Alfredo Oriani

Nació en Faenza el 22 de agosto de 1852, murió en Casóla Valsenio el 18 de octubre de 1909. De temperamento huraño y taciturno, tras una infancia tris­te, fue educado en Bolonia en un colegio de barnabitas. Matriculado después en la Universidad de Roma y licenciado en la de Nápoles «in utroque» (1872), pero opuesto, a pesar del deseo de su padre, a la profe­sión forense, se dedicó a la literatura. Pu­blicó en 1876, con el seudónimo de Ottone di Banzole y con el título Memorie inutili, su primera novela, poco madura y a veces confusa. Siguieron otras novelas, versos y relatos, en los que se pone de manifiesto el carácter irritable y hosco del autor. Con­tra el segundo proyecto de ley sobre el divorcio presentado por Zanardelli, y en respuesta a La question du divorce de Dumas hijo, publicó en 1886 Matrimonio (v.), que no tuvo el eco que el autor esperaba. En 1889 publicó Hasta Dogali (v.), obra política, y en 1892 su más importante tra­bajo de pensamiento, La lucha política en Italia (v.).

Candidato al Parlamento por Romaña en las elecciones políticas de aquel año, no quiso en forma alguna realizar cam­paña electoral, lo cual, naturalmente, lo llevó a la derrota. En 1894 se aventuró con El enemigo (v.), una novela escrita bajo la influencia de las grandes narraciones ru­sas. A continuación publicó dos de sus obras mejor logradas y hoy más reputadas, Celos (v.) y La derrota (v.). El problema de la muerte, que le agobió de un modo per­manente, le inspiró en 1899 Vórtice (v.), una de sus mejores novelas, en la que se describe de un modo intensamente dramá­tico la última jornada de un suicida. Su posterior y constante pasión por el enton­ces incipiente ciclismo le indujo a escribir el volumen Bicicleta (1902, v.), seguido en el mismo año, de una recopilación de escri­tos varios, Ombre di occaso y de la no­vela Olocausto, y en 1904 una colección de cuentos, Oro, incensó e mirra.

Caído defi­nitivamente Crispí, Oriani dio comienzo a su actividad periodística, desenvuelta entre in­cidentes, peligros, amarguras domésticas y dificultades económicas, y alternada, por otra parte, con una producción teatral abun­dante, pero de mala calidad. En 1909, un ensayo de pleno reconocimiento de su obra, insertado por Benedetto Croce en La Criti­ca, sentará la base de la amplia fama a la que Oriani había aspirado morbosamente, pero que no comenzará a sonreírle más que en sus últimos meses, en los que, enfermo del corazón, envejecido y más hastiado de la vida que nunca, caminará hacia la tumba a largos pasos.

L. Herling Croce