LAS ESTACIONES DEL HORROR

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Saul Friedländer, El Tercer Reich y los judíos. Los años de persecución (1933-1939).
Traducción de Ana Herrera,
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2009, 609 págs.

Saul Friedländer, El Tercer Reich y los judíos. Los años de exterminio (1939-1945).
Traducción de Ana Herrera,
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2009, 1136 págs.

por Anna Rossell
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Lejos de proponerse lo imposible: encontrar explicación racional a la fobia obsesiva de los nazis hacia los judíos, que condujo a su progresivo acorralamiento hasta la asfixia y culminó en los campos de exterminio, Saul Friedländer (Praga, 1932) plantea su estudio con la intención lúcida y realista de acercarse a la mecánica de su funcionamiento y a las razones –ahora sí- que determinaron las decisiones políticas en cada momento. El reconocido historiador y ensayista de ascendencia judía, especialista en la historia del nacionalsocialismo y del Holocausto, aborda en estos dos volúmenes la que es probablemente su obra magna y, a pesar de su extensión, el compendio de su legado: una visión panorámica de los acontecimientos de 1933 a 1945. Con exhaustiva prolijidad de notas –las del primer volumen abarcan de la página 453 a la 609; las del segundo, de la 861 a la 1136-, que sin embargo no entorpecen la lectura y remiten a la ingente documentación y bibliografía manejadas, Friedländer desgrana en el primer volumen, Los años de persecución (1933-1939), las etapas del acoso a los judíos desde los inicios de su gestación como eje primordial del ideario nacionalsocialista, mucho antes de la ascensión de los nazis al poder. Atento a la objetividad que exige la buena investigación histórica y con la intención de subrayar la materia humana de que está hecha, el autor combina la descripción general y distante de los hechos con la más concreta y cercana de episodios biográficos individuales, que sirven de ilustración a sus conclusiones, con nombres y apellidos. En su recorrido Friedländer coloca el énfasis en las relaciones entre nazis y conservadores, en la toma de decisiones de Hitler, la política de emigración forzosa, las expropiaciones, las leyes de Núremberg de 1935, la oleada de agresiones de la Noche de los cristales rotos, la eutanasia por ley de los enfermos con malformaciones o impedimentos hereditarios, el comportamiento del pueblo alemán ante la violencia ejercida, la participación de los intelectuales y el papel de las Iglesias católica y evangélica. El historiador ilumina especialmente los momentos en que, por razones de estrategia política interior o exterior y para evitar represalias económicas, Hitler dosificaba escrupulosamente las medidas contra los judíos. Este rasgo sumado al planteamiento de su paranoia como cruzada contra la amenaza universal judeo-bolchevique, su implicación directa en las decisiones -cuyo peso el autor considera mayor del que en ocasiones se le ha otorgado-, el cariz pseudoreligioso que adoptó su fobia a los judíos -cuya necesaria desaparición planteó como una alternativa radical de supervivencia para la nación germana y la raza aria, que califica de “antisemitismo redentor”, así como su muy temprana alusión a la utilización de términos como “eliminación” o “exterminio”-, dibujan un personaje que combinaba su obcecado odio con la lucidez del cálculo estrictamente planificado. El autor hace especial hincapié en la responsabilidad de las Iglesias cristianas, de las Universidades y del pueblo llano. Después de recorrer casos aislados de valentía, Friedländer se detiene en la resistencia ofrecida por la Liga de Emergencia de Pastores que derivó en la Iglesia de la Confesión, subrayando sin embargo la ambivalencia de su posición, que hacía hincapié en la defensa exclusiva de los judíos conversos, posición que adoptó también la Iglesia católica, fiel a su antijudaísmo tradicional. Insiste Friedländer en distinguir entre las salvajes agresiones de las SS y el comportamiento de la gente común, de quien afirma que, aunque pasiva en su mayoría, no manifestaba especial rechazo hacia los judíos, aportando numerosos ejemplos de quejas de amplios grupos de comerciantes contra la prohibición de negociar con ellos. Peor paradas salen las Universidades, que sorprendentemente cerraron filas casi sin fisuras para secundar la política nacionalsocialista hasta con iniciativas propias.
Un lugar destacado ocupa la política de emigración forzosa, su negociación con las potencias occidentales, así como la conformidad de los sionistas y ortodoxos judíos con la política de pureza racial, que ellos mismos defendían para sí. Muy acertado y esclarecedor resulta el extenso capítulo que el autor dedica a estudiar la situación de los judíos y el antijudaísmo en la misma época en los países europeos vecinos de gobiernos democráticos, así como en los años de la República de Weimar en la propia alemania, lo cual pone de manifiesto el caldo de cultivo común más allá de las fronteras alemanas. Esta tesis de un antisemitismo cultural arraigado en Europa mucho antes del nacionalsocialismo va tomando cuerpo frente a la de la razón económica, que Friedländer apenas considera, y se confirma en el segundo volumen, Los años de exterminio (1939-1945), en el que el autor estudia, país por país, la fácil implantación de las políticas nazis en los territorios ocupados gracias al colaboracionismo local, a veces más obcecadamente antijudío aun. Subrayando los momentos de inflexión del holocausto el libro se divide en tres partes: desde principios de la guerra en otoño de 1939 hasta el ataque a la Unión Soviética en verano de 1941, los asesinatos sistemáticos masivos a partir del verano de 1941, sobre todo en los países del este, y la shoah a partir del verano de 1942 hasta la primavera de 1945. Sin olvidar los casos individuales o de grupos minoritarios de oposición a las medidas nazis contra los judíos, Friedländer muestra la diversidad de fuerzas que acabaron haciendo posible el horror como una obra coral que, si bien dirigida por los nazis alemanes, no se explica por su única actuación. Como hiciera ya en el primer volumen, también en el segundo el autor hace hincapié en la culpable actitud de los mandatarios de las Iglesias cristianas como líderes de la actuación de sus fieles, incluido Pío XII. Fiel en todo momento a la objetividad, Friedländer no excluye de su estudio la reacción de los propios judíos, que, sobre todo en Francia reivindicaron sus derechos como autóctonos ante los recién llegados, el papel en ocasiones ambiguo de los consejos judíos y el desarrollo de una economía y de relaciones cómplices en los guetos. No queda exenta de culpa la gente común, que según muestra el autor sabía de los hechos más de lo que a menudo se ha pretendido.
Friedländer sitúa la toma de decisión de la Solución Final en el último trimestre de 1941 coincidiendo con la marcha negativa de la guerra y la entrada de los EEUU en ella, momento en que los judíos habrían perdido la función de rehenes para evitar la intervención norteamericana. A partir de aquí dos acontecimientos pudieron haber contribuido a acelerarla: el atentado contra la exposición antisoviética el 18 de mayo de 1942 por parte del grupo procomunista “Herbert Baum” –en el imaginario de Hitler la eliminación de los judíos aseguraría que no se repitiesen las actividades revolucionarias de 1917-1918- y el atentado contra Heydrich con resultado de muerte por parte de comandos checos, que derivó en la destrucción de la población de Lidice junto a Praga al sospechar que ocultaba a sus autores.
También aquí Friedländer conjuga la abstracción de los fríos datos históricos con el acercamiento a las vivencias personales de individuos concretos otorgando así el lugar de preferencia a los verdaderos protagonistas. A través de las citas que adecuadamente va intercalando de diarios y cartas de una amplia gama de víctimas de diferente edad y condición, el autor consigue una obra que, siendo altamente especializada, mantiene constantemente viva la conciencia del verdadero horror.
Del mismo autor se han publicado en España: ¿Por qué el Holocausto? Historia de una psicosis colectiva, Barcelona, Gedisa, 2004 y Pío XII y el Tercer Reich, Barcelona, Península, 2007.

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MATERNIDADES FRUSTRADAS

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Julia Franck, La mujer del mediodía.
Traducción de Belén Santana,
Tusquets, Barcelona, 2009, 432 págs.

por Anna Rossell
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Inspirándose en una leyenda de Lausitz (al sur de Brandeburgo), cuya protagonista es una misteriosa figura femenina armada de una guadaña, Julia Franck (Berlín, 1970) da título a su última novela, La mujer del mediodía, con el que pretende remitir al maleficio que aquella fábula contiene: la mujer, que se aparece al mediodía, amenaza con condenar a la gente a la locura y a la muerte si no es capaz de contar, durante una hora, historias sobre el trabajo del lino. El libro de Franck, como sucede con casi toda la narrativa alemana del pasado siglo y hasta hoy, da cuenta de la historia de alemania. Si bien basada en la biografía del padre de la autora, a través de la biografía ficticia de corte realista de Martha y Helene, hijas de padre alemán y madre judía, en la pequeña localidad de Bautzen (noreste de Sajonia), la autora traza un amplio recorrido que abarca desde poco antes de la Primera Guerra Mundial hasta los años cincuenta. Acompañando a las dos hermanas desde su desgraciada infancia en su ciudad natal de provincias hasta su juventud en Berlín y la edad madura en Stettin, asistimos a los avatares históricos del país germano: la hostilidad hacia los judíos, la grave crisis económica consecuencia de la Gran Guerra y el crac del veintinueve, el esnobismo y la decadencia de ciertos ambientes berlineses, el renovado acoso y la persecución -ahora nacionalsocialista- de los judíos, los delirios de grandeza imperialista nazi, las penalidades de la gente sencilla en la guerra y las violaciones del ejército soviético a su entrada en la capital del país ya derrotado. Sin embargo no es la historia el tema sobre el que trabaja Franck en primera línea. Siguiendo una ancestral tradición literaria ya iniciada en la misma Biblia con Moisés y continuada en la literatura alemana en el siglo XIX, a la autora le interesa indagar sobre las causas que pueden llevar a una mujer sensible a abandonar a su hijo. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Helene, la protagonista, con el pretexto de mudanza, se deshace de su hijo en la estación de Scheune, cerca de Stettin. Así comienza la novela en el prólogo introductorio, que presenta los hechos, y se adentra a continuación en la explicación de las causas –a modo de justificación- dando marcha atrás en el tiempo. Helene, una niña intelectualmente inquieta que sueña con estudiar medicina, ve frustrado su anhelo, víctima de la época en que le ha tocado en suerte vivir. A Helene le ha faltado el amor de una madre, que desatiende a sus hijas, sumida en un delirio rayano en la locura a causa de la muerte de sus dos hijos varones al nacer y del rechazo social al que se ve sometida. Muy pronto huérfana de padre, que regresa lisiado a casa de la Primera Guerra Mundial sólo para morir, ella y su hermana dejan a la madre al cargo de una sirvienta y marchan a Berlín donde se prometen mayores oportunidades. Allí Helene conocerá a Carl a quien amará profundamente y con quien se promete. El accidente mortal que sufre su prometido es el desencadenante de un cambio radical en la vida de Helene, que a partir de este momento sólo vive ausente, como una autómata. Un nuevo pretendiente, Wilhelm, ingeniero en la construcción de las autopistas hitlerianas y fanático del Tercer Reich, lleva a Helene a un matrimonio de inercia, que fracasa ya la misma noche de bodas. Franck dibuja el eje temático de su novela a partir del leitmotiv del abandono madre-hijo y el desamor, que no se agota en la acción de su protagonista hacia su hijo, sino que ya comienza en la carencia de amor hacia ella por parte de su propia madre y que acaba en el desentendimiento de Peter, el hijo de Helene, hacia ella al terminar la historia. La autora insinúa una cadena de causas y efectos derivados de situaciones extremas, que conducen a comportamientos supuestamente execrables. La temática parece responder a la intención de reaccionar a la marea de noticias de maltrato infantil por parte de sus madres que invaden desde hace tiempo los periódicos alemanes, o al menos de suscitar una polémica a fondo sobre el tema. La novela, Premio de los Libreros Alemanes 2007, pierde el norte narrativo en la primera parte, gana sin embargo mucho en calidad en la segunda, gracias a la minuciosa y lograda descripción del matrimonio Wilhelm-Helene, una pintura precisa y llena de matices de un prepotente nazi y una mujer de voluntad debilitada. Las irregularidades estilísticas, también de la primera parte, de que se ha hecho eco un amplio sector de la crítica alemana, pasan desapercibidas en la traducción de Belén Santana, que sabe trasladar el texto con acierto literario y fluidez. De la misma autora se han traducido a las lenguas de nuestro país Lagerfeuer (Zona de tránsito –2007-) y La mujer del mediodía, esta última también en catalán.

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BERLÍN BAJO EL TERROR NAZI

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Sol a Berlín (Solo en Berlín)
Hans Fallada
Traducción al catalán de Ramon Monton
Edicions de 1984, Barcelona, 2011, 695 págs.

por Anna Rossell
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Hans Fallada (Greifswald, Alemania, 1893 – Berlín, 1947), seudónimo de Rudolf Wilhelm Friedrich Ditzen, autor de la denominada “emigración interior”, no sufrió la prohibición de publicar bajo el nacionalsocialismo, a pesar de no pertenecer a la Cámara de Escritores del Reich. Después del fracaso de sus dos primeras novelas se abrió camino a principios de los años treinta con Bauern, Bonzen und Bomben (Campesinos, caciques y bombas) y sobre todo con Kleiner Mann, was nun? (Pequeño hombre: ¿y ahora qué?, I ara què, homenet?), con la que logró reconocimiento internacional, pero supo mantenerse a flote y seguir publicando a base de literatura trivial, evitando el compromiso. Nunca formó parte de ningún movimiento clandestino de resistencia contra Hitler y, sin embargo, Sol a Berlín, versión catalana de Jeder stirbt für sich allein, es un memorable monumento a la resistencia personal contra un terror, que degradó al ser humano potenciando lo más infame y abominable de su naturaleza. Fallada, escritor prolífico cuya obra se encuadra en la Nueva Objetividad, consigue en ésta, su última novela, legarnos un auténtico documento de la vida cotidiana de la gente sencilla en el Berlín de principios de los años cuarenta del siglo XX.
Basándose en actas procesales de la época y respondiendo a la propuesta en 1945 del que más tarde fuera ministro de cultura de la RDA, Johannes R. Becher -cofundador del Kulturbund zur Demokratischen Erneuerung Deutschlands (Asociación Cultural para la Renovación Democrática de Alemania) y de la editorial Aufbau, que publicó la novela en Alemania-, Fallada redacta, en menos de cuatro semanas, ochocientas cincuenta páginas manuscritas que constituyen, por su realismo y su temática, una crónica del día a día berlinés en los años en que el monstruo nacionalsocialista había logrado convertir Alemania en una sociedad de espías espiados, dominada por el pánico a la delación ante cualquier sospecha. Fallada construye magistralmente una trama que nos permite conocer por dentro y desde los entresijos de las miserias humanas el funcionamiento de la maquinaria nazi. A partir de la historia de un matrimonio humilde fiel a las consignas del momento, al que la muerte en el frente de un ser querido devuelve la lucidez, y de otros expedientes reales de la GESTAPO, el autor desgrana una galería de personajes y ambientes diferenciados que conforman el escenario habitual del Berlín de la época. Fallada nos sumerge en la tensa atmósfera de una ciudad dominada por el miedo y hace anatomía del alma humana de la que presenta una lograda gama de matices: el sufrimiento, el temor, la heroicidad, la crueldad, la bajeza. En este sentido el libro constituye un documento histórico impagable, tanto más cuanto que no abundan las novelas que traten la cotidianidad nacionalsocialista. Fallada no idealiza, sus caracteres adquieren a nuestros ojos enorme verosimilitud y, si bien sus personajes preferidos son gente sencilla, no por ello deja de ser objetiva su mirada, al contrario, el autor aborda su descripción con la crudeza a la que obliga el realismo sin obviar los bajos fondos ni la peor depravación. Especialmente logrados son los capítulos en los que Fallada desgrana el sufrimiento físico y psicológico de los reos a la espera de su ejecución. La edición tiene el valor añadido de publicar el texto completo, sin los recortes que sufriera en su día por razones políticas en la RDA, donde vio la luz en 1947 (no gustó la mirada poco amable del autor hacia una pequeña célula de resistencia comunista o que la protagonista hubiera sido seguidora de Hitler). El libro va acompañado de un apéndice, en el que Fallada da cuenta de la gestación del manuscrito, de un glosario de nombres y siglas nacionalsocialistas a los que alude el texto y de un epílogo de Almut Giesecke, relativo a la historia de la edición de la novela.
Además de Pequeño hombre: ¿y ahora qué?, también en versión catalana, y de la novela objeto de esta reseña, en España se han publicado Demasiado íntimo; El hermanito; Un hidalgo de Pomerania; Historia de la chiquillería; Lobo entre lobos; La onza de oro; Pequeño hombre, grande hombre y vuelta a empezar; entre los que destaca, con distancia, Sol a Berlín.
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El escritor alemán Hans Fallada

ENTRE LA HISTORIA DE AMOR Y LA CRÓNICA

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Hans Fallada, Pequeño hombre, ¿y ahora qué?
Trad. de Rosa Pilar Blanco,
Maeva, Barcelona, 2009, 351 págs.

por Anna Rossell
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“Lo más importante es lo que observamos”, escribía Joseph Roth en el prefacio a su novela Fuga sin fin (1927). Con estas palabras proclamaba su adscripción a la Nueva Objetividad, al tiempo que resumía las intenciones de la tendencia literaria en boga. La literatura alemana de los años veinte recupera la sobriedad estilística, la observación distante, el espíritu de crítica social que había caracterizado la vieja objetividad, el realismo. El narrador se erige en cronista. En esta línea se inscribe el trabajo literario de Hans Fallada, pseudónimo de Rudolf Wilhelm Friedrich Ditzen (Greifswald, 21-7-1893 / Berlín, 5-2-1947), cuya obra más lograda es Pequeño hombre, ¿y ahora qué?. Publicado en 1932, el libro catapultó a su autor a la fama más allá de las fronteras de su país. Su clamoroso éxito –se tradujo a más de veinte lenguas y existen cuatro versiones distintas para el cine y la televisión- se explica por razones no exclusivamente literarias: reúne todos los ingredientes del revulsivo catártico que sin duda significó para el gran público en el momento de su aparición, cuando las consecuencias de la gran crisis económica de 1929 causaban estragos y se cebaban en la población más desfavorecida. Situada a principios de los años treinta, la novela se hace eco de la significativa monografía de Siegfried Kracauer, Los empleados del comercio (1930), a partir de la relación de una joven pareja, Hans Pinneberg y Emma Mörschel, de cuya historia se sirve el autor para dar cuenta del rápido deterioro de la realidad social y política y sus concretas trágicas repercusiones en la vida del ciudadano de a pie. Con la ternura amorosa que se profesan los dos personajes centrales y la minuciosa observación de los ambientes Fallada sabe ganarse a una clase media de asalariados, que simpatiza de inmediato con los protagonistas y encuentra en el realismo de las situaciones descritas un escenario perfecto para la identificación. En torno a la vida de la pareja la narración refleja fielmente -siguiendo el estudio sociológico de Kracauer- los rasgos característicos de aquella aciaga época: el vertiginoso incremento del paro, el rápido desclasamiento de los empleados de cuello blanco, el creciente antagonismo entre estos y los obreros industriales, la animadversión contra los judíos, la decidida pujanza del nacionalsocialismo, todo ello en los contrastados ambientes de una ciudad de provincias y la gran urbe de Berlín, incluido el paso por la nueva industria del ocio de las masas. Sin embargo, como acostumbra a suceder con las obras exitosas, la novela adolece de una descompensación entre lo que sirve a la estricta crónica social -sin duda la primera intención del autor- y el tributo al populismo pequeñoburgués. Pesa más el plato de este último, por lo que el tiempo invertido en la descripción de la primera etapa de la vida del joven matrimonio ocupa un espacio que no se corresponde con el objetivo crítico y obliga por consiguiente, hacia el final, a un desmoronamiento demasiado abrupto. Dividida en cuatro partes –Los despreocupados (Preludio), Una ciudad pequeña (Primera parte), Berlín (Segunda parte) y La vida sigue (Epílogo)- la obra parece responder a la estructura de una pieza teatral clásica, con sus respectivos momentos de planteamiento, nudo y desenlace, una impresión que se mantiene también estilísticamente en todo el recorrido de la novela, donde predominan los diálogos directos y la voz narradora se limita casi siempre a lo absolutamente indispensable y asemeja una acotación teatral. El interés por granjearse la simpatía del lector medio produce algunos momentos rayanos en el kitsch: “Y la consoló y la tranquilizó, y enjugó sus lágrimas, y empezaron a besarse despacio mientras oscurecía y caía la noche…”, así como un final feliz absolutamente inesperado e incoherente con el dramático epílogo que, consiguientemente, debería abocar a la tragedia: “Y de repente el frío se desvanece, una ola verde, de infinita suavidad, la levanta y a él con ella. Se deslizan hacia arriba, las estrellas titilan muy cerca.
-¡Puedes mirarme a mí! –susurra ella-. ¡Siempre! ¡Siempre! Estás conmigo, estamos juntos…”

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CONVERSACIONES DESIGUALES

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Josefine y yo
Hans Magnus Enzensberger
Trad. de Richard Gross. Anagrama, Barcelona, 2008, 158 págs.

por Anna Rossell
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“¿Qué impulsa a la gente a interesarse tanto por Josefina? Problema tan difícil de resolver como el del canto de Josefina, y estrechamente relacionado con él”. Esta es la cuestión que se plantea el ratón narrador del cuento de Kafka, Josefine, la cantora o el pueblo de los ratones, una parábola sobre la relación dialéctica entre el artista y su público. Hans Magnus Enzensberger (Kaufbeuren, Baviera, 1929) se inspira en la pregunta nuclear de este texto kafkiano para seguir fabulando sobre el personaje de Josefine y sobre el nexo entre ella y su admirador. El relato -en forma de anotaciones de diario que abarcan el espacio temporal de un año (de septiembre de 1990 a septiembre de 1991)- compendia las conversaciones mantenidas a lo largo de este tiempo por una anciana burguesa y un solitario economista treintañero, Joachim, dedicado a su rutina profesional y a la escritura de poemas en su tiempo libre. La vieja dama, que recuerda en cierto modo la de la obra teatral de Dürrenmatt, excéntrica ex cantante supuestamente afamada y tres veces casada, convive en un viejo caserón, reflejo deslucido de la vieja gloria, con Fryda, una fiel sirvienta judía de ascendencia polaca, con la que mantiene una recíproca relación de tiranía y amistad. Un incidente inicial, el frustrado robo del bolso de la dama en una calle de Berlín gracias a la intervención de un transeúnte, Joachim, sirve de excusa algo forzada para hacer confluir a los dos personajes. Como agradecimiento la dama invitará al joven a tomar el té en su casa, un ritual que se repetirá a partir de este momento todos los martes hasta la muerte de Josefine.
Al igual que la historia del escritor de Praga, que alude en el título al cuento del flautista de Hamelín, el encantador de ratas, el relato de Enzensberger pretende ser una indagación más amplia acerca de las razones que sostienen cualquier relación entre un líder y sus seguidores en general. A juzgar por las conversaciones que mantienen estos dos improvisados amigos, la intención de Enzensberger es, además, pasar revista a una amplia gama de temas de la vida moderna, fenómenos de la sociedad de masas, cotidianos y no tan cotidianos, como la publicidad, la moda, la probable reelección del canciller Kohl, el dinero, el progreso o la guerra de Irak. A quien conozca la trayectoria de Enzensberger no puede extrañar que el autor construya un personaje que llame a cada cosa por su nombre, guste o no guste a quien lo oiga. Así su vieja dama, de ademán déspota aunque de fondo tierno, niña de los ojos del autor, es una descarada, de absoluta incorrección política, que dispara las verdades a bocajarro, tal como las piensa y siente, y deja fuera de combate a su interlocutor, a quien deslumbra y anonada por la contundente seguridad y clarividencia de cada una de sus sentencias. Sin embargo, y como puede inferirse de la desigual naturaleza de los personajes, la guerra dialéctica que sostienen no reviste profundidad filosófica alguna. Precisamente de esto se trata. Enzensberger parece proponerse como único objetivo decir lisa y llanamente que hay cosas que saltan a la vista, que son sencillas sin más, y que quien le da vueltas a la tuerca es un hipócrita, esconde algún interés o sucumbe a la música del flautista de turno dejándose llevar por su debilidad de carácter. Desde luego el relato del autor alemán sigue teniendo su sello, pero dista mucho de la seriedad que revisten las obras de todo género que caracterizan al penetrante y concienzudo Enzensberger, ganador de tantos y merecidos galardones. En consonancia con la tesis que propugna, la obra no puede ser de calado intelectual ni lo pretende, prueba de ello la constituye la sintomática ausencia en las conversaciones de Josefine y Joachim del tema de la reunificación alemana, a la que no se hace siquiera alusión, precisamente en el año 1991. Con Josefine y yo Enzensberger se ha permitido un divertimento sin complicaciones, un paseo por una galería temática variopinta que entretiene por la desenvoltura y agilidad de su desenfadada prosa, de registro predominantemente deslenguado, que sabe mantener bien la traducción, y la ligereza y la simplicidad del argumento, armado en una estructura igualmente sencilla. Se lee de un tirón este relato exento de complicación, pero no de humor agudo, que a menudo proporciona al lector el secreto y hondo placer de escuchar de la boca de la irreverente dama, al menos por una vez, lo que él, como tantos otros, íntimamente piensa y por falso pudor no se atreve a manifestar.

© Anna Rossell
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