Nanso Satomi Hakkenden, Takizawa Bakin

[La his­toria de los ocho perros de los Satomi de Nanso]. Famosa novela en 106 volúmenes, escrita por el fecundísimo novelista japo­nés Takizawa Bakin (o Kyokutei Bakin, 1767-1848).

El príncipe Satomi Yoshizane es traidoramente asediado en su castillo por Anzai Kagetsura, su falso amigo que tra­maba la traición. Viéndolo todo perdido, en un momento de desánimo, Yoshizane promete la mano de su hija a su perro Yatsubusa si éste consigue traerle la ca­beza del enemigo, lo que el perro hace, salvando así al castillo y a la familia de su dueño. Pero éste, pasado el peligro, no quiere acordarse del pacto y va a matar al perro, cuando su hija, Fusehime, que ama secretamente a un joven, se interpone y, sometiéndose a su destino, exige que el padre mantenga la palabra dada. El perro se lleva, pues, a la princesa al monte Toyama.

Pasado algún tiempo, el amante de la muchacha decide dar caza al perro, pero al hacerlo hiere también a la mujer ama­da, que se mata haciéndose el «harakiri». De su rosario de 108 cuentas, que ella había recibido de un santo exorcista, faltan ocho cuentas que representan las ocho virtudes confucianas (humanidad, rectitud, cortesía, sabiduría, lealtad, fidelidad, piedad filial y amor fraterno). De estas cuentas salen mís­ticamente, en familias y en lugares diversos, ocho caballeros que personifican las suso­dichas virtudes, todos los cuales tienen en su nombre la partícula «ken» (perro).

Es­tos caballeros, una vez hechos hombres, combatirán para defender al príncipe y su castillo y, a través de una interminable se­rie de extravagantes aventuras, se reuni­rán y se reconocerán, porque cada uno lleva en el dedo un anillo que tiene im­presa una de las virtudes del rosario mila­groso. El Hakkenden, publicado a expensas de su autor durante veintiocho años (del 1814 al 1841), fue acogido por el público con entusiasmo delirante, y se cuenta que las numerosas ediciones que fue necesario hacer de algunas de sus partes, hicieron subir el precio del papel.

La novela corres­ponde al género de los «yomi-hon» (libros de lectura) y probablemente está influida por las famosas novelas chinas, como el Shui Hu Chuan (v.), el San Kuo Chih (v.), el Sou Shén Chi y otras. Todavía hoy esta obra hace las delicias de la juventud japo­nesa, lo que nos parece increíble a los occidentales, porque la enorme madeja de aventuras increíbles y absurdas que lle­nan las casi dos mil páginas de las edi­ciones modernas, constituye indiscutible­mente una lectura pesada e indigesta. A ello contribuyen también los defectos ca­racterísticos de su autor.

Bakin, en efecto, escribe con estilo a veces armonioso, ágil, expresivo, brillante, y sus composiciones, a diferencia de las de sus contemporáneos, se hallan exentas de obscenidades y de alusiones vulgares, por lo que el sentimiento es siempre elevado; pero el aspecto psico­lógico y el artístico, o falta, o es escaso. La carencia de espíritu de observación, de sentido crítico y lo artificioso de los senti­mientos, son sus defectos principales. De aquí viene una disposición mecánica que sólo desenvuelve la acción, y no los carac­teres, siempre mal dibujados, por lo que las escenas resultan sólo bosquejadas y faltas de vida; la concepción confucionista del mundo del autor le hace crear tipos rígidos o convencionales, figuras ideales desde el punto de vista de la moral de Confucio, pero frías, abstractas y hasta grotescas desde el punto de vista humano.

M. Muccioli

Nao de Amor, Juan de Dueñas

Juan de Dueñas (m. 1460?) fue un poeta andariego que estuvo a punto de perder el juicio por el amor de una «fermosa gentil judía».

Escribió la Nao de amor y El pleito que oyó Juan de Dueñas con su amiga, que parece un diá­logo dramático, acaso representado en al­guna fiesta cortesana. Juan de Dueñas es un poeta fino y agradable en su Nao de amor y en algunos «desires» y canciones. Larga y azarosa vida tuvo el poeta caste­llano, principalmente conocido por la fan­tasía alegórica de la Nao de amor, que com­puso en Nápoles, estando preso en la Torre de San Vicente, según se declara en uno de los Cancioneros de París.

También son curiosos los versos políticos que dirigió al rey don Juan II quejándose de la mengua de la justicia, la cual sólo lograba quien tenía «bien poblado su bolsón», y de la tiranía con que esquilmaban al mísero pue­blo los neófitos del judaísmo. Sus conse­jos fueron recibidos de mal talante y el despecho^ le lanzó al campo de los infantes de Aragón, a quienes siguió en próspera y adversa fortuna. Las poesías de Juan de Dueñas abundan bastante en los Cancione­ros manuscritos, especialmente en el de Gallardo, y ellas nos dan razón de los via­jes, andanzas y amoríos del autor.

El diá­logo, con bastantes trazas de dramático, que compuso en 1438 — según de su mismo contexto se infiere — y que debió repre­sentarse^ en algún sarao palaciego (El pleito que oyó Juan de Dueñas con su amiga), tiene como interlocutores suyos una Dama, un Portero, un Relator, un Alcalde y el propio Juan de Dueñas, que hace el papel de acusado, resultando de todo un pequeño paso o entremés, en que se descubre un germen de acción desarrollada con bastante gracia.

C. Conde

Nanna, Gustav Theodor Fechner

[Nanna oder Über das Seelenleben der Pflanzen]. Obra del filósofo ale­mán Gustav Theodor Fechner (1801-1887), publicada en Leipzig en 1848. De acuerdo con su teoría de un animismo general de la naturaleza, que expondrá ampliamente en el Zend-Avesta (v.) y en las obras sucesivas, Fechner estudia la vida de las plan­tas, refutando la opinión común que les niega un alma y rechazando las tentativas científicas de interpretar sus funciones des­de un punto de vista quimicofísico.

La in­tuición espontánea, que se refleja en una larga tradición legendaria y mítica, parece inspirar la hipótesis de una animación del reino vegetal. La observación de las reac­ciones ante el mundo externo y de la vida interior de los vegetales, según Fechner, lo confirma. Naturalmente el alma de las plantas es de naturaleza distinta de la de los animales, pero no puede considerarse inferior en grado; representa más bien — y en ello Fechner anticipa las observaciones de Bergson — otra dirección de desarrollo. Su individualidad está menos desarrollada, es más profunda su adherencia a la vida del ambiente donde está radicada y del que no se mueve.

Por ello carece de memoria e inteligencia, incluso en grado ínfimo; está más bien hincada en el curso de la vida, toda ella presa de la sensibilidad: sen­sación y reacción estrechamente fundidas y conjuntas. Es posible que, precisamente por ello, disfrute de una sensibilidad más intensa y difusa, en la que todavía no se anuncia la diferenciación de los sentidos singulares. De ello parece derivar esa im­presión de integridad, de pureza vital que da la planta. En la comunicación simpática con su vida alcanzamos el inefable plano de la pura sensibilidad y a través de él el plano de la vida elemental del cosmos, fue­ra de las turbaciones de nuestra agitada existencia espiritual.

A. Banfi

Nalopākhyāna, Anónimo

[Historia de Nala]. Famosa narración épica que se halla en el libro III del Mahābhārata (v.). Durante su exilio en las selvas, los panduidas reciben la visita del sabio Brhadaśva, el cual, para consolar a Yudhisthira, que se duele del triste destino de sus dos hermanos, narra las aventureras y patéticas peripecias de Nala (v.) y Damayanti (v.).

El Nalopākhyāna es, entre los episodios épicos incluidos en el Mahābhārata, uno de los más notables y apreciados, no sólo en la India, donde la historia de Nala fue repetidamente imitada por poetas posteriores, clásicos y dialecta­les, sino también en Europa. Publicado por vez primera en el texto original y tradu­cido al latín por Bopp en 1819, ha sido vertido después a casi todas las lenguas europeas (italiano, inglés, francés, alemán, sueco, checo, polaco, ruso, griego moder­no, húngaro). Trad. italiana en octavas de M. Kerbaker (Roma, Acc. de Italia, Escri­tos inéditos de M. K., vol. III, 1935, pp. 73-133).

M Vallauri

Naná, Émile Zola

[Nana]. Novela de Émile Zola (1840-1902), publicada en 1880; es la no­vena del ciclo de los Rougon-Macquart (v.). Anne Copeau, hija de Gervaise Macquart (v.) y de un borracho, sólo puede ser una criatura de lujo y de placer. Llamada Naná, según su diminutivo de muchacha, es el ídolo de las multitudes, pero ella, al tiem­po que da placer, quita la paz y lleva a la ruina.

En este cuadro, Zola, con evidente intención polémica, como en el conjunto de su ciclo, se detiene en la vida de la joven y en sus aventuras para mostrarla como una víctima de la sociedad corrompida. Actriz de variedades, sorprende a los espectadores por la fascinación de su be­lleza y la desnudez de sus formas; explo­tada su procacidad por ávidos empresarios, hace la fortuna de los teatros, aunque su voz sea ronca y desagradable.

Naná es de todos, aunque por ninguno sienta verda­dero afecto. Por lo demás, tiene un hijo, Louis, y siente que por él es capaz de sufrir en la aparente embriaguez de una vida libertina. Siempre llena de deudas, podría encontrar en el amor alguna solu­ción; pero huye incluso de las posibilidades de matrimonio que se le ofrecen. Ama el frenesí de la vida y siente secretamente que ha de enviar a la ruina a todos los representantes que pueda de una sociedad decadente y malvada.

Entre sus adoradores está el conde Muffat, beato y tímido; se divierte humillándolo ante cortejadores más afortunados, y luego se entrega a él, con la intención de conseguir enormes regalos. Después de haber entrado en la variada sociedad de los ricos y poderosos de la época, se encierra en una especie de fide­lidad provisional, en una villa construida por el conde con increíble dispendio. El lujo más provocativo parece dar a Naná el gusto de la destrucción; por ella los hombres se sienten rivales, los jóvenes aban­donan la casa paterna, cometen delitos y se matan en un ímpetu de amor y celos.

Como un ídolo nunca satisfecho, asiste a una continua destrucción, entre la embriaguez de su indiscutible triunfo en la sociedad parisiense. Cada vez más siente su maléfica función en la sociedad, que la impulsa a enfrentar a los hombres que la adoran, humillándolos y por fin haciéndolos sufrir al revelarles las infidelidades de sus mu­jeres. Eso hace con el conde Muffat, cuya mujer le traiciona con el periodista Fauchers. Por fin, Naná, después de haberse opuesto al principio, consigue casar a la hija de Muffat con Daguenet, su antiguo amante; luego, arruinada y abandonada por el conde, muere de viruelas poco después que su hijo, en una habitación de hotel donde una amiga la acoge por caridad.

Su cara desfigurada por la enfermedad y la putrefacción de su hermosísimo cuerpo in­dican la fealdad moral de su vida, enten­dida como testimonio de una sociedad en descomposición; y mientras el cadáver apes­ta la habitación, se escuchan en las calles los gritos de la declaración de la guerra a Prusia (1870). Con Naná se hunde en la desesperación y en el falso esplendor la triste sociedad que había disfrutado del advenimiento de Napoleón III, y que con el espejuelo de un nuevo poderío imperial había alejado al pueblo de su destino de redención.

Y el libro, que quisiera ser amarga y libremente naturalista, se eleva gracias a este claro simbolismo en el que la cortesana aparece como personificación de aquella sociedad. La novela fue refun­dida en 1881 para el teatro en un drama de cinco actos por el francés William Bertrand Busnach.

C. Cordié