El Abanico de Lady Windermere, Oscar Wilde

(1892)

Come­dia en 4 actos de O. Wilde.

Lady Windermere está a pun­to de entregarse a lord Darlington, que la corteja, con­vencida de que su marido, del cual está todavía enamo­rada, la traiciona con una cierta señora Erlynne, mujer misteriosa y cautivadora.

En realidad, ésta es la madre, a la que se cree muerta desde hace tiempo, de la propia Lady Windermere, que abandonó a la niña para seguir a un hombre del que estaba enamorada.

Para evitar que su hija caiga en su mismo error, la convence, sin darse a co­nocer, de que debe volver con su marido. Pero, mientras tanto, Lord Windermere descubre, en casa de Darling­ton, un abanico de su mujer: será nuevamente la señora Erlynne quien salve la situación, comprometiéndose a sí misma. Una vez ha devuelto la felicidad a su hija, se ale­jará para siempre sin revelar su identidad.

LLARA, La maldición de las águilas. La fe contra la técnica de Roma

Llara. La maldición de las águilas

Llara. La maldición de las águilas

Cuando aúllan los lobos, una fibra más antigua que la razón se estremece en cada ser humano. Muchos, la mayoría, sienten un escalofrío y buscan el abrigo de la roca, de la manta conocida, de las llamas de la hoguera que  obliga a la oscuridad a retirarse unos pasos. Para estos es la hora del silencio, de esperar la madrugada rogando porque la fiera pase también hoy de largo.

             Pero hay otros, unos pocos, que cuando aúllan los lobos se levantan y responden. Y sin volverse velludos, sin que les crezcan los dientes como afirma la leyenda, pertenecen a la estirpe de los que huelen la sangre.

            Nadie sabe cómo se llega a ser de una clase o de la otra. No hay herencias, ni enseñanzas, ni madres que transmitan a sus hijas el secreto, ni padres que lo enseñen a sus primogénitos en el claro de un bosque.

            Nadie sabe qué bisagra los divide, y sólo hay un modo de distinguirlos: cuando aúllan los lobos, unos tiemblan y otros ríen.

Una novela que empieza así, no puede dejar indiferente a nadie.

Decía Plinio,  hablando de Las Médulas, que “es menos temerario buscar perlas y púrpura en el fondo del mar que sacar oro en estas tierras.

Las minas de las Médulas, al oeste de León, fueron la mayor explotación aurífera romana a cielo abierto.  A día de hoy, quien contempla los restos de aquella explotación sin saber lo que ocurrió, aún se pregunta qué extraña maldición pudo caer sobre aquella tierra, o que gigantes la bombardearon.

Porque hubo una maldición, la del oro, y hubo también algo similar a un bombardeo, aunque no fuese como los que hoy invoca esa palabra en nuestras mentes.

Miles, decenas de miles de trabajadores se esforzaban en el terrible proceso de horadar los montes y de remover las tierras tras el portentoso proceso del ruina montium. Los túneles, excavados en diversos niveles y con las dimensiones y forma apropiadas, eran rellenados violentamente por enormes cantidades de agua para que el aire, comprimido por la presión hidráulica, se convirtiese en un explosivo de efectos devastadores.

Montes enteros reventaban desde dentro en pocos minutos: ese era el explosivo de los romanos y esas fueron las armas que dejaron las espectaculares huellas que aún se pueden contemplar en el paraje de las Médulas, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1997.

Pero el mayor desafío de la ingeniería no era la voladura de los montes, sino el modo de obtener las ingentes cantidades de agua necesarias para ello: centenares de kilómetros de canales para recoger el deshielo de los montes. De montes cercanos y de otros a más de cien kilómetros de distancia.  Incluso hoy sería un desafío para la técnica construir un canal que salvase noventa y dos kilómetros de distancia con un desnivel de seiscientos metros. Poco más de cinco milésimas de desnivel, y en medio de una orografía que aún hoy encarece hasta el extremo cualquier infraestructura. Sin rutas para las materias primas. Sin animales de tiro suficientes. Pero los romanos comenzaron desde cero y lo hicieron.

Y lo hicieron a costa de los habitantes de la región, los viejos astures, que se vieron obligados a trabajar hasta la extenuación en aquellas minas, pagando en fuerza humana los tributos que les impuso el Imperio. Lo hicieron a costa de acabar con la cultura, las costumbres y las formas de vida de los astures, obligados a abandonar sus bien defendidos castros en las alturas para residir en los valles, donde les sería mucho más difícil rebelarse. Lo hicieron pasando por encima de todo y de todos, sin dudar un instante ni preguntarse por un momento siquiera si les asistía algún derecho. Para los romanos, el derecho era algo que se conquistaba por las mentes y las armas. ¿Quién podía poner en duda el suyo, capaces por igual de vencer en la batalla y de vencer en la ingeniería?

Pero los astures no estaban dispuestos a dejarse dominar, fuesen cuales fueran las dificultades. De revuelta en revuelta y de derrota en derrota, siguieron resistiendo durante siglos el poder romano. Cuando los desterraron a las Galias como esclavos, se rebelaron en las Galias contra sus amos y volvieron  hasta su tierra con las armas en la mano para enfrentarse de nuevo a los romanos, que entendieron que con aquella gente podrían tener oro, pero nunca paz.

De una de esas revueltas, y de la eterna maldición de los que siguen luchando en las guerras perdidas es de lo que habla LLARA, LA MALDICIÓN DE LAS ÁGUILAS.

Una mujer, poco más que una niña, entregada por su familia al prefecto romano como concubina, se revuelve un día contra su amo, huye al monte y busca a los hombres libres, a los que han tenido que regresar a la caza como actividad de supervivencia para no tener que  morir en las minas. Hay algo en ella que la distingue del resto: quizás el deseo de libertad o quizás el rencor de la que esperaba amor y recibió una burla. Hay algo implacable duro, tal vez siniestro, en su determinación de cobrarse venganza contra el hombre que la despreció y contra el Imperio entero. Quizás el conocimiento de que ya no pertenece a ningún mundo, ni al de los astures, que abandonó demasiado niña, ni al de los romanos, que se niega a asimilar. Y así Llara se convierte en una especie de reina cazadora. ¿A dónde van los desesperados? Van a ti, le dicen.  Y aprende la lección. Y se hace fuerte en ella. Y reúne a su alrededor a todos los que entienden que no importa si la causa es justa o no, si se gana o si se pierde: importa sólo luchar.

Y ahí se divide su mundo, entre los que creen, entre las visiones que producen los brebajes de los druidas y esas otras visiones, las de los ingenieros romanos, que veían el mundo dominado por la inteligencia humana.

Llara no pretende vencer: los astures nunca estuvieron tan locos como para aspirar a derrotar al Imperio. No quiere imponer condiciones, no lucha por mejorar las vidas de los que se extenúan removiendo tierra. Sólo quiere enseñar a los romanos que nada es gratis, que no hay ofensa sin castigo, que no se puede amara a una mujer por ser salvaje y pretender al mismo tiempo convertirla en sumisa y que no se puede hacer esclavo al pueblo que sabe morir.

Pero la lucha es algo más que el enfrentamiento entre la máquina militar de Roma y las guerrillas locales, conocedoras del terreno: es un enfrentamiento entre dos modos de ver el mundo, entre la técnica y el conocimiento de la naturaleza, entre la ingeniería y la confianza en los elementos. Cada cual tiene su fe: unos creen en el poder de la inteligencia y otros en el del corazón, unos en dominar la tierra y otros en vivir como parte de ella.

Oro, sangre, amor, guerra y una auténtica maldición que todos conocemos, se reúnen en la magia de esta novela. Una de las mejores sobre la época romana que he leído.

No se la pierdan.

Julia Manso

 

PARA LEER EL PRIMER CAPÍTULO

 

LA SEÑORA CORNELIA, una novela poco ejemplar de Cervantes

«Novela ejem­plar» del autor español Miguel de Cervan­tes Saavedra (1547-1616), que figura en la edición de Novelas ejemplares… (Madrid, 1613) con el título Novela de la Señora Cornelia.

La acción se desarrolla en la ciudad de Bolonia, donde se encuentran cursando estudios los caballeros españoles don Antonio de Ysunca y don Juan de Gamboa. Una noche les acontece a ambos, por separado, una extraordinaria aventu­ra: a don Juan le llaman desde una puerta y le entregan misteriosamente un niño re­cién nacido, aderezado con riquísimos pa­ñales, que él lleva a su casa y entrega al ama para que lo cuide. Al salir de nuevo en busca de su compañero don Antonio, se encuentra con una reyerta en plena calle y él interviene en ayuda de un caballero que lucha sola, contra numerosos enemigos; gracias a la ayuda del español, éstos huyen y el italiano, agradecido, aunque sin decla­rarle su nombre, le hace entrega de su Hombrero, por cuya cintilla de diamantes deduce que se debe tratar de un señor muy principal.

Don Antonio, por su parte, se encuentra con una dama que le pide pro­tección, a quien también conduce a su casa. La dama resulta ser una de las más hermosas de la ciudad, doña Cornelia Bentlbolli, que al darse a conocer a los dos españoles y descubrir su rostro, mostró «en él el mismo de la luna, quando más her­moso y más claro se muestra; llovíanle lí­quidas perlas de los ojos, y limpiábaselas con un lienzo blanquísimo, y con unas manos tales, que entre ellas y el liengo fuera de buen juyeio el que supiera dife­renciar la blancura».

A pesar de la vigi­lancia a que la tenía sometida su her­mano Lorenco — les explica ella —, el du­que de Ferrara, Alfonso de Este, la sedujo bajo palabra de matrimonio. Aquel mismo día había tenido lugar una riña entre Lo- rengo y el ofensor de Cornelia, cuando « ite iba a buscarla para hacerla su esposa, riña en la que participó don Juan en fa­vor del duque. Doña Cornelia, entretanto, •aperaba en casa de una prima suya, donde Lie había refugiado para disimular su ver­gonzoso estado y dio a luz a un niño que debia ser entregado a Fabio, criado del duque, y que por equivocación lo fue a don Juan; al oír el ruido de la reyerta, ella huye de la casa y tiene lugar su encuentro con don Antonio. Lorenzo, que ignora que su hermana se halle en casa de los caba­lleros españoles, pide a éstos que le acompañen para entrevistarse .con el duque de Ferrara. Camino de esta ciudad, encuen­tran al duque, que reconoce, gracias al Sombrero, en don Juan al que vino en su ayuda la noche de la pelea.

Tiene lugar la reconciliación de todos v el duonp Ha na- labra a Lorengo de que se casará con su hermana, y que si hasta ahora no lo ha hecho ha sido porque no quería contrave­nir el deseo de su vieja madre, que se obs­tinaba en casarle con una dama de alta condición. Don Juan y don Antonio dan noticia del paradero de Cornelia y del niño y los conducen a todos a su casa. Pero al llegar allí, se encuentran que el ama se ha llevado consigo a Cornelia y al niño. De regreso a Ferrara, el duque pasa por una aldea donde hay un párroco amigo suyo y allí encuentra a Cornelia y el niño, don­de el ama los había escondido, por temor a la represalia de Lorengo. En presencia y a placer de todos tienen lugar las bodas del duque con Cornelia. Según algunos críticos esta «novela ejemplar» pertenece al grupo de novelas italianizantes e idea­listas, por el tema, la localización de las aventuras y la mezcla constante de accio­nes caballerescas y . de cortesanía que en ella concurren. Otros, en cambio, creen que es obra de la última década cervanti­na, cuando el autor se preocupaba más por el conflicto que por la verosimilitud lite­raria.

Ciertamente se advierte en ella, por encima de la jugosidad del lenguaje, un afán excesivo de embrollar la acción y de complicarla con el solo fin de lucir la habilidad de saber conducirla a buen fin.

Pero Cervantes aquí se excede en las «ca­sualidades», alguna de las cuales, como el cambio de actitud de Lorenzo respecto al duque de Ferrara o el acudir precisamente a solicitar la ayuda de los dos españoles — simplemente porque son españoles, sin conocerles ni saber que están mezclados en la acción—, no se pueden justificar de ninguna manera.

Violín negro en orquesta Roja: el miedo es un tigre suelto

portadaviolin

Violín negro en orquesta roja

Las sociedades que se basan en el miedo no pueden funcionar. Cuando la población vive asustada, por el temor a que pasen a buscarlo por su casa o por el temor de quedarse mañana sin trabajo, deja de pensar con claridad y desaparecen los lazos que unen a los vecinos.

Mientras tanto, el poder, que desata ese miedo, se erosiona también aunque no lo crea, porque a medida que el terror aumenta se vuelve cada día más difícil conocer la realidad, porque todo el mundo le dice al poder sólo que quiere oír.

Desatar el miedo es, por tanto, como desatar un tigre: aterrorizas a tus vecinos, pero quien lo desata nunca puede estar seguro de que conseguirá atarlo de nuevo o de si mantiene o no su control sobre la fiera.

Esa es la idea que recorre permanentemente las páginas de Violín negro en Orquesta Roja, una novela de espías al viejo estilo en la que se trata de desentrañar qué sucedió durante la Gran Purga de Stalin y si de veras, en algún momento, alguien preparó un Golpe de Estado contra Stalin.

Pero eso no sólo es un asunto interno ruso, sino que tiene consecuencias para todo el mundo: para los checos, que deben descuidar de qué lado se ponen, para la izquierda francesa, que ha llegado al poder aupada por la gran ola obrera, para la alemania nazi, que podría estar detrás del asunto, para los viejos zaristas derrotados, que buscan en París su redención o su regreso a la patria, y sobre todo para los españoles, que en medio de su guerra civil  esperan que Europa decida a quién apoya.

Pero Europa sólo decide que la guerra española debe ser larga, muy larga. Los alemanes quieren ganar tiempo, los rusos quieren ganar tiempo, y mientras los españoles se matan, todo el mundo está contento, o al menos, sigue con sus verdaderos problemas sin miedo a que todo salte repentinamente por los aires.

Aunque la novela aborde hecho políticos de primera magnitud, la trama de la novela es profundamente humana, un poco al estilo de Graham Greene.

Y ahí tenemos que volver al tigre: Cuando surgen las primeras sospechas de que algo raro se mueve en las filas del ejército ruso y del NKVD (el servicio secreto) , los dirigentes soviéticos involucrados dejan de confiar en loa órganos del partido y se buscan, cada cual, un modo de averiguar qué está sucediendo.

A uno de ellos, Molotov, se le ocurre sacar de Siberia a un viejo comisario del zar, un hombre cansado y roto, y devolverle sus poderes de comisario para que averigüe qué diablos está sucediendo.

Y ahí comienza la epopeya del viejo comisario, que por una parte no quiere regresar a Siberia y por otra conserva el rencor a quienes lo han tenido tanto años encerrado. Conserva a veces la agudeza, y otras se ve atrapado por el miedo que todo lo domina, pero a medida que profundiza en la nueva sociedad rusa se da cuenta de que ya nada es como él lo recordaba o que, quizás, todo sigue en el fondo igual que con los zares….

Es el momento de decidir si se trata de recuperar la vida perdida o de buscar algún tipo de revancha, el que sea…

Insisto: una grandiosa novela de espías llenas de datos de una época poco conocida. Me encantó.

 

Julia Manso.

Talco y bronce (Montero Glez)

Talco y bronce.

Talco y bronce.

Hay por ahí gente que escribe porque les enseñaron de pequeños y les da pena dejar perder todo ese esfuerzo de sus padres y maestros. Otros se hicieron escritores porque las plazas de funcionario del servicio de aguas en el ayuntamiento de su pueblo estaban cubiertas y el negocio de churrero no se les daba bien del todo. Otros, los menos, acabaron de escritores como se acaba de calvo, de bajito o de narizotas: porque tenían un gen que les abocaba a ello y no les quedó más remedio. De estos últimos es Montero Glez, de los que antes se les llamaba escritores de raza, y ahora, en estos tiempos de pichaflojas, se les insulta calificándolos de vocacionales. Y tener raza es distinto que tener vocación, carajo… Pero ya hablaremos otro día de eso.

No es la primera novela que leo de Montero Glez. Tampoco las he leído todas, esa es la verdad, pero después de Sed de Champán y Pólvora Negra, dos obras absolutamente brillantes, sobre todo por la sensación que dejan, esperaba encontrarme el desgarro que siempre produce el choque entre la verdad, y la conveniencia, la ética y la estética, y sobre todo, lo que decimos desear y lo que realmente deseamos. Y no me falló: eso fue lo que encontré, en personajes que en nada se parecen a los frankensteins de las fórmulas editoriales, en escenarios a veces a media luz, a veces a oscuras, pero nunca artificialmente crepusculares. Los personajes de Montero Glez pueden ser putas o delincuentes, peor nunca niños guays ni vampiros adolescentes con pasaporte yanky.

¿Es una novela negra Talco y Bronce? Por supuesto. Lo es por su temática, por su ambiente, por el carácter de su u personajes y por la implacable mecánica que los genera y los tritura. Perop también es una novela social, y una novela psicológica, y por eso puede llegar a un público más amplio que los amantes del relato criminal. Talco y Bronce es una novela sobre lo que fuimos y sobre lo que deseamos, obre lo que se cocinó dentro del huevo y de la ninfa antes de la metamorfosis de aquella España franquista que terminó siendo más libre, pero nunca más valiente, que acabó siendo más rica, pero nunca menos miserable.

Montero Glez lo ha sabido ver y lo ha sabido transmitir. Ahora que se nos ha muerto Alvite, no conozco a muchos más que sepan.

Talco y bronce. No se la pierdan.