Al-Mutanabbī

Poeta árabe del si­glo X d. de C. Nació en Kufa, en el Irak, en 915, y pasó la juventud en el destierro, donde un oscuro episodio de entusiasmo re­ligioso o de mixtificación, en el que intentó aparecer como profeta, le valió el sobrenom­bre de Mutanabbī («el que se presenta como Pro­feta») con el que ha pasado a la historia. Su verdadero nombre era Abut-Tayyib Ahmad, y su padre era un pobre aguador. Su humilde origen contrasta con su ambi­ción y su profundo orgullo personal, pasio­nes que orientaron su vida. Dadas las condiciones sociales de la época, se adaptó, no sin amargura, al papel que le imponía la corte, y fue sucesivamente poeta áulico del emir hamdanida de Aleppo, Saif ad-Dawla, del que cantó en su Dīwān (v.) la gesta contra los bizantinos, luego del regente y sultán de Egipto, Kafur, y por fin de dignatarios y príncipes buwaihidos de Persia, en especial de Adud ad-Dawla.

Cuéntase que al regresar de Persia a Bagdad fue asaltado por unos bandidos; y ya se ponía a salvo cuando se refiere que un compañero le recordó su famoso verso: «La espada y el huésped y el desierto me conocen, la noche y el corcel, el papel y la pluma» y Mutanabbī, siempre vanidoso, volvió al encuentro del enemigo y halló la muerte, víctima de sus propios versos (965). Curiosa mezcla de magnanimidad y de servilismo, de genero­sidad y de avidez, vivió Mutanabbī en sí mismo la discordia entre los ideales de la libre vida beduina, sinceramente revividos en el arte, y la realidad de una sociedad hipócrita y cortesana. Cantó las empresas de Saif ad- Dawla, el adalid del Islam en la frontera de Bizancio, con sincero entusiasmo de árabe y de musulmán. Más ambigua y mo­ralmente turbia fue su postura en Egipto, junto al trono de un zafia bárbaro a quien no estimaba y al que cubrió, sin embargo, de panegíricos, seguidos después de no me­nos extremadas sátiras e invectivas. En Bagdad, donde el Califato atravesaba uno de sus períodos de mayor decadencia, tuvo mezquinas querellas con poetas rivales.

Su verdadero ambiente era el desierto, del que se sentía hijo desterrado, y lamentaba la libre y violenta vida de la edad pagana (la Giahiliyya), fuera de las constricciones y de las falsedades cortesanas. Con todo, las bus­có por necesidad y por avaricia. En resu­men, es una figura no exenta de interés, consciente de sus debilidades y con un vivo sentimiento del ideal no conseguido. Este aspecto puede hacernos a Mutanabbī humanamente más simpático que el exasperado barroquis­mo de su arte, que tan dañosamente influyó en la poesía arábiga de la decadencia.

F. Gabrieli