LA INVESTIGACIÓN CRIMINAL Y SUS CONSECUENIAS JURÍDICAS (Ricardo magaz)

Ricardo Magaz

El criminalista leonés Ricardo Magaz presenta nueva obra en la Feria del libro En el marco de la Feria del Libro de León se presenta el próximo martes, 03 de mayo a las 19 horas, el volumen “LA INVESTIGACIÓN CRIMINAL Y SUS CONSECUENIAS JURÍDICAS”, del que es coautor el profesor de Fenomenología Criminal de la UNED Ricardo Magaz. La obra de medio millar de páginas ha sido publicada bajo el sello de Ediciones Dykinson por el Instituto Universitario de Investigación sobre Seguridad Interior de la UNED-Secretaría de Estado de Seguridad, y de la Sociedad Científica Española de Criminología. El libro aborda materias latentes en nuestra sociedad como las formas globalizadas de delincuencia, el narcotráfico, el blanqueo de capitales, la actividad terrorista, el sistema de seguridad español o el régimen penitenciario desde la perspectiva de la incidencia jurídica y coercitiva que toda investigación criminal conlleva. Este volumen viene a sumarse a la veintena de títulos producidos en materia luctuosa, tratadista y de narrativa negra que Ricardo Magaz tiene en las librerías españolas, entre los que cabe destacar “Ora la espada, ora la pluma”, elegido en 2006 Libro del Año en la modalidad de ensayo por la Asociación de la Prensa. Magaz preside actualmente la Sociedad Científica Española de Criminología.

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VATHEK, DE WILLIAM BECKFORD

vathek

Wilde atribuye la siguiente broma a Carlyle: una biografía de Miguel Angel que omitiera toda mención de las obras de Miguel Angel. Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido, y casi infinito, de biografías de un hombre, que destacan hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo. Simplifiquemos desaforadamente una vida: imaginemos que la integran trece mil hechos. Una de las hipotéticas biografías registraría la serie 11 , 22, 33…; otra, la serie 9, 13, 17, 21..; otra, la serie 3, 12, 21, 30, 39… No es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; otra, de los órganos de su cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él; otra, de todos los momentos en que se imaginó las pirámides; otra, de su comercio con la noche y con las auroras. Lo anterior puede parecer meramente quimérico; desgraciadamente, no lo es. Nadie se resigna a escribir la biografía literaria de un escritor, la biografía militar de un soldado; todos prefieren la biografía genealógica, la biografía económica, la biografía psiquiátrica, la biografía quirúrgica, la biografía tipográfica. Setecientas páginas en octavo comprende cierta vida de Poe; el autor, fascinado por los cambios de domicilio, apenas logra rescatar un paréntesis para el Maelstrom y para la cosmogonía de Eureka. Otro ejemplo: esta curiosa revelación del prólogo de una biografía de Bolívar: «En este libro se habla tan escasamente de batallas como en el que el mismo autor escribió sobre Napoleón». La broma de Carlyle predecía nuestra literatura contemporánea: en 1943 lo paradójico es una biografía de Miguel Angel que tolere alguna mención de las obras de Miguel Angel. El examen de una reciente biografía de William Beckford (1760 1844) me dicta las anteriores observaciones. William Beckford, de Fonthill, encarnó un tipo suficientemente trivial de millonario, gran señor, viajero, bibliófilo, constructor de palacios y libertino; Chapman, su biógrafo, desentraña (o procura desentrañar) su vida laberíntica, pero prescinde de un análisis de Vathek, novela a cuyas últimas diez páginas William Beckford debe su gloria. He confrontado varias críticas de Vathek. El prólogo que Mallarmé redactó para su reimpresión de 1876, abunda en observaciones felices (ejemplo: hace notar que la novela principia en la azotea de una torre desde la que se lee el firmamento, para concluir en un subterráneo encantado), pero está escrito en un dialecto etimológico del francés, de ingrata o imposible lectura. Belloc (A Conversation with an Angel, 1928) opina sobre Beckford sin condescender a razones; equipara su prosa a la de Voltaire y lo juzga uno de los hombres más viles de su época, one of the vilest men of his time. Quizá el juicio más lúcido es el de Saintsbury, en el undécimo volumen de la Cambridge History of English Literature. Esencialmente la fábula de Vathek no es compleja. Vathek (Harún Benalmotásim Vatiq Bilá, noveno califa abbasida) erige una torre babilónica para descifrar los planetas. Estos le auguran una sucesión de prodigios, cuyo instrumento será un hombre sin par, que vendrá de una tierra desconocida. Un mercader llega a la capital del imperio: su cara es tan atroz que los guardias que lo conducen ante el califa avanzan con los ojos cerrados. El mercader vende una cimitarra al califa; luego desaparece. Grabados en la hoja hay misteriosos caracteres cambiantes que burlan la curiosidad de Vathek. Un hombre (que luego desaparece también) los descifra; un día significan: Soy la menor maravilla de una región donde todo es maravilloso y digno del mayor príncipe de la tierra; otro: Ay de quien temerariamente aspira a saber lo que debería ignorar. El califa se entrega a las artes mágicas; la voz del mercader, en la oscuridad, le propone abjurar la fe musulmana y adorar los poderes de las tinieblas. Si lo hace, le será franqueado el Alcázar del Fuego Subterráneo. Bajo sus bóvedas podrá contemplar los tesoros que los astros le prometieron, los talismanes que sojuzgan el mundo, las diademas de los sultanes preadamitas y de Suleimán Bendaúd. El ávido califa se rinde; el mercader le exige cuarenta sacrificios humanos. Transcurren muchos años sangrientos; Vathek, negra de abominaciones el alma, llega a una montaña desierta. La tierra se abre; con terror y con esperanza, Vathek baja hasta el fondo del mundo. Una silenciosa y pálida muchedumbre de personas que no se miran erra por las soberbias galerías de un palacio infinito. No le ha mentido el mercader: el Alcázar del Fuego Subterráneo abunda en esplendores y en talismanes, pero también es el Infierno. (En la congénere historia del doctor Fausto, y en las muchas leyendas medievales que la prefiguraron, el Infierno es el castigo del pecador que pacta con los dioses del Mal; en ésta es el castigo y la tentación.) Saintsbury y Andrew Lang declaran o sugieren que la invención del Alcázar del Fuego Subterráneo es la mayor gloria de Beckford. Yo afirmo que se trata del primer Infierno realmente atroz de la literatura . Arriesgo esta paradoja: el más ilustre de los avernos literarios, el dolente regno de la Comedia, no es un lugar atroz; es un lugar en el que ocurren hechos atroces. La distinción es válida. Stevenson (A Chapter on Dreams) refiere que en los sueños de la niñez lo perseguía un matiz abominable del color pardo; Chesterton (The Man who was Thursday, IV) imagina que en los confines occidentales del mundo acaso existe un árbol que ya es más, y menos, que un árbol, y en los confines orientales, algo, una torre, cuya sola arquitectura es malvada. Poe, en el Manuscrito encontrado en una botella, habla de un mar austral donde crece el volumen de la nave como el cuerpo viviente del marinero; Melville dedica muchas páginas de Moby Dick a dilucidar el horror de la blancura insoportable de la ballena… He prodigado ejemplos; quizá hubiera bastado observar que el Infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla. La Divina Comedia es el libro más justificable y más firme de todas las literaturas: Vathek es una mera curiosidad, the perfume and suppliance of a minute; creo, sin embargo, que Vathek pronostica, siquiera de un modo rudimentario, los satánicos esplendores de Thomas de Quincey y de Poe, de Charles Baudelaire y de Huysmans. Hay un intraducible epíteto inglés, el epíteto uncanny, para denotar el horror sobrenatural; ese epiteto (unheimlich en alemán) es aplicable a ciertas páginas de Vathek; que yo recuerde, a ningún otro libro anterior. Chapman indica algunos libros que influyeron en Beckford: la Bibliothéque Orientale, de Barthélemy d’Herbelot; los Quatre Facardins, de Hamilton; La Princesa de Babylone, de Voltaire; las siempre denigradas y admirables Mille et une Nuits, de Galland. Yo complementaría esa lista con las Carceri d’invenzione, de Piranesi; aguafuertes alabadas por Beckford, que representan poderosos palacios, que son también laberintos inextricables. Beckford, en el primer capítulo de Vathek, enumera cinco palacios dedicados a los cinco sentidos; Marino, en el Adone, ya había descrito cinco jardines análogos. Sólo tres días y dos noches del invierno de 1782 requirió William Beckford para redactar la trágica historia de su califa. La escribió en idioma francés; Henley la tradujo al inglés en 1785. El original es infiel a la traducción; Saintsbury observa que el francés del siglo XVIII es menos apto que el inglés para comunicar los «indefinidos horrores» (la frase es de Beckford) de la singularísima historia. La versión inglesa de Henley figura en el volumen 856 de la Everyman’s Library; la editorial Perrin, de París, ha publicado el texto original, revisado y prologado por Mallarmé. Es raro que la laboriosa bibliografía de Chapman ignore esa revisión y ese prólogo.

Jorge Luis Borges

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Vuelo nocturno (Antoine de Saint Exupery)

Vuelo nocturno

Un libro bonito y serio, y sin embargo lo rechazo por razones contrarias por las que lo elogia A. Gide. El bello libro defiende, incluso diviniza, al hombre que es lo suficientemente férreo como para precipitar noche tras noche a personas jóvenes a peligros mortales, al servicio de una sociedad, de una máquina de ganar dinero, a lo sumo al servicio de una divinidad primitiva llamada «técnica» o «progreso». Yo rechazo esas divinidades y considero disparatado hacerles sacrificios, sacrificios humanos, apelando precisamente a las cualidades nobles en el alma de las víctimas, a su valor, su heroísmo, su capacidad de entusiasmo. A. Gide, consecuente con su actitud y su alegría por los hombres férreos, se ha hecho bolchevique, otros siguen otros caminos. Veo que lo hacen en parte por motivos nobles, pero rechazo el engaño hoy como ayer.

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El Gris (Javier Pérez). Cuando la historia es demasiado real.

Acabo de terminar de leer esta novela y he leído incluso algunas críticas en que se compara su punto de vista con el de Bernhard Schlink en algunas de sus obras de la serie de Selb o incluso el lector. Puede haber ciertos paralelismos, pero creo que hay una diferencia importante: en EL GRIS el autor no se esconde para contar cómo cree que fue la época que originó el nazismo, y no parece disculparse por plantear una idea alternativa a la que estamos acostumbrados a leer.

La trama policíaca de la novela es amena, ágil e interesante. Un comisario agobiado de trabajo y complicaciones tiene que buscar a un asesino múltiple que en el fondo no importa a nadie porque el depósito de cadáveres se llena de todos modos con las víctimas de las luchas en las calles, la criminalidad, el hambre y el frío. El comisario, de todos modos, cree que encontrar a este criminal puede marcar un antes y un después en la confianza de la opinión pública en la policía (y también en su propia carrera) y se emplea a fondo para dar con él.

Desde el principio sabemos quién es el asesino y desde el principio sospechamos que esta no va a ser una típica novela de buenos y malos. La confirmación llega cuando en medio de la trama aparecen las luchas políticas de los años veinte, la ruina, la inflación descabellada, el hambre, el frío, los intentos de los comunistas de extender a alemania la revolución soviética y los intentos de los nazis de recuperar el orgullo perdido para sacar adelante el país aunque sea en medio de un baño de sangre. La conformación llega cuando el autor no condena a los comunistas, ni condena a los nazis, ni condena a los acaparadores de mercancías y se limita a mostrarnos a la gente, pidiendo nos en cierto modo que nos pongamos en su lugar para que comprendamos por qué votaron lo que votaron y por qué pasó lo que pasó, sin juicios, sin prejuicios, y sin intentos de disculpa o justificación.

Eso es lo que convierte a EL GRIS es una novela actual, más allá del escenario histórico : el intento de escapar del tópico o de ese civismo en el que todo lo que no está prohibido pensar acaba por ser obligatorio. EL GRIS no hace apología del nazismo, pero ayuda a comprender por que la gente lo siguió. EL GRIS no hace apología de los saqueos, pero ayuda a comprender por qué la gente asaltaba las tindas en medio de la civilizada Europa. EL Gris no te hace simpatizar con Hitler, pero te ayuda a entender por qué la gente le seguía.

La novela tiene algunos defectos en el ritmo, también, posiblemente, en el tipo de lenguaje que se emplea en ocasiones, demasiado alejado de las calles que pretende retratar, pero desde luego es agudísima en el análisis de la época, en la descripción de los personajes y en la reproducción de un ambiente que creemos conocer a través de una acumulación de tópicos que en el fondo nos parecen sospechosos a poco que pensemos en ellos: porque la gente no se vuelve loca de pronto, ni se hace el harakiri un país entero, ni vota, en una locura, a quien sabe que le va a perjudicar.

Lo dicho: una novela entretenida y que hace reflexionar sobre lo que no reflexionamos nunca. La recomiendo.

Juan Luis Aspiazu

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P’U SUNG-LING – EL INVITADO TIGRE

 

EL INVITADO TIGRE

Las Analectas del muy razonable Confucio aconsejan que debemos reverenciar a los seres espirituales, pero inmediatamente agregan que es mejor mantenerlos a distancia. Los mitos del taoísmo y del budismo han mitigado ese milenario dictamen; no habrá un país más supersticioso que el chino. Las vastas novelas realistas que ha producido -el Sueño del Aposento Rojo, sobre el que volveremos- abundan en prodigios, precisamente porque son realistas y lo prodigioso no se juzga imposible, ni siquiera inverosímil. Las historias elegidas para este libro pertenecen en su mayoría al Liao-Chai de P’u Sung-Ling, cuyo apodo literario era el Ultimo Inmortal o Fuente de los Sauces. Datan del siglo XVII. Hemos seguido la versión inglesa de Herbert Allen Giles, publicada en 1880. De P’u Sung-Ling se sabe muy poco, salvo que fue aplazado en el examen del doctorado de letras hacia 1651. A ese afortunado fracaso debemos su entera dedicación al ejercicio de la literatura y, por consiguiente, la redacción del libro que lo haría famoso. En la China, el Liao-Chai ocupa el lugar que en el Occidente ocupa el libro de Las Mil y Una Noches. A diferencia de Edgar Allan Poe y de Hoffmann, P’u Sung-Ling no se maravilla de las maravillas que refiere. Más lícito es pensar en Swift, no sólo por lo fantástico de la fábula, sino por el tono de informe, lacónico e impersonal, y por la intención satírica. Los infiernos de P’u Sung-Ling nos recuerdan a los de Quevedo; son administrativos y opacos. Sus tribunales, sus lictores, sus jueces, sus escribientes son no menos venales y burocráticos que sus prototipos terrestres de cualquier lugar y de cualquier siglo. El lector no debe olvidar que los chinos dado su carácter supersticioso, tienden a leer estos relatos como si leyeran hechos reales ya que para su imaginación, el orden superior es un espejo del inferior, según la expresión de los cabalistas. En el primer momento, el texto corre el albur de parecer ingenuo; luego sentimos el evidente humor y la sátira y la poderosa imaginación que con elementos comunes -un estudiante prepara su examen, una merienda en una colina, un imprudente que se embriaga- trama, sin esfuerzo visible, un orbe tan inestable como el agua y tan cambiante y prodigioso como las nubes. El reino de los sueños o mejor aún, el de las galerías y laberintos de la pesadilla. Los muertos vuelven a la vida, el desconocido que nos visita no tarda en ser un tigre, la niña evidentemente adorable es una piel sobre un demonio de rostro verde. Una escalera se pierde en el firmamento; otra, se hunde en un pozo, que es habitación de verdugos, de magistrados infernales y de maestros. A los relatos de P’u Sung-Ling hemos agregado dos no menos asombrosos que desesperados, que son una parte de la casi infinita novela Sueño del Aposento Rojo. Del autor o de los autores, poco se sabe con certidumbre, ya que en la China las ficciones y el drama son un género subalterno. El Sueño del Aposento Rojo o Hung Lou Meng es la más ilustre y quizá la más populosa de las novelas chinas. Incluye cuatrocientos veintiún personajes, ciento ochenta y nueve mujeres y doscientos treinta y dos varones, cifras que no superan las novelas de Rusia y las sagas de Islandia, que, a primera vista, pueden anonadar al lector. Una traducción completa, que no ha sido intentada aún, exigiría tres mil páginas y un millón de palabras. Data del siglo XVIII y su autor más probable es Tsao-Hsueh-Chin. El sueño de Pao-Yu prefigura aquel capítulo de Lewis Carroll en que Alicia sueña con el Rey Rojo, que está soñándola, salvo que el episodio del Rey Rojo es una fantasía metafísica, y el de Pao-Yu está cargado de tristeza, de desamparo y de la íntima irrealidad de sí mismo. El espejo de viento-luna, cuyo título es una metáfora erótica, es acaso el único momento de la literatura en que se trata con melancolía y no sin cierta dignidad el goce solitario. Nada hay más característico de un país que sus imaginaciones. En sus pocas páginas este libro deja entrever una de las culturas más antiguas del orbe y, a la vez, uno de los más insólitos acercamientos a la ficción fantástica.

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