Juan de Arguijo

Poeta y músico es­pañol n. en Sevilla en 1560 y m. en 1623. Fue caballero veinticuatro de Sevilla y pro­curador por aquella ciudad en las Cortes de 1598. Se erigió en mecenas de todos los artistas y literatos de su tiempo.

El mismo Lope de Vega le dedicó el poema La her­mosura de Angélica (v. Angélica) y en el Laurel de Apolo (v.) lo reconoce «del sa­cro Apolo y de las musas hijo». Rodrigo Caro, en sus Varones insignes en letras de Sevilla, dice que Arguijo fue «no sólo elegantí­simo poeta, sino el Apolo de todos los poetas de España, a los cuales honraba mucho, y jamás censuró a ninguno, antes si, siendo muy rico de rentas, que heredó de su pa­dre, en cantidad de 18.000 ducados de renta cada año, les favorecía a todos con exce­sivos dones… Vino a estar tan pobre, que sólo se sustentaba, hasta que murió, de la dote de su mujer…; tocaba muchos instru­mentos, que en un discante era el primer hombre de toda España».

Su obra poética (v. Poesías) consiste en una colección de sonetos publicada en su mayor parte en 1605. Están dedicados a temas clásicos y son verdaderos modelos en su género. Arguijo perteneció a la escuela sevillana de Herrera y firmó sus composiciones con el seudó­nimo de «Arcicio». También escribió una colección de narraciones breves en prosa; una Relación de las fiestas de toros y ca­ñas en Sevilla (1617). Lope de Vega en La dama boba (v.) menciona elogiosamente sus Cartas.

Benito Arias Montano

Humanista, hebraísta, naturalista y sacerdote español n. en Fregenal de la Sierra en 1527 y m. en Sevilla en 1598. Cursó sus estudios en Sevilla (1546) y luego se perfeccionó en el conocimiento de las lenguas clásicas en Al­calá.

Caballero de Santiago y presbítero, acompañó en 1562 al obispo de Segovia, don Martín Pérez de Ayala, al Concilio de Trento, en el que Arias Montano sobresalió por su erudición. Felipe II lo nombró catedrá­tico de lenguas orientales en el Monasterio del Escorial, encargándole la dirección de una nueva edición de la Biblia Poliglota que con el título de Biblia Regia (v. Biblia) se publicó en Amberes en ocho volúmenes (1560-1573).

León de Castro, catedrático de lenguas orientales en la Universidad de Salamanca, denunció a la Inquisición que Arias Montano había seguido demasiado a la letra el texto hebreo, no muy conforme con la Vulgata, dando excesiva autoridad a las pa­ráfrasis caldeas. El padre Juan de Mariana defendió a Arias Montano y el Santo Oficio dio sentencia absolutoria. Después de renunciar a un obispado y otras dignidades que el rey le ofreciera, se retiró a la Cartuja de Sevilla, donde murió.

Sostuvo correspondencia con el botánico Clusius, y como obras suyas se citan nueve libros sobre las Antigüedades judías, Psalmos de David y de otros profetas, en versos latinos; traduc­ción en versos españoles del Cantar de los Cantares, Humanae salutis monumenta, Lí­ber generationis Adam seu de historia generis humani; la versión latina de los Via­jes (v.) de Benjamín (Ben Yoná) de Tudela, el poema didáctico en hexámetros Rhetoricorum libri IIII (v.) y la Historia Naturae.

Bonaventura Carles Aribau

Poeta ca­talán. N. en Barcelona en 1798, m. en la misma ciudad en 1862. Inclinado a las cues­tiones económicas y financieras, fue secre­tario de la Diputación de Lérida, y luego ocupó igual cargo en la Junta de Comer­cio del Principado.

Pasó luego al servicio del banquero catalán, establecido en Ma­drid, Gaspar Remisa, junto al cual trabajó hasta 1841. En la capital de España desem­peñó los cargos de consejero de Agricul­tura y de secretario de la Intendencia Ge­neral de la Real Casa y Patrimonio.

Hom­bre de letras y editor, en 1857 emprendió con Manuel Rivadeneyra la publicación de la «Biblioteca de Autores Españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días», para la que compuso estudios sobre Cervantes, Moratín y la novela castellana de los siglos XVI y XVII.

Fue también pe­riodista y en su juventud fundó en Bar­celona la revista El Europeo, junto con López Soler, Cook, Monteggia y Galli, por lo que puede considerarse como uno de los iniciadores del movimiento romántico en Cataluña. Colaboró también en El Constitu­cional, El Español y La España; en 1861 fundó la revista La Verdad económica, des­de la que sostuvo vivas polémicas con los partidarios de la escuela librecambista.

Hombre de sólida formación filosófica y humanística, fue miembro de la barcelo­nesa «Sociedad filosófica»; poeta y prosista en castellano, defensor del progreso, mere­ció el elogio de Quintana. Sus artículos, publicados en las revistas románticas de su tiempo, fueron luego reunidos con el título de Ensayos literarios.

Sus maestros son Walter Scott, Byron, Chateaubriand, Manzoni, Schiller, y de este último toma el concepto de «estética», término que Aribau introduce en España. Pero por encima de sus varias acti­vidades, el nombre de Aribau es recordado y celebrado como la primera voz que deter­minó el despertar de la lengua y las letras catalanas, nunca olvidadas del todo, pero sí minimizadas y arrinconadas por el dilatado predominio político y cultural de Castilla en la vida catalana.

En 1833 el banquero Gaspar Remisa celebra en su casa de Ma­drid su fiesta onomástica. Entre las. felici­taciones y panegíricos que recibe de sus amigos y subalternos figura una oda A Gas­par Remisa, escrita en catalán y firmada por Aribau La composición era un canto de añoranza de la tierra natal y un apasio­nado elogio de la lengua materna, tan me­nospreciada. Apenas los dos últimos ver­sos delatan su carácter circunstancial.

Los editores de El Vapor descubrieron la tras­cendencia de la poesía y la dieron a cono­cer a los catalanes con orgullo y esperan­za. Esta composición, cuya importancia ig­noró el propio autor, y que pronto fue cono­cida por Oda a la Patria (v.), está escrita en un catalán correctísimo, de una calidad desconocida desde hacía siglos, y su idea aparece desarrollada en una forma de noble mesura y armonía.

No hay tan sólo año­ranza en la oda; hay además un vivo deseo de reivindicación y renacimiento. La Oda a la Patria tuvo extraordinaria resonancia en los medios culturales catalanes de la época; seis años más tarde, Joaquim Rubio i Ors, el «Gaiter del Llobregat», iniciaría en el Diario de Barcelona la publicación de una serie de poesías catalanas que pre­tenden restaurar la lira de los antiguos trovadores, y veinte años después (1859) se­rían solemnemente restaurados los Juegos Florales. La «Renaixenga» estaba en mar­cha.

Lupercio Leonardo de Argensola

Nacido en Barbastro el 14 de diciembre de 1559, m. en Nápoles el 28 de febrero de 1613. Estudió en la Universidad de Huesca y des­pués en la de Zaragoza, junto con su her­mano Bartolomé Argensola, y allí vivió durante algún tiempo, a partir de 1585, al servicio de don Hernando de Aragón, duque de Villahermosa.

Habiéndose trasladado a Ma­drid, formó parte de la Academia Imitato­ria (con el seudónimo de Bárbaro, en ho­menaje a su amada Bárbara de Albión, con la que se casó en 1593) y fue secretario de la emperatriz María de Austria, y luego cronista del reino de Aragón, elegido pri­mero por los diputados de Zaragoza y por nombramiento real de Felipe III, después.

Muerta la emperatriz (1602), pasó a Nápo­les en el séquito del virrey conde de Lemos, y fue superintendente de la secretaría del virreinato. En Nápoles fundó la Acade­mia de los Ociosos, y allí continuó su acti­vidad poética; pero los hermanos Argensola atri­buían mayor importancia al secretariado y a la actividad historiográfica que a la poé­tica y desdeñaban la imprenta.

Lupercio, antes de morir en brazos del conde de Lemos, quemó la mayor parte de sus manuscritos poéticos. Su hijo, Gabriel Leonardo de Albión, se valió de algunas copias e imprimió en 1634 las Rimas (v.), agregando a ellas las de su tío Bartolomé.

Son sonetos, odas, cancio­nes, epístolas, sátiras; expresión de un arte más sugestivo que ilustrativo en el que se advierten las influencias de Horacio, Juvenal, Séneca, Virgilio . y, parcialmente, de Bembo y de Garcilaso. Lupercio tradujo seis odas de Horacio.

Tradujo también, al parecer, los Anales de Tácito. En la Información de los sucesos de Aragón en los años de 1590 y 1591, defendió los fueros aragoneses, aun sosteniendo la lealtad de Aragón a Felipe II y el respeto a las prerrogativas reales. Lupercio escribió también algunas tragedias, elogia­das por Cervantes, pero de escaso valor en realidad: la Filis, hoy perdida, Isabela (v.) y Alejandra (v.). Se adaptan al gusto del teatro italiano del tiempo, que mostraba pre­ferencia por el horror de las situaciones, de tipo senequista; para nosotros, constituyen un cúmulo de episodios novelescos.

G. Savelli

Gonzalo Argote De Molina

Literato y bibliófilo español n. en Sevilla en 1549 y m. en 1590. Fue veinticuatro de la ciudad y provincial de su hermandad.

Luchó con­tra los moriscos en las Alpujarras y se ti­tuló conde de Lanzarote. Llegó a ser un famoso bibliófilo. Bajo el título de El con­de Lucanor (v.) publicó en Sevilla, en 1575, en edición príncipe, el Libro de los enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio de don Juan Manuel, la Historia del Gran Tamerlán de Ruy González de Clavijo en 1582 y el Libro de la montería, escrito en parte por Alfonso XI de Castilla y León.

Es autor de Nobleza de Andalucía (1588), en la que compendia la heráldica de Es­paña, y de un Discurso de poesía caste­llana (1575), que contiene interesantes in­vestigaciones sobre los textos medievales españoles.