Parnaso Español, Francisco de Quevedo y Villegas

Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), que sacó del olvido las obras de Francisco de la Torre (v. Poesías) y se encargó de publicar las Poesías (v.) de Fray Luis de León, no se preocupó de publicar las suyas, que an­daban manuscritas de mano en mano, con gran éxito.

Gracias a la diligencia de su amigo Jusepe Antonio González de Salas, en 1648 pudo publicarse una colección de sus obras bajo el título Parnaso español, Monte en dos cumbres dividido, con Las Nueve Musas Castellanas, colección que vol­vió a editarse con adiciones de un sobrino del mismo Quevedo — don Pedro de Aldrete — en 1670 y con el título Las tres últimas Musas castellanas, Segunda cumbre del Parnaso español.

Esas dos ediciones, a pesar del esfuerzo de los recopiladores, son incompletas y defectuosas, aunque ellos mismos declaran que tuvieron que vencer grandes obstáculos para entregarlas a la imprenta. Aldrete dijo que su tío nunca permitió que se publicaran, por ser tantas y de tanta magnitud sus obras poéticas.

González de Salas declara que a la muerte de Quevedo sólo pudieron salvarse unas pocas poesías: «No fue de veinte partes una la que se salvó de aquellos versos que conocieron muchos, quedaron en su muerte, y yo traté y tuve innumerables veces en mis manos por nuestra continua comunicación». Añádase — y esto es aún más grave — que los editores no vacilaron en limar y corregir algunas poesías e incluso, a las veces, en darlas a corregir a otros amigos, según rezan las apostillas con que comen­taron más de una composición.

Desde el principio, Quevedo aparece profundamente dueño del verso y riquísimo en temas (recuérdese que en 1603 recibió la «aproba­ción» la antología de Espinosa, Flores de poetas ilustres, en la que figuran algunas poesías suyas); dominio y riqueza de temas que irán creciendo en el transcurso de una actividad poética que duró cuarenta años.

Al igual que en su producción en prosa, le vemos alternar un tratado casi ascético con una novela picaresca o con una crítica del Gongorismo (v.), también en su poesía al­ternan los temas y las fórmulas más dis­pares. Como veremos, el contraste barroco tiene en Quevedo su más alto representante. Por ello no debe causarnos asombro hallar un bellísimo poema amoroso junto a una feroz sátira de los vicios de la época, o un delicioso romance burlesco junto a un so­neto lleno de gravedad moralista.

Por otra parte, ningún otro poeta del siglo XVII ofrece tal variedad de estilos. Como veremos a continuación, Quevedo pasa con toda tranquilidad de un «culteranismo» esplén­dido a una forma de poesía trivial en jerga picaresca. Su asombroso dominio de la len­gua es proverbial entre los conocedores de la literatura española.

En una ocasión Euge­nio d’Ors escribió que Quevedo produce la impresión de estar recreando continua­mente el idioma. Los vocablos más trivia­les, más gastados por el uso, cobran en su obra una prístina originalidad que en vano buscaríamos en otros poetas. Por consi­guiente, es indispensable clasificar la obra de Quevedo teniendo en cuenta la temá­tica y el estilo.

La poesía amorosa de Que­vedo ha hallado poca aprobación entre los críticos, que han concedido mucha más im­portancia a la satírica y moralista. Sin em­bargo, creemos que no pueden pasarse en silencio estas poesías, algunas de las cuales son de lo mejor de la época. Son poesías barrocas, tanto por su manera de conce­birlas como por su temática, y no petrarquistas. He aquí algunos de los epígrafes que pusieron los editores: «A Aminta, que se cubrió los ojos con la mano», «Retrato de Lisi que traía en una sortija», «A una dama que apagó una bujía y la volvió a encender en el humo soplando».

En su mayoría son poesías jocosas, de simple pa­satiempo, que no muestran ninguna pasión verdadera. Pero aunque se trata de sim­ples burlas, muchos sonetos — en especial los dedicados a Lisi — poseen una belleza impresionante y no dejan duda acerca de la profunda pasión que debió agitar el alma de Quevedo.

El vigor expresivo y la fuerza de las imágenes y de las metáforas pueden comprobarse con sólo dos ejemplos: el soneto que comienza «Cerrar podrá mis ojos la postrera», acaba con estos dos ver­sos, únicos y maravillosos: «serán ceniza [los huesos], mas tendrán sentido;/polvo serán, mas polvo enamorado». Otro soneto concluye con esta asombrosa imagen: «lue­go se ennegreció, mustio y doliente,/el aire adormecido en sombra fría».

Bastan esos dos ejemplos para probar la elevadísima calidad de su poesía amorosa, que, además, muestra la característica de un estilo cul­terano. Aunque Quevedo precisó en varias ocasiones su posición de abierta hostilidad a la escuela de Góngora en estas poesías y en algunas letrillas y canciones líricas (como en el «Himno a las estrellas»), no está sustancialmente lejos del culteranis­mo en sus mejores expresiones.

En más de un caso, la dificultad de la poesía obligó a sus editores del siglo XVII a dar aclara­ciones: así, González de Salas se consideró obligado a explicar algunas metáforas ex­cepcionales, como las del soneto «En breve cárcel traigo aprisionado», dignas de Gón­gora. No es raro hallar en estas poesías, precisamente los vocablos, imágenes o me­táforas que Quevedo mismo había censu­rado más de una vez en sus ataques a Góngora, lo cual constituye una prueba más de la inmensa seducción que el autor de las Soledades (v.) ejercía en los poetas de su época.

A pesar de la belleza de las poesías amorosas (tan desconocidas por un crítico como Pfandl), los investigadores han mostrado mayor interés por la poesía bur­lesca y satírica del autor de los Sueños (v.). Y no sin razón, ya que el genial escritor es el poeta satírico más vigoroso de toda la literatura española.

Nada escapó a su agudísimo instinto de observación, tanto si se trataba de- un detalle de la moda feme­nina como de la situación política del reino o de una novedad literaria. Quevedo no desaprovechó la más pequeña ocasión para censurar todo lo que pertenecía al mundo de su época, sea en prosa, sea en verso. Aunque en sus escritos es posible notar las huellas de la influencia de Persio, de Juvenal, de Marcial y de Horacio, sin em­bargo es evidente que esas lecturas nada quitaron a la suma originalidad de su poesía burlesca y satírica.

Un buen entendedor de la poesía de Quevedo señalaba que por en­cima de su identificación con los citados poetas latinos «resalta en la producción de Quevedo su rígido cristianismo». En algunas poesías, Quevedo ataca la corrupción gene­ral de la época, atribuyéndola, tal como había hecho Juvenal, a la relajación de las costumbres, oponiendo la sobriedad an­tigua a los gustos modernos, como en la célebre epístola satírico-moral al Conde- Duque de Olivares.

En otras expone cruda­mente la desgraciada situación en que se hallaba la monarquía, como en el fuerte «Memorial a Felipe IV», una de las sátiras más vigorosas y ricas de significado, escrita en dodecasílabos pareados. Fijémonos, por ejemplo, en estos cuatro versos: «A cien reyes juntos nunca ha tributado/España las sumas que a vuestro reinado./Y el pueblo doliente llega a recelar/no le echen gabela sobre el respirar».

Algo semejante se apre­cia en el «Padrenuestro glosado», dirigido también a Felipe IV, y más sintéticamente en el soneto titulado «Del mal estado de las cosas públicas», lleno de fuerza y vigor. En más de una composición, Quevedo se burla de la Corte, de sus personajes y de sus fiestas, y al igual que en otros autores aflora el conocido tema del elogio de la vida retirada. También escribe sátiras contra quienes se pasan la vida mendigando un título, como en el magnífico Soneto «Son los vizcondes unos condes vizcos», o se indigna contra los vanidosos, los hipócritas o los ignorantes que compran libros sólo para adornar las habitaciones, gente a la que califica con la expresión lapidaria de «hombres doctos de estantes».

Otras veces sus dardos se dirigen contra los mentirosos, los alguaciles, los escribanos, los médicos y los. sastres. Sin embargo, algunos temas aparecen quizá con demasiada frecuencia en la obra de Quevedo, entre ellos: la condena de la riqueza, desarrollada de mil maneras distintas. Con la conocida letrilla juvenil que empieza «Poderoso caballero es don Dinero» comienzan sus ataques con­tra el positivismo femenino, que más tarde serán repetidos en mil poesías de todo tipo. Son también muy numerosas las flechas contra las mujeres, jóvenes y viejas, a las cuales no perdona ningún defecto.

«Con la misma facilidad — señala un crítico — se dirige a la mujer del farmacéutico como a aquella que tiene los ojos medio dormidos; con la misma facilidad describe la esposa de un abogado, que censura a la que tiene la manía de ir en coche, y critica la prodi­galidad y se niega a toda benevolencia, tomándola con los que alaban a las mujeres y pasando revista a los peligros a que se exponen quienes alaban la belleza de las tontas».

Su aparente o real misoginia a veces resulta muy aguda, como los tercetos sobre el tema de los «Riesgos del matrimo­nio», en la que es patente la influencia de Juvenal. Mención especial merecen las sá­tiras contra Morovelli, Alarcón y Góngora, vengativas y brutales. Contra Luis de Gón­gora escribió muchas poesías, ya atacán­dolo personalmente, ya satirizando las no­vedades del Polifemo (v.) y de las Sole­dades (v.), que leyó más de una vez y que en más de una ocasión — como ya hemos señalado — tuvo presentes.

Por otra parte, no debemos olvidar que Góngora no ahorró las réplicas, que son tan duras Como las de Quevedo. También debemos notar la finura con que el genial satírico caricaturizó los excesos de la poesía culterana, según podrá apreciar quien ojee la célebre Aguja de navegar cultos con la receta para hacer Soledades en un día (v.). Quevedo nos ha dejado muchísimas composiciones de tono menos incisivo, más jocoso y alegre, llenas de contrastes, desmesuradas hipérboles, jue­gos de palabras, inversiones, paranomasias.

Quevedo fue un maestro en transformar las palabras y en crear neologismos, llenos de’ fuerza y de gracia. Nadie le superó en el arte de decir de la manera más aguda posible lo que se había propuesto. Sus so­netos burlescos, en muchos casos formida­bles caricaturas, como los que dirige «A una nariz», «A un calvo», «A una mujer pun­tiaguda con enaguas», figuran en todas las antologías.

La tendencia a lo excesivo y a lo hiperbólico, propia del barroco, contribuye también a dar carácter caricaturesco a muchos romances, como en aquel deliciosa­mente autobiográfico que empieza «Parió­me adrede mi madre», o los dirigidos a las viejas, a los maridos pacientes o a Hero y Leandro «en paños menores». La jovialidad de Quevedo no descuida el más nimio inci­dente, sea legendario, como «El miedo de los Condes de Carrión», sea contemporáneo, como la «Boda de negros»,, con rasgos pre­sentidos y muy felices.

En el poema «De las necedades y locuras de Orlando el Ena­morado» parodió a Ariosto, con infinita gracia y exquisito humorismo. Las contien­das entre Orlando, Ferragús, Oliveros y Ganelón son muy curiosas, y los juegos de palabras y las bromas se suceden sin inte­rrupción. Ciertas descripciones hiperbólicas, el vocabulario entre «culterano» y picares­co, son causa de que deploremos aún más la pérdida de gran parte del poema, del que sólo nos han llegado los dos primeros cantos.

En relación con el predicamento de que gozaron en el siglo XVII las novelas picarescas,, en la obra de Quevedo figura un grupito de poemas cantables, llamados jácaras, escritos en jerga de picaros, que en su época tuvieron gran éxito. En estas jácaras se narran las aventuras y desven­turas de Escarramán, Lampuga, Villafrán, etcétera, bajo forma de cartas dirigidas a sus «coimas», la Méndez, la Perala, etc., con las correspondientes respuestas.

Aunque el género no era nuevo, el genio de Que­vedo le dio cierta categoría literaria. Debe­mos destacar la gran habilidad y desenvol­tura con que el autor del Buscón (v.) maneja el argot picaresco y la gracia con que desarrolla concisamente los temas. Incluso sin tener en cuenta su valor literario, las jácaras son testimonios elocuentes del gusto, por el característico contraste del barroco español, capaz de embriagarse con las be­llezas de las Soledades y con las aventuras de la Perala, coima de Lampuga.

La más célebre de’ estas jácaras es la de Escarra­mán y la Méndez, imitada muchas veces, mencionada por Lope de Vega en tres co­medias e incluso traspuesta a lo religioso en varias ocasiones. En contraste con esta poesía burlesca aparece — al igual que en las obras en prosa — el sector de obras mo­ralistas, llenas de profundas resonancias. Esta poesía — escrita al mismo tiempo que la que hemos examinado anteriormente — nos conduce al centro de la ideología de Quevedo, y aunque desconociéramos las obras en prosa, bastaría para darnos buena idea de la actitud filosófica y moral del gran escritor.

En estos poemas aparecen ideas comunes a los estoicos de todas las épocas, pero no debemos olvidar que Quevedo fue un hombre de gran y sincera fe religiosa e incluso un tratadista de ascética. Los ecos .de su obra en prosa La cuna y la sepultura se hallan en todos los poemas morales. Para Quevedo, nacer es empezar a morir: antes de que el pie aprenda a moverse ya se dirige hacia la muerte. Nacemos llorando y vivimos con la angustia de ver cómo se nos escapa el tiempo: «Vivir es caminar breve jornada,/y muerte viva es, Lico, nuestra vida».

Las horas y el momento son los sepultureros del hombre. La dimensión temporal, tan utilizada por los poetas del siglo XVII, adquiere en Quevedo una fuerza trágica. Es lo que constituye su sentimiento trágico, su agonía. Ningún poeta español ha sabido expresar de tantas maneras y con tanta fuerza esta angustia de la hora que se escapa. Por ejemplo: «Ayer se fue, ma­ñana no ha llegado,/hoy se está yendo sin parar un punto :/soy un Fue, y un Será y un Es cansado». Incluso las piedras del se­pulcro sentirán el paso del tiempo «porque también para la tumba existe muerte». El cuerpo humano no es sino una tumba que nos aprisiona en vida.

Pero Quevedo sabrá perfectamente que la muerte es naturaleza, no sentimiento, y que es inútil afligirse. Al contrario, la muerte deberá llegar «in­vocada» y siempre el recuerdo o la fama pueden sobrevivir como evasión. Lo más firme desaparece, «lo fugitivo permanece y dura». Junto a estos temas aparecen otros, como el de su arrepentimiento, que se concreta en los magníficos poemas del Heráclito cristiano, escrito en 1613, en días de recogida intimidad espiritual. También apa­rece en otras poesías el tema de la vanidad de las riquezas y de la ambición, resueltos en acentos graves y no burlescos, o bien traza la imagen del tirano y de sus adu­ladores o exalta la humildad y la templanza.

Entre las poesías propiamente sa­gradas — poco numerosas — destaca el largo poema A Cristo crucificado, con octavas bellísimas, llenas de emoción. Finalmente debemos citar — dejando al margen las tra­ducciones de Anacreonte, de Epicteto, etc. — algunas poesías fúnebres, entre las cuales merecen destacarse los dos célebres sonetos a la muerte del Duque de Osuna, don Pedro Girón, gran amigo del poeta, muerto en la cárcel.

J. M. Blecua

A nuestro entenderla verdadera, fuerte, original personalidad de Quevedo está, en esos al parecer deleznables «juguetes». Lo mismo se va viendo ya respecto de Góngora, y lo que antes era considerado secundario las poesías «ligeras» —, pasa ahora, en concepto de los críticos, a primer término. (Azorín)

Quevedo se muestra siempre un filósofo profundo, que domina todos los resortes del corazón humano, y un poeta lleno de gra­cia, delicadeza y donosura, viva voz de la Naturaleza, y como ella, sencilla, libre y casta. (Astrana Marín)

La musa de Quevedo, diversa, variada, de contrastes, es una de las más ricas en la literatura española y fuera de ella. El cuidado de la forma, aunque más fijándose en la intención de los vocablos y su com­posición en la frase, que en la exterior so­noridad; lo denso del estilo, el tono unas veces elocuente y grandioso, otras ligero y chusco, la abundancia de motivos, crean un mundo poético de los más representati­vos de la época, y, a la vez, de los que más resisten al tiempo, no sólo como valor documental, sino en razón de la belleza perenne de muchas composiciones comple­tas y detalles de otras. (A. Valbuena Prat)

Parménides, Platón

Diálogo filosófico de Platón (427-348? a. de C.) per­teneciente al grupo llamado de la vejez (v. Teetetes, Sofista, Político Filebo, Timeo y Leyes), en que el filósofo ateniense vuelve a tratar los temas fundamentales de su pen­samiento, ya elaborado, y los somete a un sutil examen crítico y autocrítico raramente ilustrado por una conclusión, pero, precisa­mente por esto, singularmente dramático.

El diálogo tiene tres interlocutores princi­pales: Zenón, Sócrates, joven todavía, y Parménides, pero ese diálogo no se nos da directamente: Pitodoro, que había sido tes­tigo de él, lo había contado tiempo atrás a Antifón, el cual unos años después lo había referido a Céfalo un día en que éste había ido a visitarlo junto con dos filósofos de Clazomene: Adimante y Glaucón.

Céfalo, ahora, nos cuenta a los lectores su encuen­tro con Antifón y el relato oído de sus la­bios. Según este relato, Sócrates, que enton­ces se iniciaba en el saber, había ido junto con otros a casa de Pitodoro para escuchar un ensayo de Zenón en que este dialéctico, seguidor de la escuela eleática, demostraba la inexistencia de lo múltiple.

La lectura llegaba a su término cuando se presentaron Parménides, el mayor representante de la escuela de Elea, con Pitodoro y Aristóteles el joven. Al ensayo de Zenón, Sócrates dirige acto seguido una objeción: demostrar la inexistencia de lo múltiple es, en el fondo, demostrar, como quería Parménides, que sólo existe la unidad absoluta.

Pero Zenón no ha querido emular a su maestro; sola­mente se ha propuesto demostrar que si muchas contradicciones trae consigo la afir­mación de una Unidad eterna e inmóvil, otras tantas son consiguientes a la afirma­ción de la multiolicidad. De todas maneras, rebate Sócrates, Zenón ha limitado su estudio sólo a los objetos sensibles, siempre muda­bles y relativos; hubiera sido decisiva la de­mostración si hubiese considerado los valo­res inteligibles, la Semejanza, la Desemejan­za, la Unidad, la Pluralidad en sí mismas, y de éstas hubiese demostrado la imnosibilidad de una coexistencia, evidenciando las contra­dicciones que proceden de su multiplicidad.

En este punto interviene Parménides; la objeción de Sócrates es ciertamente funda­mental; con todo, la teoría en que se funda no está privada de puntos oscuros.’ Sócrates, en efecto, divide la realidad en dos mun­dos, uno constituido por puras formas inte­ligibles, las Ideas, existentes en sí y eter­nas, y el otro formado por objetos sensibles y reales sólo en cuanto participan en las formas inteligibles. Hay, pues, el hombre individual y la Idea absoluta de hombre, el fuego material y la Idea absoluta de fuego, el fango y la Idea de fango, y así sucesivamente.

Y el hombre individual es hombre en cuanto participa de la Idea de hombre, el fuego en cuanto participa de la Idea de fuego y así sucesivamente. Pero ¿qué quiere decir participar? ¿Y cómo pueden tantos hombres participar en una única Idea de hombre, tantos fuegos en la única Idea de fuego? Si la idea se considera como un solo velo que recubre una multiplicidad de cosas, éstas no participarán de la Idea completa, sino sólo de una parte de ella, si lo concebimos como un pensamiento que se refiere a muchos objetos.

Claro es que un pensamiento no puede ser más que pensa­miento de alguna cosa, y precisamente de aquel único aspecto que se revela, común a los varios sujetos: este aspecto común es la forma misma que se torna de este modo pensamiento de sí mismo, y su contacto con los objetos es, por lo tanto, imposible. En fin, si admitimos que la Idea es un mo­delo de las cosas, la relación entre éstas y la Idea será una relación de semejanza; pero la semejanza es, a su vez, una Idea que debe ser participada por las cosas por medio de una nueva relación de semejanza y así al infinito.

Objeción más grave toda­vía es que estos dos mundos, así concebi­dos, no tienen la posibilidad de conocerse: en efecto, objetos sensibles, por una parte, e Ideas, por otra, constituyen dos series de «relaciones independientes entre sí. Por ejem­plo, el amo es tal en cuanto tiene un cria­do, y el criado es tal en cuanto tiene un amo; igualmente la Idea de amo será tal en relación con la Idea de criado, y viceversa; pero estos dos órdenes de relaciones no tie­nen ninguna conexión entre sí; la Idea de amo no manda al criado, ni el amo a la Idea de criado.

El conocimiento sensible, pues, será tal en relación con los objetos sensibles conocidos, y la Idea de conoci­miento será igualmente tal en relación con las Ideas conocidas; pero el conocimiento sensible no podrá extenderse a las Ideas como la Idea de conocimiento no podrá extenderse a los objetos: el hombre no po­drá conocer a Dios, y Dios no podrá cono­cer al hombre. Parece, pues, que Parménides haya destruido la teoría de las Ideas; el joven Sócrates no sabe qué responder.

Y, con todo, el propio Parménides afirma, en este punto, que si no admitimos la existen­cia de Ideas universales, hasta el pensa­miento vendrá a carecer de todo punto de apoyo, y no podrá en modo alguno expli­carse; y él mismo indica el camino de sa­lida. La teoría queda aparentemente desmo­ronada por un error dialéctico que Zenón en su ensayo había evitado, a pesar de ha­ber caído a su vez en el error de referirse solamente a los objetos sensibles: para co­nocer la verdad de una cosa no basta, en efecto, considerar las consecuencias que se derivan de haberla pensado como existente, sino hacer también objeto de examen las que se siguen de pensarla como inexistente.

Si el haber pensado las Ideas como exis­tentes ha hecho nacer una serie de contra­dicciones insuperables, ocurriría otro tanto, probablemente, si considerásemos las Ideas como inexistentes. Y, a ruegos de sus oyen­tes, Parménides da sin rodeos un ensayo de esta dialéctica suya, llevando así a la teoría de Sócrates el mismo apoyo que Zenón, en el ensayo leído poco antes, había llevado a la suya. El objeto de su discusión será su mismo y famoso principio: el Uno. Consi­derará primero las consecuencias que se derivan de este principio de Uno, y de lo diverso del Uno considerándolo como exis­tente, y después las que se derivan consi­derándolo en sí.

El Uno, como unidad pura, no puede tener partes, ni límites, ni forma, ni movimiento (porque el movimiento es un cambio y por lo tanto presupone lo múl­tiple), ni inmovilidad (porque no estando en algo diverso de sí, no puede ni siquiera permanecer en ello); no participa, por lo tanto, ni en el ser ni el devenir, se anula en sí mismo. Y si pensamos que «el Uno es», venimos a formar una dualidad de «Uno» y de «ser», y de estas dos partes el «Uno» deberá a su vez ser, y el «Ser» deberá a su vez ser Uno, y así al infinito: la expresión «Uno es» se subdivide en una infinita multi­plicidad.

Por otra parte, si admitimos que el Uno es, todo lo que no es uno debería ser concebido como conjunto de partes y cada parte como conjunto de otras par­tes, al infinito; y puesto que una parte es tal en cuanto parte de una unidad, cada parte vendría a participar a un tiempo en la unidad y en la multiplicidad, en continua contradicción consigo misma. Y si admitimos una Unidad pura, todo lo que no sea aquella unidad no podrá participar en modo alguno, y por lo tanto no podrá ser ni siquiera múltiple, no podrá tener ninguna relación, se deshará en una pura inconsistencia.

Admitir el Uno signi­fica, pues, considerarlo a la vez como uno y como múltiple, existente y no existente, atribuirle, en suma, todos los atributos opuestos y, al mismo tiempo, negárselos todos. Y si no admitimos la existencia del Uno, advertimos que no podemos concebir tampoco lo que no es Uno. En efecto, si el Uno no existe, lo que no es Uno no podrá ser diverso de él, que es inexistente: será una multiplicidad de seres diversos entre sí, esto es entre el «Uno» y el «Otro»; pero esto no es posible porque el Uno no existe.

Y tampoco la multiplicidad, como todo lo que está condicionado por el Uno, la grandeza, el límite, etc., no existirá. En conclusión: tanto si admitimos el Uno como existen­te, como si lo admitimos como inexistente, nos encontramos frente a contradicciones insuperables. Y aquí se cierra el diálogo. El Parménides es quizás el diálogo plató­nico que ha dejado más perpleja a la crí­tica; hasta se ha llegado a pensar que Platón se proponía revolverse contra inter­pretaciones parciales de su teoría, tales que la deformaban, o que se entregó acaso a una despiadada autocrítica de su propio pensamiento. [Trad. española de Patricio de Azcárate, bajo el título Parménides o de las Ideas en Obras completas, tomo IV (Ma­drid, 1871), y en el tomo II de la edición argentina (Buenos Aires, 1946)].

U. Déttore

Parlando, Charles Edgar Du Perron

Colección de poesías com­puesta entre 1921 y 1940 por el holandés Charles Edgar Du Perron (1899-1940).

En la poesía de Du Perron domina una sensación de desamparo entre el tumulto de la vida moderna; y el espíritu crítico frena a me­nudo la sencillez de la expresión. Su lírica es el fruto de una lucha íntima entre el niño y el hombre, a la que siguen los re­cuerdos de su juventud transcurrida en las Indias. Aunque sufriendo la influencia de Corbière, de Rimbaud, de los poetas «fan­taisistes» y del mismo Byron, Du Perron ha ejercido a su vez una gran influencia sobre la literatura holandesa de la nueva gene­ración.

Entre las poesías más notables se puede citar la impresionante acusación con­tra Dios, la «Plegaria por la Muerte», una de las expresiones poéticas más geniales del arte holandés contemporáneo

H. Henny

Parnaso Contemporáneo, L.-X. de Ricard

[Pamasse contemporain]. «Colección de versos nue­vos», editada en París, en tres volúmenes, anteriormente publicada en fascículos, en 1866, 1871 y 1876. El primero de ellos (apa­recido como transformación de una publi­cación semanal, «L’Art», de L.-X. de Ricard, que escribió luego sus Memorias so­bre este movimiento literario) señaló la definición histórica de un nuevo grupo poético: el de los «parnasianos» (v. Parnasianismo).

Las poesías de Gautier, Banville, Hérédia, Leconte de Lisie, Mallarmé, Villiers de L’Isle-Adam, señalaban, en con­junto, una atmósfera totalmente nueva en literatura; si Ricard había propuesto en vano el epíteto de «impasibles» y Verlaine había indicado la inspiración de la nueva escuela en sus Poemas satumianos (v.), la denominación sugerida por el título de la colección parecía aludir oportunamente al extremado cuidado estilístico, al amor al cincelado y a la forma neoclásica caracte­rísticos del movimiento.

También el hecho de que los poetas se agrupasen alrededor de Baudelaire y luego considerasen como su maestro a Leconte de Lisie y más tarde a Hérédia, demuestra hasta qué punto el interés por el esplendor de la forma y por la nitidez de expresión se oponían al sen­timentalismo y al dramatismo tal como se daban en el Romanticismo.

La importancia histórica de la colección (que fue posible gracias a los desvelos del poeta Catulle Mendés y del editor Lemerre) reside en el hecho de haber fijado la consistencia de un arte nuevo, sustancialmente ligado a una reacción polémica contra Lamartine, Mus- set e incluso Hugo; pero después de la primera colección, compilada con claridad y rigidez de intención, el grupo de los par­nasianos perdió su unidad al ser admitidos poetas de todas las escuelas, con tal que fuesen ya conocidos del público.

Entraron en esta fraternal reunión de espíritus Sainte- Beuve, Barbier, France, Rollinat y Bourget, y cada vez se hicieron más patentes aquellas discrepancias de estilo y de ins­piración que dieron origen a los Simbolis­tas y los Decadentes (v. Simbolismo y De­cadentismo). Son de mencionar entre los poetas del primero y más original Parnaso, además de los citados, Ménard, Coppée, Sully-Prudhomme, Léon Dierz, y en los dos restantes, Colette, Cros, Rollinat, Vicaire, Glatigny.

De esta reunión de escrito­res que no quisieron nunca constituirse en movimiento queda una suprema exigencia de estilo; de modo que la suprema con­quista del arte era alcanzada más con el trabajo de lima y cincel que con la inspi­ración. Gran parte, empero, de esta poé­tica quedaba expresada y realizada en Gautier y en Flaubert.

C. Cordié

El Parlamento de los Pájaros, Geoffrey Chaucer

[The Parlement of Foules]. Poema de Geoffrey Chaucer (1340/45-1400), escrito proba­blemente en 1382 para celebrar, bajo el velo de la alegoría, los esponsales de Ricardo II con Ana de Bohemia.

El poeta se duerme después de la lectura del Somnium Scipionis (v. La República), y Escipión se le aparece en sueños (a manera del Virgilio dantesco) y lo guía por un jardín donde está el templo de Venus (descrito según el modelo de la Teseida, v., de Boccaccio) y en el cual reina la Naturaleza representante de Dios (aquí Chaucer toma de las Lamentadones de la Naturaleza (v.) de Alain de Lille).

Es el 14 de febrero, día de San Valen­tín, y la Naturaleza ordena a los pájaros que escojan compañera. La Naturaleza sostiene en su puño un águila de gran belleza que tocará al más digno de poseerla. El len­guaje de la Caballería y de las cortes de amor usado por pájaros nobles como los halcones, contrasta con el materialismo y el sentido común de los pájaros acuáticos y la plebe de pluma, y revela el buen ins­tinto de Chaucer para la comedia. Es evi­dente en esta obra la influencia de los mo­delos italianos (Dante, Boccaccio) en la versificación.

M. Praz