Albert Samain

Nació en Lille el 4 de abril de 1858 y murió en París el 18 de agosto de 1900. De modesta cuna, tuvo que abando­nar muy pronto los estudios para ganarse la vida en humildes ocupaciones. En 1882 obtuvo en la capital un empleo en la prefec­tura del Sena que le permitió dedicarse a la poesía y a la literatura. Allí no tardó en relacionarse con los círculos del decaden­tismo y del simbolismo, cuyo Manifiesto (v.) publicó Moréas precisamente por aquel entonces. Participó, además, en la fundación del Mercure de France; que había de llegar a ser la revista simbolista por excelencia; sin embargo, y a causa de su temperamento cerrado y esquivo, sólo tras las insistentes presiones de los amigos decidióse a iniciar en las páginas de la misma la publicación de sus versos.

La primera colección poética de Samain, En el jardín de la infanta (1893, v.), alcanzó un gran éxito; el autor empezó a ser considerado fundador del simbolismo ín­timo y recogido que luego sería denominado precisamente «intimista». Siguió otro tomo, también muy notable: En la superficie del jarrón (1898, v.). La muerte le impidió la publicación del último libro, El carro de oro (v.), que apareció póstumo en 1901. De carácter sombrío y meditabundo, y propenso desde muy joven al retraimiento particular­mente a causa de la tuberculosis que puso un final prematuro a su vida, nuestro autor ofrece un caso de correspondencia perfecta entre la biografía y la obra. Su poesía se detiene en las pequeñas cosas, de las cuales procura extraer una profunda y vaga signi­ficación espiritual, delicadamente impresionista, animada a veces por un íntimo ardor sensual, en el que se pretende reconocer también uno de los rasgos característicos de los tuberculosos.

Pronto fue advertido en él un estrecho vínculo con Georges Rodenbach (nacido en Tournai), Charles van Lerberghe (de Gante) y Grégoire le Roy (también natural de la misma ciudad); todos ellos, junto con Maeterlinck, el más famoso de los cinco, quedaron integrados por la crí­tica en el grupo denominado de «los poetas de Flandes», cultivadores del mismo tipo de poesía intimista, más o menos rica en valo­res espirituales, en el que luego confluyeron Charles Guérin e incluso, por razón de ciertos versos. Francis Jammes. Dicha ten­dencia influyó notablemente en el movi­miento italiano llamado «crepuscularismo». Samain es, no obstante, el más claro y sincero de todos estos poetas, y el menos encerra­do en una «fórmula» : la misma brevedad de su vida ha contribuido a dar a su obra y a su recuerdo un carácter más acusado.

M. Bonfantini