Norstrilia, de CORDWAINER SMITH

«Cordwainer Smith» era el seudónimo del doctor Paul M. A. Linebarger (1913–1966), un norteamericano bastante notable cuyos méritos incluyen un importante trabajo acerca de la guerra psicoló­gica. Norstrilia, su única novela de cf, se publicó en un principio en dos partes: The Planet Buyer (1964) y The Underpeople (1968). Final­mente, en 1975, ya mucho después de la muerte de su autor, apare­ció una versión corregida y unificada. El título se refiere al planeta Old North Australia, de donde proviene el héroe. En un extrava­gante futuro lejano, el universo está densamente poblado por seres humanos y otras criaturas inteligentes, entre las cuales figuran los homúnculos, animales a los que los últimos avatares del doctor Moreau han hecho semejantes a hombres y mujeres. El imperio in­terestelar es regido por los misteriosos Señores de la Instrumentalidad, una suerte de clero científico que aparece también en muchos de los relatos breves de Cordwainer Smith. En realidad, casi todos los cuentos que Smith publicó en las revistas de cf entre 1950 y el año de su fallecimiento están ambientados en el mismo cosmos futuro de Norstrilia, y en la novela abundan las referencias a los personajes y a los acontecimientos de aquellos cuentos. Éstos, que tienen títu­los con caprichosos sonsonetes, como «Alpha Ralpha Boulevard» y «Dorada era la Nave… ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!», son las obras más her­mosas de Smith, y han sido reeditados en diversos volúmenes a ve­ces con superposición de títulos. Una selección excelente es The Best of Cordwainer Smith (1975).

El héroe de la novela es un joven llamado Rod McBan, descen­diente de una antigua familia del planeta Norstrilia, austero y pro­fundamente conservador. Habitado primero por australianos de la Vieja Tierra, el mundo de Rod se ha vuelto inmensamente rico gra­cias a una enfermedad de las ovejas del lugar. Repugnante-mente hinchadas, producen una droga, stroon, que hace casi in-mortales a los seres humanos. Es imposible fabricar artificialmen-te la droga y exportar la lucrativa enfermedad a otros planetas, de modo que Norstrilia es el único proveedor de esa sustancia, fuente de vida. Los nativos cuidan celosamente sus granjas y seleccionan su población para prevenir el hacinamiento y la degeneración. Al comenzar la historia, Rod pasa por una prueba para determinar si vivirá o mo­rirá. Hay razones para dudar de su futuro, puesto que padece de una incapacidad para comunicarse telepáticamente, como hacen todos sus vecinos. Aprueba el test, pero también se gana un pode­roso enemigo, de modo que, al parecer, lo mejor es que abandone el planeta natal. Con la ayuda de un viejo (e ilegal) ordenador, se juega en el mercado bursátil galáctico la fortuna heredada. De la noche a la mañana se convierte en el hombre más rico del universo y en el propietario real del mundo habitado por la humanidad. Ahora nada le impide viajar por el espacio y reclamar lo que es suyo, y ver por primera vez los «enloquecidos y lejanos cielos de la vieja Tierra».

En la Tierra, Rod encuentra una sociedad de una complejidad pasmosa. Se relaciona con los homúnculos, y se ve implicado en el «Redescubrimiento del Hombre». Se trata de un movimiento que han lanzado ciertos miembros de la Instrumentalidad con el propó­sito de poner fin al estancamiento sibarítico que se ha apode-rado de la mayoría de la humanidad: «La Tierra no tenía peligros, ni espe­ranzas, ni recompensas, ni futuro excepto el infinito…».

Es una historia interesante, colorida y por momentos irritan-te, llena de veladas insinuaciones religiosas. Aunque da la impre-sión de algo fragmentario, sirve para confirmar que Cordwainer Smith fue uno de los escritores más originales de ciencia ficción, y también uno de los más excéntricos. John Sladek escribió en cierta oportuni­dad una parodia de Smith que tituló «One Damned Thing After Another – A Co–ordainer’s Myth» [«Una maldita cosa tras otra – Un mito de Co–ordenador» (religioso)]. En realidad, Nors-trilia es un libro que contiene una maldita cosa tras otra, pero muchas de ellas están vívidamente pintadas y son maravillosa-mente sugestivas.

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La ciudad y las estrellas, de ARTHUR C. CLARKE

ciudadyes«Como una joya brillante, la ciudad yace sobre el pecho del de­sierto. Una vez conoció el cambio y la alteración, pero ahora el Tiempo pasaba de largo. La noche y el día se sucedían a través de la faz del desierto, pero en las calles de Diaspar siempre era de tar­de…» Arthur C. Clarke escribe una clase de ciencia ficción insóli­tamente pura. Muchas novelas de cf, sobre todo las mejores, no siempre son un ejemplo de lo que debería ser una buena historia de ciencia ficción, de acuerdo con el estereotipo común (ambientada en un futuro lejano, con viajes espaciales, seres extra-terrestres y má­quinas maravillosas). La novela de Clarke cumple con esos requisi­tos, y además lo hace de manera brillante. Escrita originalmente en la década del cuarenta como un cuento corto y publicada con el título de «Against the Fall of Night», la versión definitiva apareció en 1956, y dudo de que Clarke haya escrito otra novela mejor que ésta desde entonces. Sus últimas obras incluyen la mundialmente famosa 2001: una odisea espacial (1968), así como la aclamada Cita con Rama (1973) y Fuentes del Paraíso (1979), que no he incluido en mi selección. A mi juicio, aunque son buenas, a su manera, me pa­recen anticuadas, ya que ofrecen más de lo mismo, sólo los placeres de ayer.

La ciudad y las estrellas (The City and the Stars) tiene la sencillez y la armonía de un cuento de hadas. Diaspar es la última ciudad de la Tierra, y lleva ya mil millones de años de existencia. Es autosuficiente, está totalmente aislada, y funciona gracias a una maquina­ria prodigiosa. Los ciudadanos no tienen ombligo, pues han nacido por medios antinaturales. El «modelo» de cada individuo se alma­cena en los bancos de memoria de la ciudad, y todos se reencarnan varias veces, cada tantos milenios. La gente no tiene urgencia por escudriñar, por abandonar Diaspar y enfrentar el interminable de­sierto que cubre el planeta. Tienen al alcance de la mano infinitos entretenimientos: juegos, prácticas sexuales, artes y ciencias. Han sido condicionados para evitar el mundo exterior, y sus leyendas di­cen que alguna vez la humanidad rigió un imperio galáctico, pero que fue obligada a regresar al planeta Tierra por temibles invasores del más allá. Volver a aventurarse en el espacio, e incluso dar un paso fuera de las murallas de la ciudad, sería provocar tontamente la ira de aquellos invasores.

Nuestro héroe, Alvin, es un mutante, el primer individuo com­pletamente nuevo «nacido» en Diaspar después de incon-tables mi­llones de años. Lo obsesiona una inexplicable necesidad de aban­donar la ciudad, y con ese fin explora todas las bocas de aire y cualquier otra vía posible de escape. Desde una alta torre puede di­visar el desierto y las estrellas cuando cae la noche. Es un momento de epifanía. Con la ayuda del ordenador central de la ciudad, des­cubre un sistema ferroviario subterráneo que todavía tiene una línea que funciona. Al fin ha encontrado una salida. El tren auto­mático lo traslada hasta el valle de Lys, un oasis olvidado, habitado por una tribu de bucólicos telépatas, y de ahí finalmente emprende la marcha a las estrellas.

Como es habitual en la ficción de Clarke, la caracterización de los personajes es mínima, y el diálogo embarazosamente pomposo, pero el relato consigue evocar un sentimiento infantil de asombro y maravilla. La investigación de Alvin es arquetípica en la ciencia fic­ción: la ruptura de un mundo cerrado, el descubrimiento de la ver­dadera naturaleza de la realidad; y el retorno con dones traídos de las estrellas que revitalizarán una sociedad estancada. Como El fin de la eternidad, de Asimov, lo mismo que tantas otras novelas de cf anteriores y posteriores, el libro de Clarke termina con una señal de optimismo: «En todas partes las estrellas aún eran jóvenes, la luz de la mañana persistía, y el hombre transitará nuevamente el ca­mino que recorrió una vez».

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Estación de tránsito, de CLIFFORD D. SIMAK

«La región sudoccidental de Wisconsin está limitada por dos ríos, el Mississippi al oeste, y el Wisconsin al norte. Más allá de los ríos hay una amplia llanura con prósperas granjas y ciudades. Pero la tierra que cae hacia el río es áspera y escarpada, con elevadas colinas, ris­cos, profundos barrancos y despeñaderos, y ciertas áreas que for­man bahías o zonas aisladas. Los caminos de alrededor son inade­cuados y las pequeñas y toscas granjas están habitadas por un pueblo que tal vez se encuentra más cerca del tiempo de los pione­ros, cien años atrás, que del siglo XX.» Así describe uno de los perso­najes el escenario de esta novela, la región donde Simak nació y se crió. Es un escenario al cual el autor ha vuelto casi obsesivamente en todas sus obras, al igual que William Faulkner al condado de Yoknapatawpha. Quizá sea un rasgo demasiado provinciano, conser­vador y nostálgico para un escritor de ciencia ficción. Es cierto. Sin embargo, cada vez que Simak recrea el Wisconsin del Sudeste, le otorga características de otro mundo, extraterrestres, y convierte esa región casi salvaje en una encrucijada del cosmos. En ninguna otra obra lo consigue con tanta eficacia como en Estación de tránsito (Way Station).

Es la historia de un legendario ermitaño, Enoch Wallace, de ciento veinticuatro años, veterano de la guerra civil. A finales de la década del sesenta del siglo pasado, hastiado de la guerra, se retiró a la pequeña granja de su padre en Wisconsin. Allí un día se le acercó un extranjero alto y delgaducho, de orejas «demasiado puntiagu­das». El visitante resultó ser un emisario extraterrestre –a quien Enoch bautiza «Ulises»– que busca un lugar apartado, adecuado para instalar una estación galáctica de tránsito. Actualmente, casi un siglo después, Enoch, eternamente joven, todavía vive en su abandonada granja, trabajando como jefe de estación para una ci­vilización interestelar. La casa en que vive es indestructible merced a la tecnología extraterrestre, y está repleta de equipos de telepor­tación. De vez en cuando, alguna criatura ex-traterrestre se mate­rializa allí y utiliza la casa de Enoch como escala en su ruta hacia otro punto de la galaxia. Muchas veces, Enoch comparte comida y café con sus «huéspedes», y éstos le retribuyen con regalos extra­vagantes.

En una ocasión, un viajero extraterrestre murió en tránsito, y Enoch enterró el cuerpo con gran reverencia en la tumba familiar. Un agente del gobierno norteamericano, a quien habían enviado para que investigara la milagrosa longevidad de Enoch, encuentra la tumba, la abre y retira los restos del extraterrestre. Esa acción pone en movimiento la intriga de la novela. Los parientes del extraterrestre se enteran de que el cadáver ha sido trasladado y acusan a Enoch. Ulises, el emisario de la Central Galáctica, le advierte que la estación de tránsito puede ser clausurada. Mientras tanto, Enoch tiene problemas con sus vecinos: una hermosa chica sordomuda es­capa de un padre brutal y Enoch la esconde en la casa. Descubre que la chica tiene dones telepáticos, con lo que activa uno de sus re­galos extraterrestres, una pequeña pirámide de esferas rotativas que hasta entonces había permanecido inerte. Tal vez ese miste­rioso artefacto sea la clave de la armonía galáctica y de la paz en la Tierra.

Parece un fárrago increíble, pero esta lenta y reflexiva histo-ria tiene un considerable encanto. Él medio rural es descrito con au­téntico sentimiento, y el tema de la armonía universal tiene una in­mediatez que no es demasiado empalagosa. El mensaje de la novela parece ser el siguiente: No te muevas y sabrás; simplemente escu­cha las estrellas…

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La muerte de la hierba (JOHN CHRISTOPHER)

La muerte de la hierbaÉsta es otra de las denominadas novelas británicas catastróficas de la escuela de John Wyndham. En realidad, es exactamente eso, aunque más aguda –más perturbadora, más mordaz– que El día de los trífidos o Kraken acecha. Antes de la publicación de esta novela, John Christopher (cuyo nombre real es Christopher Samuel Youd, nacido en 1922) había escrito varios cuentos para revistas de cf bri­tánicas y norteamericanas. Con esta novela se convirtió en un bestseller.

El libro comienza presentándonos a una tranquila familia in­glesa de clase media, la familia Custance. Una de sus ramas es dueña de una granja en un apacible valle de Lake District; la otra, encabezada por John Custance, vive en Londres. Tienen pocos pro­blemas, aunque a veces se preocupan por «los pobres y desgracia­dos chinos», o «Chinks», como les llama John. Hay una hambruna en China, pues las cosechas de arroz han sido destruidas por el nuevo virus Chung–Li, y están muriendo dos millones de personas. Todo esto parece muy lejano, pero John se entera, por un amigo que trabaja para el gobierno, de que el virus ha mutado y se ha ex­pandido. Ahora ataca todos los cultivos, incluso el trigo, la avena, la cebada y el centeno, y ha llegado a Gran Bretaña.

 

– ¡Maldito sea! –exclamó John–. Esto no es China.

–No –dijo Roger–. Esto es un país de cincuenta millones de habitantes y que importa casi todo el alimento que necesita.

–Tendremos que apretarnos los cinturones.

–Un cinturón apretado –dijo Roger– quedaría ridículo en un esqueleto.

 

Al cabo de un año, el mundo entero está afectado, y todos los in­tentos de los científicos para controlar el virus han sido inútiles. A pesar del racionamiento, los británicos tratan de comportarse como si no pasara nada, hasta que John se entera por su amigo de que el ejército está a punto de cercar por completo las grandes ciudades. Sólo un tercio de la población podrá sobrevivir de la co-secha de raíces y de la pesca, y el gobierno ha decidido que los habitantes de las ciudades sean eliminados. John reúne a su familia y emprende con ellos un frenético viaje en coche desde Londres hacia el norte, buscando refugio en la granja de su hermano. Con la ayuda de un armero que se une al grupo, se abren paso a tiros para salir de la ciudad. La civilización inglesa se está derrumbando muy rá­pidamente.

Es una historia tensa y excitante. La mayor parte de la nove­la está dedicada a contar el viaje. El grupo se ve obligado a aban­donar sus coches en Yorkshire y a seguir a pie los últimos ciento cincuenta kilómetros a través del campo. Son testigos de violacio­nes, saqueos y asesinatos. Ellos mismos se ven obligados a robar y a matar para sobrevivir. La moral de la clase media no los había preparado para esa prueba, ni para la necesidad de adoptar a ca­da momento desesperadas decisiones de vida o muerte. Sin em­bargo, siguen adelante. Cuando llegan al valle, el lector no se sorprende de que al grupo de John, ampliado ahora a treinta y cuatro personas, se le niegue la entrada. El apacible valle ha sido aislado del mundo; el hermano de John, David, tiene sus propias bocas que alimentar. Los viajeros deciden tomar la granja por la fuerza, utilizando un camino que sólo John conoce. Durante el enfren–tamiento, David Custance pierde la vida. El valle ha sido conquis­tado y la familia de John está a salvo, pero él se compara amarga­mente con Caín.

No hay grandes deus ex machina, ni remedio para la plaga del vi­rus. El final sólo es feliz en la medida en que los personajes a quie­nes hemos acompañado a lo largo de la novela consiguen alcanzar lo que se proponían. La civilización y el hombre común se han des­vanecido. Se puede acusar a John Christopher de cinismo, pero también podríamos decir que La muerte de la hierba (The Death of Grass) trajo un muy necesitado viento frío de realidad al cómodo vestíbulo de la ficción catastrófica de los años cincuenta.

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Las sirenas de Titán (KURT VONNEGUT)

Irónico, sentimental, absurdo e hilarante, Kurt Vonnegut (nacido en 1922) es hoy uno de los novelistas norteamericanos más leídos. Sin embargo, cuando este libro apareció por primera vez, en edi­ción de bolsillo, pasó casi inadvertido. El autor había publicado una novela, la satírica La Pianola (1952, a mi juicio menos intere­sante que Limbo, de Bernard Wolfe, que apareció el mismo año). Vonnegut encontró su verdadera voz en Las sirenas de Titán (The Si­rens of Titan), el mejor de todos sus trabajos de ciencia ficción. Esta «voz» es de gran valor. Vonnegut escribe en un estilo de hombre asombrado pero lúcido, pretendidamente inocente, de frases bre­ves y párrafos de una sola frase, rimas triviales y a veces garabatos y balbuceos infantiles. No es una voz que les guste a todos –se la ha juzgado demasiado fácil y afectada– pero millones de lectores, so­bre todo jóvenes, han respondido a ella calurosamente.

Las sirenas de Titán es la historia de un astronauta millonario, Winston Niles Rumfoord, que mete su nave espacial en un infundíbulo cronosinclástico (o, en la jerga de la cf, una corriente espacio–tem­poral). Él y su perrito existen ahora como «fenómenos ondulatorios pulsando en apariencia en una espiral distorsionada que empieza en el Sol y termina en Betelgeuse». También pulsan a través del tiempo, y son capaces de ver lo que ha sido alguna vez y lo que será. Es la historia del reverendo Bobby Dentón, evangelista cruzado y contrario a los viajes por el espacio: «¿Queréis volar a través del es­pacio? ¡Dios os ha dado ya la nave espacial más maravillosa de toda la creación! ¡Sí! ¿Velocidad? ¿Queréis velocidad? La nave espacial que Dios os ha dado va a sesenta y seis mil millas por hora … ¡Os ha dado una nave espacial que transportará a miles de millones de hombres, mujeres y niños! ¡Sí! Y no es necesario estar atados a los asientos ni ponerse peceras en la cabeza. ¡No!». Esto recuerda la nave espacial terrestre promovida por el movimiento ecologista en los años setenta.

Es la historia de Malachi Constant,hijo de un multimillonario ignorante que debe el éxito de sus negocios a la Biblia Gideon. Ma­lachi siente que ha de haber algo más en la vida que las intermina-bles fiestas que Hollywood puede ofrecer, y que hay alguna verdad importante acerca del universo que él está destinado a descubrir. Llegado el momento, es incorporado al ejército privado de Winston Rumfoord, en el planeta Marte. Sin ningún recuerdo, y respon­diendo al nombre de «Unk», tiene diversas aventuras en las grutas de Mercurio antes de regresar a la Tierra y convertirse en chivo ex­piatorio e involuntario de la nueva religión de Rumfoord, la Iglesia de Dios el por completo indiferente.

Es también la historia de Salo, un extraterrestre del planeta Tralfamadore, de la Nube Magallánica Menor, a quien Rumfoord encuentra en Titán, una de las lunas de Saturno. Salo ha estado allí durante 200.000 años, aguardando una pieza de repuesto para su platillo volador, le han encomendado una misión: llevar un impor­tante mensaje a través del universo. El texto del mensaje está sellado con plomo y le cuelga del cuello. Cuando se lo lee a Malachi y a Rumfoord, descubren que sólo tiene una palabra: «Saludos».

En resumen, Las sirenas de Titán es una novela muy divertida acerca del Sinsentido de Todo. La totalidad de la historia humana ha sido conducida por los tralfamadorianos con la expresa finalidad de conseguir un repuesto para la nave espacial de Salo. La misión galáctica de Salo consiste simplemente en decir a todo aquel que lo escuche: «Aquí estoy, aquí estoy, aquí estoy». ¿Qué más se puede decir? Dios, si existe, es completamente indiferente a los sufrimien­tos de los seres humanos y de las entidades extraterrestres y la única respuesta posible a un universo tan absurdo es una carcajada.

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