Aleksandr Sergeevich Griboedov

Nació el 4 de enero de 1795 en Moscú, murió asesinado el 30 de enero de 1829 en Teherán. Fue una de las personalidades más originales de su tiempo. Después de haber terminado los es­tudios universitarios en las facultades de Filología y de Derecho, prestó servicio mili­tar entre 1812 y 1816, intentando al mismo tiempo iniciarse en el periodismo y en el teatro (de 1815 es su primera comedia Los jóvenes cónyuges, a la que siguió La hipó­crita infidelidad, en 1818, cuando habiendo entrado al servicio del Ministerio de Asun­tos Exteriores estaba a punto de partir como secretario de Embajada hacia Persia).

Pasó los años de 1818 a 1825 parte en Tiflis, en Georgia, y parte en Rusia. En Georgia trabó amistad con el famoso general Ermolov, comandante de la región caucasiana, quien lo retuvo junto a sí durante algún tiempo en calidad de secretario. De 1822-23 es la redacción de la comedia ¡Qué desgracia el ingenio! (v.), la única de él que posee real­mente valor artístico, ya comenzada en años anteriores y reformada en los sucesivos hasta la publicación de algunos fragmentos en 1825, tras la negativa de la censura a que fuera puesta en escena. La presencia del autor, bien en Moscú, bien en San Petersburgo, determinó que la comedia circu­lara manuscrita y conquistara a un gran público; con ella se abre el repertorio ruso moderno. Le correspondió a él, como diplo­mático, tratar con Persia la paz que fue fir­mada el 10 de febrero de 1828 en Turkmenchaj y llevar el tratado a San Petersburgo; fue acogido allí con grandes honores y nom­brado ministro ruso en Teherán.

En el viaje para llegar a esta ciudad se detuvo en Tiflis, donde se casó con una joven georgiana, la princesa Nina Chavchavadze; con ella mar­chó a Tabriz, para discutir algunas cláusulas del tratado, gravosas para Persia a causa de principios religiosos; pero, no habiendo lo­grado obtener su aprobación, dejó a su esposa en Tabriz y prosiguió hasta Teherán, para discutir allí la cuestión con el sha, aun estando persuadido de que las exigen­cias rusas eran excesivas. Odiado por los persas, caía víctima de un inesperado ataque de manifestantes ante la legación rusa poco después de haber llegado a la capital.

A dar a su muerte un carácter simbólico contri­buyó la circunstancia de que mientras sus restos volvían a la patria sobre un carro arrastrado por bueyes, el poeta Pushkin fue a su encuentro en el camino montañoso y saludó en él al gran diplomático y al no menos gran poeta que había puesto tanto de sí y de su agudo sufrimiento espiritual en el héroe de su única comedia, en aquel Tchatski que había de ser precisamente un símbolo para las generaciones posteriores. También por lo mismo, un crítico agudo, Gerchenzon (v.), ha llamado muy justa­mente a la Rusia del primer cuarto del si­glo XIX la Rusia griboedoviana.

E. Lo Gatto