Naturaleza de las Cosas, San Beda el Venerable

[De natura rerum]. Obra científica de San Beda el Venerable (673-735), hombre de ciencia e historiador, publicada en la Pa­trología Latina, vol. XC, en 1843. Este escrito cosmológico de San Beda es aná­logo al tratado de San Isidoro de Sevilla que lleva el mismo título, no sólo por la materia tratada, sino también por el orden de la exposición.

Pero, al tratar de las leyes de los movimientos celestes, San Beda demuestra conocer, de modo más preciso y detallado que el obispo de Sevilla, todo cuanto había sido expuesto por los antiguos escritores paganos y por los Padres de la Iglesia. Admite, en efecto, que el curso de los astros errantes o planetas, ora se acerca, ora se aleja de la Tierra, pasando sucesivamente por un apogeo y por un perigeo; la línea que une estos dos puntos pasa por el centro del mundo, y lleva, en el cielo, una dirección fija para, cada astro. El movimiento de un planeta, reconoce San Beda, no es uniforme; es más rápido cuan­do se halla en la proximidad del perigeo, y menos cuando está cerca del apogeo.

Acep­ta después toda la química celeste y terrestre de los Padres que le precedieron, admi­tiendo la existencia de los cuatro elemen­tos: agua, tierra, aire y fuego, dispuestos según un orden que va del más pesado al más ligero. Después de algunos pasajes en los que se advierte la influencia de Plinio el Viejo, a propósito de las mareas que se reproducen exactamente en ciclos de ocho . años, Beda admite que la luna determina las mareas más fuertes cuando se halla en el hemisferio austral, y las más débiles cuando se encuentra en el hemisferio bo­real. Para completar su obra, San Beda el Venerable escribió también el tratado sobre División del tiempo (v.), en el que un capítulo entero está dedicado «a la po­tencia eficaz de la luna».

A. Uccelli

Naturaleza de la Existencia, John McTaggart

[The Nature of Existence]. Obra de John McTaggart (1866-1925), uno de los primeros metafísicos ingleses, en dos volúmenes, el primero publicado en Cambridge en 1921; el segundo, póstumo, publicado por C. D. Broad en 1927.

A McTaggart no puede lla­mársele hegeliano, aunque se haya formado en el estudio de Hegel y considere su pro­pio método como derivado del hegeliano con variaciones; éstas son tantas y tan profundas, que de Hegel queda sólo la com­plejidad teorética, la idea general de un devenir, la derivación rígida de un elemen­to metafísico de otro; pero ha desaparecido el proceso dialéctico.

La concepción de la Idea, que por grados sucesivos alcanza la concreción plena, queda, en cierto modo, invertida: se parte del existir concreto, del que con método rígidamente deductivo se desprenden las características fundamenta­les y generales de la existencia, para pasar después (en el volumen II) a aplicar estos resultados a la solución de cuestiones «em­píricas», esto es, cuestiones que no contie­nen toda la realidad, en todas sus formas; que no son ni «metafísicas», ni «ontológicas».

El principio usado por McTaggart (en lugar del principio dialéctico de Hegel) pa­ra pasar a lo concreto es altamente abs­tracto y recuerda los expedientes de la ló­gica matemática. La divisibilidad infinita de cada substancia plantea un problema. Como las substancias existen, debe ser po­sible describirlas suficientemente, dado que también para McTaggart, como para Hegel, todo lo que es real, es racional. Pero, ¿có­mo es posible describir suficientemente una entidad divisible y subdivisible hasta el in­finito, que contiene partes del infinito, pero que no implica su definición? La substancia sería contradictoria, por tanto no podría existir, si no existiera la «correspondencia determinante».

Tomemos una serie de par­tes de una substancia considerada como un todo. Si una de estas partes es subdivisible en tantas’ partes secundarias que corres­pondan una por una a las partes de la substancia, y si estas partes secundarias pueden definirse de modo que en la definición esté también comprendida su relación biunívoca con las partes primarias de la substancia; esta definición determina las partes prima­rias de la substancia, que puede así descri­birse cumplidamente. Las subdivisiones ul­teriores de las partes secundarias vendrán determinadas por la propia correspondencia determinante de las partes secundarias con la serie de las partes primarias, y así hasta el infinito; y de este modo, la infinita subdivisibilidad de la substancia no es obstácu­lo para una descripción suficiente de la misma.

Podremos decir que es substancia, es decir, un todo primitivo, aquel ente que pueda describirse por correspondencia de­terminante de las partes secundarias de una parte primaria suya con todas sus partes primarias, sin necesidad de buscar la co­rrespondencia determinante con las partes de entes diferentes, como es necesario ha­cer para describir la parte de una subs­tancia. McTaggart empieza con la impor­tantísima discusión de las relaciones entre «realidad» y «existencia», esto es, entre el ser y el existir. Asegura que la existencia abraza la totalidad del campo de lo real, es decir, que sobre lo existente no existe la posibilidad de inexpresividad de la exis­tencia, y procede a estudiar ésta con mé­todo rígidamente deductivo, partiendo de la existencia en su aspecto más general.

La substancia no es única, la diferencia de cualidad implica la existencia de muchas substancias diversas; y aquí McTaggart en­laza directamente con Leibniz. Pero, en esta diversidad, existen analogías que constitu­yen «grupos» de substancias. Estos grupos pueden ser más o menos extensos, pero son en número ilimitado porque un determinado grupo, con otros miembros, constituye otro grupo («grupos de repetición»). Por tanto, todos los grupos en conjunto no pueden constituir el universo existente, porque cada grupo puede ser parte de otro grupo de repetición, y el universo no puede ser par­te, ya que es la totalidad; el universo es por tanto un ente total, único: una subs­tancia, y las innumerables substancias exis­tentes son partes del mismo. Entre estas partes debe existir una correspondencia determinante de parte a parte de las par­tes: esta dependencia es la causalidad.

De este modo llega McTaggart a la conclusión de que la causalidad es esencial para la existencia. Pero nótese que no se trata de la causalidad comúnmente entendida, como producción de un subsiguiente por un an­tecedente, pues pasando a la segunda par­te, a la existencia empírica, McTaggart niega sin más la realidad del tiempo. Las deducciones ulteriores sobre la existencia empírica (materia y espacio, yo y pensa­miento, el error, Dios y la inmortalidad) se desenvuelven siguiendo rigurosamente el método de la correspondencia determinan­te; no es posible exponer este desenvol­vimiento sucintamente. Pero los elementos que llevamos expuestos bastarán para hacer comprender el aspecto general de esta originalísima obra.

M. M. Rossi

La Naturaleza de la Luz, Max Planck

[Das Wesen des Lichts]. Este fascículo es el texto de una conferencia pronunciada el 28 de octubre de 1919 por el gran físico alemán Max  Planck (1858-1947), ante la asamblea general de la Asociación Kaiser – Wilhelm; fue publicado en 1920.

En una primera parte, Planck nos muestra el des­arrollo de nuestros conocimientos acerca de la luz a partir de Newton y Huygens. Parecía que nuestra ciencia a este propó­sito formaba un conjunto perfecto, hasta que Hertz demostró la naturaleza electro­magnética de la luz, prevista por Maxwell, y Laue probó la identidad de naturaleza de los rayos X con la luz, al obtener inter­ferencia de los nuevos rayos descubiertos. Planck nos hace apreciar de paso el enri­quecimiento de la teoría corpuscular de la luz de Newton y también todo aquello que nos remite a la teoría ondulatoria de Huygens.

En la segunda parte, expone las di­ficultades surgidas cuando se trató de ex­plicar el efecto fotoeléctrico: ¿de dónde toman su energía de movimiento los elec­trones extraídos del metal? La única ex­plicación posible consiste en admitir que la energía enviada por la fuente luminosa no se halla concentrada solamente en el tiempo, sino también en ciertos puntos del espacio. La emisión de la luz no se rea­liza de un modo continuo, sino por sacu­didas, por «quanta».

Planck demuestra có­mo esta hipótesis se confirma sorprenden­temente en la ciencia moderna, y concluye exponiendo el siguiente problema: ¿están «cuantificados» los mismos rayos luminosos, o bien la acción de los «quanta» no se deja sentir más que a través de la materia? Esta exposición es extremadamente clara y Planck se nos aparece a lo largo de algunas páginas como un excelente «vulgarizador» y un sabio modesto, ya que descuida expo­ner la considerable aportación personal con que él ha contribuido a la edificación de esta teoría.

De la Naturaleza, Heráclito de Efeso

Escrito de Heráclito de Efeso, filósofo griego, descendiente de una antigua familia de reyes sacerdotes, que vivió entre los siglos VI-V a. de C.

Han llegado hasta nosotros fragmentos dispersos en citas de Aristóteles, S. Clemente de Ale­jandría, Diógenes Laercio, Hipólito, Plutar­co, Estobeo y otros, habiendo resultado vana toda tentativa de reconstruir sobre estos fragmentos el esquema originario de la obra perdida, llamada por los antiguos De la Naturaleza y subdividida en tres partes: del Universo,  política, teología. Despreciador del vulgo, sentencioso y obscuro, He­ráclito pertenece al hilozoísmo jónico pre- socrático, por cuanto reconoce una esencia primera (el fuego), de la cual se engendran todas las cosas por la evo­lución circular del estado gaseoso al líquido (agua) y luego al sólido (tierra) y viceversa.

Al contrario de Parménides, para el cual «el ser es, el no ser no es», Heráclito concilia el ser y el no ser en una «con­cordia discors», en cuyo recíproco trans­formarse y oponerse las cosas tienen y pueden tener realidad. «La guerra es la madre de todas las cosas»; «todo pasa», (pero esta infinita multiplicidad di­námica se resuelve en la unidad del Xóyoc; que es suprema sabiduría, la única divini­dad (que quiere y no quiere ser llamada Zeus), y en tanto participa del mundo co­mo el fuego, que uniéndose a los aromas toma su denominación según el nombre de cada uno de éstos, es a la vez ley y medida, distinta de las cosas, que todo lo gobierna.

Espíritu esencialmente intuitivo, afanoso de captar las tensiones de la vida del universo, conscientemente saturado de contradicciones, afirmadas como leyes de la verdad, su pensamiento, sea por la forma fragmentaria de los pasajes conservados y por la arbitrariedad de las citas, sea por la insuficiencia del ambiente en que este pensamiento se desenvolvió, presenta gra­vísimas dificultades de interpretación, la cual es siempre acogida con la mayor des­confianza crítica; pero el fulgor relampa­gueante de su acento no deja dudas sobre la íntima y unitaria concreción de su prin­cipio esencial, y constituye un reactivo fecundísimo de sugestiones para los es­píritus más diversos.

Su dinamismo, aun quedando aislado frente a la tendencia predominante del período clásico de la fi­losofía griega, ejerció fuerte influjo, aunque éste no sea hoy fácil de apreciar exacta­mente, sobre el Estoicismo (v.), además de influir sobre la filosofía moderna, en par­ticular sobre Hegel, que expresamente re­conoció haber tomado de él su motivo ins­pirador.

L. Vertova

De la Naturaleza, Gerolamo Cardano

[De natura]. Breve tratado filosófico de Gerolamo Cardano (1501-1576), incluido en las «opera omnia» (Lyon, 1663).

Está dividido en tres partes: «De los principios de las cosas»; «De los cuerpos simples»; «Del alma, de los seres animados y de cuanto atañe a ello». Tres grandes principios obran sobre la Naturaleza y la constituyen: el espacio, la materia y la inteligencia o alma del mundo. No existe materia sin forma; la forma se confunde con el alma; todo cuerpo es, por tanto, animado, desde el hombre a las plantas o desde éstas a los minerales. Todas las almas, emanaciones del alma universal, diferentes y distintas las unas de las otras, son, sin embargo, iguales en su naturaleza; todas gozan de la inmor­talidad. Mientras los animales poseen un principio íntimo de movimiento (el instin­to) de que carecen las plantas, el hombre posee la conciencia, de la que los animales están desprovistos.

Cardano considera la Tierra inmóvil en el centro del Universo, se atiene a la concepción antropocéntrica, aunque no vacila en admitir que existe en el Universo un fin, y trata de explicar los fenómenos naturales por causas naturales. En conjunto, la obra de Cardano es una mezcla de teorías aristotélicas y estoicas, y las vagas referencias al método experi­mental y a puntos de vista más modernos, tales como los de Telesio y Bruno, no bas­tan para dar a este De natura un carácter original y actual.

G. Martinelli