De la Naturaleza de las Cosas Según sus Propias Leyes, Bernardino Telesio

[De natura rerum iuxta propria principia]. Obra fun­damental del filósofo Bernardino Telesio (1509-1588), matemático y poeta, literato y naturalista, principal representante de la Academia cosentina, como Ficino lo fue de la florentina.

El primer libro apareció en Roma en 1565; más tarde, refundido con el segundo, fue publicado en Nápoles en 1570; la obra completa, en nueve libros, salió a luz en esta ciudad el 1587. Según Telesio, la naturaleza debe estudiarse «iux­ta propria principia», esto es, según sus propias leyes, sin referirla a Dios; tal di­rección inmanentista es uno de los caracte­res fundamentales de su filosofía.

Todo co­nocimiento sobre la naturaleza deriva, por tanto, de la experiencia, pues los sentidos son la forma más cierta de saber; el razo­namiento es un conocimiento derivado, ba­sado sobre la memoria. Sentir es advertir los cambios de las cosas por medio de un estímulo que la realidad externa ejerce so­bre la conciencia. El sentido fundamental es, por tanto, el tacto, y a éste se refieren todos los demás. El olor, por ejemplo, es el calor comunicado al aire por los cuerpos odoríferos, y el aire nos lo transmite a nosotros.

Por el calor, la conciencia, con­cebida de modo rigurosamente materialista, se agranda y se reduce, según que aumente y disminuya el propio calor; la sensación está en relación directa con el movimiento de la conciencia. No existe, pues, diferen­cia entre lo sensible y lo inteligible; las supuestas diferencias no son sino maneras diversas de sentir las cosas, y cualitativa­mente no difieren entre sí. Toda ciencia racional es, por tanto, también ciencia sen­sible o reducida a lo sensible; las ciencias naturales son superiores a las matemáticas porque se refieren directamente a la sen­sación, en tanto la matemática opera sobre los sentidos que van a parar a la sensación.

Toda operación de la conciencia es movi­miento, y el movimiento más elevado es aquel con el cual la conciencia goza de sí misma como de la más alta expresión de la vida de la naturaleza. Telesio condena toda tentativa de explicar el devenir natu­ral con principios que no estén comprendi­dos en la materia; por eso critica la forma aristotélica, que considera trascendente en cuanto ligada al Acto puro, a Dios. Es pre­ciso sustituir esta forma por principios in­herentes a la naturaleza, como el frío y el calor.

La naturaleza es pura materia que sería inerte, como masa corpórea que ocupa el espacio, si no estuviera movida por un principio dinámico que se expresa en la oposición entre calor y frío. De tal opo­sición se produjo primero el cielo y el ca­lor de los astros, y luego la tierra que, cuando se halla privada del sol, retorna al frío originario. Del cielo y de la tierra derivan todas las cosas de la naturaleza, las plantas, los animales, el hombre. Éste no se diferencia de los animales por estar provisto de vida espiritual, porque el es­píritu humano no es sino espíritu animal dotado de mayor calor, de mayor agilidad y nitidez.

También la superioridad del es­píritu humano sobre los demás depende de causas naturales, como, por ejemplo, el am­biente de vida y el tamaño del cerebro. Idéntica base naturalista trata Telesio de dar a la moralidad. Todos los sentimientos humanos dependen de causas materiales: la alegría es el sentido de la conservación del cuerpo; la tristeza es la expresión de una debilitación de la fuerza vital. Hasta el fin último de la vida humana es concebido por Telesio en sentido inmanentista, y es definido como la conservación y la perpe­tuación de la vida misma.

Sin embargo, es posible reconocer en el hombre un alma inmortal, creada inmediatamenté por Dios y unida al alma natural como «forma sobre­añadida». La admisión de tal alma es ne­cesaria, sobre todo, para explicar el com­portamiento del hombre frente al mal y a la muerte. La grandeza del alma humana, su elevación y su virtud se expresan como fuerza, sabiduría, diligencia y benignidad. La importancia de Telesio reside en su exi­gencia inmanentista, considerada como fun­damento de la ciencia de la naturaleza, y en su exigencia de la autonomía del saber. La ciencia, sin embargo, así concebida, aun permaneciendo dentro de sus principios, nos indica la existencia de un orden extra- natural.

E. Pasini

Telesio es el primero de los hombres nuevos. (Bacon)

Al escribir, conserva Telesio un estilo de verdadero filósofo, dictando discursos que expresan la naturaleza según la verdad, ha­ciendo así al hombre más bien sabio que elocuente. (Campanella)

De la Naturaleza de los Animales, Heliano de Preneste

Compilación de Claudio Heliano de Preneste, erudito del siglo II. La obra, escrita en griego, en un estilo cuidado que trata de imitar la gracia clásica según la moda del aticismo, se divi­de en 17 libros.

El autor recoge en ella sus variadas lecturas y transcribe confusa­mente una cantidad enorme de noticias y de curiosidades relativas a los animales y a sus costumbres. No hay que buscar en esta obra espíritu científico ni crítico. Es otro el fin del compilador: quiere sorpren­der y asombrar al lector, por lo que va en busca de lo extraordinario y de lo pa­radójico, con un gusto que a veces llega hasta lo cómico. Se cuenta, por ejemplo, que para aplacar a un buey furioso es pre­ciso irle al encuentro con una venda en la rodilla derecha; que un delfín se ena­moró de un muchacho de Jaso, y habién­dole causado involuntariamente la muerte, salió a la playa para morir con él; que junto a la laguna Meotis los lobos han he­cho alianza con los pescadores, pero que cuando éstos no pescan, les destrozan las redes.

A través de toda la obra se nota evidentemente un propósito moral. Empa­pado de un vago espíritu religioso de ins­piración en parte estoica, pero sustancial­mente de carácter popular, Heliano trata continuamente de dar a sus narraciones un valor edificante, poniendo de relieve la presencia en los animales de sentimientos, no sólo semejantes a los humanos, sino a menudo más morales; así celebra entre otras cosas la sobriedad del ciervo y la castidad de las tórtolas. Es significativa la difusión y el favor de que gozó la obra (v. también Historia varia), que ha sobre­vivido a tantas pérdidas de la literatura griega.

En realidad, corresponde a la ten­dencia de la cultura grecorromana de los siglos últimos, que presentaba en forma po­pular y agradable una erudición libresca en la que el gusto retórico y el amor a lo maravilloso suplantan a la experimentación y a la investigación directa. Hoy, Heliano, además de su valor como curiosidad, con­serva su importancia, porque nos propor­ciona mucho material interesante de los naturalistas griegos, especialmente de Aris­tóteles y de los científicos helenísticos.

A. Brambilla

Naturaleza de los Dioses, Marco Tulio Cicerón

[De natura Deorum]. Tratado filosófico en tres libros de Marco Tulio Cicerón (106-43 a. de C.); lo comenzó en el 45 y lo pu­blicó en el 44, dedicándolo al cesaricida Bruto.

Imagina un diálogo sostenido en el año 77 entre tres interlocutores: Veleyo, Balbo y Cotta. En el primer libro, Veleyo, un epicúreo, aun admitiendo la existencia de los dioses, niega la providencia divina, aduciendo como argumento que los dioses son por naturaleza felices, y que no lo se­rían si se interesaran por las cosas huma­nas. Por consiguiente, es perfectamente in­útil temer los castigos o implorar el favor de los dioses. Pero semejante concepción de la divinidad no podía convencer a Ci­cerón, y así encarga a Cotta la refutación del sistema teológico epicúreo, basándose en el método crítico de la Nueva Academia.

En el segundo libro, en oposición a las teo­rías epicúreas, Balbo sostiene la doctrina estoica, según la cual los dioses existen y gobiernan providencialmente el mundo. Aunque más próximo al estoicismo que al epicureismo, Cicerón no aprueba, sin em­bargo, la tesis sostenida por Balbo, por lo que en el tercer libro introduce de nuevo su «alter ego» Cotta, quien acusa a los estoicos de sujetarse demasiado a las creen­cias antropomórficas y politeístas del pue­blo y de los poetas, cuya falsedad está de­mostrada; la esencia de los dioses ha de buscarse con los ojos de la mente y no con los del cuerpo.

El tratado, planteado sobre la tríada epicureísmo-estoicismo-neoacademismo, no llega, sin embargo, a ser constructivo ni definitivo. Cicerón intenta una exposición comparada y crítica de los dos sistemas teológicos antitéticos, que ha­bían propuesto soluciones extremas. Es un fácil juego descubrir sus incongruencias; es cauta prudencia no pronunciarse explí­citamente por uno ni por otro, ni proponer soluciones nuevas y personales. El diálogo constituye un repertorio ágil y copioso para el estudio de la antigua teología. [Trad. de Marcelino Menéndez Pelayo en Obras com­pletas, tomo III (Madrid, 1883)].

F. Della Corte

De las Naturaleza de las Cosas , Tito Lucrecio Caro

[De rerum natura]. Poema de Tito Lucrecio Caro (98-55 a. de C., fechas dadas in­directamente por Suetonio), en el que ex­pone, vivificándolos con sus versos, los fun­damentos de la filosofía de Epicuro. El tí­tulo sigue la tradición de la poesía filosó­fica de Parménides y de Empédocles, y al mismo tiempo reproduce el de una de las obras capitales del maestro (v. Naturaleza). El poema fue publicado póstumamente, y si no hay motivo para negar que su editor fuese Cicerón, poco cuenta, en cambio, la afirmación de que éste «lo enmendó».

Los seis libros que componen la obra conser­van la forma y el orden dados por el poeta; si esta forma es la primitiva, o si debía ser la definitiva, no interesa. El fin que el poeta se propone es la exposición de la doctrina física de Epicuro, pero no enten­dida fríamente como fin en sí misma y co­mo sólida estructura de un sistema inter­pretativo de los fenómenos del universo, sino como auténtica interpretación poética de aquella doctrina, contemplada en el ar­monioso y fatal componerse y disolverse de las cosas y en la posición del individuo, parte de un todo destinado a perecer sin aniquilamiento.

Ésta es la esencia de la «poesía» de Lucrecio, esencia que por todas partes se transparente, incluso en la trama de los versos más duros, temblorosa y con­movida ante la profundidad de los miste­rios que la sabiduría del maestro revela al ojo asombrado del mortal; se alejan las tinieblas, se derrumban los muros del mun­do, la mirada del poeta llega hasta la con­templación de los dioses y de las sedes tranquilas, a las que no llegan los vientos procelosos, ni las nubes profanan con su lluvia, ni las gélidas nieves ofenden, sino que permanecen siempre rodeadas de un aire puro y sin cambios, bañadas amplia­mente de una luz sonriente; nada puede jamás atentar a la paz del ánimo que ha vencido los misterios, igualmente pavoro­sos, de la vida y de la muerte.

Las partes más celebradas del poema, los vigorosos episodios que lo embellecen, son lugares en que el sentido poético de las cosas y de los acontecimientos, siempre latente y aun evidente, alcanza a manifestarse con po­tente aliento. Limitándonos a lo esencial, la materia está distribuida en los diferen­tes libros del modo siguiente: en los dos primeros, los principios que explican la naturaleza del universo, los átomos y el vacío; nada puede formarse de la nada y nada se. reduce a la nada; existen cuer­pos invisibles tales como los vientos, el olor, el calor, el frío, la voz, que aunque no se ven, demuestran por sus efectos po­seer naturaleza corpórea; vemos que las cosas se consumen imperceptiblemente, pre­cisamente por la huida invisible de los átomos.

Junto a la materia se halla el va­cío, de cuya existencia aporta el poeta múltiples pruebas: materia y vacío consti­tuyen la Naturaleza y no hay más elemento que éstos (I, 430 ss.); los cuerpos están constituidos por átomos, que se agrupan se­gún sus propias leyes; es por tanto falsa la teoría de los físicos jónicos, Heráclito, Anaxágoras; falsa también la concepción de Empédocles de los cuatro elementos; el primer libro termina con la demostración de la infinitud de la materia y del espacio. El segundo libro comienza determinando el proceso de formación y disolución de los cuerpos, desarrollando este tema en todos sus detalles; movimiento, forma de los átomos, indicada por la sensación que el hombre tiene de las cosas: lo que acaricia los sentidos está formado de átomos lisos, lo que es áspero y molesto consta de áto­mos angulosos o en forma de gancho (II, 422 ss.).

Muchas son las figuras de los áto­mos y de cada clase existe un número infinito; en la tierra hay los átomos que forman los alimentos y los medios de vida, aptos para conservar la diversidad de las razas. Estos átomos carecen de color por su misma inmutabilidad, pero con su va­riedad de formas dan lugar a variadas im­presiones; en conclusión, están privados de color, así como de olor, de jugo y de tem­peratura. Le falta explicar al poeta cómo nace lo sensible de lo insensible, demos­trándolo con los gusanos que nacen del es­tiércol, con el paso de la materia para formar otra materia y con otra larga serie de pruebas aparentes sostenidas contra las diversas teorías.

El libro termina hablando de la infinidad de los mundos y de la ma­nera como éstos deben formarse en el in­finito universo atómico gracias a una fuerza que les es propia; el crecimiento y la gra­dual decadencia de nuestro mundo. forman la visión última, llena de profundo vigor poético. Tema del tercer libro es la doc­trina del alma humana, cuya mortalidad es demostrada mediante una serie de pruebas; de la demostración de las funciones del alma y el ánimo, y del carácter perecedero del agregado atómico que los forma, se de­riva, como necesaria conclusión, la vanidad de lo que más inquieta a la vida humana, esto es, de la muerte.

A la parte fisiológica está dedicado el libro cuarto: percepción, reflexión, sentimientos y deseos son ana­lizados en su esencia y en su función; desde la teoría de los simulacros y de las imá­genes, a través de las explicaciones de los fenómenos visibles y auditivos, hasta los sentidos del gusto, del olfato (sensaciones fundadas en la impresión producida por minúsculas partículas que emanan de los cuerpos), impresiones físicas, sueño y en­sueños, para llegar finalmente a los goces y dolores de Venus, que forman la conclu­sión de este libro, merecidamente famoso por el vigor del verso y de las imágenes, a la altura del tormento y de la profundidad del sentimiento. El quinto libro contiene la demostración de que el mundo no es eter­no, la explicación de cómo se formaron cada una de sus partes hasta llegar al reino vegetal y animal, y termina describiendo, con arte admirable, el desenvolvimiento gradual de la humanidad y de su cultura.

El último explica determinados fenómenos celestes y terrestres, para exponer luego el mecanismo del contagio con la descrip­ción de la devastadora peste de Atenas, otra de las partes más célebres del poema. Cada uno de los libros tiene su proemio, y en cada uno de ellos se alternan los elogios al inventor de la doctrina, Epicuro, maestro de la sabiduría humana, y los encomios a la filosofía, que da a los hombres la se­renidad; se encuentran, además, al comien­zo del primer libro, en una especie de in­troducción general a la obra, el famoso himno a Venus, fuerza generadora de la naturaleza, por cuya obra sonríe el uni­verso y germina en mil vidas, protectora de Roma y de la estirpe de Memmio, a quien está dedicado el poema; este himno enriquece con vivas luces poéticas esta parte del poema, en la que se detiene la solicitud del poeta, y en la que se refleja la altura por él alcanzada y a la que quiere conducir a los demás con la clara exposición de su doctrina. [Trad. castellana en endecasílabos del abate Marchena (Ma­drid, 1897); en prosa, de M. Rodríguez Navas (Madrid, 1893); en prosa, de Lisandro Alvarado (Caracas, 1950); en hexámetros, de Gabriel Méndez Planearte (México 1946); trad. de trozos selectos en Lucrecio, por Eduardo Valentí (Barcelona, 1949)].

L. Castiglioni

Abunda en relámpagos geniales, sin per­juicio de una gran perfección; técnica.  (Cicerón)

Los cantos del sublime Lucrecio vivirán mientras viva la tierra. (Ovidio)

La primera voz de la trompa épica latina. (Leopardi)

Hay que hablar con respeto de Lucrecio. Sólo lo encuentro comparable a Byron, y Byron carece de su gravedad y de la sin­ceridad de su melancolía. Pero lo que hace a Lucrecio insoportable es su física, que él da como positiva. Su debilidad consiste en no haber dudado bastante; le gustaba demasiado explicar, concluir. (Flaubert)

¡Qué terrible poeta latino es Lucrecio, bajo cuya aparente serenidad y ataraxia se oculta tanta desesperación! (Unamuno)

Para que la posición científica se trans­mute en poesía, es necesario un poeta altí­simo, y la ciencia tuvo en Lucrecio a su único gran poeta(C. Marchesi)

Naturaleza del Amor, Mario Equicola

[Della natura d’amore]. Obra doctrinal de Mario Equicola (1470?-1525), publicada en 1525. Elaborada durante muchos años se­gún la filosofía de Ficino, fue originaria­mente redactada en latín con el título De natura de Amore en 1495, pero bajo el in­flujo de nuevas corrientes espirituales y del estudio de los poetas, provenzales fue transformándose en un tratado, quizá menos sistemático, pero más elegante.

Vivien­do en un ambiente mundano y dirigiendo sus escritos a los espíritus más refinados (la obra fue dedicada a Isabel de Este Gonzaga), el autor tiene plena conciencia de la importancia que en el mundo de los literatos y de las personas cultas poseen los problemas relativos al amor. La lectura de los poetas provenzales y de los cultiva­dores del «stil novo» enseña que el es­píritu humano no ha concebido nada más elevado para unir a las criaturas con el creador; aquí naturalmente interviene la teoría platónica, que el siglo XV estudió según la concepción de Ficino, de una perfección del espíritu a través del amor en­tendido como pasión y como meditación. Pero más allá de todo doctrinarismo, Equi­cola se vale de su elegante preparación literaria para citar autores clásicos, sagra­dos y profanos, antiguos y trecentistas, y en amable promiscuidad trata de poner de acuerdo todas las cuestiones.

Se percibe en esta obra como un eco del mundo gentil y fino del Cortesano (v.) de Castiglione y particularmente la influencia de la sociedad mantuana, que alrededor de la espléndida marquesa, entre danzas y fiestas, lecturas de poetas y pensamientos religiosos, revivía un mito de belleza caballeresca y al mismo tiempo clásica, mito cantado por Boiardo y por Ariosto y mecido como un sueño en la Italia del siglo XVI.

C. Cordié