Memorias Políticas y Correspondencia Diplomática, Joseph Marie de Maistre

[Mémoires politiques et correspondance diplomatique]. Obra del francés Joseph Marie de Maistre (1754- 1821), publicada después de su muerte en París, en 1858, al cuidado de Alberto Blanc, por encargo de Cavour. Sacada de diversos documentos y memoriales extraídos de los archivos de Turín, esta obra nos presenta (aunque sea en una posición a veces con­dicionada por los acontecimientos) un De Maistre casi liberal en política e incluso tolerante en religión. Lo que el propio Blanc tuvo interés en poner de relieve, dado el motivo antiaustríaco de la publi­cación, es lo referente a las concesiones hechas por el diplomático y agudo argu­mentador a las ideas del mundo; así están vistas con claridad las agitaciones sociales y en particular algunas facetas de las lu­chas del siglo XIX a las que Europa hubiera debido prestar mayor atención.

Es interesante ver cómo presiente la necesi­dad de nuevas instituciones, y cómo valora en Napoleón el genio de Francia. Hay mucha franqueza en las consideraciones so­bre los aliados legitimistas de Luis XVIII y, en general, sobre la obra de los mismos confederados reaccionarios y absolutistas. Es típico de la mentalidad del antiguo mi­nistro del reino de Cerdeña ver en la casa de Austria a «la gran enemiga del género humano» y su poca simpatía por Ingla­terra, aun alabándola por su gobierno e instituciones. Por su misma formación men­tal, ampliamente atestiguada en sus distintas obras, De Maistre es contrario a las revoluciones, que subvierten violentamente el orden que la Providencia deberá restau­rar con sangre y dolor. Sin embargo, siente confusamente la idea del progreso del gé­nero humano, más allá de sus mismas con­vicciones particulares de tradicionalista.

C. Cordié

Memorias Para Servir a la Historia de mi Vida, Giuseppe Gorani

[Mémoires pour ser­vir a l’histoire de ma vie]. Obra del conde milanés Giuseppe Gorani (1740-1819), re­dactada en francés en Ginebra, en 1806- 1807, y comenzada a conocer fragmenta­riamente, en 1874, y después en un volu­men de páginas escogidas, en 1844. Es un importantísimo documento de la vida eu­ropea del siglo XVIII. Algunas de sus pági­nas hicieron valorar mal al personaje como un «aventurero italiano» de aquel siglo, en un mundo más propio para otros autores de memorias despreocupadas como Jacques Casanova y Filippo Mazzei. Pero la publi­cación, que Alessandro Casali cuida con la oportuna ilustración histórica del manus­crito en la Biblioteca de la Sociedad His­tórica Lombarda, indica el pleno valor de esta obra en sus cuatro partes; las tres primeras hasta ahora publicadas, en 1936- 1942 (esto es, «Memorie de giovinezza e di guerra: 1740-1763», «Corti e paesi: 1764- 1766» y «Dal dispotismo illustrato alla Rivoluzione: 1767-1791»), colocan estas Me­morias entre los más significativos docu­mentos de la sociedad del siglo XVIII, y particularmente de la vida europea de la guerra de los Siete Años hasta el epílogo de la Revolución francesa.

Los años de juventud muestran a lo vivo una familia lombarda que ha crecido entre las fastuosidades de la nobleza y las ocupaciones fo­renses, la cual se ve pronto turbada por la detención del padre del autor, a consecuen­cia de ciertas calumnias y de su interdic­ción. El joven Gorani es puesto en el colegio bajo la disciplina de algunos religiosos, pero poco después cumple el servicio mili­tar y, como alférez de un regimiento im­perial austríaco, después de una primera residencia en Viena, conoce los campos de batalla de Bohemia y de Laponia. Prisio­nero en Prusia, halla en la nación domina­da por la singular figura de Federico II nuevo aliciente para su curiosidad por las experiencias humanas; la cultura diecioches­ca de aquel ambiente y las exigencias de una fraternidad universal, también por me­dio de la iniciación masónica, permiten a Gorani manifestar su carácter inquieto e indagar la realidad en todos sus aspectos, desde el amor a la política. Su perma­nencia después en cortes y países como España, Córcega, Turquía, Francia y Por­tugal, contribuye a la valoración de un siglo que se iba transformando en una renovación substancialmente necesaria, pe­ro llena de peligros para el futuro. El pe­ríodo que va del 1767 al 1791 ve a Gorani cada vez más ansioso observador de la so­ciedad contemporánea: viaja de Lisboa a Milán, a las cortes de Munich, de Stuttgart y a la palatina de Mannheim, y después a Viena; va también a Londres, después de residir en Holanda.

En París considera las diversas desigualdades en que está fun­dado el antiguo régimen y, a pesar de ciertas reacciones personales de repugnan­cia, y de las luchas de cortesanos, percibe la crisis del absolutismo ilustrado. Varias visitas a Milán, una de ellas por la muer­te de su padre, y otras al lago Mayor, no consiguen darle tranquilidad, antes au­mentan su cansancio y su tedio. Quiere observarlo todo en la vida, desde la socie­dad a las nuevas leyes de la economía po­lítica; halla buena hospitalidad en Suiza, y visita a Bonnet y Voltaire, pero particu­larmente en París comprende que el mundo, después de la independencia de las colonias norteamericanas y el fermento del Enciclopedismo, tiende hacia una profunda re­volución. Pronto conoce, entre discusiones y esperanzas de renovación, a Lafayette y Mirabeau, se pone en contacto con círculos girondinos y jacobinos, hasta que el Acta Constitucional de 1791, acogida por el rey Luis XVI, le impulsa a seguir la Revolu­ción; tanto más cuanto que, autor ya co­nocido de obras políticas, no se sentía dig­namente apreciado por sus connacionales, y particularmente había sido perseguido por el emperador de Austria, Leopoldo II, hasta el punto de secuestrarle las rentas y expulsarle de la nobleza y de las aca­demias culturales.

Pero jamás hubiera su­puesto, entre tanto fervor, que Francia, de la cual fue nombrado ciudadano el 26 de agosto de 1792, hubiese de «caer en manos de una infame horda de bandidos que no cesan de atormentarla y amenazar al mundo con una subversión total»; por ello hubiera preferido cualquier otra calamidad a servir a la Revolución. La última parte de la obra, todavía inédita en su totalidad, como también por la monografía de Monnier, presenta nuevas vicisitudes del no­ble lombardo, terminando con las perse­cuciones y el destierro voluntario (1793- 1811; por adiciones al manuscrito inicial); hasta su oscura muerte, acaecida en Gine­bra. Su estilo, bastante ágil, aunque no privado de italianismos y lombardismos, in­dica el natural vigor de un agudo crítico de la sociedad de su tiempo: lo cual, me­jor que en los extractos de estas Memorias, hasta ahora se había demostrado por sus escritos políticos.

C. Cordié

Memorias Poéticas, Niccoló Tommaseo

[Memorie poetiche]. En estas memorias, publicadas en Venecia en 1838, Niccoló Tommaseo (1802- 1874) pretende «narrar cómo fue desenvol­viéndose su ingenio, y las facilidades y obstáculos que iba encontrando sucesiva­mente», a fin de «poder dar a los escrito­res noveles alguna luz y algún consuelo»; sólo esta parte deseaba que fuera conser­vada, prefiriendo que no fuese impreso el resto. No obstante se publicó en 1916 una segunda edición íntegra, preparada por Giulio Salvadori.

El período de su vida a que se refieren estas Memorias se extiende des­de su infancia a los años de destierro en Francia, que duró desde 1834 a 1838. De su Dalmacia natal, llegó todavía muy jo­ven a Italia, donde le cautivó, más que el arte, todavía incomprendido, la lengua; en el seminario de Padua inició sus estudios jurídicos. En realidad se dedicó a los es­tudios literarios, hasta que, conociendo al joven Rosmini, se interesó por la filosofía, y su primer amor hacia la poesía nació de «cierta correspondencia que encontré entre las cosas sensibles con las espirituales; mo­do de ver que siempre me sedujo». Termi­nada la carrera, regresó a Sebenico, pero pronto dejó de nuevo «el exilio patrio» para marchar a Italia, donde le absorbieron los trabajos literarios. Estrecha entonces su amistad con Manzoni, en Milán, y con Gino Capponi, en Florencia, donde colaboró en la «Antología» (v.), hasta que fue sus­pendida en 1834.

Pero más que de los acontecimientos exteriores, nos informa el autor sobre sus estudios y lecturas, sobre las asiduas y fatigosas labores literarias y sobre sus esfuerzos para crearse un es­tilo; asimismo, señalando a los contem­poráneos que ejercieron sobre él mayor in­fluencia, reconoce también que se siente ante todo deudor de Virgilio, Dante y el pueblo de Toscana. Con las memorias se intercalan ensayos de sus composiciones de aquellos años: diez cantos y diez ditirambos en prosa, anticipo de las poesías cósmicas (v. Poesías); una «pintura poética liberada del metro», «El saqueo de Lucca», notabilísima por la intensa realidad de las escenas; páginas de una novela titulada La noche; escenas de tragedias, produccio­nes líricas que posteriormente fueron re­impresas en la colección del año 72, y al­gunas traducciones. Es una obra interesante para conocer la formación literaria y filológica de Tommaseo; fue analizada en la edición florentina de 1916, preparada por Giulio Salvadori, mediante un valioso co­mentario basado en otras memorias y cartas del mismo escritor, que completan oportu­namente el cuadro de sus experiencias es­pirituales y artísticas.

P. Onnis

Memoria Sobre los Corpúsculos Organizados que Existen en la Atmósfera, Louis Pasteur

Examen de la doctrina de las generaciones espontáneas [Mémoire sur les corpuscules organisés, qui existen dans l’atmosphére. Examen de la doctrine des générations spontanées]. Memoria de Louis Pasteur (1822-1895), publicada primero en los «Annales des sciences naturelles (partie zoologique)», 4.a sec., XVI, 1861, p. 5-98, con 33 figs.; después, en los «Annales de chimie et de physique», 3.a sec., LXIV, 1862, p. 5- 110, con 33 figs.; finalmente, en el vol. II de las Oeuvres de Pasteur (París, 1922), en la página 210 y siguientes.

Los experimen­tos de Redi y Vallisneri hacía ya tiempo que habían decidido en cuanto al problema de la «generación espontánea» o «generatio equivoca» en la esfera de los -metazoos. Pero descubiertos por Antón Leeuwenhoek los «animalillos» (animalicula) de las in­fusiones, denominados después, por suge­rencia de Sedillot, microbios, la disputa en­tre los heterogenistas y sus adversarios vol­vió a encenderse vivamente. Sobre todo giró en torno a las obras de Needham (apo­yado por el naturalista Buffon) y de Spallanzani; y se concluyó en aquel período con la victoria de éste. Esto no obstante, la cuestión volvió a surgir, y precisamente después de publicarse un libro de Appert, confitero parisiense, libro en el cual describe un método de conservación de los alimentos. Este método, que después vino a cons­tituir la base de la industria de las con­servas alimenticias, consiste en cerrar her­méticamente y calentar al baño maría los recipientes destinados a contener las subs­tancias alimenticias. El procedimiento llamó la atención de Gay-Lussac, quien con la seguridad de ver a qué podía ser atribuida la falta de alteración de las substancias contenidas en los recipientes cerrados por el procedimiento de Appert, halló que en ellos el aire encerrado carecía de oxígeno.

Esta comprobación no pasó inadvertida tam­poco para los heterogenistas, los cuales se apresuraron a afirmar que la no produc­ción de «animalillos» en los vasos cerrados era debida a la presencia de aire «altera­do». Por aquel tiempo Pasteur, ya llevados a cabo sus Estudios (v.) sobre las fermentaciones, se preguntó de dónde procedían los agentes en apariencia tan débiles, y en realidad tan poderosos, capaces de determinar fenómenos transformadores dé tanta im­portancia. Esta pregunta había de condu­cirle a examinar la cuestión de la genera­ción espontánea, reafirmada, entre otros, por Pouchet, en 1858, en una sesión de la Academia. Ésta, para decidir la discusión, propuso en 18.^ , como tema del premio Ahumbert para 1862, procurar, por medio de experimentos rigurosos, arrojar nueva luz sobre la cuestión de las generacio­nes espontáneas. Pasteur abordó el tema, considerado como particularmente arduo, y el día 6 de febrero de 1860 comunicó los resultados de sus experimentos. Siguieron otras comunicaciones con fecha de 7 de mayo y 3 de septiembre del mismo año, hasta que presentó su Memoria definitiva, por la cual le fue adjudicado el premio.

Los experimentos de Pasteur, dirigidos a negar la heterogénesis, fueron decisivos y al ter­minarlos pudo concluir que el polvillo sus­pendido en el airé es origen exclusivo, y primera y necesaria condición, de la vida en las infusiones, y más en general, que «gases, fluidos, electricidad, magnetismo, ozono, cosas conocidas y ocultas, nada hay en el aire que, exceptuando los gérmenes contenidos en él, sea condición de vida». Al mismo tiempo añadía — demostrando una orientación de espíritu muy fértil después en resultados — que tales estudios «sería deseable llevarlos bastante lejos para pre­parar el camino a una seria investigación del origen de las enfermedades». Los experimentos de Pasteur, con respecto a los investigadores de hoy, parecen sencillos y elementales, y, con todo, al culminar con la condena de la heterogénesis, sirvieron para resolver una de las mayores cuestiones biológicas que se hayan podido agitar en tiempos pasados, cuestión que dividía el campo de los filósofos y de los naturalistas.

O. Verona

Memoria Sobre el Hábito, Marie-François-Pierre Gonthier de Biran

[Mémoire sur l’habitude]. Obra de Marie-François-Pierre Gonthier de Biran, conocido por Maine de Biran (1766-1824), publicada en 1802. Hallamos aquí por primera vez afir­mada la inquieta personalidad del filósofo que reaccionó con su teoría del «esfuerzo hiperfísico» contra la corriente materialista- sensualista de fines del siglo XVIII. El motivo inspirador de la obra era: «deter­minar la influencia del hábito sobre la fa­cultad del pensamiento, o sea explicar los efectos que la frecuente repetición de unas mismas operaciones produce en nuestra fa­cultad pensante».

La intención de Biran no consistió únicamente en reivindicar los derechos del alma, en demostrar la existen­cia de un «quid» voluntario que puede fre­nar y dirigir el inconsciente tumulto de las sensaciones, sino, sobre todo, en afirmar la dualidad de nuestra naturaleza, que es receptiva y activa y proclamar la fuerza del espíritu contra el determinismo fisioló­gico. Según la teoría de Biran las investi­gaciones fisiológicas e ideológicas no ago­tan el misterio de la naturaleza humana; hay un algo que mueve también a la ma­teria, y se traduce en esfuerzo, cuya fuen­te es espiritual. Sólo esta fuerza permite al hombre el libre albedrío, la autonomía de la acción, la creación genial de las obras maestras artísticas, y el movimiento infi­nito del pensamiento. Pero hay otra fuer­za que es enemiga del genio y de la crea­ción: el hábito, que a menudo se hace en nosotros una segunda naturaleza. Ésta en­mascara nuestra individualidad, hace des­vanecerse la sensación de esfuerzo, actúa sobre los músculos, debilitando la sensa­ción y deshabituando los órganos para una voluntaria tensión receptiva. El hábito es la muerte de la personalidad, porque, si por gracia suya, la percepción se hace más clara y más distinta, y la resistencia de la materia se plasma a nuestro tacto indaga­dor, al mismo tiempo nuestra energía se torna cada vez más mecánica y amorfa.

El hombre arrastrado por el ritmo habitual pierde la conciencia de sí mismo porque se olvida de luchar; circunscrito a un círcu­lo de operaciones que se repiten rítmica­mente, se convierte en un trágico sonámbulo de la existencia y hasta su pensamiento se duerme en el círculo encantado de un len­guaje convencional, se apaga en un vacuo verbalismo. El hombre que quiera salvarse a sí mismo y salvar su energía creadora, debe remontar la corriente del hábito; hacer pasar por el filtro de la conciencia todo acto suyo, vivir toda experiencia con ojos siem­pre renovados por el interés curioso del adolescente, en fin, recorrer de nuevo con la reflexión todo cuanto el hábito ha vuel­to opaco y mecánico. Estas vigorosas aser­ciones muestran bien la importancia capi­tal del pensamiento de Biran en el cuadro del idealismo del siglo XVIII. Las dos gran­des corrientes filosóficas de la Francia con­temporánea, el intuicionismo y el contingentismo, se relacionan directamente con la psicología de Biran, de tal manera que, con justicia, Bergson ha afirmado que «el camino trazado por Maine de Biran es, sin duda, definitivo para la metafísica».

O. Abate