Los Gauchos Judíos, Alberto Gerchunoff

Cuentos y cua­dros de costumbres del periodista y escritor argentino Alberto Gerchunoff (1884-1954). Nacido en Tulchin (Rusia) y llegado muy niño a la Argentina, Gerchunoff pasó par­te de su infancia en las colonias agrícolas hebreas de la provincia de Entre Ríos, fun­dadas por el barón Moisés Hirsch, a cuya memoria dedicó el más tarde prestigioso es­critor su primer libro, en el cual describe la vida de los pobladores de una de esas colonias, la de Rajil. Los designó con el nombre de «gauchos judíos» para simboli­zar la mezcla de las virtudes de ambas ra­zas, y la denominación ha quedado en la literatura argentina.

Son veinticuatro boce­tos o breves relatos en que la nota lírica alterna con los elementos narrativos y descriptivos. Evocan la asamblea de los judíos de Tulchin, en donde se resuelve emigrar a las colonias hebreas de la Argentina («El génesis»), la «llegada de inmigrantes», las faenas agrícolas y las adversidades («El surco», «La trilla», «La huerta perdida»), las hacendosas y bellas mozas judías («Leche fresca», «La lluvia»), idilios campesinos («El cantar de los cantares», «La triste del lugar»), los ritos religiosos («Las lamenta­ciones»), la unión de las dos razas por el amor («La siesta», «El episodio de Myriam»), lances de sangre («El boyero», «La muerte de Rabí Abraham», «La lechuza»), la celebración de la fiesta patria argentina («El Himno») y otros sucesos dulces o tris­tes, dramáticos o cómicos.

El libro fue pu­blicado en ocasión de la celebración del centenario de la revolución de mayo como homenaje del joven autor a su tierra de adopción, y fue apadrinado por un prólogo del narrador y dramaturgo criollo Martiniano Leguizamón.

R. F. Giusti

El gato con Botas, Ludwig Tieck

La ingenua narración fue refundida en 1797 como historia dramaticosatírica por el poeta alemán Ludwig Tieck (1773-1853), en tres actos, dos intermedios, un prólogo y un epílogo, escenificada a la manera de Carlos Gozzi. Tieck se sirvió, por lo demás, de ésta y de su poético encanto para abrir una polémica contra el gusto académico, racio­nalistae ilustrado, entendidos como idola­tría de la mediocridad y del utilitarismo. En resumen, el Gato con botas [Der gestiefelte Kater], junto con los Cuentos populares reunidos por Peter Leberecht (v.), y la histo­ria amorosa de la Bella Magalona y el Ru­bio Eckbert (v.) y otras refundiciones poé­ticas de historias y leyendas, pertenece al período en el cual Tieck, sobre todo a causa de Wackenroder, se aparta de la cultura ilustrada y se orienta hacia el romanticis­mo del cual será más tarde considerado como maestro. La polémica se origina en los diálogos que, durante la acción, Tieck pone en boca de los espectadores, imagina­dos como portavoz del «gusto» común y burgués, por los intermedios, por el pró­logo y por el epílogo, en los cuales el poeta interviene en vano para defender su obra contra los prejuicios del público. Resulta una sátira briosa y viva, rica en ingenio e ironía, que, además de constituir un no­table documento cultural, se sigue con gus­to, aunque sin el arrebato poético con el cual se lee al Tieck de las narraciones.

E. Cione

El Gato con Botas, Charles Perrault

[Le chat botté]. Narración de Charles Perrault (1628-1703), publicada en las Historias y cuentos de los tiempos viejos (v.), en 1697.

Al morir un viejo agricultor, el primer hijo hereda un caballo, el segundo un buey y el tercero un gato. Éste es un animal prodigioso que, habiendo prometido fortuna y felicidad a su amo, se hace cazador y envía al rey, al que le gusta muchísimo la caza, liebres y per­dices a nombre de un imaginario marqués de Carabás. Más tarde, calzado con las botas mágicas, precede por doquier a la carroza en la que viaja el rey con su bellísima hija, y a todos los que encuentra obliga a decir al soberano que todos los territorios por donde pasan pertenecen al marqués. De manera que cuando el joven molinero se presenta finalmente como el marqués en persona, obtiene del rey la mano de su be­llísima hija y la sucesión del trono. Gato extremadamente astuto, como pariente pró­ximo que es de los Escapines y Crispines y demás servidores de la comedia italiana y francesa, bribones de siete suelas y ya no al servicio de honorables señores.

Esta na­rración es de las que levantaron contra Pe­rrault la acusación de corruptor de la ju­ventud, por el tema del cuento tan apartado de la moral, que el autor no consiguió re­dimir con la acostumbrada «moraleja».

F. Federici

La Gatomaquia, Lope Félix de Vega Carpió

Poema épicoburleseo en siete «silvas» (estrofas polimétricas), con un total de 2.500 versos, de Lope Félix de Vega Carpió (1562-1635), publicado en 1634 bajo el pseudónimo de Tomé de Burguillos. El poema tiene un lejano precedente en la Batrocomiomaquia (v.), pero Lope encontró sus inmediatos modelos formales en los poetas heroico cómicos italianos, ya naturalizados en España con el capítulo en alabanza de La Pulga de Gutierre de Cetina (1520-1557?), con la Muerte, entierro y hon­ras de Chrespina Marrauzmana, gata de Juan Chrespo (1604) de Meretisso, la Mos­quea, de Villaviciosa (v. Mosqueida), etc.

Zapaquilda, encantadora gata, amada del valiente Marramaquiz, es presa de las gra­cias del elegante Micifuf y desdeña por esto a Marramaquiz, el cual hace todo lo posible para reconquistar a la bella infiel; pero los suspiros, las serenatas y los desafíos resul­tan vanos; Zapaquilda, presa por entero del nuevo amor, no se da por enterada. Marra­maquiz, desesperado, recurre a los hechizos de Garfiñanto, gato brujo, y, por consejo de éste, finge cortejar a la gata Micilda para dar celos a Zapaquilda. Pero no da resultado y la ingrata se dispone a casarse con Micifuf. Entonces Marramaquiz, furio­so, cae en plena fiesta sobre la novia y la rapta, llevándosela a su guarida. Micifuf y sus amigos declaran la guerra al raptor y lo asedian. Los preparativos bélicos tur­ban el Olimpo y los dioses se ponen de una y otra parte. Al fin, Marramaquiz, que ha salido a buscar alimentos para la amada prisionera, es alcanzado por un escopetazo disparado por un cazador y, terminada la guerra, Zapaquilda y Micifuf al fin pueden desposarse.

La Gatomaquia tiene un sabor único en la poesía española y se coloca en­tre las obras maestras de Lope. Su gusto por el colorido épico y popular de las no­velas tradicionales y la elegancia tan ita­liana y escogida de su inspiración lírica, encuentran aquí una armonía desenvuelta y feliz que confiere al poema un tono inimi­table y hacen de él «una filigrana de gracia sentimental y delicada».

C. Capasso

Con insaciable fruición verbal, Lope deja que se desenvuelva el ingenuo tema, pero sin tratarlo con la seriedad de un infantil narrador de cuentos. Está muy lejos del arte del claroscuro satírico del que de for­ma tan impresionante se sirvió Quevedo, por ejemplo, en su Cabildo de los gatos. Por esto, no obstante el garbo y la agili­dad prodigadas a manos llenas, se adueña de nosotros cierta sensación de vacío, como después de una licencia que ha durado de­masiado. (K. Vossler)

Gaspar de la Noche, Aloysius

[Gaspard de la nuit]. Volumen de baladas en prosa de Aloysius (Louis) Bertrand (1807-1841), pu­blicado en 1842, a cargo de los amigos del autor. Si bien apreciado por algunos en­tendidos y honrado con un prólogo de Sainte-Beuve, el libro permaneció largo tiempo en la obscuridad. Cerca de veinte años después, Baudelaire, en el prólogo de su Spleen de Paris (v.), hacía alusión a él, considerándolo como la obra de un precursor de la poesía moderna; y desde entonces la fama y la influencia de estas páginas han ido en aumento.

Se trata de una colección de bre­ves y pintorescos fragmentos poéticos en prosa, verdaderos «pequeños poemas en prosa», nuevo género literario del cual Ber­trand puede considerarse el iniciador. Co­mienza con una larga introducción, que tiene por epígrafe cuatro versos de las Con­solaciones (v.) de Sainte-Beuve, y se abre con una serie de pentasílabos que celebran los fastos medievales de la ciudad de Dijon. El autor narra después el encuentro con un extraño tipo de poeta maniático, que le cuenta largamente sus experiencias en una mística búsqueda del Arte y desaparece dejándole en las manos un manuscrito: «Gas­par de la Noche, Fantasías a la manera de Rembrandt y de Callot».

Sigue una intro­ducción, firmada por el mismo Gaspar, don­de el autor se limita a justificar el extraño carácter de la obra apelando a la memoria de numerosos pintores, especialmente fla­mencos; después, una «Dedicatoria» a Víctor Hugo, en la cual el poeta se manifiesta en trance de decir adiós a la vida dejando como único testimonio de sus sueños este pequeño libro. Finalmente las «Fantasías de Gaspar de la Noche»: una serie no muy numerosa de narraciones en prosa, dividi­das en seis «libros» («Escuela flamenca», «El viejo París», «La noche y sus encantos», «Las Crónicas», «España e Italia», «Silvas»), con un apéndice de otras pocas composi­ciones de asuntos varios. Los recursos ro­mánticos tienen brillante representación, como puede advertirse incluso en los tí­tulos («El alquimista», «Partida hacia Saba», «Vagabundos nocturnos», «La sala gótica», etc.); ventanales góticos, obeliscos, torreo­nes, torres y campanarios, sílfides, gnomos y hadas, espíritus, íncubos y súcubos, sol­dados mercenarios, maleantes, vagabundos, ahorcados y suicidas giran vertiginosamen­te en estas páginas, evocados con innega­ble fuerza.

El autor reconoce evidente como maestros a Hugo, Chateaubriand, Byron, y tiene por hermanos mayores a Gautier y Nodier; pero por encima de las hue­llas de este último, y al igual que Nerval, injerta en la colorida truculencia de la es­cuela francesa las místicas fantasías del ro­manticismo germánico. Su librito puede ser, pues, considerado como un pequeño compendio del Romanticismo. Tiene, no obstante, una característica muy suya, que lo emparenta con las obras más originales, y le hace precursor de las modernas auda­cias de la poesía francesa, desde el simbo­lismo al surrealismo. Bertrand usa el acostumbrado material arqueológico con plena libertad de espíritu, revive estas pintorescas visiones de un pasado libremente recons­truido con irónica y arbitraria independen­cia. Su subjetivismo, si bien es capaz de cuadros de sorprendente seguridad, todo lo remite a la íntima realidad sentimental, a aquel momento determinado de la vida in­terior del poeta que sabe encontrar, en esta atmósfera verdaderamente mágica, trazos resolutivos.

M. Bonfantini

Bertrand ha señalado un camino, una tie­rra de promisión, el poema en prosa de Baudelaire y de Mallarmé. (Thibaudet)

*   Siguiendo la línea de tres baladas del Gaspard, Maurice Ravel (1875-1937) com­puso tres piezas para piano: «Ondina», «Le Gibet», «Scarbo», ejecutadas en París en 1909. La «Ondine» es la gota que se forma por condensación encima del cristal de una ventana y que se desliza después capricho­samente, brillando a la luz de la luna. «Gi­bet» es un cuadro macabro donde aparece un ahorcado iluminado por los rayos del sol poniente; «Scarbo» es el escarabajo dia­bólico que gira por la habitación «como un pequeño huso despeñado de la roca de una bruja». Éstos son los temas literarios de la composición; pero Ravel, al concebir los tres poemas, se proponía especialmente (co­mo puede verse por una carta dirigida a Maurice Delage) realizar «páginas para pia­no de virtuosismo trascendente, más difí­ciles de ejecutar que el Islamey de Balakirew». Y la solución de un problema de «oficio musical» puede dar, como en este caso, una obra de arte; puesto que, preci­samente superando los límites del puro vir­tuosismo, el músico ha dado vida a una de sus obras más expresivas. Nos encon­tramos frente a un Ravel que del impresionismo ha conservado los procedimientos técnicos y no su espíritu introspectivo: él «mira hacia fuera», describe y se deja im­presionar por el mundo exterior. Además Ravel ha pasado ya de la «mancha» impre­sionista a un dibujo más preciso; traba­jando con dibujos musicales de líneas en contrapunto bien definidas.

E. M. Dufflocq