Seudónimo de Barbora Panklova, nació en Viena el 4 de febrero de 1820 y murió en Praga el 21 de enero de 1862. Su madre era criada de la duquesa Zahanska, en cuya casa prestaba su padre servicios como cochero. Pasó la infancia en Ratiborice, confiada a los cuidados de su abuela Magdalena Novotna, patriarcal anciana, aferrada a las tradiciones. El romántico paisaje de Ratiborice y el castillo bohemio de la duquesa ejercieron gran influencia sobre su juventud. En 1837, por deseo de su madre, se casó con un hombre a quien no amaba, el inspector de Hacienda Josef Nemec; acompañando a su marido, del que tuvo, entre 1832 y 1842, cuatro hijos, cambió constantemente de residencia; a los años 1842-45 se remonta su primera estancia en Praga, donde por su belleza e inteligencia se atrajo las simpatías y el amor de literatos como Tcheika, Amerling y sobre todo del poeta Vaclay Bolemir Nebeski.
Continuó acompañando a su marido en sus viajes; pero cuando, en 1850, fue éste trasladado a Hungría, decidió permanecer en Praga con sus hijos. Otros hombres entraron en su vida: y de estas fugaces amistades y aventuras, volvió siempre desilusionada al sórdido ambiente de su húmeda casa, a la pobre familia que se debatía en angustiosas condiciones económicas. Su único consuelo fue la creación literaria. Pasando por alto sus bocetos y cuadros de costumbres populares y sus recopilaciones de fábulas eslavas, en las que no buscó, como Erben, la antigua mitología, sino sencillas imágenes de amor y de fraternidad, recordemos sus relatos Baruska (1853), Rozarka (1855), La selvática Bara [Divá Bára, 1856], El pueblo sobre los montes [Pohorská vesnice, 1856], Pobre gente [Chudí lidé, 1856], En el castillo y alrededor del castillo [Vzámku a podzámcí, 1856]. Entre 1853 y 1854, en los años de más amargos sufrimientos, desengañada, triste por la pérdida de su hijo Hynek, evocó Němcová los años felices de la infancia y el encanto de la dulce región de Ratiborice en las páginas de La abuela (v.).
En otoño de 1861 se dirigió Němcová a Litomsyl, invitada por el impresor Augusta, el cual reeditó sus obras en ediciones defectuosas y de mala calidad; pero cada vez más cansada y abatida, volvió a Praga, donde murió. Su figura ha inspirado a novelistas y poetas: dos sugestivas composiciones le han dedicado los líricos contemporáneos Jaroslav Seifert y Frantisek Halas.
A. M. Ripellino

