Napoleón y las Mujeres, Frédéric Masson

[Napoléon et les femmes]. Publicado en 1896, es uno de los estudios más extensos dedicado por Frédéric Masson (1847-1923) a la vida ín­tima del gran corso.

Desfilan en él todas las mujeres que tuvieron con Napoleón re­laciones amorosas: la prometida de la ju­ventud, Désirée Clary, luego mujer de Bernadette; la endiablada Madame Fourés, que amenizó la expedición a Egipto; la cantante Grassini, conocida en Milán; una miste­riosa señora ***, y otras famosas u os­curas, hasta la fidelísima Walewska.

Los asuntos políticos no dejaban al Emperador demasiado tiempo para distracciones sentimentales; pero no solía desdeñar, pese a las celosas iras de Josefina, a las solici­tantes que se ofrecían para aprovechar sugenerosidad y a las que dedicaba una pre­cipitada pausa de su laboriosa jornada, en el departamento secreto de las Tullerías, ni a las amantes ocasionales que se le pro­curaban durante sus expediciones milita­res. Su predilección por las cantantes y ac­trices trágicas se explica por su entusiasmo por el teatro, pero en ellas Napoleón ama más bien a la heroína del drama que a la mujer.

Voluble, distraído, generoso, ante las mujeres está siempre dispuesto a ol­vidar los errores, pero también está siem­pre en guardia para que no ejerzan in­fluencia en su vida. «Mi amante es. el poder», solía decir. No rehúye por ello el amor sentimental, tal como lo aprendió en Rousseau. Dos figuras femeninas dominan en su vida y en el libro: Josefina, traidora y traicionada y, sin embargo, indispensable a sus sentidos, amiga y confidente incom­parable; María Luisa, a la que rodea de una ternura paciente, pero también de severa custodia.

De fuerte sensualidad, pero sin refinamientos ni morbosidad, apasionado en su juventud, tierno en la madurez, Napo­león tuvo una completa experiencia de la vida amorosa. Su índole afectiva se some­tió más de lo que parece a la fascinación femenina, y el autor considera que ello determinó algunas de sus directrices po­líticas, especialmente en sentido reacciona­rio.

El libro, aunque en forma ágil y agra­dable, reúne los datos de una cuidada do­cumentación inédita y es a la vez un agu­do estudio sobre la psicología amorosa del protagonista, así como de sus amigas, y una preciosa fuente de noticias y anécdo­tas a la que han recurrido ampliamente los modernos biógrafos de Napoleón.

P. Onnis

Nápoles Recuperada, Francisco de Borja y Aragón

Poema heroico de Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache, cuyo título completo es Nápoles recuperada pon el rey don Alonso (Zaragoza, 1651).

Correcto en la rima, pro­fundo y claro en los pensamientos, suelto en la versificación, es Esquilache uno de los pocos poetas de su tiempo que se sus­trajeron a las influencias culteranas y casi a las conceptistas, aunque a veces incurre en evidente prosaísmo. Nápoles recuperada es un poema épico, con un «juicio preli­minar» del P. Francisco de Mazedo, de la Compañía de Jesús; fue reimpreso en Amberes, en la imprenta plantiniana de Baltasar Moreto, en 1658.

Se divide este poema en doce libros, «que es la medida más propia del Poema Heroico». «La fábula se compo­ne de acción imitada, es una, como pide Aristóteles; el héroe es Príncipe, en quien concurren las dos partes, de entendimiento y brazo, juntándose en él la ciencia y el valor». El rey Alfonso V y su valerosa ex­pedición y reconquista de Nápoles son el argumento clave, al cual concurren todos los secundarios para enriquecerlo. En octa­vas, y precedido de un prólogo poblado de sentencias latinas, el primero de los doce libros es un firme canto a la majes­tad y al valor de un buen rey español.

Co­mienza: «Aquel glorioso Capitán Hispa­no, / que a fuerza de sus armas peregri­nas, / bebió con menosprecio del Tirano / las aguas del Sebeto cristalinas: / Triun­fos, que honraran al blasón romano, / y sus banderas célebres latinas; / empresas, que al valor y al tiempo exceden, / cantar pretendo, si cantar se pueden». Y sigue: «Cantar al Quinto Alfonso en tanto quie­ro / el celo santo, el ánimo robusto: / y si soberbio, y grave al pueblo fiero / acrecentó el Romano el más Augusto, / cuando el valor entonces lisonjero / amó el agravio del poder injusto / yo haré cre­cer, si tu favor me inflama, / años al tiem­po, y siglos a la fama».

C. Conde

Los Narboneses, Anónimo

[Les Narbonnais]. Canción de gesta compuesta hacia 1210, en decasílabos asonantes. Seis de los hijos de Aymerí de Narbona (v.) se separan de su padre y de su madre. El condado de Nar­bona es hermoso y fértil, pero demasiado pequeño para tantos herederos; el padre decide darlo al nacido en séptimo lugar, Guibert, y envía a los demás al servicio del emperador.

Al licenciarlos, Aymerí les distribuye idealmente cargas y feudos: Ber­nardo, Guillermo y Hernaut irán a ofrecer sus servicios a Carlomagno (v. Rey Carlos) y Aymerí les confiere los tres cargos más elevados de la corte: Bernardo será par y consejero privado del rey; Guillermo, alfé­rez, y Hernaut, senescal; Bueves irá a Gas­cuña, y Aymerí le da su espada y le pro­mete como esposa la hija del rico rey Yon; Garín recibe el feudo de Pavía, y Aymerí el joven es investido de la corona de España, que habrá de conquistar a los sarracenos.

La corte y el pueblo están do­lidos por su marcha. La reina llora y re­procha a su marido; desde una torre los ven alejarse precedidos por Bernardo y, arrepentidos de lo que han hecho, les si­guen a caballo. Pero en vano su madre trata de retenerlos: los soberanos vuelven afligidos y sufren los reproches del pueblo, que siente la marcha de los jóvenes. Tra­tan de hacerles aceptar dinero, pero los jóvenes lo rechazan con orgullo.

Muy pron­to los seis hermanos, en París, actúan como si ya poseyesen los cargos asignados por su padre, de lo que se siguen escenas heroico cómicas. Pero el Emperador, conmo­vido, revalida las designaciones de Aymerí y los arma caballeros: sustituirán a los doce pares muertos en Roncesvalles. Como tales, los seis caballeros corren a liberar a su padre y a Narbona sitiada por los sarracenos. Ciertamente no es uno de los poemas épicos franceses más notables, pero algunas escenas no carecen de grandeza, como aquella en que Aymerí inviste con solemnidad a los seis hijos de feudos y cargos que habrán de conquistar.

C. Cremonesi

Napoleón Desconocido, Frédéric Masson

[Napoléon inconnu]. Obra de Frédéric Masson (1847- 1923), publicada en 1893. Reconstruye la juventud de Napoleón desde su nacimiento hasta su llegada a Tolón en el verano de 1793, a base de una preciosa colección de manuscritos en parte inéditos que, desde­ñados en Francia, fueron adquiridos por el Gobierno italiano y conservados en Flo­rencia en la Biblioteca Laurenziana.

Los manuscritos fueron publicados íntegramen­te por Masson y el prefecto de la Lauren­ziana, Guido Biagi, unidos a otros ya co­nocidos sobre Bonaparte, dando así una colección completa de todos los documentos que reflejan el período de su formación in­telectual y moral. Facilitan la compren­sión de los documentos unas útiles notas, redactadas por Masson. El conjunto consti­tuye una narración orgánica, en la que se restablece la verdad de hechos mal cono­cidos o interpretados, se demuestra que son apócrifas cartas y ensayos atribuidos a Na­poleón y se destruyen extendidas leyendas.

Los documentos consisten en páginas de diario, cartas, proyectos, resúmenes y apun­tes de obras leídas, con notas y observa­ciones. Así se sigue al joven corso en su orientación hacia Francia, decepcionado en su sueño de suceder a Paoli, cansado de las pequeñas competencias isleñas y hostil a la sumisión a Inglaterra, seducido por la Revolución con sus perspectivas de rápida carrera. Empapado de Rousseau, advierte poco a poco la falsedad de sus teorías, y, arrinconando ideologías y frases, se dirige a las realidades concretas y madura su es­tilo sobrio y vigoroso.

Su verdadera educa­dora es la historia; no hay el menor indi­cio, en sus manuscritos, de educación lite­raria ni de estudios clásicos. La historia educa en él al hombre de estado; sólo más tarde se aplica a la estrategia militar. En sus cartas, en sus reflexiones de estudioso de la historia, se encuentra la génesis de su conducta política, así como de los sue­ños e ilusiones que influyeron en ella. El libro tuvo el mérito de aportar una nueva y rica contribución a la biografía de Na­poleón y ha quedado como fundamental para el conocimiento de su personalidad.

P. Onnis

Napoleón o Los Cien Días, Christian Dietrich Grabbe

[Napo­león oder die hundert Tage]. Drama en prosa de Christian Dietrich Grabbe (1801- 1836), publicado en 1831, pero terminado antes de que estallase la revolución de julio; detalle del que el autor se loaba mucho, para hacer resaltar su perspicacia política.

Numerosos acontecimientos habían sido ya previstos por él en esta obra. La primera representación no se efectuó hasta 1895, en Berlín. El verdadero protagonista del drama no es Napoleón, que aparece en unas pocas escenas anecdóticas, sino el pueblo francés, descontento por la inep­titud de Luis XVIII y sus ministros, y presa de un fermento que le hace desear cualquier cambio político que elimine a los Borbones.

La multitud aclama como fu­turo rey de Francia al duque de Orléans, que más tarde reinó como Luis Felipe, y evoca con nostalgia las jornadas de la gran revolución y de la epopeya napoleónica. Cualquier tribuno callejero consigue pro­vocar demostraciones de odio contra la Restauración. Grabbe personifica el estado de ánimo de los bonapartistas en dos ex soldados, Vitry y Chassecoeur, vueltos de las campañas del gran corso y reducidos ahora a la miseria.

Las corrientes más de­magógicas de la revolución del 89 están representadas por el diabólico y cínico tri­buno de la plebe, Jouve, que incita a la multitud con palabras de infernal maldad. Algunas escenas nos llevan a la Corte de Luis XVIII, con su séquito de ineptos y vengativos ex emigrados; la única alma verdaderamente viril es la duquesa de An­gulema, hija de Luis XVI. El mismo Na­poleón sólo aparece en breves escenas per­tenecientes a aquel último período de su carrera; pero en las escenas en que ac­túa, es decir, cuando prepara la huida de Elba y en las batallas de Ligny y de Waterloo, demuestra que sigue estando a la altura de las situaciones.

A las entusias­tas tropas del corso se oponen los ejérci­tos alemanes e ingleses de Blücher y de Wellington, que combaten con igual fe y entusiasmo. Rapidísimamente, el autor trans­porta la acción de uno a otro campo; las, escenas de batalla son las más conseguidas del drama; el combate emociona con su ritmo precipitado entre el remolino de las masas, sobre las cuales destacan las órde­nes de los comandantes.

Las escenas son de una movilidad casi cinematográfica, lo cual durante muchos decenios impidió su representación por las insuperables dificul­tades de montaje. El drama de Grabbe es sin duda el mejor de cuantos se escribie­ron sobre el asunto. Aunque las pocas es­cenas en que aparece Napoleón son muy breves, en su episódica figura se reconoce y advierte la presencia del genio con su «fiebre de actuar» y su «tempestad de ac­ción», y su ocaso se produce en una at­mósfera altamente dramática.

C. Gundolf