José María Vergara y Vergara

Es­critor y bibliófilo colombiano nació en Bogotá en 1831 y murió en 1872. De familia acomo­dada, no hizo estudios universitarios y de­dicó su vida al periodismo y la literatura; su pasión por los libros lo llevó a reunir una espléndida biblioteca, que utilizó en sus estudios. Estuvo en Francia y en España. Uno de los fundadores de El mosaico (1856- 1862), fue el alma de este semanario, de gran repercusión en la vida literaria colom­biana. Durante su viaje a España, le fa­cultó la Real Academia Española de la Lengua para establecer filiales en América, y a su regreso, Vergara y Vergara organizó y puso en marcha la Academia Colombiana de la Len­gua, aunque la iniciación real de los tra­bajos de esta corporación no se realizó has­ta pocos meses después de la muerte de su fundador y director.

Carlos García Prada afirma que «no fue hombre de sólida y varia cultura, ni fuerte capacidad creadora, pero sí atrayente e interesante, por lo ver­sátil y contradictorio». Sanín Cano resalta su mecenazgo, aunque modesto, y la influen­cia de su aliento en la carrera literaria de Jorge Isaacs. En su Historia de la literatura hispanoamericana, se lamenta Anderson Imbert de que Vergara pusiera «su mayor empeño al escribir sobre temas no americanos». (Ver­sos en borrador, 1869), es, posiblemente, su obra poética más destacada. Como historia­dor de la literatura colombiana, su obra es meritoria y constituye una fuente en la que han bebido constantemente los críticos pos­teriores (v. Historia de la literatura en Nueva Granada).

Y como escritor costumbrista, su figura crece en la novela breve Olivos y aceitunos son todos unos (1868), y sobre todo, en los cuadros costumbristas, algunos de los cuales son de gran calidad y deno­tan un excelente sentido del humor: Las tres tazas, Un par de viejos, Consejos a mi potro, Un manojito de hierba; del que dice Anderson Imbert que está «arrancado de la tumba de Chateaubriand en el viaje que hizo a Europa»; Los buitres y algunos otros. El fundador de la historia de la literatura colombiana y organizador de la primera academia hispanoamericana de la Lengua es un personaje central de la cultura y de las letras colombianas, pese a que murió cuando el anuncio de su madurez permitía esperar de él muchas más cosas.

J. Sapiña

Giovanni Verga

Nació el 31 de agosto de 1840 en Catania, donde murió el 27 de enero de 1922. Estuvo posiblemente emparentado con algunos caballeros catalano-aragonés es llegados a Sicilia con el rey Martín. For­móse en un ambiente liberal, que influyó notablemente en su evolución espiritual ju­venil. En 1858 matriculóse en la Facultad de Derecho del Ateneo de Catania, pero luego prefirió dedicarse a la composición de su primera novela, Amore e Patria, que, sin embargo, permaneció inédita. Entre 1860 y 1864 desarrolló una actividad de carácter periodístico y patriótico, testimonio ya del espíritu antirregionalista de V. y de su acusada tendencia a la valoración de los problemas concretos de la sociedad. En 1862 la muerte de su padre le ocasionó el pri­mer disgusto familiar de consideración, que tuvo marcadas consecuencias en la madura­ción del autor, quien, a partir de entonces, aproximóse a personajes de una huma­nidad torturada, reflejo de varias experien­cias autobiográficas.

A tal inclinación per­tenecen las novelas Una pecadora (v.) e Historia de una curruca (v.). En pos de más amplias experiencias humanas y lite­rarias, se había trasladado en 1865 a Flo­rencia, donde permaneció hasta 1871. En tal ciudad pudo relacionarse con literatos y ar­tistas nacionales y extranjeros que le per­mitieron ampliar sus horizontes. Posible­mente en el verano de 1869 empezó a amar a Giselda Foianesi, quien finalmente, contrajo un matrimonio infeliz con Rapisardi. Junto a la experiencia vivida en las tertulias des­pertó en él la inclinación al mundo de los humildes y a la documentación verista de las narraciones que iba proyectando. En 1872 marchó a Milán, donde frecuentó el ambiente literario de la ciudad. A partir de 1877 recibió el apoyo de Capuana. Fue com­pletando lentamente su formación cultural, y publicó Eva (1873, v.), que obtuvo éxito y provocó algunas polémicas; Tigre real (v.) (v.) y Eros (v.). En 1874 apareció el boceto siciliano Nedda (v.), según Capuana descu­brimiento de «un nuevo filón en la mina casi virgen de la novela italiana».

En 1879 trabajaba ya en Los malasangre (v.) y en 1880 publicó una colección de bellos cuen­tos, La vida de los campos (v.). Este perío­do fue el más fértil y luminoso de la fan­tasía creadora del escritor. Sin embargo, todavía no maduras la cultura y el gusto italianos de la época, la obra maestra Los malasangre, aparecida el mismo año que Malombra (1881, v.), de Fogazzaro, pasó casi inadvertida. No ocurrió lo mismo en el ex­tranjero. En el curso de aquellos años vol­vió a relacionarse con Giselda Foianesi, que halló en él afecto y amor. Sucediéronse entonces los triunfos de V.: El marido de Elena (1882, v.), Por las calleé (1883, v.), Novelas rústicas (1883, v.), Vagabundeo (1887, v.) y Maese don Jesualdo (1888, v.). Valióle otro éxito la presentación de Ca­ballería rusticana (y.), ópera con música de Mascagni, inspirada en el conjunto na­rrativo La vida de los campos (v.). A ello, empero, siguieron los fracasos de otras obras teatrales, que amargaron profundamente al escritor.

En 1893 volvió a Catania, donde, salvo algunas estancias en Roma, permane­ció hasta su muerte. En 1891 publicó un tomo de cuentos, I ricordi del capitana d’Arce, que denota el agotamiento del autor. Más lozano resulta el volumen de bocetos Don Candelero y Cía. (v.), cuyos perso­najes recuerdan hasta cierto punto el tea­tro de Pirandello. V. consideró la literatura como una noble profesión, «la actividad más sagrada del hombre»; por ello rehuyó siempre hablar de sí mismo y despreció el aplauso fácil y popular. Italia reconoció de­masiado tarde sus méritos; fue nombrado senador en 1920, fecha en la cual cumplía los ochenta años el principal narrador del siglo pasado italiano después de Manzoni.

G. Santangelo

Giuseppe Verdi

Nació el 10 de octubre de 1813 en Le Roncole, barrio de Busseto (Parma), y murió el 27 de enero de 1901 en Milán. Fue hijo de una familia pobre, y muy pronto demostró una precoz afición a la música. Protegido por un comerciante local, em­prendió los estudios musicales, que poste­riormente perfeccionó en Milán. A los veinte años dirigió la interpretación de La Creación (v.), de Haydn, en un círculo aristocrático de esta última ciudad. Fallecido su pro­tector, volvió a Busseto, donde se puso al frente de la banda municipal. No pudo, en cambio, obtener el cargo de organista. Mien­tras tanto, dedicábase a la composición de un libreto de ópera que llevara consigo de Milán: Oberto, conte di San Bonifacio (v.), de Temistocle Solera. En 1836 contrajo ma­trimonio con Margarita Barezzi, hija de su protector.

Tras el modesto éxito de la men­cionada obra, estrenada en 1839 en el Scala de Milán, consiguió un contrato para la composición de dos óperas cómicas y una seria. Fracasada una de las primeras, com­puesta en el curso de varios contratiempos familiares, Verdi pasó por una crisis de des­aliento. Levantóle de ella el empresario Merelli, quien le ofreció otro libreto de Solera, Nabucco (v.). La ópera correspondiente al­canzó en la Scala un notable triunfo (1842). La energía de los ritmos, la concisión y la concepción viril y trágica dieron a entender la aparición del músico nuevo que anunciara Mazzini en Filosofía de la música, destinado a llevar el melodrama italiano más allá de la alegría de Rossini y del romanticismo erótico de Donizetti y Bellini. El éxito de Nabucco viose pronto confirmado por el de I lombardi alla prima crociata (v.), cuyo libreto inspiró Solera en un poema de Grossi.

El compositor, empero, no podía seguir repitiendo indefinidamente ese tipo de ópera colectiva, que ocultaba el dra­ma individual de los personajes tras un grandioso encuentro de pueblos; por otra parte, estas obras, procedentes de Moisés (v.), de Rossini, presentaban notables difi­cultades de realización. El nuevo género individualista alcanzó una apasionada inten­sidad en Emani (Venecia, 1844, v.), inspi­rada en el drama de Victor Hugo. Menores méritos artísticos presentan las composicio­nes siguientes: 1 due Foscari (Roma, 1844, v.), Giovanna d’Arco (Milán, 1845, v.), Alzira (Nápoles, 1854, v.) y Attila (Venecia, 1846, v.). Mejores resultados consiguió Verdi en su primera aproximación a Shakespeare, Macbeth (v.), ópera escrita en 1847 para Florencia y una de las más importantes del autor. Il corsaro (Triestre, 1848, v.), com­puesta con mala voluntad, ocupa el lugar más bajo de la trayectoria artística ver­diana.

La batalla de Legnano (v.), destinada a la Roma republicana (1849), manifiesta ya un arte más concienzudo, unido al entu­siasmo patriótico. Posteriormente, con el fracaso momentáneo de las ilusiones nacio­nales se cierra el ciclo juvenil de la pro­ducción de Verdi, quien, mientras tanto, había logrado adueñarse de la escena italiana. En 1848 adquirió la villa Santa Agata, donde establecióse con la cantante Giuseppina Strepponi, primera intérprete de Nabucco; esta mujer ejerció una benéfica influencia en el tosco temperamento del músico. En 1859 ambos contrajeron un matrimonio que no tuvo descendencia. Tal modificación de las circunstancias públicas y particulares que rodea daban al autor debe ser tenida en cuenta para la comprensión de la nueva fase de su arte, en el curso de la cual aparecieron, entre otras óperas, Luisa Miller (v. Nápoles, 1849), Amor e intriga, Rigoletto (v. Vene­cia, 1851), El rey se divierte), Il trovato­re (Roma, 1853, v.) y La traviata (v. Vene­cia., 1853, La dama de las camelias).

En estas tres últimas producciones el género llega a una gran perfección. Después de ellas la obra de Verdi experimenta un declive, que, sin embargo, no lo es, en realidad, del arte del compositor, por cuanto obedece a causas circunstanciales. A esta otra etapa corresponden I vespri siciliani (París, 1855, v.), Simon Boccanegra (Venecia, 1857, v.), Un ballo in maschera (Roma, 1859, v.), La forza del destino (v. San Petersburgo, 1862, Don Álvaro) y Don Carlos (Paris, 1867, v.). Se trata de una fase muy interesante, en la cual se dan motivos de carácter europeo y una morbidez psicológica casi decadente. Como es natural, una vez unida” y libre Ita­lia, Verdi ocupó en ella un lugar glorioso, y participó en la política. Liberal de derecha en este aspecto, viose inducido en arte, por el contrario, a una posición conservadora, debida a la misma grandeza de su fama; y, así, no comprendió las inquietudes de ciertos artistas jóvenes, quienes procuraban introducir en la vida musical italiana las novedades procedentes de la instrumenta­ción romántica alemana.

Ello influyó de una manera prolongada y nada benéfica en la música de Italia. En realidad, empero, la evolución artística de los últimos años de Verdi en el campo de la práctica resultó más sana que la de sus opiniones teóricas. Por aquel entonces sólo en ocasiones excepcio­nales compuso para el teatro. Así ocurrió con Aida (1871, v.), ópera que le encargó el Gobierno egipcio y pareció sancionar la primacía del autor en tal género. La muerte de Manzoni, a quien apreciaba intensamen­te, llevóle, con la Misa de Requiem (1874, v.), a una producción musical completa­mente distinta. La amistad del hábil libre­tista Arrigo Boito y, en parte, la desapari­ción de Wagner (1883), fueron causa del retorno de Verdi al teatro ya en plena ancia­nidad; surgieron, así, Otello (Milán, 1887, v.) y Falstaff (v. Milán, 1893, Las alegres comadres de Windsor).

Con ello, práctica­mente, cerróse un ciclo de cincuenta años, que, iniciado sobre la base de Rossini, ter­minó en el clima europeo determinado por Wagner y Brahms, Los últimos años de la vejez del compositor viéronse amargados por la tristeza de la soledad que siguió a la pérdida de los amigos y de la esposa, falle­cida en 1897. La muerte sorprendióle en Milán, donde solía pasar el invierno. Los funerales del músico dieron lugar a una imponente manifestación de duelo nacional.

M. Mila

Cesário Verde

Nació en 1855 en Lisboa, donde murió en 1885. Fue el más moderno de los poetas parnasianos portugueses; anticipó en muchos aspectos la poesía del siglo si­guiente. A los dieciocho años publicó sus primeros versos, en un periódico de Oporto. Su breve existencia viose minada por la tuberculosis, que ya había llevado a la tumba a dos de sus hermanos, y careció de acontecimientos notables. Dedicóse al co­mercio, y colaboró en varios diarios portu­gueses y brasileños. Sus composiciones líri­cas fueron reunidas póstumas en el Livro de Cesário Verde (v. El libro de Verde) por Silva Pinto.

L. Stegagno Picchio

Jacint Verdaguer I Santaló

Poeta catalán, figura destacadísima de la «Renaixenca». Nació el 17 de mayo de 1845 en el pequeño pueblo de Folgaroles, cerca de Vich, y murió en Vallvidrera (Barcelona) el 1.° de junio de 1902. Pertenecía a una familia hu­milde de campesinos del llano de Vich, y de niño, el futuro poeta ayudaba a su padre en los trabajos de la tierra. Fue un mucha­cho travieso y hasta brutal, fuerte y reñidor, ya desde sus primeros años, pero al lado de esto alentaba en él un sentimiento de ternura, una nostalgia y suavidad que con­trastaban violentamente con su rudeza. Éste sería el doble aspecto de su carácter, y tam­bién el de sus obras; no obstante, dominó en él la nota violenta, el ardor de un tem­peramento primitivo que habría de llevarle finalmente al conflicto con sus superiores y a la tragedia que llenó por un momento el clima espiritual de Cataluña.

Ya en su niñez mostró Verdaguer claramente las dos inclina­ciones más vehementes de su espíritu: la religión y la poesía. Nos cuentan, en efecto, que ya en aquellos días construía en su casa capillitas, y revestido con hábitos más o menos sacerdotales, decía la misa con toda seriedad, con unción, ante un pequeño grupo de niñas, entre las cuales se contaba su hermana, y nos hablan ya de sus arre­batos de cólera cuando alguien osaba inte­rrumpir la «ceremonia» o se permitía alguna burla. Tenía Verdaguer once años cuando dejó la escuela del pueblo, donde había recibido las primeras lecciones, e ingresó en el Semina­rio de Vich. Era éste, por entonces, uno de los más famosos de Cataluña, y a él acudían a estudiar desde los lugares más apartados del país y aun de fuera de él.

Durante mu­cho tiempo, el futuro cantor de La Atlántida compartió los estudios con los trabajos de la tierra; en este tiempo empezó asimismo a componer los primeros versos. Lo hacía, no obstante, a escondidas, pues fue siempre huraño de carácter, salvaje y de una gran timidez, condiciones que, más o menos ate­nuadas, conservó toda su vida. No fue Verdaguer un estudiante destacado, ni mucho menos; con­tó en su carrera con más de un suspenso, y en algún momento, llevado por el disgusto y por la cólera, estuvo a punto de renunciar a ella. Fue hombre sobre todo de sensibili­dad, pero de inteligencia limitada y él mis­mo confiesa que no podía con la Filosofía y la Teología, cuyo estudio le ponía enfer­mo.

En aquella constitución robusta — era, en verdad, de una fortaleza física excepcio­nal — la cabeza fallaba lamentablemente. En el Seminario empezó muy pronto a ser conocido por sus versos; había empezado escribiendo composiciones burlescas, de un tono satírico, imitación de las que do& si­glos antes escribiera el rector de Vallfogona, que gozaba entonces de gran favor. En ellas Verdaguer satirizaba sobre todo a algunos de los catedráticos, a los que debía algún disgusto, y que, a causa de tales burlas, le propor­cionaron algunos disgustos más, como es de suponer. No obstante, como es natural tam­bién, estos versos gozaban de una gran popularidad entre sus condiscípulos y empe­zaron a darle fama.

En este tiempo el poeta se ocupaba ya en composiciones más serias, de más ambición, y esperaba con ellas pre­sentarse muy pronto a los Juegos Florales. Estos certámenes estaban entonces en su mayor auge: todos los años se celebraba aquella fiesta en Barcelona con inusitado esplendor, y a ella acudían los poetas desde todos los lugares de Cataluña. Ser premiado en los Juegos era a la sazón el máximo honor a que un poeta podía aspirar; era el sueño de todos los poetas y el sueño ahora de aquel campesino del llano. En el año 1865 Verdaguer presentó a los Juegos dos composi­ciones, viéndoselas premiadas las dos. Por consejo de Collell, su amigo más íntimo de este tiempo, se presentó el poeta en Barce­lona, a recoger el premio, con su traje de campesino y la típica barretina.

La ovación con que se acogió su presencia duró largo rato; fue para él un momento inolvidable, y Verdaguer quedó ya consagrado entre los jóvenes poetas de Cataluña. Por este tiempo había hecho (amistad con algunos muchachos de Vich, condiscípulos suyos, aficionados a las letras, y muy especialmente, con Collell, canónigo con el tiempo y escritor combativo, y famoso después en las luchas políticas de Cataluña. Con Collell y otros amigos fundó Verdaguer el «Esbart de Vich», cenáculo literario por el estilo de muchos otros que estaban de moda a la sazón y, sobre todo, de los que Mistral había organizado en Provenza con el nombre de «El Felibre». Las reuniones se celebraban al aire libre, en el lugar de­nominado «La font del desmai», y llegaron a hacerse famosas, ya que en ellas acudie­ron las personalidades más destacadas de Cataluña.

Verdaguer había entrado últimamente a trabajar en la masía de unos parientes suyos, donde ayudaba en las faenas del campo, a cambio de la manutención, tanta era la pobreza en casa de sus padres; “El poeta trabajaba en la masía, cerca de Folgaroles, a donde se trasladaba de tiempo en tiempo, para ver a su madre; en las horas libres estudiaba, y en el tiempo que aún le quedaba — generalmente, en horas robadas al sueño — se ocupaba en secreto en su pri­mera obra ambiciosa. Por este tiempo Verdaguer, casi siempre por las noches,, en la soledad de la masía, escribía su poema La Atlántida (v.), con el pensamiento puesto en los Jue­gos Florales.

Precisamente aquél era un año excepcional en la fiesta de Barcelona; se había concedido la presidencia a Víctor Balaguer y éste había querido dar al cer­tamen una especial solemnidad, un sentido también universal: aquel año habían sido invitados a la fiesta nada menos que Mistral; José Zorrilla, el autor del Tenorio; Núñez de Arce; Ruiz de Aguilera, y otras figuras nacionales y extranjeras. Verdaguer no vivía. No obstante, esta vez, cuando más lo deseaba, se quedó sin el premio. Su poema no gustó al Jurado. El disgusto, la cólera que se apo­deró de él, no son para decir. Collell nos lo ha explicado; hablaba de bajar a Barce­lona, de emprenderla a garrotazos con los del jurado, etc., y poco faltó para que co­metiera una barbaridad.

No obstante, era ya conocido como poeta; fue a Barcelona, y lo presentaron a Miltral, que era su gran admiración, y Mistral le habló; trazó sobre su rostro la señal de la cruz, y le auguró un brillante porvenir, con lo cual salió conmo­vido y consolado. Mucho tiempo después, siendo ya Verdaguer sacerdote, La Atlántida, corre­gida por el poeta y modificada en algunas de sus partes, recibió el premio en los Jue­gos Florales, que resultó para él una fiesta de apoteosis, pues entonces ya era conocido como el gran poeta de Cataluña. Termina­dos los estudios en 1870 se ordenó de sacer­dote en la pequeña ermita de San Jorge, en el llano de Vich. Estuvo un tiempo en esta ciudad, y pasó de allí a Vinyoles d’Oris, pequeño pueblo de montaña, cuya rectoría había quedado vacante.

En Vinyoles d’Oris pasó dos años consumiéndose de nostalgia y de soledad, y acabó por enfermar; una especie de anemia cerebral, con dolores de cabeza irresistibles, le atacó de súbito, obli­gándole a dejar aquel destino. Pasó a Bar­celona, donde anduvo un poco perdido, es­cribiendo versos y pasando hambre — dos cosas que solían ir bastante unidas en aquel tiempo y ocultándose de la gente. Com­padecido de él, un amigo le procuró una recomendación para el marqués de Comillas, y Verdaguer fue admitido como capellán de uno de los buques del marqués, que hacía el viaje entre España y América. Hizo el poeta al­gunos viajes; recobró la salud, con ella el entusiasmo que había perdido, y volvió a sus oraciones que tenía casi olvidadas.

De los navíos pasó más adelante al palacio del marqués, que le admiraba, y que hizo de él su limosnero y su amigo. Entonces empe­zó la gran época de Verdaguer; fue huésped perpetuo de los marqueses, que lo sentaban a su mesa y se hacían acompañar de él en sus viajes; en este tiempo aparecieron sus mejores obras, entre éstas sus Idilios y cantos místicos (v.), y su gran poema de la reconquista, Canigó (v.), sin duda su mejor obra. Su fama de poeta había llegado ya a la cima; Cataluña le quería y le admi­raba, y también se le admiraba fuera de Cataluña. En su tierra era Verdaguer entonces el primer poeta indiscutible, la figura impres­cindible en todas las fiestas espirituales. Gracias al marqués pudo realizar grandes viajes, algunos como el de Tierra Santa, que era la gran ilusión de su vida; visitó también Roma, París y otras ciudades; es­tuvo en Alemania, en Rusia, en un viaje que causó en él una tremenda impresión y del cual nos habló en uno de sus libros.

Estaba en la plenitud de su fama; vivía en el seno de una familia poderosa y en ella era también admirado y querido. Nada pa­recía presagiar el temporal que se acercaba; nadie lo hubiese podido adivinar. Sin em­bargo, en este momento, cuando su vida parecía haber alcanzado la plenitud, se pro­dujo el desastre, y se produjo con una violencia y rapidez que dejó a todos asom­brados, y a él, al poeta, envuelto en las sombras de una tragedia que todavía hoy nos hace estremecer. El hecho estaba rela­cionado con su cargo de limosnero; Verdaguer riñó con su protector; se vio echado del palacio donde había pasado la mayor parte de su vida; se enzarzó en una violenta disputa con su obispo; se vio perseguido, rodeado de amenazas y peligros, y escribió sus famosas cartas «en defensa propia», que, publicadas en un periódico de izquierdas y en un tiem­po de encendidas pasiones políticas, provo­caron el escándalo mayor que se había visto acaso en Cataluña.

Fue el final del poeta; se le negaron las licencias para la misa; fue declarado rebelde, y, refugiado en el seno de una familia que él decía honradísima y los otros despreciable y causa de su ruina, vivió sus últimos años en la mayor miseria, arruinada su salud, y casi incapaz de crear ninguna obra nueva. En los últimos años logró que se le devolviesen las licencias; hubo una aparente reconcilia­ción con el obispo, escribió aún algunas obras, pero no recobró ya la paz, ni la salud, que tenía perdidas, ni la brillante inspiración a que se deben sus primeras obras. Vivió ya, hasta el fin, abandonado y sólo esperando su última hora, el des­canso. Verdaguer es indudablemente el primer poeta de Cataluña; tocó todos los géneros, pero sus obras mejores las dio en la mística, en que imitó a San Juan de la Cruz, y en épica, donde siguió sobre todo, las huellas de Tasso.

Tres obras destacan en su producción poética: La Atlántida, cuya fama pasó las fronteras de su tierra; Idillis i cants místics en la línea de San Juan de la Cruz y de los grandes místicos, y Canigó, en la cual se dan todos los tonos, y donde Verdaguer nos ha dado sin duda lo mejor de su alma. Estas tres obras bastarían por sí solas para si­tuar a un poeta entre los poetas más gran­des. Verdaguer escribió asimismo en prosa; es tan admirable en la prosa como en el verso; puede decirse que ha sido él el verdadero creador del catalán moderno, y su poesía como su prosa son de una honda raigambre popular. Del pueblo tomó sus leyendas y sus consejas; sus primeros versos son, en general, imitaciones de canciones populares, y el elemento popular debido a su continuo contacto con la tierra, se encuentra, con más o menos fuerza, en todas sus obras, y aun en aquellas que, como La Atlántida o Canigó parecen aceptarlo menos.

Fue el gran poeta popular de su tiempo y de todas las épocas, y todavía hoy sus versos, como su prosa, conservan su frescura y su espontaneidad; se leen como el primer día. De aquí también la inmensa popularidad de que gozó en vida, manifestada especial­mente en el día de su entierro. El cadáver había sido expuesto en el Ayuntamiento de Barcelona, y ante él puede decirse que Bar­celona entera desfiló durante todo el día y toda la noche; toda Cataluña le acompañó en una manifestación de duelo como no se había visto otra en la ciudad.

S. J. Arbó