biente familiar tierno y afectuoso que afinó su sensibilidad. Junto a él se hallaban cin­co hermanas cariñosas («une couvée de colombes») y una madre atenta y piadosa; a todas ellas debió sin duda Lamartine su delicada comprensión de los problemas del senti­miento. En Milly nacieron y arraigaron profundamente las esencias físicas y mora­les del poeta; su poesía germina como la vid en aquellas verdes colinas. En el cole­gio religioso de Belley leyó a Chateaubriand y Ossian, exaltóse con la Biblia y lloró las aventuras de Pablo y Virginia (v.). A los diecisiete años, terminados los estudios, y como no quisiera servir al régimen napo­leónico, regresó a Milly, donde vivió en contacto con la naturaleza; con frecuencia los campesinos podían contemplar a un jo­ven jinete que atravesaba los campos al galope, seguido por la jauría de sus lebre­les.

Un viaje a Nápoles (1811) y una estan­cia en Saboya (1816) encendieron su ima­ginación. El amor y la muerte de la mujer amada (Mme. Charles, joven esposa de un médico, fallecida en 1817 a causa de la tuberculosis, «avec ses bandeaux noir et ses yeux battus») habrían de inspirarle sus primeras composiciones líricas. Nada con­creto sabemos acerca de sus amores por una mujer a la cual denominó Elvira y en la que posiblemente aparecen fundidas varias figuras femeninas, además de la de Mme. Charles; sólo habla de los éxtasis y las tris­tezas del sentimiento amoroso, y de la dul­zura del recuerdo siempre presente. Las dos obras líricas Le lac y Le vallon (v. Me­ditaciones poéticas, 1820) alcanzaron muy pronto una gran popularidad. Aquellas me­lodías simples y lozanas arrullaron los sueños de una generación cansada ya de luchas e inclinada a una religiosidad nos­tálgica. Sin embargo, este hombre, todo él poesía, parece no tener bastante con ella; y, así, ‘acepta el cargo de secretario de Embajada en Nápoles (1821), a donde le acompañó su joven esposa Marianne Birch. El matrimonio inició en su vida una eta­pa de tranquila felicidad, que halló su eco en Nouvelles méditations poétiques (v. Me­ditaciones poéticas).

Nombrado para el desempeño del mismo puesto en Florencia permaneció allí cinco años, y dividió su tiempo entre los deberes diplomáticos y el cultivo de la poesía. Aquella fue la gran épo­ca de las Armonías poéticas y religiosas (1830, v.), en las que a la nota religiosa aparece unida la de carácter político: es la mani­festación del ex legitimista pasado al par­tido del pueblo. La revolución de Julio le obligó a dimitir. Desde hacía ya tiempo alentaba la idea de un gran poema, del que ofrecería más tarde sólo algunos frag­mentos — Jocélyn (1836, v.); La chute d’un ange (1838)—, y proyectaba un viaje a Oriente, «car il faut voir avant de peindre». En 1832 partió con su esposa y la pequeña Julia; sin embargo, la alegre expedición concluyó trágicamente en Beirut con la muerte de la hija, ya minada por la enfer­medad, a los diez años. Terminado el pe­ríodo contemplativo de su vida, empezó en­tonces (1839) el activo. Elegido diputado, adoptó una actitud personal independiente, y situóse, como le gustaba afirmar, «au plafond».

La ineficacia del gobierno llevóle hacia el pueblo; y, puesto que la política no le hacía olvidar la literatura, escribió la Historia de los girondinos (1847, v.), ardiente exaltación de la democracia. La revolución de 1848 elevóle durante algún tiempo a la jefatura del gobierno; el poeta, entonces, transformóse en tribuno, impro­visó discursos e hizo un llamamiento a Europa. No obstante, el contacto con la rea­lidad resultóle un fracaso y una desilusión. Agobiado por el peso de la ingratitud po­pular, y aislado por completo a partir del 2 de diciembre, retiróse de la política. Su vejez no constituyó el descanso lleno de recuerdos y de plegarias que el poeta so­ñara: fue, en verdad, un combate incesante, una terrible y oscura batalla que sostuvo hasta la muerte contra la miseria y los detractores de su obra. En 1857 interrum­pió un tiempo la dura labor cotidiana de la prosa y dio el adiós a la poesía en las magníficas estrofas de La vigne et la maison.

A. R. Poli