Alessandro Manzoni

Nació en una familia noble de Milán el 7 de marzo de 1785, murió en la misma ciudad el 22 de mayo de 1873. Por la complejidad y el extraordinario interés de su obra es, posiblemente, el más conocido de los escritores italianos del siglo XIX. Estudió en Lugano, Merate y Mi­lán, y a los dieciséis años ya compuso el pequeño poema El triunfo de la libertad (1801, v.), fruto de su reacción frente a la formación religiosa recibida y de su tenden­cia a los ideales de la Revolución francesa. Siguió después el gusto contemporáneo por la poesía clasicista. Entre sus versos juve­niles figuran el idilio El Adda (1803, v.) y el poema A la muerte de Carlos Imbonati (1805, v.), cuya composición terminó cuando llegó a París para vivir junto a su madre, que, luego de haber abandonado al esposo, habíase unido a Imbonati. Entonces no le ofendía aún el vínculo irregular de su pro- genitora; por otra parte, Claude Fauriel, con quien estableció pronto una íntima amistad, convivía también libremente con Sophie de Condorcet, cuya sugestión inte­lectual no parece haber sido ajena a la com­posición Urania (v.), pequeño poema sobre la virtud civilizadora de las bellas artes. Más bien que los ambientes filosóficos pa­risienses de la época debieron de influir en Manzoni las fuentes de éstos; en realidad, conoció a fondo los textos de Voltaire y Diderot.

Posiblemente el ejemplo de Fauriel llevóle a profundizar los estudios históricos ya ini­ciados en Milán con V. Cuoco. La indife­rencia religiosa no debió de penetrar en él profundamente. Su matrimonio, empero, tuvo lugar durante una época de crisis de la que salieron renovadas su mente y su conciencia. En 1808 se unió, según el rito evangélico, a la ginebrina calvinista Enri­queta Blondel; la boda celebróse de nuevo y de acuerdo con las normas católicas en 1810; poco después se produjo la abjuración de la esposa, y algo más tarde Manzoni volvía al seno de la Iglesia. Probablemente debieron de influir en su conversión, por lo menos en parte, la piedad de su esposa, el retorno de la madre a las prácticas religiosas, la tradición familiar, las exhortaciones de doc­tos y austeros sacerdotes, e incluso el es­tímulo de los mismos ambientes intelectua­les, tendentes a posiciones más conciliadoras. En absoluto, empero, cabe dudar de un impulso interior, en el que Manzoni empeñó toda su personalidad. En cuanto al ámbito lite­rario, la conversión aproximóle a las doc­trinas románticas, en las que vislumbró cierta orientación cristiana. En 1812 y 1813 compuso los primeros Himnos sacros (v.) (La Resurrección, El Nombre de María, Na­vidad), que aparecieron en 1815 con La Pasión; a distancia, en cambio, siguió Pen­tecostés (1822), obra de madurez e inspi­ración mayores y casi anticipo del com­plicado mundo moral y religioso de Los novios.

En 1819 se opuso a las afirmaciones de Sismondi, que en Historia de las repú­blicas italianas de la Edad Media (v.) pre­sentaba el catolicismo como causa de la corrupción de la vida en Italia, con Obser­vaciones sobre la moral católica. Por aquel entonces había superado las influencias de la filosofía racionalista con el estudio de los textos sagrados y de los grandes escrito­res religiosos franceses de los siglos XVII y XVIII. Resultó una interpretación histórico-religiosa de la epopeya napoleónica la oda El cinco de mayo (v.), modelo en cuan­to a vigor de síntesis y a rapidez y eviden­cia de imágenes; la otra obra del mismo género titulada Marzo de 1821 (v.) sitúa a su autor entre los más fervientes defensores de la unidad italiana. El conde de Carmagnola (v.), obra compuesta a intervalos entre los años 1816 y 1819 y publicada a principios de 1820, acompañada por una se­rie de noticias históricas, que atestiguan el escrupuloso estudio de los hechos, y por un prólogo en el que se da en parte el mismo contenido que presenta la Carta a Chauvet (1823, v.), fruto de las reflexiones del autor sobre los temas arte-verdad e historia-poesía. De 1820 a 1822 escribió Adelchi (v.) y reunió el material del Dis­curso sobre algunos puntos de la historia longobarda en Italia (v.), interpretación y exposición de la Edad Media que, siquiera tienda a justificar y documentar la mencio­nada tragedia, también anticipa la concep­ción de su inmortal novela.

Las obras trági­cas de Manzoni resultan más bien líricas que dramáticas, y, por ello, más adecuadas a la lectura que a la representación. En 1821, el escritor, hundidas las esperanzas que le inspiraran ardientes versos de amor patrio, retiróse a Brusuglio, a donde llevó consigo las historias milanesas de Ripamonti y las obras económicas de Gioia, cuya lectura, unida a la sugestión del éxito alcanzado por Walter Scott, dio lugar a Los novios (v.). Tal novela túvole ocupado durante el pe­ríodo 1821-1827. La primera redacción del texto, que llevaba por título Fermo e Lucia, quedó terminada en 1823, y estaba infor­mada por un romanticismo genérico y no libre de lugares comunes de gusto fácil; más laboriosa resultó la refundición, de la que nació la edición inicial de la novela (1825- 1827), exponente de un progreso ejemplar en cuanto al lenguaje, a la técnica narrativa y al análisis de los sentimientos, perfección que evitó al autor modificaciones conside­rables en la segunda edición (1840-42). Manzoni, ya en precarias condiciones de salud, había iniciado una vida familiar ordenada y recogida, que más tarde entristecieron varios infortunios. Luego de una breve es­tancia en París (1819-1820), no salió de Mi­lán sino en raras ocasiones.

En 1827 estuvo en Toscana, donde trabó nuevas amistades. En 1833 falleció Enriqueta, y en 1837 con­trajo segundas nupcias con Teresa Borri, la cual, junto con cinco de los siete hijos de su primer matrimonio, precedióle asi­mismo en la tumba. Mencionemos aquí sus textos filosóficos, históricos, estéticos y lin­güísticos: la carta sobre El Romanticismo en Italia (v.), la Historia de la columna in­fame (v.), el discurso Sobre la novela histórica (v.), el diálogo De la invención (v.), el Ensayo comparativo sobre la revo­lución francesa de 1789 y la revolución ita­liana de 1859 (v.), y, finalmente, el con­junto de las obras acerca del problema del lenguaje, entre las que figuran Oír misa (v.) la carta Sobre la lengua italiana (v.) y el informe al ministro Broglio De la uni­dad de la lengua y los medios para su difusión. El origen de estos últimos estudios debe buscarse en las lejanas reflexiones a que la lectura de los filósofos franceses llevó a su autor respecto del problema gnoseológico y, en consecuencia, del de los orígenes del lenguaje, y en las dificultades halladas por él mismo al intentar librarse de un idioma literario ya en desuso. La influencia de Manzoni en la formación de la conciencia na­cional italiana resultó enorme.

M. Marcazzan