Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), que sacó del olvido las obras de Francisco de la Torre (v. Poesías) y se encargó de publicar las Poesías (v.) de Fray Luis de León, no se preocupó de publicar las suyas, que andaban manuscritas de mano en mano, con gran éxito.
Gracias a la diligencia de su amigo Jusepe Antonio González de Salas, en 1648 pudo publicarse una colección de sus obras bajo el título Parnaso español, Monte en dos cumbres dividido, con Las Nueve Musas Castellanas, colección que volvió a editarse con adiciones de un sobrino del mismo Quevedo — don Pedro de Aldrete — en 1670 y con el título Las tres últimas Musas castellanas, Segunda cumbre del Parnaso español.
Esas dos ediciones, a pesar del esfuerzo de los recopiladores, son incompletas y defectuosas, aunque ellos mismos declaran que tuvieron que vencer grandes obstáculos para entregarlas a la imprenta. Aldrete dijo que su tío nunca permitió que se publicaran, por ser tantas y de tanta magnitud sus obras poéticas.
González de Salas declara que a la muerte de Quevedo sólo pudieron salvarse unas pocas poesías: «No fue de veinte partes una la que se salvó de aquellos versos que conocieron muchos, quedaron en su muerte, y yo traté y tuve innumerables veces en mis manos por nuestra continua comunicación». Añádase — y esto es aún más grave — que los editores no vacilaron en limar y corregir algunas poesías e incluso, a las veces, en darlas a corregir a otros amigos, según rezan las apostillas con que comentaron más de una composición.
Desde el principio, Quevedo aparece profundamente dueño del verso y riquísimo en temas (recuérdese que en 1603 recibió la «aprobación» la antología de Espinosa, Flores de poetas ilustres, en la que figuran algunas poesías suyas); dominio y riqueza de temas que irán creciendo en el transcurso de una actividad poética que duró cuarenta años.
Al igual que en su producción en prosa, le vemos alternar un tratado casi ascético con una novela picaresca o con una crítica del Gongorismo (v.), también en su poesía alternan los temas y las fórmulas más dispares. Como veremos, el contraste barroco tiene en Quevedo su más alto representante. Por ello no debe causarnos asombro hallar un bellísimo poema amoroso junto a una feroz sátira de los vicios de la época, o un delicioso romance burlesco junto a un soneto lleno de gravedad moralista.
Por otra parte, ningún otro poeta del siglo XVII ofrece tal variedad de estilos. Como veremos a continuación, Quevedo pasa con toda tranquilidad de un «culteranismo» espléndido a una forma de poesía trivial en jerga picaresca. Su asombroso dominio de la lengua es proverbial entre los conocedores de la literatura española.
En una ocasión Eugenio d’Ors escribió que Quevedo produce la impresión de estar recreando continuamente el idioma. Los vocablos más triviales, más gastados por el uso, cobran en su obra una prístina originalidad que en vano buscaríamos en otros poetas. Por consiguiente, es indispensable clasificar la obra de Quevedo teniendo en cuenta la temática y el estilo.
La poesía amorosa de Quevedo ha hallado poca aprobación entre los críticos, que han concedido mucha más importancia a la satírica y moralista. Sin embargo, creemos que no pueden pasarse en silencio estas poesías, algunas de las cuales son de lo mejor de la época. Son poesías barrocas, tanto por su manera de concebirlas como por su temática, y no petrarquistas. He aquí algunos de los epígrafes que pusieron los editores: «A Aminta, que se cubrió los ojos con la mano», «Retrato de Lisi que traía en una sortija», «A una dama que apagó una bujía y la volvió a encender en el humo soplando».
En su mayoría son poesías jocosas, de simple pasatiempo, que no muestran ninguna pasión verdadera. Pero aunque se trata de simples burlas, muchos sonetos — en especial los dedicados a Lisi — poseen una belleza impresionante y no dejan duda acerca de la profunda pasión que debió agitar el alma de Quevedo.
El vigor expresivo y la fuerza de las imágenes y de las metáforas pueden comprobarse con sólo dos ejemplos: el soneto que comienza «Cerrar podrá mis ojos la postrera», acaba con estos dos versos, únicos y maravillosos: «serán ceniza [los huesos], mas tendrán sentido;/polvo serán, mas polvo enamorado». Otro soneto concluye con esta asombrosa imagen: «luego se ennegreció, mustio y doliente,/el aire adormecido en sombra fría».
Bastan esos dos ejemplos para probar la elevadísima calidad de su poesía amorosa, que, además, muestra la característica de un estilo culterano. Aunque Quevedo precisó en varias ocasiones su posición de abierta hostilidad a la escuela de Góngora en estas poesías y en algunas letrillas y canciones líricas (como en el «Himno a las estrellas»), no está sustancialmente lejos del culteranismo en sus mejores expresiones.
En más de un caso, la dificultad de la poesía obligó a sus editores del siglo XVII a dar aclaraciones: así, González de Salas se consideró obligado a explicar algunas metáforas excepcionales, como las del soneto «En breve cárcel traigo aprisionado», dignas de Góngora. No es raro hallar en estas poesías, precisamente los vocablos, imágenes o metáforas que Quevedo mismo había censurado más de una vez en sus ataques a Góngora, lo cual constituye una prueba más de la inmensa seducción que el autor de las Soledades (v.) ejercía en los poetas de su época.
A pesar de la belleza de las poesías amorosas (tan desconocidas por un crítico como Pfandl), los investigadores han mostrado mayor interés por la poesía burlesca y satírica del autor de los Sueños (v.). Y no sin razón, ya que el genial escritor es el poeta satírico más vigoroso de toda la literatura española.
Nada escapó a su agudísimo instinto de observación, tanto si se trataba de- un detalle de la moda femenina como de la situación política del reino o de una novedad literaria. Quevedo no desaprovechó la más pequeña ocasión para censurar todo lo que pertenecía al mundo de su época, sea en prosa, sea en verso. Aunque en sus escritos es posible notar las huellas de la influencia de Persio, de Juvenal, de Marcial y de Horacio, sin embargo es evidente que esas lecturas nada quitaron a la suma originalidad de su poesía burlesca y satírica.
Un buen entendedor de la poesía de Quevedo señalaba que por encima de su identificación con los citados poetas latinos «resalta en la producción de Quevedo su rígido cristianismo». En algunas poesías, Quevedo ataca la corrupción general de la época, atribuyéndola, tal como había hecho Juvenal, a la relajación de las costumbres, oponiendo la sobriedad antigua a los gustos modernos, como en la célebre epístola satírico-moral al Conde- Duque de Olivares.
En otras expone crudamente la desgraciada situación en que se hallaba la monarquía, como en el fuerte «Memorial a Felipe IV», una de las sátiras más vigorosas y ricas de significado, escrita en dodecasílabos pareados. Fijémonos, por ejemplo, en estos cuatro versos: «A cien reyes juntos nunca ha tributado/España las sumas que a vuestro reinado./Y el pueblo doliente llega a recelar/no le echen gabela sobre el respirar».
Algo semejante se aprecia en el «Padrenuestro glosado», dirigido también a Felipe IV, y más sintéticamente en el soneto titulado «Del mal estado de las cosas públicas», lleno de fuerza y vigor. En más de una composición, Quevedo se burla de la Corte, de sus personajes y de sus fiestas, y al igual que en otros autores aflora el conocido tema del elogio de la vida retirada. También escribe sátiras contra quienes se pasan la vida mendigando un título, como en el magnífico Soneto «Son los vizcondes unos condes vizcos», o se indigna contra los vanidosos, los hipócritas o los ignorantes que compran libros sólo para adornar las habitaciones, gente a la que califica con la expresión lapidaria de «hombres doctos de estantes».
Otras veces sus dardos se dirigen contra los mentirosos, los alguaciles, los escribanos, los médicos y los. sastres. Sin embargo, algunos temas aparecen quizá con demasiada frecuencia en la obra de Quevedo, entre ellos: la condena de la riqueza, desarrollada de mil maneras distintas. Con la conocida letrilla juvenil que empieza «Poderoso caballero es don Dinero» comienzan sus ataques contra el positivismo femenino, que más tarde serán repetidos en mil poesías de todo tipo. Son también muy numerosas las flechas contra las mujeres, jóvenes y viejas, a las cuales no perdona ningún defecto.
«Con la misma facilidad — señala un crítico — se dirige a la mujer del farmacéutico como a aquella que tiene los ojos medio dormidos; con la misma facilidad describe la esposa de un abogado, que censura a la que tiene la manía de ir en coche, y critica la prodigalidad y se niega a toda benevolencia, tomándola con los que alaban a las mujeres y pasando revista a los peligros a que se exponen quienes alaban la belleza de las tontas».
Su aparente o real misoginia a veces resulta muy aguda, como los tercetos sobre el tema de los «Riesgos del matrimonio», en la que es patente la influencia de Juvenal. Mención especial merecen las sátiras contra Morovelli, Alarcón y Góngora, vengativas y brutales. Contra Luis de Góngora escribió muchas poesías, ya atacándolo personalmente, ya satirizando las novedades del Polifemo (v.) y de las Soledades (v.), que leyó más de una vez y que en más de una ocasión — como ya hemos señalado — tuvo presentes.
Por otra parte, no debemos olvidar que Góngora no ahorró las réplicas, que son tan duras Como las de Quevedo. También debemos notar la finura con que el genial satírico caricaturizó los excesos de la poesía culterana, según podrá apreciar quien ojee la célebre Aguja de navegar cultos con la receta para hacer Soledades en un día (v.). Quevedo nos ha dejado muchísimas composiciones de tono menos incisivo, más jocoso y alegre, llenas de contrastes, desmesuradas hipérboles, juegos de palabras, inversiones, paranomasias.
Quevedo fue un maestro en transformar las palabras y en crear neologismos, llenos de’ fuerza y de gracia. Nadie le superó en el arte de decir de la manera más aguda posible lo que se había propuesto. Sus sonetos burlescos, en muchos casos formidables caricaturas, como los que dirige «A una nariz», «A un calvo», «A una mujer puntiaguda con enaguas», figuran en todas las antologías.
La tendencia a lo excesivo y a lo hiperbólico, propia del barroco, contribuye también a dar carácter caricaturesco a muchos romances, como en aquel deliciosamente autobiográfico que empieza «Parióme adrede mi madre», o los dirigidos a las viejas, a los maridos pacientes o a Hero y Leandro «en paños menores». La jovialidad de Quevedo no descuida el más nimio incidente, sea legendario, como «El miedo de los Condes de Carrión», sea contemporáneo, como la «Boda de negros»,, con rasgos presentidos y muy felices.
En el poema «De las necedades y locuras de Orlando el Enamorado» parodió a Ariosto, con infinita gracia y exquisito humorismo. Las contiendas entre Orlando, Ferragús, Oliveros y Ganelón son muy curiosas, y los juegos de palabras y las bromas se suceden sin interrupción. Ciertas descripciones hiperbólicas, el vocabulario entre «culterano» y picaresco, son causa de que deploremos aún más la pérdida de gran parte del poema, del que sólo nos han llegado los dos primeros cantos.
En relación con el predicamento de que gozaron en el siglo XVII las novelas picarescas,, en la obra de Quevedo figura un grupito de poemas cantables, llamados jácaras, escritos en jerga de picaros, que en su época tuvieron gran éxito. En estas jácaras se narran las aventuras y desventuras de Escarramán, Lampuga, Villafrán, etcétera, bajo forma de cartas dirigidas a sus «coimas», la Méndez, la Perala, etc., con las correspondientes respuestas.
Aunque el género no era nuevo, el genio de Quevedo le dio cierta categoría literaria. Debemos destacar la gran habilidad y desenvoltura con que el autor del Buscón (v.) maneja el argot picaresco y la gracia con que desarrolla concisamente los temas. Incluso sin tener en cuenta su valor literario, las jácaras son testimonios elocuentes del gusto, por el característico contraste del barroco español, capaz de embriagarse con las bellezas de las Soledades y con las aventuras de la Perala, coima de Lampuga.
La más célebre de’ estas jácaras es la de Escarramán y la Méndez, imitada muchas veces, mencionada por Lope de Vega en tres comedias e incluso traspuesta a lo religioso en varias ocasiones. En contraste con esta poesía burlesca aparece — al igual que en las obras en prosa — el sector de obras moralistas, llenas de profundas resonancias. Esta poesía — escrita al mismo tiempo que la que hemos examinado anteriormente — nos conduce al centro de la ideología de Quevedo, y aunque desconociéramos las obras en prosa, bastaría para darnos buena idea de la actitud filosófica y moral del gran escritor.
En estos poemas aparecen ideas comunes a los estoicos de todas las épocas, pero no debemos olvidar que Quevedo fue un hombre de gran y sincera fe religiosa e incluso un tratadista de ascética. Los ecos .de su obra en prosa La cuna y la sepultura se hallan en todos los poemas morales. Para Quevedo, nacer es empezar a morir: antes de que el pie aprenda a moverse ya se dirige hacia la muerte. Nacemos llorando y vivimos con la angustia de ver cómo se nos escapa el tiempo: «Vivir es caminar breve jornada,/y muerte viva es, Lico, nuestra vida».
Las horas y el momento son los sepultureros del hombre. La dimensión temporal, tan utilizada por los poetas del siglo XVII, adquiere en Quevedo una fuerza trágica. Es lo que constituye su sentimiento trágico, su agonía. Ningún poeta español ha sabido expresar de tantas maneras y con tanta fuerza esta angustia de la hora que se escapa. Por ejemplo: «Ayer se fue, mañana no ha llegado,/hoy se está yendo sin parar un punto :/soy un Fue, y un Será y un Es cansado». Incluso las piedras del sepulcro sentirán el paso del tiempo «porque también para la tumba existe muerte». El cuerpo humano no es sino una tumba que nos aprisiona en vida.
Pero Quevedo sabrá perfectamente que la muerte es naturaleza, no sentimiento, y que es inútil afligirse. Al contrario, la muerte deberá llegar «invocada» y siempre el recuerdo o la fama pueden sobrevivir como evasión. Lo más firme desaparece, «lo fugitivo permanece y dura». Junto a estos temas aparecen otros, como el de su arrepentimiento, que se concreta en los magníficos poemas del Heráclito cristiano, escrito en 1613, en días de recogida intimidad espiritual. También aparece en otras poesías el tema de la vanidad de las riquezas y de la ambición, resueltos en acentos graves y no burlescos, o bien traza la imagen del tirano y de sus aduladores o exalta la humildad y la templanza.
Entre las poesías propiamente sagradas — poco numerosas — destaca el largo poema A Cristo crucificado, con octavas bellísimas, llenas de emoción. Finalmente debemos citar — dejando al margen las traducciones de Anacreonte, de Epicteto, etc. — algunas poesías fúnebres, entre las cuales merecen destacarse los dos célebres sonetos a la muerte del Duque de Osuna, don Pedro Girón, gran amigo del poeta, muerto en la cárcel.
J. M. Blecua
A nuestro entenderla verdadera, fuerte, original personalidad de Quevedo está, en esos al parecer deleznables «juguetes». Lo mismo se va viendo ya respecto de Góngora, y lo que antes era considerado secundario — las poesías «ligeras» —, pasa ahora, en concepto de los críticos, a primer término. (Azorín)
Quevedo se muestra siempre un filósofo profundo, que domina todos los resortes del corazón humano, y un poeta lleno de gracia, delicadeza y donosura, viva voz de la Naturaleza, y como ella, sencilla, libre y casta. (Astrana Marín)
La musa de Quevedo, diversa, variada, de contrastes, es una de las más ricas en la literatura española y fuera de ella. El cuidado de la forma, aunque más fijándose en la intención de los vocablos y su composición en la frase, que en la exterior sonoridad; lo denso del estilo, el tono unas veces elocuente y grandioso, otras ligero y chusco, la abundancia de motivos, crean un mundo poético de los más representativos de la época, y, a la vez, de los que más resisten al tiempo, no sólo como valor documental, sino en razón de la belleza perenne de muchas composiciones completas y detalles de otras. (A. Valbuena Prat)
