Alejandro Herculano

Poeta e histo­riador portugués. Nació en Lisboa el 28 de marzo de 1810, y murió en Val-de-Lobos, cerca de Santarem, el 13 de septiembre de 1877. Después de los primeros estudios en la ca­pital, y como no pudiera, por dificultades económicas, ingresar en la Universidad, se matriculó en la Academia de Marina, de cuyas enseñanzas no siguió, empero, sino el primer curso. Hacia 1830, la marquesa de Aloma, una de las introductoras del ro­manticismo en los países ibéricos, le dio a conocer los grandes escritores alemanes, singularmente Klopstock, Bürger, Schiller y Goethe, que luego habrían de influir con­siderablemente en su obra; posteriormente, en la divulgación de las tendencias román­ticas en Portugal, alineóse junto a Almeida Garrett. Sin embargo, casi al mismo tiempo su credo liberal le forzó a la emigración a Inglaterra y Francia (1831-1832), de donde este último año regresó a la patria como soldado.

Bibliotecario en 1833 en la Biblio­teca de Oporto, abandonó el cargo en 1836 en señal de protesta contra la «revolución de septiembre», que llevó a la restauración y a la abolición de la Carta concedida por el monarca liberal don Pedro IV. En opo­sición a esta nueva política publicó asimis­mo en 1836, un libelo en prosa bíblica, A voz do propheta. Trasladado a Lisboa, asumió aquí la dirección de la revista histórico-literaria Panorama, en la que cola­boró por espacio de siete años (1837-44). Mientras tanto había publicado A harpa do crente (1838), donde cantaba a Dios, a la patria y a la libertad. En 1839 el rey con­sorte don Femando le nombró director de la Biblioteca de Ajuda, cargo que conservó hasta 1867, año en el cual retiróse a Val-de- Lobos. A esta época pertenece lo mejor de su producción literaria. El carácter austero y poco dúctil del autor se refleja en un esti­lo puro y solemne, a veces apasionado.

En Panorama publicó O bobo (obra aparecida póstuma en forma de libro en 1878) y Leyen­das e narrativas (textos reunidos en volu­men en 1851). Novelas históricas, notables por el rigor empleado en la reconstitución de las civilizaciones goda, árabe y portu­guesa medieval, son la célebre Eurico, el sacerdote (1844, v.) y El monje cisterdense (1848, v.), en la que H. tiende a demostrar la persistencia de los sentimientos de amor y venganza en el sacerdote, obligado al per­dón y al celibato. El escritor se interesó en la Edad Media no sólo para una investi­gación estética de carácter pintoresco, sino también a fin de estudiar los orígenes de la nación portuguesa y determinar las institu­ciones más convenientes al país. Empezó una monumental Historia de Portugal (4 vo­lúmenes, 1846-1853, v.), que no pasó del reinado de Alfonso III (1245-1279); es una obra de fundamental importancia y exce­lente en cuanto a documentación, objetivi­dad y concisión de estilo. H. revela asimis­mo estas dotes de historiador en Da origem e estabelecimento da Inquisiçāo em Portugal (3 vols., 1854-1859), meditada respuesta a los ataques del clero contra su liberalismo, frente a los cuales había reaccionado ya en 1850 con el libelo Eu e o clero.

En los diez tomos titulados Opúsculos quedaron reunidos numerosos ensayos de historia, teoría de la historia, economía, política y estética. Durante el último decenio de su vida, H., desengañado y amargado por los frecuentes ataques sufridos tras la muerte de su protector, el rey don Pedro V, de­dicó gran parte de su actividad al cuidado y cultivo de la tierra, experiencia cuyo recuerdo conservan las Cartas de Val-de- Lobos.

J. Prado Coelho